14-02-2024, 04:08 PM
Don Bambú esperó semanas la llegada de aquella promesa en forma de barco que pudiera sacarle del infierno lleno de gigantes y avispas en el que se había metido con sus camaradas. Tuvo una conversación seria sobre el tema con Caoba, superviviente de los sucesos de la isla aparte de él. Panda insistía en que Caoba le acompañase en el barco de Nozama hacia la isla del cielo y continuasen su aventura, pero elle se empeñaba en que la muerte de sus compañeros todavía no era una certeza y que alguien debía permanecer allí y cuidar del barco. —No doy a mis amigos por muertos, Caoba... —Mintió. Tal vez se mentía más a sí mismo que a Caoba. —...pero tenemos que continuar. Si te quedas aquí te capturarán tarde o temprano. —La advertencia del panda cayó en saco roto. Caoba no dio brazo a torcer y se negó a acompañar al revolucionario en su aventura. —No te obligaré a venir, pero más te vale que nos veamos en la segunda mitad del Grand Line. —Le dio la mano a una causa perdida y se despidieron, porque no había otra. Bambú echó una última mirada atrás desde la distancia selvática que ya había recorrido. Caoba ya no estaba allí.
Esperó durante horas en la playa sur de la isla por el barco de Nozama. Justo cuando estaba considerando volver al barco e intentarlo de nuevo mañana por la mañana, una sombra apareció en el horizonte. Se trataba de un barco comercial, sin lugar a dudas el transporte prometido. No tardaron demasiado en llegar y atracar el barco. De él desembarcaron seis botes diferentes llenos de gente lista para recoger materiales. Llevaban trajes especiales, como si fueran apicultores, y Don Bambú no pudo evitar preguntarse qué demonios planeaban hacer. Una vez llegaron con sus barcas a la costa, varias docenas de figuras encapsuladas en estrambóticos trajes se lanzaron hacia la selva con curiosas herramientas entre sus manos. Todos menos una persona que destacaba por su diminuta estatura, que recibió al panda con un traje de talla Mink y un portapapeles. —Intuyo que el que llamó fue usted. —La voz era inconfundiblemente de una mujer, tal vez humana. Ni siquiera dejó al panda terminar. —Protéjase con este traje, vamos a recoger cera de avispas. Sólo esta especie es capaz de generarla y tiene espectaculares propiedades como pegamento. Va a trabajar usted para ganarse su viaje. —Ya se lo esperaba, por supuesto. Nozama era una compañía apreciada en todo el mundo por su gran eficacia en el reparto de mercancías, pero también era conocida por sus implacables políticas. No regalaban nada. Al menos le habían dado trabajo y un traje que le permitía ocultar su presencia. Don Bambú se puso el traje, el cual le quedaba sorprendentemente como un guante y ayudó en la recolección de panales de avispas. Tardaron tan solo un día en recoger suficiente como para llenar una veintena de cajas del tamaño de una persona cada una. Durante ese periodo los gigantes ni siquiera asomaron su hocico para observar a los grupos de recolectores. Don Bambú, cumplida su parte, pudo embarcar con los demás trabajadores y fue empleado, con un nombre falso, eso sí, como mozo de carga en el barco.
Con el tiempo, Don Bambú apreció cuán afortunado había sido en el momento en el que embarcó en aquel navío. La mayor parte de los tripulantes no le habían visto la cara bien y la encargada que le contrató parecía mucho más interesada en obtener resultados satisfactorios para ascender en la empresa que en las noticias del mundo. Tuvo tiempo a solas en su camarote para agenciarse unas gafas de sol y argumentar que sus ojos eran muy sensibles a la luz. De esa manera pudo cubrirse la cicatriz del ojo izquierdo y dificultar que la gente pudiera reconocerle fácilmente. Nunca se relacionaba con nadie. Hacía su trabajo en silencio. Si alguien le hablaba, asentía en silencio y acataba órdenes si había que acatarlas, y si no, no hacía comentarios al respecto de nada. Con el tiempo el resto de sus compañeros asumieron que al panda no le gustaba la gente, pero como trabajaba como cinco personas juntas al mismo tiempo, le dejaron a lo suyo. Un día, mientras se tomaba un descanso en sentado en la proa del barco, cigarrillo en boca y café en mano, llegó como un regalo celeste el periódico de Intha. Al menos tendría algo para leer. Devoró la lectura en cuanto sus manos la alcanzaron. El café quedó a un lado mientras el panda pasaba páginas del periódico a toda velocidad, revisando los artíulos uno por uno. En primera plana estaba la noticia de que Beff Jezos autorizaba la entrega de distintivos a patrones de barco que colaborasen con Nozama en el transporte de mercancías para los juegos de Skypiea. Esperaba que el hecho de trabajar en aquel barco le sirviese como autorización, aunque estuviera ocultando su identidad allí. En la siguiente página, mirándole con aquella mirada de psicópata absoluto, estaba Finn. La noticia trataba del resultado de una pelea entre Finn y los Shogun Gari. ¡Los Shogun Gari habían derrotado y acabado con Finn! El rostro de Garnet, con una sonrisa muy propia de él, miraba al panda como un igual. —¿Cuán fuerte te has vuelto, Garnet? —Dos filas de puntiagudos dientes recorrieron el rostro del panda. Casi daba miedo verle sonreír de aquella forma. No duró mucho aquella sonrisa, sin embargo, porque inmediatamente debajo de aquella noticia estaba su cara. —Mierda. —Tuvo la buena idea de cubrirse su cicatriz desde el principio, pero no se sentía demasiado seguro en aquel barco. No había muchos mink panda. Las noticias sobre la revolución hablaban de cómo el grupo de Kovashi había sido exterminado. Todos menos Don Bambú, que estaba en paradero desconocido. Incluso las noticias daban por muertos a sus amigos. No sabía muy bien cómo sentirse al respecto. Intentó despejar su mente continuando con la lectura del periódico, aunque su pecho tamborileaba con fuerza ante la idea de que sus compañeros de trabajo estuvieran leyendo el periódico y atando cabos. ¿Tendría que haberse pintado todo de blanco y haberse hecho pasar por un oso polar? Quita quita, qué racista.
Las últimas noticias trataban sobre los Alas Negras capitaneados por el lunarian ese con un nombre tan largo y sobre una competición en Water Seven. A los Alas Negras los había visto tan solo en una ocasión de lejos y ocupaban su mente en muy contadas ocasiones. Quizás fueran personas interesantes para la revolución. No consideró muy interesante la última noticia, porque él no era carpintero, así que dobló el periódico y se lo guardó. Se terminó el café y tiró la colilla del cigarrillo ya consumida por la borda. Volvió al trabajo intentando aparentar tranquilidad y trató de evitar a sus compañeros como siempre. Se sentía observado por ellos, como si hubieran logrado sumar 2 y 2 con absoluto éxito y estuvieran meditando cómo proceder. Justo en el momento en el que uno de ellos se estaba acercando para decirle algo, un anuncio por la megafonía del barco les informó de que se agarrasen a lo que encontrasen en cubierta o entrasen en el barco inmediatamente. Don Bambú abrazó la oportunidad y se alejó del trabajador del barco para agarrarse al mástil mayor del barco. No entendía muy bien por qué tenía que hacerlo, pero todo con tal de alejarse de la tripulación del barco en aquel momento.
Una melodía comenzó a sonar en la lejanía. ¿Profetizaba tal vez la llegada de algo grande? Esta pregunta no duró mucho en la mente del panda, pues un brutal estallido elevó el barco hacia el cielo a toda velocidad. El panda sintió la presión de la gravedad y la velocidad trabajando juntas para lanzarle fuera del barco, pero sus músculos de acero habían formado una llave alrededor del palo mayor que le impedía salir despedido. Miró al cielo, hacia las nubes a las que se aproximaban a toda velocidad. —Finalmente... ¿¡Skypiea!? —No podía esperar a cruzar el gran umbral y admirar la verdad de Skypiea con sus propios ojos. Si sus amigos estuvieran allí...
Esperó durante horas en la playa sur de la isla por el barco de Nozama. Justo cuando estaba considerando volver al barco e intentarlo de nuevo mañana por la mañana, una sombra apareció en el horizonte. Se trataba de un barco comercial, sin lugar a dudas el transporte prometido. No tardaron demasiado en llegar y atracar el barco. De él desembarcaron seis botes diferentes llenos de gente lista para recoger materiales. Llevaban trajes especiales, como si fueran apicultores, y Don Bambú no pudo evitar preguntarse qué demonios planeaban hacer. Una vez llegaron con sus barcas a la costa, varias docenas de figuras encapsuladas en estrambóticos trajes se lanzaron hacia la selva con curiosas herramientas entre sus manos. Todos menos una persona que destacaba por su diminuta estatura, que recibió al panda con un traje de talla Mink y un portapapeles. —Intuyo que el que llamó fue usted. —La voz era inconfundiblemente de una mujer, tal vez humana. Ni siquiera dejó al panda terminar. —Protéjase con este traje, vamos a recoger cera de avispas. Sólo esta especie es capaz de generarla y tiene espectaculares propiedades como pegamento. Va a trabajar usted para ganarse su viaje. —Ya se lo esperaba, por supuesto. Nozama era una compañía apreciada en todo el mundo por su gran eficacia en el reparto de mercancías, pero también era conocida por sus implacables políticas. No regalaban nada. Al menos le habían dado trabajo y un traje que le permitía ocultar su presencia. Don Bambú se puso el traje, el cual le quedaba sorprendentemente como un guante y ayudó en la recolección de panales de avispas. Tardaron tan solo un día en recoger suficiente como para llenar una veintena de cajas del tamaño de una persona cada una. Durante ese periodo los gigantes ni siquiera asomaron su hocico para observar a los grupos de recolectores. Don Bambú, cumplida su parte, pudo embarcar con los demás trabajadores y fue empleado, con un nombre falso, eso sí, como mozo de carga en el barco.
Con el tiempo, Don Bambú apreció cuán afortunado había sido en el momento en el que embarcó en aquel navío. La mayor parte de los tripulantes no le habían visto la cara bien y la encargada que le contrató parecía mucho más interesada en obtener resultados satisfactorios para ascender en la empresa que en las noticias del mundo. Tuvo tiempo a solas en su camarote para agenciarse unas gafas de sol y argumentar que sus ojos eran muy sensibles a la luz. De esa manera pudo cubrirse la cicatriz del ojo izquierdo y dificultar que la gente pudiera reconocerle fácilmente. Nunca se relacionaba con nadie. Hacía su trabajo en silencio. Si alguien le hablaba, asentía en silencio y acataba órdenes si había que acatarlas, y si no, no hacía comentarios al respecto de nada. Con el tiempo el resto de sus compañeros asumieron que al panda no le gustaba la gente, pero como trabajaba como cinco personas juntas al mismo tiempo, le dejaron a lo suyo. Un día, mientras se tomaba un descanso en sentado en la proa del barco, cigarrillo en boca y café en mano, llegó como un regalo celeste el periódico de Intha. Al menos tendría algo para leer. Devoró la lectura en cuanto sus manos la alcanzaron. El café quedó a un lado mientras el panda pasaba páginas del periódico a toda velocidad, revisando los artíulos uno por uno. En primera plana estaba la noticia de que Beff Jezos autorizaba la entrega de distintivos a patrones de barco que colaborasen con Nozama en el transporte de mercancías para los juegos de Skypiea. Esperaba que el hecho de trabajar en aquel barco le sirviese como autorización, aunque estuviera ocultando su identidad allí. En la siguiente página, mirándole con aquella mirada de psicópata absoluto, estaba Finn. La noticia trataba del resultado de una pelea entre Finn y los Shogun Gari. ¡Los Shogun Gari habían derrotado y acabado con Finn! El rostro de Garnet, con una sonrisa muy propia de él, miraba al panda como un igual. —¿Cuán fuerte te has vuelto, Garnet? —Dos filas de puntiagudos dientes recorrieron el rostro del panda. Casi daba miedo verle sonreír de aquella forma. No duró mucho aquella sonrisa, sin embargo, porque inmediatamente debajo de aquella noticia estaba su cara. —Mierda. —Tuvo la buena idea de cubrirse su cicatriz desde el principio, pero no se sentía demasiado seguro en aquel barco. No había muchos mink panda. Las noticias sobre la revolución hablaban de cómo el grupo de Kovashi había sido exterminado. Todos menos Don Bambú, que estaba en paradero desconocido. Incluso las noticias daban por muertos a sus amigos. No sabía muy bien cómo sentirse al respecto. Intentó despejar su mente continuando con la lectura del periódico, aunque su pecho tamborileaba con fuerza ante la idea de que sus compañeros de trabajo estuvieran leyendo el periódico y atando cabos. ¿Tendría que haberse pintado todo de blanco y haberse hecho pasar por un oso polar? Quita quita, qué racista.
Las últimas noticias trataban sobre los Alas Negras capitaneados por el lunarian ese con un nombre tan largo y sobre una competición en Water Seven. A los Alas Negras los había visto tan solo en una ocasión de lejos y ocupaban su mente en muy contadas ocasiones. Quizás fueran personas interesantes para la revolución. No consideró muy interesante la última noticia, porque él no era carpintero, así que dobló el periódico y se lo guardó. Se terminó el café y tiró la colilla del cigarrillo ya consumida por la borda. Volvió al trabajo intentando aparentar tranquilidad y trató de evitar a sus compañeros como siempre. Se sentía observado por ellos, como si hubieran logrado sumar 2 y 2 con absoluto éxito y estuvieran meditando cómo proceder. Justo en el momento en el que uno de ellos se estaba acercando para decirle algo, un anuncio por la megafonía del barco les informó de que se agarrasen a lo que encontrasen en cubierta o entrasen en el barco inmediatamente. Don Bambú abrazó la oportunidad y se alejó del trabajador del barco para agarrarse al mástil mayor del barco. No entendía muy bien por qué tenía que hacerlo, pero todo con tal de alejarse de la tripulación del barco en aquel momento.
Una melodía comenzó a sonar en la lejanía. ¿Profetizaba tal vez la llegada de algo grande? Esta pregunta no duró mucho en la mente del panda, pues un brutal estallido elevó el barco hacia el cielo a toda velocidad. El panda sintió la presión de la gravedad y la velocidad trabajando juntas para lanzarle fuera del barco, pero sus músculos de acero habían formado una llave alrededor del palo mayor que le impedía salir despedido. Miró al cielo, hacia las nubes a las que se aproximaban a toda velocidad. —Finalmente... ¿¡Skypiea!? —No podía esperar a cruzar el gran umbral y admirar la verdad de Skypiea con sus propios ojos. Si sus amigos estuvieran allí...
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