05-02-2024, 12:02 AM
(Última modificación: 06-06-2024, 07:20 PM por Maeve Knox.)
Hace 11 años
En algún lugar del West Blue
Recuerdo que era jueves. A excepción de los fines de semana, los días en aquella rústica ciudad eran todos iguales. Y si los sábados y domingos se distinguían un poco se debía al ambiente pseudo festivo que se respiraba en las calles empedradas. Más jolgorio, más gente borracha de lo habitual. Más vida.
Para mí, sin embargo, todos los días eran más de lo mismo. Podía disfrutar de los sábados y domingos por la noche, pero porque yo decidía usar parte de mis horas de descanso para salir de la mansión, no porque mis empleadores pensaran que tal vez yo también quisiese vivir más allá de sus cuatro paredes. Más bien, cincuenta paredes.
La casa donde yo trabajaba desde hacía casi cuatro años —o tres años y medio, cómo saberlo— era inmensa. Allí me dedicaba a hacer tareas domésticas de todo tipo (menos cocinar, nunca se habían llegado a fiar de mí para ello) desde que decidieron contratarme. Supongo que, cuando llamé a su puerta buscando trabajo, les di lástima. O curiosidad. O ambas. Una pobre niña desvalida de catorce o quince años que quería ganarse la vida de forma honrada. Lo de “desvalida” es porque se me dio muy bien interpretar ese papel, lo de “forma honrada”… Digamos que quería probar si podía mantenerme alejada de la vida criminal para vivir más tranquila. La cuestión es que decidieron probar y debí de gustarles, porque allí seguía casi cuatro años después.
Cuando me fui de la granja de la pareja de desequilibrados, donde tuve el honor de compartir una bonita fiesta de té con su hija Melody, estuve semanas sobreviviendo gracias a las provisiones que llevaba conmigo. Cuando se acabaron, robé. Claro que robé. Y también decidí que quería irme de aquel maldito sitio, donde todavía había posibilidades de que el Patrón o su gente me encontraran. Me subí de polizón al primer barco que encontré (que no fuese de la Marina, por supuesto: era joven, no imbécil). Resultó ser un navío dedicado al turismo. Me daba exactamente igual, con tal de que me alejara de aquellas tierras ponzoñosas.
Lo que no esperaba fue que el viaje durase tanto.
Lo que no esperaba era cambiar de Blue. Otra vez.
Después de estar días esforzándome al máximo para que no me descubrieran allí dentro (no quería terminar arrestada, gracias), una vez en puerto, el pescador de turno me miró raro al preguntar dónde estábamos.
Así que West Blue, ¿eh?, pensé entonces. Quizá se me estaba dando otra oportunidad, una donde respetar los derechos de otras personas fuese posible. Por eso busqué trabajo.
Prometo que intenté llevar una vida honrada. Prometo que traté de que encontrarme a unos empleadores tan estirados no me afectase. Prometo que respiré hondo e intenté ignorar que eran nobles. Putos nobles. Nobles que me permitían comer sin necesidad de delinquir a cambio de casi todas las horas de mi día trabajando.
No puedo decir que me maltrataran, ni que me tratasen con desdén en ningún momento. Sí con la condescendencia de alguien que sabe que está por encima y puede cambiar la vida de otro alguien gracias a su generosidad.
Los dos primeros años logré mantenerme limpia de delitos. Creo que mis compañeros domésticos —por supuesto, no era la única criada, esa gente necesita cuantos más, mejor— fueron una buena influencia para mí. Pero, a los dieciséis años, noté cómo mi pasado tiraba de mí. Y las ansias de adrenalina, de sentirme viva otra vez.
Volví a robar. Con cuidado, obviamente, no quería perder mi fuente de ingresos periódicos, por pocos que fueran. No debía dejarme atrapar. En el arcón destinado a mis pertenencias en mi habitación —¡tenía mi propia habitación en aquella casa!— fui guardando mis botines. Eran discretos, pero a mí me conectaban con la libertad que notaba que allí me faltaba.
A los diecisiete años comencé a atreverme a explorar la noche. Entiéndeme: venía de un entorno de abuso (cosa que, quieras o no, te marca) y, luego, de la más pura castidad. Ya era el momento de darme permisos.
Probé el alcohol y me gustó.
Probé el sexo consentido y me gustó.
Probé la libertad y… volvió a gustarme.
¿Qué coño hacía yo limpiando, planchando, ordenando?
Esa vida no era para mí y, sin embargo, la única que tenía.
Hasta aquel jueves. Yo tenía dieciocho.
Recuerdo que había salido a comprar algunas verduras para la comida de los señores —cómo les gusta demostrar su nivel socioeconómico—, cuando vi un grupo de gente arremolinado alrededor de un poste de madera. Sobre este, sujeto con un clavo, el cartel de “se busca” de un pirata.
Jasper O’Rourke.
Mi corazón dio un vuelco.
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