16-01-2024, 02:46 PM
Aspros, todavía bien metido en el papel de As, se alejó de la pelea, si es que a eso se le puede llamar pelea, mientras se acicalaba y se ajustaba las prendas. El enorme jefe de seguridad había propinado más puñetazos en la cara del ganador de los que cualquiera de los presentes tuviera estómago de contar y su cara, antes tersa y joven, ahora era una amalgama de sesos, carne, hueso y sangre que empapaba la moqueta. La impostora y ladrona, había logrado sacar del bolsillo interior del jefe el aúreo objeto gracias a su habilidad con su fruta del diablo y, sin que nadie se percatara ni sospechara, se alejó paso a paso para poder descubrir que era. Cuando introdujo la mano en su bolso, Aspros pudo encontrar una llave dorada y extremadamente reluciente. Casi tanto que cualquier tendría miedo que llamara la atención incluso entre tantos lujos. La llave era pequeña, de unos cinco centímetros de largo. Por el lado del asa, una serie de círculos concéntricos adornaban al entrada a un óvalo hueco que servía para agarrar la llave o colgarla en alguna cadena. En su extremo dentado, una lámina asomaba con dientes e incrustaciones que debían encajar, si todo era correcto, en la cerradura de la puerta de seguridad del hotel, donde el preciado Diamante de Icar se encontraba. Ante la huída de Aspros, el jefe Phat, que estaba siendo retenido por sus subordinados, que gritaban y lo apresaban en un vano intento de detener los incesantes y titánicos golpes sobre el triste hombre que tuvo la osadía de ganar la mano, se percató de esto. — ¡AS! ¡MI AS! ¡VUELVE, MI AS! — gritaba el gigante, alargando su mano hacia Aspros. Supongo que por algún azar del destino, y más teniendo en cuenta el juego en cuestión, ninguno de los guardias de seguridad reparó en que Phat se refería a Aspros, creyendo que este seguía enrabietado por los Ases que le arrebataron los miles y miles de berries. Lástima, gordo baboso, ahora “tu” As tenía vía libre para abandonar la escena sin hacer sospechar a nadie y con el botín en sus dulces manos.
La espadachina había recibido un duro golpe. Los casi noventa kilos de hombre habían caído sobre sus hombros y había generado un desconcierto terrible en los presentes. Aprovechando que todos los hombres y mujeres se prestaron al chisme y al morbo con el cuerpo que acababa de caer de los cielos sin motivo aparente, Triana abandonó la escena y contactó a su capitán. Cerca del cuerpo sin vida del vigilante de seguridad se amontonaron en menos de dos minutos una multitud que comenzaron a dilucidar qué hacer. Algunos creían que había que entrar a pedir ayuda, otros llamar a la marina. — ¡Dentro están peleando! — gritaba un hombre desde la puerta, observando a Phat golpear y gritar hacia su víctima. — Aquí hay dos marines, ¡pero están borrachos! — decía otro, mientras observaba a Yame y Jess, que intentaban abandonar la escena. — Vaya vergüenza, ¡os tendrían que degradar! — aseveraba una mujer con aires de grandeza. Sin embargo, tras la comunicación de Tempesta y la contestación del capitán, a la llamada se incorporó, casi de manera inmediata, Kosax, el norteño ladrón que les guiaba. — Si la colegiala ha apagado las cámaras y tenéis la llave, que el pajarraco entre y los demás pies en polvorosa. — sugería, con una voz agitada y casi jadeando.
Existen muchas maneras de acabar con rivales. El capitán Yojimbo LeMarcus Cornell Yamamura Tercero quizás no te agrade, pero no puedes negar que… tiene estilo. Un gran grupo de guardias armados habían aparecido y rodeado al alado capitán que, sin perder ningún tiempo tras animar a Tempesta vía Den Den Mushi, se lanzó al ataque. Sabía que tenía que cortar de raíz con la seguridad o seguiría llegando más y más y más… si los había. Yojimbo se propulsó con los pies por delante y, girando sobre su eje, derribó a todos los guardias con un grácil movimiento digno de un ninja con superpoderes. Los pobres desgraciados cayeron al suelo, rendidos e inconscientes, a excepción de todos aquellos más próximos al borde de la azotea. Aquellos estaban cayendo de manera irremediable al suelo, donde todos los presentes observaban al primer vigilante. — ¡CUIDADO! ¡ESTÁN LLOVIENDO HOMBRES! — advirtió una mujer mirando y señalando al cielo desde la entrada. Tras derribar a los cincuenta guardias, Yojimbo pudo escuchar, como todos sus nakamas, la orden del Kosax: Si Jolyne había terminado, debía coger la llave y entrar rápidamente. Pero… ¿Cómo le iría a Jolyne?
La tiradora había alcanzado su objetivo. Ante ella, solo un hombre vacilante que escudriñaba el pasillo de lado a lado intentando divisarla. Sin embargo, el vigilante no tenía la capacidad visual para hacerlo, impidiendo así ver como Jolyne se posicionaba con su rifle y, tras apuntar firmemente, tiró del gatillo del arma, provocando que el proyectil impactara contra la cabeza del vigilante. Esta estalló en mil pedazos, llenando toda la pared y la puerta de la sala de cámaras detrás de él de sangre y sesos. El cuerpo del hombre, ahora decapitado por el impacto, aguantó varios segundos de pie y cuando sus funciones vitales se apagaron por completo, cayó de espaldas, abriendo por completo la puerta, dejando ver la frágil maquinaria que permitía al sistema controlar las cámaras caracol. Era una sala pequeña, de tres metros por tres metros, con una silla, un escritorio con toda la maquinaria y un plano del lugar donde se detallaban todos los conductos de ventilación y las puertas de seguridad. Justo entonces fue que recibió la comunicación de Kosax, junto a los demás, casi como una llamada de atención para que corriese todo lo posible. Nada impedía a la pelirrosa apagar, fuera como fuera, la vigilancia y escapar para conseguir el diamante.
La espadachina había recibido un duro golpe. Los casi noventa kilos de hombre habían caído sobre sus hombros y había generado un desconcierto terrible en los presentes. Aprovechando que todos los hombres y mujeres se prestaron al chisme y al morbo con el cuerpo que acababa de caer de los cielos sin motivo aparente, Triana abandonó la escena y contactó a su capitán. Cerca del cuerpo sin vida del vigilante de seguridad se amontonaron en menos de dos minutos una multitud que comenzaron a dilucidar qué hacer. Algunos creían que había que entrar a pedir ayuda, otros llamar a la marina. — ¡Dentro están peleando! — gritaba un hombre desde la puerta, observando a Phat golpear y gritar hacia su víctima. — Aquí hay dos marines, ¡pero están borrachos! — decía otro, mientras observaba a Yame y Jess, que intentaban abandonar la escena. — Vaya vergüenza, ¡os tendrían que degradar! — aseveraba una mujer con aires de grandeza. Sin embargo, tras la comunicación de Tempesta y la contestación del capitán, a la llamada se incorporó, casi de manera inmediata, Kosax, el norteño ladrón que les guiaba. — Si la colegiala ha apagado las cámaras y tenéis la llave, que el pajarraco entre y los demás pies en polvorosa. — sugería, con una voz agitada y casi jadeando.
Existen muchas maneras de acabar con rivales. El capitán Yojimbo LeMarcus Cornell Yamamura Tercero quizás no te agrade, pero no puedes negar que… tiene estilo. Un gran grupo de guardias armados habían aparecido y rodeado al alado capitán que, sin perder ningún tiempo tras animar a Tempesta vía Den Den Mushi, se lanzó al ataque. Sabía que tenía que cortar de raíz con la seguridad o seguiría llegando más y más y más… si los había. Yojimbo se propulsó con los pies por delante y, girando sobre su eje, derribó a todos los guardias con un grácil movimiento digno de un ninja con superpoderes. Los pobres desgraciados cayeron al suelo, rendidos e inconscientes, a excepción de todos aquellos más próximos al borde de la azotea. Aquellos estaban cayendo de manera irremediable al suelo, donde todos los presentes observaban al primer vigilante. — ¡CUIDADO! ¡ESTÁN LLOVIENDO HOMBRES! — advirtió una mujer mirando y señalando al cielo desde la entrada. Tras derribar a los cincuenta guardias, Yojimbo pudo escuchar, como todos sus nakamas, la orden del Kosax: Si Jolyne había terminado, debía coger la llave y entrar rápidamente. Pero… ¿Cómo le iría a Jolyne?
La tiradora había alcanzado su objetivo. Ante ella, solo un hombre vacilante que escudriñaba el pasillo de lado a lado intentando divisarla. Sin embargo, el vigilante no tenía la capacidad visual para hacerlo, impidiendo así ver como Jolyne se posicionaba con su rifle y, tras apuntar firmemente, tiró del gatillo del arma, provocando que el proyectil impactara contra la cabeza del vigilante. Esta estalló en mil pedazos, llenando toda la pared y la puerta de la sala de cámaras detrás de él de sangre y sesos. El cuerpo del hombre, ahora decapitado por el impacto, aguantó varios segundos de pie y cuando sus funciones vitales se apagaron por completo, cayó de espaldas, abriendo por completo la puerta, dejando ver la frágil maquinaria que permitía al sistema controlar las cámaras caracol. Era una sala pequeña, de tres metros por tres metros, con una silla, un escritorio con toda la maquinaria y un plano del lugar donde se detallaban todos los conductos de ventilación y las puertas de seguridad. Justo entonces fue que recibió la comunicación de Kosax, junto a los demás, casi como una llamada de atención para que corriese todo lo posible. Nada impedía a la pelirrosa apagar, fuera como fuera, la vigilancia y escapar para conseguir el diamante.
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