El ambiente comenzaba a animarse. No pasó demasiado hasta que pudimos observar como, desde diferentes entradas al lugar, aparecieron grupos de diversas facciones que habían acudido a la llamada de los juegos de Zarutsuki. Me preguntaba cómo funcionaría bien esta especie de torneo satírico en el que, realmente, éramos los peones de un emperador autoproclamado a la vez que Sichibukai. No presagiaba nada bueno que mi jefe pretendiera robar y saquear a un hombre así, aquí éramos minoría y, además, había marines en la entrada. No era descabellado que ellos también participaran. De vernos hacer algo ilegal, podrían echar por tierra nuestro gremio y no era la mejor de las ideas. Habría que ser inteligente y cauto. Mantuve mi vista en la arena y en las gradas, así como en los puestos que parecían establecerse en el recinto. Desde luego, los juegos de Zarutsuki eran un evento aclamado por los habitantes de Shandora y existía toda una cultura y comercio a su alrededor. Casi parecía que la atracción éramos nosotros. Como gladiadores caminando al coliseo a morir para que el pueblo disfrute. No iba a ser el caso. No para nosotros.
Antes de que pudiera darme cuenta, un profundo sonido de baja frecuencia emanó desde el palacio frente a nosotros. El sonido, que pareciera ser un cuerno guerrero, resonaba por toda la escena, invadiendo nuestros pechos y haciéndolos retumbar con su frecuencia. Un largo minuto duró, parando en seco a todo el mundo y llamando a la atención de los presentes. Tras esto, un potente destello emanó frente a nosotros y, con él, un hombre alado entró en escena. Con él, otros cuatro parecían haber aparecido frente a los caminos de los demás participantes. El hombre, de mínimo tres metros, vestía unos ropajes blancos muy simples, adornados con telas rojizas y algunos parches metálicos, destacando tres encajes o esferas sobre su torso, que, quizá por el destello o la velocidad de la interacción, parecían estar incrustadas en su propio cuerpo. Su pelo rojo y largo caía tras él desde su cráneo, el cual estaba oculto con un casco metálico que lo cubría desde la nuca hasta la nariz. El hombre alado portaba un bastón que blandía con firmeza mientras daban de manera casi sincronizada la bienvenida a los participantes. Tras esto, solicitaron los nombres de los presentes y su organización.
Visto que mis compañeros parecían seguir analizando la escena, me adelanté. Dando un paso hacia el angelical, me presenté — Viktor Evans. Magna. — dije con orgullo mientras barría al hombre de arriba a abajo con la vista. Hasta ahora, todo estaba siendo relativamente tranquilo, pero mi intuición me decía que las cosas se iban a poner intensas pronto. — Huele rarísimo. — pensaba mientras centraba mi vista en las esferas, de una en una, repetidas veces.
Antes de que pudiera darme cuenta, un profundo sonido de baja frecuencia emanó desde el palacio frente a nosotros. El sonido, que pareciera ser un cuerno guerrero, resonaba por toda la escena, invadiendo nuestros pechos y haciéndolos retumbar con su frecuencia. Un largo minuto duró, parando en seco a todo el mundo y llamando a la atención de los presentes. Tras esto, un potente destello emanó frente a nosotros y, con él, un hombre alado entró en escena. Con él, otros cuatro parecían haber aparecido frente a los caminos de los demás participantes. El hombre, de mínimo tres metros, vestía unos ropajes blancos muy simples, adornados con telas rojizas y algunos parches metálicos, destacando tres encajes o esferas sobre su torso, que, quizá por el destello o la velocidad de la interacción, parecían estar incrustadas en su propio cuerpo. Su pelo rojo y largo caía tras él desde su cráneo, el cual estaba oculto con un casco metálico que lo cubría desde la nuca hasta la nariz. El hombre alado portaba un bastón que blandía con firmeza mientras daban de manera casi sincronizada la bienvenida a los participantes. Tras esto, solicitaron los nombres de los presentes y su organización.
Visto que mis compañeros parecían seguir analizando la escena, me adelanté. Dando un paso hacia el angelical, me presenté — Viktor Evans. Magna. — dije con orgullo mientras barría al hombre de arriba a abajo con la vista. Hasta ahora, todo estaba siendo relativamente tranquilo, pero mi intuición me decía que las cosas se iban a poner intensas pronto. — Huele rarísimo. — pensaba mientras centraba mi vista en las esferas, de una en una, repetidas veces.
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