25-02-2024, 03:38 PM
Todo era muy bonito por fuera, pero demasiado protocolario para mi gusto. Me puse una mano en el pecho dándome por aludida con su expresión de la gente que vuelve a su origen. – Esa soy yo. Asentí al ser alado que nos dejaba paso hasta la arena y, haciendo caso a Yojimbo, le di las gracias brevemente. Nos pusimos en marcha para disfrutar de la verbena que habían preparado los lugareños. Con un paso ligero me puse a la altura de Triana e intenté llamar su atención con un pequeño codazo. – Por cierto, ¿cómo ha llamado a Yojimbo? – le susurré. Nunca prestaba atención cuando soltaba la retahíla de su nombre, pero esta vez escuché algo diferente que me llamó la atención. – Y a ti te ha dicho habitante del mar azul – repetí, agradecida de que se negara a que Navar se uniera a nosotros.
De camino al recinto, Yojimbo aprovechaba para acercarse a los puestos. - ¡No, botarate! Hay que ir a las gradas a pillar el mejor sitio – intenté persuadirle. Para él era fácil porque era un tipo alto, pero a nosotras nos fastidiaría tener a alguien de su tamaño tapándonos el espectáculo. Después de tirar de Yojimbo más que de una mula cansada para reconducirle hasta las gradas, sonó el caracol de Triana. - ¡Dichosos los oídos! Mirad quién se ha dignado a hablarnos – dije por detrás mientras escuchaba la voz de Aspros desde el Den Den Mushi. - ¿Ya se ha cansado de ir a su aire y ahora nos busca? En el fondo me alegraba que hubiera dejado su orgullo para llamarnos y de que nos fuéramos a reencontrar, pero conociéndole seguro que éramos su segunda opción detrás del tipo extraño ese del bosque.
Cuando llegamos, pudimos tomar asiento en el lado más cercano de donde veníamos. Una vez pasada la emoción del principio, me permití mirar detenidamente a los habitantes de la que se suponía que era mi tierra de procedencia. Algunos vestían prendas que podrían cambiarse por vacas, mientras que otros solo hacían trabajos honrados. Aun así, el ambiente era festivo y todos parecían de lo más acostumbrados a estas cosas.
Ya sentados y esperando a que iniciaran los juegos, Aspros apareció ante nosotros con un aspecto diferente a lo que nos tenía acostumbrados; como si de verdad acabara de salir del bosque tras pelearse con un mapache rabioso. Ante sus negaciones, me crucé de brazos y continué mirando hacia la arena. -Pos no sé de qué te quejas, te recuerdo que prácticamente éramos vecinos – dije con algo de retintín. Cuando la espadachina terminó su discurso, asomé mi cabeza por el sitio que me separaba de Aspros y le miré. -Tienes que aceptar tus raíces.
De camino al recinto, Yojimbo aprovechaba para acercarse a los puestos. - ¡No, botarate! Hay que ir a las gradas a pillar el mejor sitio – intenté persuadirle. Para él era fácil porque era un tipo alto, pero a nosotras nos fastidiaría tener a alguien de su tamaño tapándonos el espectáculo. Después de tirar de Yojimbo más que de una mula cansada para reconducirle hasta las gradas, sonó el caracol de Triana. - ¡Dichosos los oídos! Mirad quién se ha dignado a hablarnos – dije por detrás mientras escuchaba la voz de Aspros desde el Den Den Mushi. - ¿Ya se ha cansado de ir a su aire y ahora nos busca? En el fondo me alegraba que hubiera dejado su orgullo para llamarnos y de que nos fuéramos a reencontrar, pero conociéndole seguro que éramos su segunda opción detrás del tipo extraño ese del bosque.
Cuando llegamos, pudimos tomar asiento en el lado más cercano de donde veníamos. Una vez pasada la emoción del principio, me permití mirar detenidamente a los habitantes de la que se suponía que era mi tierra de procedencia. Algunos vestían prendas que podrían cambiarse por vacas, mientras que otros solo hacían trabajos honrados. Aun así, el ambiente era festivo y todos parecían de lo más acostumbrados a estas cosas.
Ya sentados y esperando a que iniciaran los juegos, Aspros apareció ante nosotros con un aspecto diferente a lo que nos tenía acostumbrados; como si de verdad acabara de salir del bosque tras pelearse con un mapache rabioso. Ante sus negaciones, me crucé de brazos y continué mirando hacia la arena. -Pos no sé de qué te quejas, te recuerdo que prácticamente éramos vecinos – dije con algo de retintín. Cuando la espadachina terminó su discurso, asomé mi cabeza por el sitio que me separaba de Aspros y le miré. -Tienes que aceptar tus raíces.
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