16-02-2024, 03:21 AM
El precipitado ascenso enmudeció ante el sonido del concierto que todo lo envolvía y todo lo callaba. La fuerza del viento cruzando a toda velocidad al lado de las orejas del panda se escuchaba ya en segundo plano cuando la voz de un hombre resonó por encima del angelical coro y comenzó a cantar con una voz nítida. No era capaz de ver nada a su alrededor, porque las nubes habían engullido toda la embarcación y uno sólo podía intuir que no estaban ocurriendo cosas buenas. Esta situación le recordó al ascenso por la Reverse Mountain. Casi pudo sentir de nuevo el tacto de Enma sujeto a su cuello, pero tuvo que apartar ese recuerdo en pos de no debilitar su agarre en el palo mayor. El ascenso duró lo que bien pudieron ser horas, pero finalmente una gloriosa luz celestial despejó las nubes que los habían engullido. El sol les dio la bienvenida a una especie de mar de nubes sobre el que la embarcación aterrizó con una sacudida. Las vistas eran sin duda espectaculares, pero Don Bambú echó un ojo a su alrededor para corroborar los daños. El barco seguía en pie, pero necesitaría reparaciones. No era capaz de reconocer si estaban todos los tripulantes a salvo porque activamente los había estado evitando. Aprovechó la necesidad de recuperación de los tripulantes del barco para echar un ojo a los alrededores. Había decenas de barcos, cada uno en peor estado que el anterior, pero el que más llamaba la atención era el navío de los asquerosos marines. Estaba en mejores condiciones que la mayoría, pero estaba lejos. Naturalmente, Don Bambú no quería lidiar con las fuerzas de la justicia, más aún tras el artículo que Intha le había dedicado en su periódico. ¿Se había olvidado de comprobar su recompensa? Salir en las noticias solía ser precedente de un aumento. Todavía tenía el periódico guardado, pero no tenía tiempo para comprobar nada. Su mayor prioridad en aquel momento era alejarse de aquellos marines cuanto antes. La música, al parecer proveniente de quién sabe cuántas caracolas, tanto en la playa como en las blanquecinas aguas del cielo, comenzaba a enmudecer para dar paso a un comunicado que contrastaba claramente por su nerviosismo con la armoniosa melodía a la que sustituía. Les daban la bienvenida a Skypiea en nombre del emperador Zarutsuki y les solicitaban que descargasen en la costa y siguieran los caminos.
Era su oportunidad. Don Bambú decidió no cuestionar lo que estaba ocurriendo ni beberse las fantásticas vistas de la tierra que llevaba meses plagando sus sueños y se puso manos a la obra. Comenzó cargando cajas de mercancía del barco en uno de los botes disponibles. La tripulación, en un principio agitada por el reciente ascenso, se enderezaron al verle trabajar y algunos comenzaron a unirse a la tarea. El primer bote no tardó en estar listo para desembarcar y en él Don Bambú estaba listo para formar parte de su pequeña tripulación. En menos de un cuarto de hora, el bote ya había llegado a la blanquecina costa y el panda se apresuró en dejar la mercancía solicitada a un lado. Le pareció buena idea hacer lo que la voz decía antes de proceder a escoger una ruta (parecía haber cinco). Cuando muy pocas cajas quedaban ya en el bote, Don Bambú se adelantó al grupo para escoger un camino por su cuenta. Estaba entre sus mayores intereses el proceder en solitario por aquellas tierras, ya que cualquier compañía podría delatar su identidad criminal. Atravesó la playa en principio semivacía, ya que la mayor parte de barcos aún estaban llegando, y se acercó a uno de los caminos escogidos al azar. No tenía pista alguna sobre cuál era el camino idóneo ni se había percatado de cuál podría ser la dirección más adecuada. En ocasiones era necesario dejar que el destino lo guiase a uno. Con el corazón en la mano y su esperanza de pavimento, escogió la cuarta ruta contando desde la izquierda. Una estaca de madera más pequeña que el panda le recibió con su brillante llama. En el horizonte arbóreo a penas se divisaba civilización alguna, pero si lo que el mensaje que se transmitió a través de las caracolas era cierto, con seguir el camino bastaría. Al parecer se le había adelantado una persona en su elección. Un joven pelirrojo que le debía de llegar por la cintura más o menos. Su melena roja y sus antenas eran inconfundibles. Iba con un grupo al que inicialmente no prestó atención. Estaba totalmente centrado en el pelirrojo. —¡Garnet! — Le saludó el panda con energía. Se acercó dando zancadas hasta él. —¡Cuánto tiempo! He leído mucho sobre ti últimamente, amigo. Has estado ocupado, ¿eh? —Una sonrisa adornaba la cara del panda, que se quitó las gafas de sol para ver bien a su compañero. La última vez que le vio fue en Cabos Gemelos.
Era su oportunidad. Don Bambú decidió no cuestionar lo que estaba ocurriendo ni beberse las fantásticas vistas de la tierra que llevaba meses plagando sus sueños y se puso manos a la obra. Comenzó cargando cajas de mercancía del barco en uno de los botes disponibles. La tripulación, en un principio agitada por el reciente ascenso, se enderezaron al verle trabajar y algunos comenzaron a unirse a la tarea. El primer bote no tardó en estar listo para desembarcar y en él Don Bambú estaba listo para formar parte de su pequeña tripulación. En menos de un cuarto de hora, el bote ya había llegado a la blanquecina costa y el panda se apresuró en dejar la mercancía solicitada a un lado. Le pareció buena idea hacer lo que la voz decía antes de proceder a escoger una ruta (parecía haber cinco). Cuando muy pocas cajas quedaban ya en el bote, Don Bambú se adelantó al grupo para escoger un camino por su cuenta. Estaba entre sus mayores intereses el proceder en solitario por aquellas tierras, ya que cualquier compañía podría delatar su identidad criminal. Atravesó la playa en principio semivacía, ya que la mayor parte de barcos aún estaban llegando, y se acercó a uno de los caminos escogidos al azar. No tenía pista alguna sobre cuál era el camino idóneo ni se había percatado de cuál podría ser la dirección más adecuada. En ocasiones era necesario dejar que el destino lo guiase a uno. Con el corazón en la mano y su esperanza de pavimento, escogió la cuarta ruta contando desde la izquierda. Una estaca de madera más pequeña que el panda le recibió con su brillante llama. En el horizonte arbóreo a penas se divisaba civilización alguna, pero si lo que el mensaje que se transmitió a través de las caracolas era cierto, con seguir el camino bastaría. Al parecer se le había adelantado una persona en su elección. Un joven pelirrojo que le debía de llegar por la cintura más o menos. Su melena roja y sus antenas eran inconfundibles. Iba con un grupo al que inicialmente no prestó atención. Estaba totalmente centrado en el pelirrojo. —¡Garnet! — Le saludó el panda con energía. Se acercó dando zancadas hasta él. —¡Cuánto tiempo! He leído mucho sobre ti últimamente, amigo. Has estado ocupado, ¿eh? —Una sonrisa adornaba la cara del panda, que se quitó las gafas de sol para ver bien a su compañero. La última vez que le vio fue en Cabos Gemelos.
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