09-01-2024, 05:19 PM
(Última modificación: 09-01-2024, 07:27 PM por Maeve Knox.)
Día 16, otoño, año 10
Ciudad Shan | País de Kano | West Blue
Campos de bambú, casitas rurales, jardines, frondosa vegetación, santuarios... El escenario perfecto para una escapada de relajación, contacto con la naturaleza y disfrute de la hospitalidad de unas gentes sencillas, de vidas sencillas y aspiraciones sencillas. Era justo lo que necesitaba tras mi última estancia en otra isla, cuyo nombre no viene al caso, donde había tenido unas pequeñas diferencias con un grupo de guardias al que había terminado derrotando. No había sido fácil, había tenido que recurrir a mi akuma no mi para deshacerme de ellos y, aun así, me habían terminado hiriendo. Gracias a esos desgraciados, ahora lucía un bonito corte en el muslo izquierdo, tapado con una venda improvisada bajo el pantalón. No debería tardar en sanar, o eso esperaba. En cualquier caso, aquella panda de idiotas había quedado peor que yo. Sobre todo, los muertos.
Aquel escenario perfecto lo habría sido más si no hubiese albergado un sol espléndido sobre los tejados. No me gusta el sol, me hace daño. En especial, la exposición continua. Así que mi oscura vestimenta habitual contemplaba también mi chaqueta negra con capucha, la cual vestía en ese mismo momento mientras caminaba por las calles tranquilas de Shan.
La tranquilidad de Shan no era una calma sepulcral, ya que los mercados en particular y la vida activa de sus habitantes en general generaban bullicio. Cuando hablo de tranquilidad, me refiero a una zona sin crimen aparente. Qué mala suerte, entonces, que hubiese llegado yo allí. Siempre me planteo dejar un tiempo prudencial entre una acción criminal y otra, pero al final termino cayendo en mi propio juego. Es mi forma de vida, no sé hacerlo de otro modo. Tampoco lo he intentado ni me interesa.
Lo malo de una ciudad como aquella era que yo no encajaba. Pero ¿cuándo yo encajaba en algún sitio? Obviando mi aspecto físico, mis prendas oscuras no ayudaban, y mucho menos encapuchada. Nada nuevo, llevaba media vida viajando así. Solo en lugares de mala muerte, lúgubres y de aura criminal era donde más pasaba desapercibida. Shan no cumplía ninguno de estos requisitos.
—¿Esta belleza exótica querría probar una de mis manzanas? —escuché desde uno de los tenderetes de mercado situado a mi izquierda.
Giré la cara en esa dirección. Un hombre moreno, rudo, cuya manga corta enseñaba sus brazos grandes y peludos se dirigía a mí con una amable sonrisa. En su mano, extendida en mi dirección, sostenía una manzana roja brillante de aspecto apetitoso. No sabía cómo se había fijado en mí bajo mi capucha, pero su actitud no era hostil, al contrario. Alargué mi brazo hasta tocar la fruta con los dedos. Unos dedos pálidos, casi espectrales, en comparación con la piel del tendero. Acepté la pieza de buen gusto: las cosas gratis siempre son menos trabajosas de conseguir que las robadas, puestos a no pagar ninguna. Siempre y cuando no fuesen de dudosa procedencia, claro. Pero las probabilidades de que ese tipo quisiera envenenarme eran muy bajas, y yo tenía hambre.
Le sonreí a modo de agradecimiento. Una sonrisa ensayada, propia de mi rostro pero discordante con quien yo era en realidad. Pero eso el hombre no podía saberlo, así que ensanchó la suya. Me encanta lo fácil que es engatusar a un cualquiera. Y, a veces, no tan cualquiera.
Miré al frente y, mientras reanudaba mi paso —sintiendo pinchazos en la herida de mi pierna izquierda—, mordí la manzana. Pura ambrosía tras no haber probado bocado desde hacía varias horas. Este tipo de cosas mejoraban mi humor. Tanto, que decidí volver a recurrir a mis facilidades para salirme con la mía.
Me fijé en otro hombre que venía de frente. Era una cabeza más alto que yo, fornido, de rostro agraciado pero no como para dejarme embobada —hace falta mucho más para embobarme—. Y con una suculenta bolsa de monedas colgada de su cinturón. Iba solo, dato importante, entre todo el gentío. Y ya sabemos lo que ocurren con las aglomeraciones: es muy fácil chocarse.
—Oh, disculpa. —Fingí que me tropezaba, prácticamente arrojándome a sus brazos. Lo rodeé con los míos mientras me sostenía.
—No, discúlpame tú a mí, debería haberte visto —respondió de inmediato—. ¿Estás bien?
—Sí, ahora sí.
Bajo mi capucha, me esforcé porque mi sonrisa fuese deslumbrante. Surtió efecto, porque él me devolvió otra. Maldición, sí que era guapo el tipo. Mis manos, colocadas sobre sus costados, notaban unos músculos duros bajo la ropa. Debía de realizar mucho esfuerzo físico en la que fuese su ocupación.
—Soy Teo.
No me digas tu nombre, protesté en mi fuero interno. Prefería no saber nada sobre mis objetivos criminales.
—Gracias, Teo. Que tengas un buen día. —Yo podía llegar a ser amable si me lo proponía.
—Lo será si nos volvemos a ver.
No intentes volver contra mí mis propias técnicas, volví a refunfuñar por dentro.
Decidí no responderle. No, no volveríamos a vernos. A pesar de su atractivo, le faltaba peligrosidad. Y solía seguir una regla: "no folles con ninguno de tus objetivos". Porque era evidente que Teo no quería volver a verme para hablar sobre la estación de cosecha.
Me separé de su cuerpo y, sin perder un segundo más, me deslicé entre el gentío antes de que pudiera girarse para buscarme, si es que lo hacía. Metros más adelante, torcí a la izquierda y me adentré en un callejón menos transitado. En mi mano, la bolsa de monedas de Teo. Pesaba más de lo que había esperado al verla colgar de su cinturón. Sonreí.
Aquel escenario perfecto lo habría sido más si no hubiese albergado un sol espléndido sobre los tejados. No me gusta el sol, me hace daño. En especial, la exposición continua. Así que mi oscura vestimenta habitual contemplaba también mi chaqueta negra con capucha, la cual vestía en ese mismo momento mientras caminaba por las calles tranquilas de Shan.
La tranquilidad de Shan no era una calma sepulcral, ya que los mercados en particular y la vida activa de sus habitantes en general generaban bullicio. Cuando hablo de tranquilidad, me refiero a una zona sin crimen aparente. Qué mala suerte, entonces, que hubiese llegado yo allí. Siempre me planteo dejar un tiempo prudencial entre una acción criminal y otra, pero al final termino cayendo en mi propio juego. Es mi forma de vida, no sé hacerlo de otro modo. Tampoco lo he intentado ni me interesa.
Lo malo de una ciudad como aquella era que yo no encajaba. Pero ¿cuándo yo encajaba en algún sitio? Obviando mi aspecto físico, mis prendas oscuras no ayudaban, y mucho menos encapuchada. Nada nuevo, llevaba media vida viajando así. Solo en lugares de mala muerte, lúgubres y de aura criminal era donde más pasaba desapercibida. Shan no cumplía ninguno de estos requisitos.
—¿Esta belleza exótica querría probar una de mis manzanas? —escuché desde uno de los tenderetes de mercado situado a mi izquierda.
Giré la cara en esa dirección. Un hombre moreno, rudo, cuya manga corta enseñaba sus brazos grandes y peludos se dirigía a mí con una amable sonrisa. En su mano, extendida en mi dirección, sostenía una manzana roja brillante de aspecto apetitoso. No sabía cómo se había fijado en mí bajo mi capucha, pero su actitud no era hostil, al contrario. Alargué mi brazo hasta tocar la fruta con los dedos. Unos dedos pálidos, casi espectrales, en comparación con la piel del tendero. Acepté la pieza de buen gusto: las cosas gratis siempre son menos trabajosas de conseguir que las robadas, puestos a no pagar ninguna. Siempre y cuando no fuesen de dudosa procedencia, claro. Pero las probabilidades de que ese tipo quisiera envenenarme eran muy bajas, y yo tenía hambre.
Le sonreí a modo de agradecimiento. Una sonrisa ensayada, propia de mi rostro pero discordante con quien yo era en realidad. Pero eso el hombre no podía saberlo, así que ensanchó la suya. Me encanta lo fácil que es engatusar a un cualquiera. Y, a veces, no tan cualquiera.
Miré al frente y, mientras reanudaba mi paso —sintiendo pinchazos en la herida de mi pierna izquierda—, mordí la manzana. Pura ambrosía tras no haber probado bocado desde hacía varias horas. Este tipo de cosas mejoraban mi humor. Tanto, que decidí volver a recurrir a mis facilidades para salirme con la mía.
Me fijé en otro hombre que venía de frente. Era una cabeza más alto que yo, fornido, de rostro agraciado pero no como para dejarme embobada —hace falta mucho más para embobarme—. Y con una suculenta bolsa de monedas colgada de su cinturón. Iba solo, dato importante, entre todo el gentío. Y ya sabemos lo que ocurren con las aglomeraciones: es muy fácil chocarse.
—Oh, disculpa. —Fingí que me tropezaba, prácticamente arrojándome a sus brazos. Lo rodeé con los míos mientras me sostenía.
—No, discúlpame tú a mí, debería haberte visto —respondió de inmediato—. ¿Estás bien?
—Sí, ahora sí.
Bajo mi capucha, me esforcé porque mi sonrisa fuese deslumbrante. Surtió efecto, porque él me devolvió otra. Maldición, sí que era guapo el tipo. Mis manos, colocadas sobre sus costados, notaban unos músculos duros bajo la ropa. Debía de realizar mucho esfuerzo físico en la que fuese su ocupación.
—Soy Teo.
No me digas tu nombre, protesté en mi fuero interno. Prefería no saber nada sobre mis objetivos criminales.
—Gracias, Teo. Que tengas un buen día. —Yo podía llegar a ser amable si me lo proponía.
—Lo será si nos volvemos a ver.
No intentes volver contra mí mis propias técnicas, volví a refunfuñar por dentro.
Decidí no responderle. No, no volveríamos a vernos. A pesar de su atractivo, le faltaba peligrosidad. Y solía seguir una regla: "no folles con ninguno de tus objetivos". Porque era evidente que Teo no quería volver a verme para hablar sobre la estación de cosecha.
Me separé de su cuerpo y, sin perder un segundo más, me deslicé entre el gentío antes de que pudiera girarse para buscarme, si es que lo hacía. Metros más adelante, torcí a la izquierda y me adentré en un callejón menos transitado. En mi mano, la bolsa de monedas de Teo. Pesaba más de lo que había esperado al verla colgar de su cinturón. Sonreí.
RESUMEN
KARMAS RELEVANTES
