05-03-2024, 12:01 PM
Un tipo realmente noble, este Kisuke.
Empatía, una palabra tan fácil de pronunciar con una práctica tan complicada de hallar. Mirarse al espejo y no avergonzarse de lo que uno ve. No, yo no me avergüenzo de mí misma, me gusta quién soy, en lo que me convertí a partir de los pedazos de la niña que un día fui. La cuestión es que lo que él entendía por una persona decente difería con el concepto que yo tengo, puesto que su rectitud se alejaba, a mi entender, de mi forma de vida.
Y parecía que a los dos nos gustaban nuestros propios reflejos.
A él la música no le decía tanto como a mí, y para mí los libros no guardaban tanto significado (no literalmente, claro).
En realidad, no teníamos tantas cosas en común, pero sí aquellas que nos habían juntado, en definitiva, en aquella casa.
Empatía, una palabra tan fácil de pronunciar con una práctica tan complicada de hallar. Mirarse al espejo y no avergonzarse de lo que uno ve. No, yo no me avergüenzo de mí misma, me gusta quién soy, en lo que me convertí a partir de los pedazos de la niña que un día fui. La cuestión es que lo que él entendía por una persona decente difería con el concepto que yo tengo, puesto que su rectitud se alejaba, a mi entender, de mi forma de vida.
Y parecía que a los dos nos gustaban nuestros propios reflejos.
A él la música no le decía tanto como a mí, y para mí los libros no guardaban tanto significado (no literalmente, claro).
En realidad, no teníamos tantas cosas en común, pero sí aquellas que nos habían juntado, en definitiva, en aquella casa.
Y un pescador al que no le gusta el pescado. Sorprendente, pero no tanto. Ya se sabe: en casa del herrero, cuchillo de palo.
Tampoco me sorprendió que no supiese cómo contactar con el Ejército Revolucionario. Parecía ser una facción bastante hermética, aunque no era para menos: si no eran rigurosos, corrían el riesgo de que cualquiera pudiera acceder a sus filas con oscuras intenciones. Y los infiltrados no le gustan a nadie. Las posibilidades de traición aumentaban cuanta más gente hubiese, en especial, gente desconocida. Entendía la suspicacia.
—Estoy segura de que llamarás la atención con tus actos si se parecen a los que cometiste estando conmigo —comenté—, aunque realmente no sé si te considerarían como alguien apto para sus intereses o un criminal más. La verdad, tampoco sé cómo funcionan en ese aspecto ni cómo suman gente. En cualquier caso, espero que lo consigas y que cuando te vayas de aquí sea con lo que quieres.
No había nada peor que plantearte un objetivo y, por mucho esfuerzo que pusieras y por mucho que te empeñaras, no conseguirlo. De verdad esperaba que hallase lo que buscaba.
—Con respecto a mí —hice una pausa, pensativa—, me marcharé pronto. Tal vez exprima un poco más esta isla, a ver qué me puede ofrecer, pero no suelo estar demasiado tiempo seguido en un mismo sitio. He de decir... —paré de nuevo, sopesando si continuar; por suerte o por desgracia, el vino me alentaba— que has sido muy amable ofreciéndome tu casa para quedarme. Bueno, tu casa, tu ropa (no es que sea estrictamente tuya, no te imagino con un vestido, pero ya me entiendes), tu comida, tu amabilidad y, en East Ballywood, tu espada. Y no es por ser grosera, pero me veo obligada a rechazarla. Ya sabes el tipo de vida que llevo. O, más bien, te lo puedes imaginar. —Lo miré a los ojos, entornando los míos y dibujando una pequeña sonrisa—. Espero que te conviertas en un gran revolucionario y que des toda la guerra que puedas, que le toques los cojones todo lo posible al Gobierno y a los perros que tiene por ahí repartidos.
Di otro sorbo de la copa. Miré el humo que ascendía desde el cigarro que alternaba entre sus dedos y sus labios.
—Igual ya estoy abusando de ti, pero ¿me das uno?
Yo no acostumbraba a fumar, quizá de vez en cuando —muy de vez en cuando—, pero al verlo hacerlo continuamente, me apeteció. ¿Y por qué no? Había que celebrar que no nos habían comido. Un motivo muy raro de celebración y una forma de celebrar más rara aún.
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