10-02-2024, 09:00 PM
(Última modificación: 10-02-2024, 09:01 PM por Maeve Knox.)
PERSONAJE
—Oh, sí, por supuesto que le puede. —Di por hecho que Peteiro se refería a Eaa. Estaba viendo un lado salvaje de la semi oni que cada vez me gustaba más—. ¿Con esto? —Alcé un poco la bandera rasgada por la mitad—. La cuestión es qué va a hacer él.
¿El desgraciado de Waj se dejaría provocar una vez más? El gigantón no nos hizo esperar: la respuesta fue sí.
Se enfureció y, con su fea cara cubierta de sangre (cortesía de Eaa), a gritos me llamó "perra". Eso es lo que le habría gustado que fuese para él: una perra. Pero se quedaría con las ganas.
Le ordenó a Peteiro que viniese a matarme. Después de que el gyojin me hablase en su última intervención, mis dudas sobre su posible cambio de bando se disiparon casi por completo. No había hostilidad en sus palabras, al contrario. No obstante, no bajaría mi guardia con respecto a él, no fuera a ser que me llevase una desagradable sorpresa. Tendría que esperar para terminar de comprobar su verdadera lealtad.
Desquiciado, Waj había comenzado a correr hacia el barco. En apenas segundos, evalué la situación. ¿Qué iba a hacer, ponerse a aporrear su propio barco, su más preciada posesión, intentando golpearme con el kanabo? Por supuesto, yo no volvería a cometer el mismo error: no volvería atraparme. ¿O se movería como un loco por la cubierta con el riesgo de destrozar o incluso volcar el navío dado su tamaño? ¿Hundiría La Dama Errante solo para tratar de darme caza?
¿El desgraciado de Waj se dejaría provocar una vez más? El gigantón no nos hizo esperar: la respuesta fue sí.
Se enfureció y, con su fea cara cubierta de sangre (cortesía de Eaa), a gritos me llamó "perra". Eso es lo que le habría gustado que fuese para él: una perra. Pero se quedaría con las ganas.
Le ordenó a Peteiro que viniese a matarme. Después de que el gyojin me hablase en su última intervención, mis dudas sobre su posible cambio de bando se disiparon casi por completo. No había hostilidad en sus palabras, al contrario. No obstante, no bajaría mi guardia con respecto a él, no fuera a ser que me llevase una desagradable sorpresa. Tendría que esperar para terminar de comprobar su verdadera lealtad.
Desquiciado, Waj había comenzado a correr hacia el barco. En apenas segundos, evalué la situación. ¿Qué iba a hacer, ponerse a aporrear su propio barco, su más preciada posesión, intentando golpearme con el kanabo? Por supuesto, yo no volvería a cometer el mismo error: no volvería atraparme. ¿O se movería como un loco por la cubierta con el riesgo de destrozar o incluso volcar el navío dado su tamaño? ¿Hundiría La Dama Errante solo para tratar de darme caza?
Un nuevo movimiento de Eaa hizo añicos mi elucubraciones. La patada que le dio en un costado fue digna de enmarcación. Luego, se colocó delante del crédulo gilipollas, justo antes de la rampa que conectaba con el barco, y como una guardiana del averno, le cortó el paso a Waj.
El desempeño de Eaa durante toda la contienda me fascinaba. Era una auténtica guerrera. No podía sino admirarla.
Sin pensarlo dos veces, y sin soltar la gran bandera desgarrada, me impulsé con las patas y me lancé al cielo. Extendí las alas y alcancé un par de metros más de altura más, que se sumaban a los —calculaba— treinta que podía medir perfectamente el palo mayor. Una vez más, la lluvia intensa e incesante, así como el viento incansable, me hacían más difícil la tarea de mantenerme en el mismo punto del aire. En cualquier caso, estaba muy fuera del alcance del tuerto trastornado. Incluso si él saltase tomando el propio barco como punto de apoyo. Pero, para ello, debía superar a Eaa.
Buena suerte con eso, carcajeé en mi interior.
Batía mis alas con violencia, con los relámpagos recorriendo el cielo como radiantes venas. No apartaba la vista del autoproclamado rey de no sé qué. La sangre se resbalaba por su rostro, mezclada con agua, como arroyos rojizos. Arroyos de muerte, la que encontraría bajo una tormenta menos despiadada que los enemigos que lo machacaban.
—¡Estás acabado, Waj! —grité con esfuerzo para asegurarme de que mi voz atravesaba las alturas y los truenos—. ¡No tienes ni tripulación ni bandera! ¡No tienes ninguna oportunidad de supervivencia! ¿Recuerdas? ¡Nosotros no hacemos prisioneros!
Fue entonces cuando, con un movimiento rápido con las garras, terminé de partir en dos la bandera. El símbolo de los Piratas Wajiti quedó profanado, como mi puta dignidad cuando aquel miserable me tuvo presa en su mano.
INFORMACIÓN
