09-02-2024, 07:58 PM
Los componentes de la banda pirata se miraron unos a otros, a excepción del capitán y Lynette, quienes no apartaron su vista de mí. Entonces, el grupo rompió a reír. Las carcajadas eran escandalosas, como si hubiese contado el mejor chiste de la historia.
La mujer negra se limitó a sonreír de medio lado, mirándome cual bicho raro.
O’Rouke permanecía serio, sus ojos de océano escudriñando los míos de hielo.
Empecé a notar cómo el calor se arremolinaba en mis mejillas, rosándolas casi con seguridad. O con seguridad total, pues los labios de Jasper ahora dibujaron su propia sonrisa, una que me clavó al suelo.
—Silencio —ordenó O’Rourke. La obediencia fue inmediata—. Debes de ser muy ingenua o muy necia para plantarte aquí y soltar eso.
—O las dos cosas —añadió Lynette.
—¿Qué le lleva a una niña como tú a pedir algo como eso? —continuó el rubio, ignorando la pulla anterior.
—No soy una niña —fue lo único que contesté. Me ardió aún más el rostro al pensar que mi cuerpo pudiera hacer pensar eso. Llevaba ropa ancha, impropia de las “señoritas”, tal vez las formas ocultas fueron lo que lo confundieron.
—Mis disculpas. Digamos, entonces, a una joven. ¿Por qué una joven se acercaría a unos mamarrachos como nosotros y diría eso?
Dudé unos instantes. Por mucho que me atrajese la idea de ser una de ellos, por ser piratas, seguían siendo unos desconocidos. No iba a abrirme en canal para satisfacer sus ganas de saber (lícitas, por otro lado, dada la naturaleza de mi mensaje).
—Quiero ser pirata.
—Eso nos ha quedado claro —volvió a intervenir Lynette—. ¿Te has visto la cara? Regresa a la casa de muñecas de la que has salido.
Un nuevo golpe bajo.
—Déjame que te lo pregunte de otro modo. ¿Qué es lo que podrías aportar a mi tripulación? —El tono de O’Rourke se tornó algo socarrón.
—Lo que me enseñes —me limité a contestar. Aprender, aprendía rápido.
—No me sirve. La vida pirata no es un juego.
—¿Quién te ha dicho que he venido a jugar?
—La chica tiene agallas —rio algún tipo del grupo.
El capitán entornó los ojos e inclinó la cabeza hacia atrás. Su largo cabello rubio se movió sobre los hombros.
Por suerte, el resto de los ocupantes de la taberna no estaban atentos a aquel duelo de… ¿de qué? No podíamos competir como iguales.
—¿Has robado? —inquirió Jasper.
—Sí.
—¿Has matado?
—Sí.
—¿Has mentido?
—Sí.
—¿Me estás mintiendo ahora mismo?
—No.
—¿Cómo puedo fiarme?
—Porque me pillarías enseguida si me uno a tu tripulación. Y seguramente me matarías. No soy tan estúpida.
—Tal vez te mate igual.
—Correré el riesgo.
Por supuesto que creía en mí misma y en mis capacidades, pero mostrarme tan segura dadas las circunstancias, su superioridad numérica y la naturaleza criminal de esa gente, no había entrado en mis planes. Simplemente ocurrió.
La sonrisa del capitán se ensanchó, provocándome un vuelco en el estómago.
—Búscanos mañana por la noche en el puerto, cuando todas las tabernas comiencen a cerrar. Si llegas a tiempo, podrás subir al barco. Estarás de prueba. Una sola tontería y serás comida de tiburones, ¿me he explicado bien?
—Perfectamente.
Con el corazón latiendo como una mano llamando de forma insistente a una puerta, logré pronunciar esa palabra de un modo convincente.
—Ahora vete, no quiero saber nada de ti hasta entonces. —A pesar de sus rudas palabras, no dejó de sonreír.
Me di la vuelta de inmediato y comencé a andar hasta la puerta.
—Eres muy blando, Jasper —le reprochó Lynette.
—Y tú muy pesada —rio él.
La presión en mis oídos aumentaba con cada paso que daba, oyendo mi riego sanguíneo como si fuese la única cosa en el mundo. El vocerío del local me llegaba amortiguado y, cuando lo dejé atrás tras la puerta, silencio.
Al día siguiente, el tiempo parecía retroceder, como si quisiera evitar mi encuentro nocturno. Contaba con ansia cada hora que transcurría y, a la vez, debía esforzarme para evitar sospechas de mis compañeros domésticos.
Cuando llegó la noche, mi expectación ya había crecido hasta límites dolorosos. Conseguí esperar a que la gente de la mansión se fuese a dormir para fingir hacerlo yo también. En realidad, lo que hacía en mi habitación era guardar todas mis pertenencias posibles en el macuto. Macuto que, por cierto, conservaba desde mis andanzas en aquella granja de dementes.
Al llevarme mis cosas, sabrían que me había fugado en cuanto comprobasen que tampoco estaban.
Al llevarme mis cosas, sabrían que me había fugado en cuanto comprobasen que tampoco estaban.
A la mierda, pensé.
Se correría la voz de que “se ha visto a la del pelo blanco con los Piratas Dorados”. Para cuando quisieran buscarme yo estaría ya muy, muy lejos.
Con gran sigilo, cualidad que no se me da nada mal, logré llegar a la puerta del servicio e, intentando que sus desengrasadas bisagras no alertasen a nadie, salí a la noche.
Sabía a qué hora cerraban las tabernas, había presenciado muchos de estos cierres, así que no me fue difícil guiarme.
Con paso ligero, me encaminé al puerto. No había pérdida.
¿Cómo no se me había ocurrido antes ir al puerto durante la búsqueda de la última semana? Un barco de tal magnitud y belleza no podría haber pasado desapercibido ante mis ojos. Era una obviedad como un piano: eran piratas, joder, no iban a venir en globo. Que podrían, peores cosas se han visto. La cuestión era que no había sido lo suficientemente avispada y era algo que debía cambiar si no quería que me comiesen viva en una tripulación como aquella.
Me aproximé al navío, de un majestuoso marrón oscuro. Las velas de color crema permanecían en reposo bajo la caricia del viento, quien, como si de su amante se tratase, las incitaba a levantarse ante su presencia.
—Habíamos apostado a si vendrías o no. Yo dije que no. Me has hecho perder. —La voz de Lynette me llegó desde la madera que conformaba la borda. Ese término sí lo sabía, pero debía aprender sobre barcos para no hacer mucho el ridículo.
—No es mi culpa, haber confiado en mí —le dije a la mujer del parche.
—¿Confiar en ti? Para eso tendrás que ganártelo. Puede que Jasper te haya dado una oportunidad, pero a mí no me engañas.
Decidí no responderle más, pues, sin duda, Lynette estaba buscando cualquier mal paso para aumentar lo que quisiera que estuviese alimentando su rechazo hacia mí.
Puse el pie en la rampa de madera que comunicaba con el barco. Un escalofrío de placer me recorrió entera. No miré atrás.
