[Presente relativo] Una fiesta de reyes
#3
Kova le tendió la mano en señal de tregua, aunque sospechó que no en señal de amistad. Le tendió la mano enérgicamente y aceptó la tregua de buen gusto. No le interesaba pelearse con el peliblanco después de ver lo que sabía hacer con la espada. Menos aún ahora que él sabía que el panda tenía una habilidad especial: Le había visto usar su fruta del diablo. Por su parte, Derya pareció también aliviada ante el desenlace de la situación. Le sorprendió, eso sí, que ella ya formase parte del ejército, pero pensándolo bien, ni siquiera debería sorprenderle. El ejército buscaba el apoyo de los gyojin con ímpetu, porque atacar desde debajo del agua sin que los marines tengan mucho con que defenderse es una ventaja nada desdeñable. Kova, por su parte, no formaba parte, pero tenía interés en la cuestión. —Y el ejército os buscaría a vosotros si hubieran visto lo que yo. —Confesó el panda.
Unos días más tarde

A lo largo de los últimos días, Don Bambú gozó de una cantidad muy grande y muy necesaria de tiempo en soledad. Se pasaba tardes enteras leyendo, encerrado en el cuarto que le habían cedido amablemente unos señores que iban en el grupo del bosque. Dijeron que el chaval que el panda había rescatado con ayuda de sus compañeros era sobrino del primo de alguien que conocían y eso, al parecer, era motivo suficiente como para ofrecerle todo lo que solicitara. —¿Una habitación silenciosa? —Fue su única pregunta al respecto. Los señores se miraron asombrados. Le ofrecieron suministros grandes de alcohol y comida, pero lo único que aceptó el panda (a regañadientes, hay que añadir) fue la comida. —No es necesario, tengo dinero, pero si insistís aceptaré una comida al día. Y ayudaré a prepararla. —Con aquella sentencia fue suficiente. Todas las tardes el panda salía de treinta minutos a dos horas de su agujero para ayudar al señor de la casa a hacer la comida. Verlos hacer una barbacoa en el jardín, mirando ambos en completo silencio el fuego, comentando de vez en cuando cómo los tiempos cambian a toda velocidad, y que antes estas cosas (fueran cuales fueran) no ocurrían tanto como antes, era como ver un cuadro que representase a la sociedad masculina en su totalidad. El panda se llevaba mejor con la señora, que había leído unos cuantos libros y hacía agudos comentarios sobre algunas obras de Marl Karx, resaltando cómo su doctrina debía evolucionar con los tiempos y no estancarse en la literalidad de sus textos. Don Bambú tuvo que estar de acuerdo, eran argumentos sólidos. Él respetaba los argumentos sólidos. Eran importantes.
 
A veces, por las noches, Panda se animaba a salir a beber y se encontraba de fiesta a Kovashi, que se hundía en alcohol como los hipopótamos en el agua y se comportaba como un babuino en las fiestas. Le parecía un poco idiota, y sin embargo no le caía mal. Cuando hablaba, a pesar del hedor insoportable del alcohol en su aliento, sus palabras bailaban en el aire como bailarinas en un escenario. Uno no podía evitar convertirse en mero espectador ante ellas. Se encontraba también de vez en cuando con Derya, que tenía una vibra completamente diferente a la del peliblanco. Era una mujer agradable y risueña. Un mal día se convertía en una tarde alegre tras estar en su presencia unas horas. Parecía completamente impermeable al pesimismo, como si eso fuera algo que le pasase a otras personas. Eso sí, con la mecha corta. Por lo que había observado su sonrisa podía fácilmente convertirse en un puñetazo si le tocabas los ovarios. Y luego estaba Khruner. Su congénere carecía de memoria a corto plazo, y eso explicaba por qué llamaba Richar a Don Bambú todo el tiempo. Al final, el panda lo abrazó y dejó de intentar corregirle, pues de nada servía. Era feo el cabrón, pero solo por fuera. Después de conversar cinco minutos con él, Panda se dio cuenta de que compartía una visión muy parecida a la suya del mundo. Era un mink muy sacrificado, dispuesto a darlo todo por otras personas, y que contra todo pronóstico conectaba muy bien con las emociones de otras personas. Don Bambú encontró extrañamente agradables los momentos con él, tal vez por compartir origen racial. 
 
Normalmente, el panda no salía hasta la noche a tomar un par de copas y esporádicamente al jardín a fumar. Sin embargo, aquella tarde se estaba preparando un evento para agradecer y celebrar, y no asistir hubiera sido una falta de respeto al amor y los cariños recibidos hasta el momento. La señora no aceptaba un no por respuesta, vamos. Le obligó a salir de su cuarto, a dejar sus libros tirados en una esquina y a prepararse para festejar como nunca lo había hecho. En cuanto llegó allí, identificó la presencia estruendosa de Kovashi y a Derya junto a él. En sus manos aparecieron dos vasos con un líquido que identificó como alcohol. Claro, le daban dos porque medía el doble que los humanos altos. Don Bambú se los bebió de un trago y se acercó a sus compañeros. —Buenas. —No sabía qué decir. Instintivamente sacó su cartón de tabaco y abrazó el primero que agarró con los labios. Luego le tendió la caja a sus compañeros, sin decir nada.
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RE: [Presente relativo] Una fiesta de reyes - por Max D. Bambú - 21-08-2023, 09:03 PM

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