06-02-2024, 12:44 PM
(Última modificación: 06-02-2024, 12:57 PM por Maeve Knox.)
PERSONAJE
OST DE LA ESCENA
Waj había caído en la provocación de Eaa. Lucharía, informó de ello directamente a Peteiro. Esa podría ser una buena maniobra por parte de la semi oni siempre y cuando el coloso no pelease conmigo todavía en su mano: a fin de cuentas, solo necesitaba la derecha para blandir el kanabo.
Luego, me dijo que no mataría a Eaa. Queda raro cuando un tuerto guiña el ojo libre de parche, porque parece que simplemente lo está cerrando. No quedó atractivo, sino ridículo.
Súbitamente, me lanzó por los aires y choqué contra Peteiro. La velocidad fue tal que no pude prever el movimiento, tan solo evitar un golpe fuerte: extendí las alas para generar resistencia y decelerar justo antes de toparme con el gran gyojin. Después, controlé la caída al suelo, donde logré terminar de pie. Mis patas se sumergieron en los fríos centímetros de un charco. Recibí con placer una amplia bocanada de aire, plagada de gotas de lluvia, que inundó mis pulmones. Era libre, por fin, sin esos dedos gigantescos aplastándome la caja torácica y las alas, y volví a extender estas como quien se estira tras una larga noche de sueño.
Que preparásemos el barco para zarpar, dijo. Que haría a Eaa entrar en razón, dijo. Sentí un odio visceral ante ese desgraciado, pero la metralla de esta aversión me golpeó a mí por haber sido capturada, por no haber previsto que podía ocurrir.
Luego, me dijo que no mataría a Eaa. Queda raro cuando un tuerto guiña el ojo libre de parche, porque parece que simplemente lo está cerrando. No quedó atractivo, sino ridículo.
Súbitamente, me lanzó por los aires y choqué contra Peteiro. La velocidad fue tal que no pude prever el movimiento, tan solo evitar un golpe fuerte: extendí las alas para generar resistencia y decelerar justo antes de toparme con el gran gyojin. Después, controlé la caída al suelo, donde logré terminar de pie. Mis patas se sumergieron en los fríos centímetros de un charco. Recibí con placer una amplia bocanada de aire, plagada de gotas de lluvia, que inundó mis pulmones. Era libre, por fin, sin esos dedos gigantescos aplastándome la caja torácica y las alas, y volví a extender estas como quien se estira tras una larga noche de sueño.
Que preparásemos el barco para zarpar, dijo. Que haría a Eaa entrar en razón, dijo. Sentí un odio visceral ante ese desgraciado, pero la metralla de esta aversión me golpeó a mí por haber sido capturada, por no haber previsto que podía ocurrir.
Por supuesto que iría al barco. Por supuesto que lo prepararía.
Pensé en decirle algo a Peteiro, pero decidí actuar primero. Si, como yo, había estado interpretando su papel para salvar la situación (que yo había provocado), ahora debía hacer lo correcto. Confiaba en ello. Si resultaba haberse convertido en un nuevo enemigo... Preferí no adelantar acontecimientos.
Salté para impulsarme y volví a alzar el vuelo entre la tormenta. Mis plumas estaban caladas por la lluvia, lo notaba al moverme en el aire, pero nada que me impidiese estar a la altura de mi misión. La expresión "estar a la altura" probablemente fuese desafortunada dada la imagen que tenía de mí misma en ese enfrentamiento desde que ese cabronazo había aparecido.
Fui matando los metros hasta que alcancé el extremo del palo mayor, también negro, y me aferré con las patas al punto más alto, hundiendo las garras en la parte más alta de la madera para un mejor agarre. Las gotas continuaban golpeando mi cuerpo blanco, resbalaban por mi pico como abundantes lágrimas. Fue desde allí desde donde pude ver una enorme humareda causada por la violencia de Waj. Tan solo un par de segundos me duró la preocupación por la integridad de Eaa, pues la vi aparecer sin haber recibido el golpe.
Lo bueno de que aquella gente fuese tan grande era que me facilitaba el trabajo de observarlos en la distancia.
Y Eaa se subió en el kanabo, aún clavado en el suelo, ascendiendo por él como si de una rampa se tratase. La escuché vocear de nuevo, pero no la entendí, pues un trueno retumbó en mis oídos y la altura no ayudaba. Y le golpeó en la puta cara con los putos cuernos.
Esta tía es una puta maravilla, me dije. No como tú, que ya podrías aprender.
—Cállate —me ordené en voz alta—. Aquí sigo y no gracias a tus ánimos, por cierto. No sabes más que hablar mierda.
Hablar sola, una bonita costumbre que me gustaba seguir, y no tan rara, teniendo en cuenta que pasaba más tiempo en soledad que con otros seres. Como siempre, mi parte más crítica aportando golpes bajos, así que solía tener que tomar las riendas para recuperar el lugar que merezco dentro de mi propio mundo interior. No es fácil llevar dentro un enemigo tan fiel, pero regresemos a Waj.
Dirigí mi atención durante unos segundos a la cubierta del barco, ahora a mis pies. Casi cien piratas habían tratado de matarnos, con el éxito de un ratón frente a un tigre, así que sería extraño que quedase alguno en el barco. ¿Cómo coño había cabido tanta gente aquí? No era mi problema, tan solo fijarme en si quedaba algún rezagado que buscase la muerte solo por estar respirando.
Sí, con uno de esos sí podrías, ¿eh?, volvió a arremeter mi criticidad contra mí.
—Y con tu puta madre también. —Que era mi propia madre, claro. Fuera quien fuese esa mujer.
Si había algún idiota allí abajo, ahora mismo era lo que menos me preocupaba. Debía llevar a cabo la misión que yo misma me había encomendado al recibir la puta orden de Waj. Orden que me pasaría por el forro de las bragas.
Miré a mi izquierda. La bandera de los Piratas Wajiti ondeaba, mojada y pesada, en el viento tormentoso. Su jolly roger, el símbolo de la calavera (tuerta, por supuesto) que los identificaba como banda pirata, presidía aquel majestuoso barco de lúgubre aura.
La bandera es importante para un pirata. Representa todo lo que es, su reputación, la identidad criminal de quien surca las aguas. Yo nunca había tenido ninguna que me representase, tampoco lo había necesitado. Sin embargo, lo sabía.
Clavé el pico en la tela, en uno de los extremos que se sujetaba a la madera. Me ayudé con una de las garras mientras que mantenía apoyada la otra. Extendí las alas para un mayor equilibrio. La bandera comenzó a desgarrarse. Era grande, pero mi determinación también. Conseguí arrancarla. Ya era mía. Tan mojada, pesaba como una condenada, aunque nada que no pudiese manejar. Después, dejé caer parte de la tela sobre la madera y situé encima la pata de apoyo, pisándola. Sujetando uno de los extremos con el pico, tiré hacia arriba. La bandera comenzó a rajarse, partiendo por la mitad el símbolo de los Piratas Wajiti. Me detuve antes de separar la bandera en dos, de modo que continuase siendo una sola pieza.
Tal vez Eaa hubiese dejado ciego del todo a Waj con aquella cornada, aún no podía saberlo. Pero, si todavía mantenía la fortuna de conservar la vista después de aquello, me aseguraría de que viese cómo su reinado caía antes de que la muerte le inutilizase los ojos para siempre. Porque estaba segura de que Waj, de esta, no saldría.
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