04-03-2024, 02:24 AM
Parecía que había pasado mucho tiempo desde que Zorak se había plantado frente a esa casa, desafiando a los que la moraban, pero apenas habían transcurrido tres minutos y ya había dejado fuera de combate a diez hombres y a la joven Hanne. El mestizo tenía las ideas claras y un objetivo muy interiorizado, no había ido ahí para perder el tiempo y lo estaba demostrando. La niebla no dejaba de apoderarse del escenario y la luna llegaba al cénit, iluminando el claro, las copas de los árboles y el tejado de aquella mal envejecida casa.
Mientras Jubaru cargaba su rodillazo, el pelirrojo le arrojó su cigarrillo a los ojos escupiéndolo con sus labios. Lo soltó y se posicionó a su derecha esquivando el rodillazo del encapuchado, para soltarle dos certeros puñetazos, el primero al mentón con la diestra y el segundo en la sien derecha con su zurda. Finalizó el combo con un rodillazo en las costillas y antes de que Jubaru saliera disparado hacia atrás, lo agarro fuerte del cuello con su mano derecha. Aún no había terminado con él, pues ayudándose con su mano izquierda para bajarle el hombro derecho y abriendo sus fauces exageradamente, le plantó un mordisco entre el cuello y el hombro, dejándole ahí clavada su afilada dentadura. Comenzó a brotar sangre de la herida a la vez que brotaban de las encías del mestizo nuevos dientes igual de intimidantes que los que se hallaban en el trapecio del encapuchado, mientras, sonaba la macabra risa del pelirrojo.
Tras recuperar el norte después de los tremendos golpes que le acababan de propinar, el joven encapuchado, incapaz de respirar, se aferró con sus manos al brazo que lo estaba agarrando, haciendo un vago intento para liberarse. A la vez que apretaba más el cuello de Jubaru, Zorak le explicaba la realidad de su situación, que tan solo era un peón en el tablero de Ridel al igual que lo eran todos los que tenían o habían tenido relación con él. Zorak estaba realmente resentido por lo que aquel hombre le había hecho en el pasado. Mientras el mestizo demostraba su odio hacia Ridel, Jubaru había sacado, con su mano izquierda, un pequeño cuchillo de debajo del cuero que cubría su antebrazo derecho y le hizo un corte con éste en el brazo que lo estaba agarrando del cuello, en una ineficiente y desesperada maniobra para liberarse, pues su intención era clavárselo, pero había errado en el intento. Veía próximo su fin, pero todavía no se había rendido, así que se calmó todo lo que pudo para recibir con entereza el siguiente golpe que seguro estaba por venir. Se acababa de dar cuenta de que su rival podía ser un mestizo y él odiaba a los gyojins y todo el que tuviera su sangre. Eso solo generó más rencor hacia su adversario, aunque estuviera a punto de perder, no pensaba rendirse.
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Mientras Jubaru cargaba su rodillazo, el pelirrojo le arrojó su cigarrillo a los ojos escupiéndolo con sus labios. Lo soltó y se posicionó a su derecha esquivando el rodillazo del encapuchado, para soltarle dos certeros puñetazos, el primero al mentón con la diestra y el segundo en la sien derecha con su zurda. Finalizó el combo con un rodillazo en las costillas y antes de que Jubaru saliera disparado hacia atrás, lo agarro fuerte del cuello con su mano derecha. Aún no había terminado con él, pues ayudándose con su mano izquierda para bajarle el hombro derecho y abriendo sus fauces exageradamente, le plantó un mordisco entre el cuello y el hombro, dejándole ahí clavada su afilada dentadura. Comenzó a brotar sangre de la herida a la vez que brotaban de las encías del mestizo nuevos dientes igual de intimidantes que los que se hallaban en el trapecio del encapuchado, mientras, sonaba la macabra risa del pelirrojo.
Tras recuperar el norte después de los tremendos golpes que le acababan de propinar, el joven encapuchado, incapaz de respirar, se aferró con sus manos al brazo que lo estaba agarrando, haciendo un vago intento para liberarse. A la vez que apretaba más el cuello de Jubaru, Zorak le explicaba la realidad de su situación, que tan solo era un peón en el tablero de Ridel al igual que lo eran todos los que tenían o habían tenido relación con él. Zorak estaba realmente resentido por lo que aquel hombre le había hecho en el pasado. Mientras el mestizo demostraba su odio hacia Ridel, Jubaru había sacado, con su mano izquierda, un pequeño cuchillo de debajo del cuero que cubría su antebrazo derecho y le hizo un corte con éste en el brazo que lo estaba agarrando del cuello, en una ineficiente y desesperada maniobra para liberarse, pues su intención era clavárselo, pero había errado en el intento. Veía próximo su fin, pero todavía no se había rendido, así que se calmó todo lo que pudo para recibir con entereza el siguiente golpe que seguro estaba por venir. Se acababa de dar cuenta de que su rival podía ser un mestizo y él odiaba a los gyojins y todo el que tuviera su sangre. Eso solo generó más rencor hacia su adversario, aunque estuviera a punto de perder, no pensaba rendirse.
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