[Pasado FIC] [+18] - El castigo infligido es desproporcionado al crimen cometido
#2
     Durante el resto de aquel jueves, mi cuerpo se dedicó a llevar a cabo todas las tareas que mi trabajo me dictaba, pero mi mente yacía frente a aquel poste de madera, frente a aquel cartel, frente a aquel rostro. No me lo podía sacar de la cabeza y, cuanto más permanecía en ella, mayor era el nivel de locura que esbozaba la idea que crecía por momentos.
     El capitán pirata Jasper O’Rourke estaba en la ciudad.
     Aquella fue la primera noche en la que, fuera del fin de semana, decidí salir. No buscaba fiesta, no buscaba placer, no buscaba libertad, aunque todas mis células me gritaban que, si lo encontraba a él, podría llegar a hallar todo lo demás.
     La lógica me hacía pensar que, en tierra, el lugar natural de un grupo de piratas eran las tabernas, así que eso fue lo que hice esa noche: recorrerlas todas siguiendo mi impulso más descabellado. Y lo que encontré en las que visité no fue más que mi fracaso. Ni rastro de la banda.
     En realidad, no sabía lo que estaba buscando. Si conocía el rostro del capitán era por el cartel de recompensa. Vi varios a lo largo de la ciudad, aunque no tantos como para considerar que la empapelaban. Y lo admito: había arrancado uno para guardármelo.
      Durante las noches siguientes tuve el mismo éxito: ninguno. Sí que llegué a escuchar comentarios de las gentes del lugar sobre la presencia de los Piratas Dorados en la ciudad. A pesar de los carteles, no parecía que hubiese una búsqueda activa por parte de las autoridades. No me extrañó: las autoridades me han demostrado en varias ocasiones que hacen nada y menos por ayudar a las víctimas de un delito, especialmente, si a quienes compensa proteger es a los propios autores del mismo. Por aquel entonces, no estaba yo muy puesta en la piratería, pero sí en otra clase de mundo donde quienes ostentan dinero y poder quedan impunes ante los actos aberrantes que cometen contra otras personas. Por tanto, pronto aprendí que confiar en las proclamadas autoridades era un error.
      La cuestión es que comencé a preguntarme si aquellos piratas visitaban las tabernas por el día en lugar de por la noche, si no las frecuentaban en absoluto o si es que jamás llegaron a estar en aquella ciudad a pesar de los frecuentes rumores que llegaban a mis oídos.
     En cualquier caso, no abandoné mi determinación. Incluso mis compañeros de tareas domésticas se dieron cuenta de que algo en mí había cambiado y me preguntaban, de forma sutil, lo que hacía cada noche al salir de la mansión. Nunca esperé pasar desapercibida, mi apariencia física siempre me lo ha complicado, pero no quise responder de forma abierta. Hacerlo sería como pedir a gritos mi propio despido. Así que, por supuesto, mentía.
     Mi suerte cambió casi una semana después.
      Mis salidas nocturnas casi respondían a la inercia, pues después de varios días sin resultados, no creía que aquella noche de miércoles fuese distinta. Pero cuando entré a la taberna Siete Monedas, al instante noté que la atmósfera era diferente: el mismo olor a humo y sudor, pero me rodeó otro tipo de energía.
     Había varios grupos de personas, pero ninguno era tan numeroso ni llamaba tanto la atención como aquel situado en la mesa más grande —la unión de tres mesas— del fondo. Conté catorce personas.
     Identifiqué a O’Rourke de inmediato.
     Mi corazón volvió a desbocarse.
     El cartel de recompensa de ese capitán pirata no le hacía justicia, ni de lejos, a lo que hallé cuando pude verlo en persona.
     Definitivamente, era el hombre más guapo que había visto en mi puta vida.
      Su cabello era rubio, largo, en parte suelto, en parte convertido en trenzas en el lado izquierdo que caían envueltas en ornamentos. Su piel era, en cierto modo, morena, probablemente por la vida en el mar. Y sus ojos azules lucían como el mar mismo: intensos, salvajes. Una barba no muy larga, también rubia, cubría parte de su rostro. Llevaba las orejas agujereadas y cubiertas de numerosos pendientes.
     Y su mirada… Su mirada me captó como al insecto que cae en la tela de una araña.
     Aun cuando él ni siquiera había reparado en mi presencia.
     Entendí por qué se hacían llamar Piratas Dorados: O’Rourke parecía engendrado por el sol.
     De pronto, me invadieron unos nervios dignos de cualquier estúpida adolescente, y toda mi convicción, el plan que había empezado a seguir recorriendo las tabernas noche sí y noche también, se tambaleó. Me vi tan… fuera de lugar.
     Entonces, recordé lo que me había motivado a mezclarme en ambientes tan poco recomendables, tan impropios para lo que debería ser una “señorita”. Aborrecía ese término. Aborrecía que se me presupusiese cómo debía comportarme, lo que debía gustarme y cómo debía ser solo por lo que tenía entre las piernas y sobre mi pecho, en lugar de seguir lo que me dictaba el alma. Y lo que me dictaba el alma no era quedarme recatada, invisible, esperando a que la máxima aspiración de mi vida fuese encontrar un marido y convertirme en una figura pasiva a su sombra.
     Me tragué la repentina inseguridad, recordando lo que había tenido que pasar para llegar a aquel presente, mi presente, y comencé a andar hacia aquel grupo de piratas. Y, sin hacer otra cosa más allá de situarme frente a ellos, la atención de todos sus integrantes recayó sobre mí de forma inmediata.
     —¿Qué se te ha perdido aquí, preciosa? —me preguntó una de las dos mujeres de la banda, sentada a la izquierda del capitán. Su forma de dirigirse a mí, a pesar de la última palabra, fue más agresiva que amable. Tragué saliva.
     —Tú siempre tan simpática, Lynette —dijo un hombre al que no ubiqué
      La mirada de la tal Lynette desprendía fuerza, desconfianza, a través de unos iris casi negros que habían comenzado a evaluarme. Su piel oscura era la antítesis a la mía. Poseía un cabello negro y rizado, salvaje bajo el pañuelo rojo que portaba en la cabeza. Sobre el ojo derecho, un parche, a partir del cual lucía pintura negra que cubría la mejilla de ese mismo lado.
     —¿Te comió la lengua el gato? —continuó ella, sin sonreír.
     Traté de controlar el ligero temblor de mis piernas. Entonces, contesté:
      —Quiero unirme a vuestra tripulación.

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RE: [Pasado FIC] - El castigo infligido es desproporcionado al crimen cometido - por Maeve Knox - 07-02-2024, 03:15 PM

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