Harto de rebuscar entre los carteles de se busca, terminé por arrancar dos de ellos: Uno, el del pirata de los Alas Negras, el capitán Y.L.C.Y.3, ciento treinta y tres millones; y otro, Nimda Leyos, dos cientos ochenta millones de berries. Este ya lo había oído mencionar durante mi tropiezo con los Dalton. Blackmore debía ser algún tipo de subalterno de Leyos y este tenía una cuantiosa valía por su cabeza. O sus branquias, visto lo visto por la foto del cartel. Quizás era algo que se escapara a mi alcance ahora mismo, pero… quién sabe si acompañado. Había muchos nombres interesantes y cifras suculentas, pero, seamos honestos, me falta información. Y ahora que lo pensaba, no sería mala idea sentarse y anotar todo lo que he ido descubriendo en mi estancia en Toko. Debería anotar cosas sobre Murray y su compañero. Las últimas páginas de mi libro de poesías, que estaban en blanco, podían hacer las veces de cuaderno de bitácora para anotar cualquier tipo de dato importante de cara a la caza. Si hay algo que aprendí de Vinro es que el conocimiento es veneno, pero gana batallas, así que me dispuse a sentarme en algún sitio a beber y comer algo mientras organizaba mis ideas.
Las calles permanecían absolutamente vacías y ni un alma podía verse. De camino a la taberna, leyendo mi libro, iba recitando en voz baja algunas de las poesías. Me relajaba cuando estaba terriblemente frustrado. Llevaba tiempo dando vueltas y tenía que abandonar ese lugar. Ya tenía un barco, solo necesitaba dos manos hábiles que lo manejaran y lo llevaran de puerto en puerto, de presa en presa. ¿Acaso pedía tanto? — Tigre, tigre, que te enciendes en luz... — recitaba en voz muy baja mientras llegaba a la taberna y abría, empujando con la zurda las puertas de bisagra del lugar. Una leve mirada que se alzó de mi libro para divisar el ambiente. Solo por el ruido y la vista periférica podía imaginarlo, el mesonero y los clientes habituales. El ambiente animado de la taberna local, y más en un día caldeado como este, que invita a refrescar tu gaznate con algo frío. Me acerqué sin prisa a la barra — Batido. De fresa. — dije mientras me giraba y apoyaba las lumbares en la barra, sin dejar de leer hasta finalizar el poema. — ¿qué ojo osó idear tu terrible simetría? — finalizaba mientras alzaba por primera vez de manera total mi mirada del libro para barrer con la cabeza todo el local hasta divisar un sujeto en un extremo de la barra.
Estaba sentado sin acompañamiento, con la espalda cubierta y bebiendo algo con pajita. Un hombre de metro setenta, quizá algo más, ataviado con un abrigo militar verde y un reconocible casco blanco lleno de agujeros. Sin dejar de mirarle ni cambiar mi gesto, cerré el viejo libro decorado con la V dorada que portaba con la diestra, plegándolo bruscamente y guardándolo en mi bolsillo interior del abrigo. El mesonero dejó el batido en la barra y tras soltar unos berries, lo cogí con la zurda y comencé a andar hacia el enmascarado hasta acercarme al taburete más próximo y me senté. — Lo siento, no hay más sitio. — dije, con cierto tono burlón mientras miraba de reojo al bar que tenía sitio más que de sobra — He oído por un Marine con bigote que se te da bien cazar. ¿Buscas aliados? — concluí pasando el batido de la mano zurda a la diestra y ubicando el antebrazo izquierdo sobre Shimei Kaeru, abriendo ligeramente mi abrigo. — Pensaba que era más alto... — pensé.
Las calles permanecían absolutamente vacías y ni un alma podía verse. De camino a la taberna, leyendo mi libro, iba recitando en voz baja algunas de las poesías. Me relajaba cuando estaba terriblemente frustrado. Llevaba tiempo dando vueltas y tenía que abandonar ese lugar. Ya tenía un barco, solo necesitaba dos manos hábiles que lo manejaran y lo llevaran de puerto en puerto, de presa en presa. ¿Acaso pedía tanto? — Tigre, tigre, que te enciendes en luz... — recitaba en voz muy baja mientras llegaba a la taberna y abría, empujando con la zurda las puertas de bisagra del lugar. Una leve mirada que se alzó de mi libro para divisar el ambiente. Solo por el ruido y la vista periférica podía imaginarlo, el mesonero y los clientes habituales. El ambiente animado de la taberna local, y más en un día caldeado como este, que invita a refrescar tu gaznate con algo frío. Me acerqué sin prisa a la barra — Batido. De fresa. — dije mientras me giraba y apoyaba las lumbares en la barra, sin dejar de leer hasta finalizar el poema. — ¿qué ojo osó idear tu terrible simetría? — finalizaba mientras alzaba por primera vez de manera total mi mirada del libro para barrer con la cabeza todo el local hasta divisar un sujeto en un extremo de la barra.
Estaba sentado sin acompañamiento, con la espalda cubierta y bebiendo algo con pajita. Un hombre de metro setenta, quizá algo más, ataviado con un abrigo militar verde y un reconocible casco blanco lleno de agujeros. Sin dejar de mirarle ni cambiar mi gesto, cerré el viejo libro decorado con la V dorada que portaba con la diestra, plegándolo bruscamente y guardándolo en mi bolsillo interior del abrigo. El mesonero dejó el batido en la barra y tras soltar unos berries, lo cogí con la zurda y comencé a andar hacia el enmascarado hasta acercarme al taburete más próximo y me senté. — Lo siento, no hay más sitio. — dije, con cierto tono burlón mientras miraba de reojo al bar que tenía sitio más que de sobra — He oído por un Marine con bigote que se te da bien cazar. ¿Buscas aliados? — concluí pasando el batido de la mano zurda a la diestra y ubicando el antebrazo izquierdo sobre Shimei Kaeru, abriendo ligeramente mi abrigo. — Pensaba que era más alto... — pensé.

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