07-03-2024, 11:14 AM
(Última modificación: 07-03-2024, 11:19 AM por Maeve Knox.)
OST DE LA ESCENA
Mi cuerpo y mente se estaban preparando para una inminente pelea, porque tenía muy claro que lucharía antes de que me volviesen a poner un dedo encima, y más cuando el gilipollas había revelado sus claras intenciones.
Entonces, apareció en escena alguien más.
Dirigí mi atención al intruso. Para mi extrañeza, se trataba del tipo pelirrojo que había visto anteriormente en una de las mesas del fondo, esas que me gusta ocupar a mí cuando algún idiota no se las ha llevado antes. Lo primero que pensé fue que no necesitaba otro amiguito de aquellos imbéciles, pues si ya estaba superada en número y fuerza por esa gente, otro más no me lo ponía nada fácil. Sin embargo, las palabras afiladas del rubio hacia él habían estado lejos de resultar amistosas, así como la respuesta del recién llegado.
Y la declaración de intenciones del pelirrojo no tardó en llegar: estampó la silla que llevaba consigo sobre uno de los mostrencos de dos metros. A decir verdad, nadie carga una silla porque sí, tal vez tendría que haber adivinado antes que no era un aliado de esos tres, pero desconfiar de todo el mundo formaba parte de mi credo.
Retrocedí un paso con el impacto de la silla.
Empecé a preguntarme quién cojones era realmente esa gente.
Y el atacante sonrió. Una sonrisa como ninguna antes había visto: siniestra, cargada de unos dientes puntiagudos capaces de helar la sangre a cualquiera. No podría haber esperado algo así con tan solo mirarlo a la cara. Un rostro marcado por dos ojos que irradiaban furia.
El hombre golpeado, entonces, comenzó a levantarse y lo que sucedió a continuación fue... inesperado. El pelirrojo hizo de su boca unas fauces implacables y, sin permitir a su presa ningún margen de movimiento, mordió su cuello.
Sangre.
Gritos.
Los presentes en El Dragón Rojo comenzaron a abandonar sus mesas, espantados por lo que, de pronto, había comenzado a suceder. Pero yo me quedé clavada en mi sitio, procesando lo que mis retinas recogían, fascinada por un ataque tan preciso, tan cruel.
Y el atacante se deshizo del cuerpo como un despojo.
El rubio, sin duda el líder de esa banda de tres —ahora de dos—, con un gesto despectivo, actuó muy rápido, antes de cualquier represalia. Había apuñalado al chico, quien retrocedió por el ataque. Gotas de su sangre fueron a morir a sus pies.
Entonces, apareció en escena alguien más.
Dirigí mi atención al intruso. Para mi extrañeza, se trataba del tipo pelirrojo que había visto anteriormente en una de las mesas del fondo, esas que me gusta ocupar a mí cuando algún idiota no se las ha llevado antes. Lo primero que pensé fue que no necesitaba otro amiguito de aquellos imbéciles, pues si ya estaba superada en número y fuerza por esa gente, otro más no me lo ponía nada fácil. Sin embargo, las palabras afiladas del rubio hacia él habían estado lejos de resultar amistosas, así como la respuesta del recién llegado.
Y la declaración de intenciones del pelirrojo no tardó en llegar: estampó la silla que llevaba consigo sobre uno de los mostrencos de dos metros. A decir verdad, nadie carga una silla porque sí, tal vez tendría que haber adivinado antes que no era un aliado de esos tres, pero desconfiar de todo el mundo formaba parte de mi credo.
Retrocedí un paso con el impacto de la silla.
Empecé a preguntarme quién cojones era realmente esa gente.
Y el atacante sonrió. Una sonrisa como ninguna antes había visto: siniestra, cargada de unos dientes puntiagudos capaces de helar la sangre a cualquiera. No podría haber esperado algo así con tan solo mirarlo a la cara. Un rostro marcado por dos ojos que irradiaban furia.
El hombre golpeado, entonces, comenzó a levantarse y lo que sucedió a continuación fue... inesperado. El pelirrojo hizo de su boca unas fauces implacables y, sin permitir a su presa ningún margen de movimiento, mordió su cuello.
Sangre.
Gritos.
Los presentes en El Dragón Rojo comenzaron a abandonar sus mesas, espantados por lo que, de pronto, había comenzado a suceder. Pero yo me quedé clavada en mi sitio, procesando lo que mis retinas recogían, fascinada por un ataque tan preciso, tan cruel.
Y el atacante se deshizo del cuerpo como un despojo.
El rubio, sin duda el líder de esa banda de tres —ahora de dos—, con un gesto despectivo, actuó muy rápido, antes de cualquier represalia. Había apuñalado al chico, quien retrocedió por el ataque. Gotas de su sangre fueron a morir a sus pies.
Aquello no podía ser bueno.
No tenía ni puta idea de quién era el chico a quien había visto desgarrar una garganta, y no podía decir que estaba de mi lado porque no lo había visto nunca antes, pero si se posicionaba en contra del miserable que quería darme caza, estábamos en el mismo bando. De momento. Por tanto, no podía permitir tenerlo fuera de combate.
Sin dudar, me coloqué delante del pelirrojo, cuya altura se asemejaba a la mía. Las dagas ya estaban en mis manos en el momento de encarar a la fuente del problema.
—No seas estúpida —escupió el rubio—. ¿Quieres otra raja tú también? Puedo darte las que quieras. Me pidieron que estuvieses viva, no ilesa.
—No seas estúpido —le devolví—. Nunca cobrarás la puta recompensa porque estarás muerto antes.
El hombre soltó una risotada.
—Gilipolleces.
No esperé a que su ataque me cayese primero. Al moverme, dejaría de hacer de barrera para el herido, pero también atraería la atención del gilipollas. Siendo dos como eran y con el chico sangrando, la desventaja parecía ser clara. No era algo que pudiera permitir que me frenase.
Con un rápido movimiento, me lancé con el pie derecho por delante para barrer los tobillos del hombre, pero él fue más veloz. Me esquivó, lo que resultó en que yo me deslicé hasta colocarme por detrás de él. Me levanté de un salto con la intención de clavarle una daga por la espalda, pero el matón número dos que había llegado con él me frenó en seco con un golpe en el hombro, desestabilizando tanto mi ataque como a mí. Trató de agarrarme, pero mi agilidad era bastante superior a la suya, así que escapé a sus intenciones.
Mierda, el tonto ese me estaba entreteniendo, lo que significaba que el rubio tenía vía libre para ir contra mi único apoyo contra esa gente. Ni siquiera podía quedarme mirando si el pelirrojo podía defenderse o qué coño estaba sucediendo a mi lado, pues el mostrenco se había obcecado conmigo.
Se me echó encima, pero de nuevo pude esquivarlo. Fui contra él con ambas dagas. Para su tamaño, no se desenvolvía mal, así que consiguió apartarse, pero no tan a tiempo: le clavé una en el muslo izquierdo. Un bufido de dolor precedió a su siguiente arremetida. Con la daga todavía hundida en su pierna y con mi mano aún sujetando esta, volvió a la carga. Esta vez no fui más rápida que su placaje al estar empuñando la daga y me derribó, cayendo encima de mí. Mi mano perdió el agarre con el arma.
Más de cien kilos de puro músculo me aprisionaban contra el suelo.
Sentía su cálido y asqueroso aliento sobre mi cuello.
—No juegues a cosas que no puedes ganar —me gruñó al oído.
Tal era su afán por atraparme que no recordó que todavía me quedaba una daga en la mano izquierda. Sentí cómo la hoja se hundía en su abdomen a pesar de la coraza muscular. La sangre cayó sobre mi cuerpo. Gritó. Encolerizado, trató de llevar una mano a mi cuello con la intención de ahogarme, pero giré la daga, ensanchando su herida y provocando un mayor aluvión rojo.
—Fin del juego.
Conseguí apartarme antes de que esos dos metros de tío me aplastasen. Con su cara sobre la madera del suelo de la taberna, la sangre ahora también se escapaba por su boca. No sabía si sus ojos abiertos y desenfocados todavía podían ver algo, pero perder el tiempo en comprobarlo no estaba dentro de mis prioridades. Me levanté y, jadeando, centré mi atención en el rubio y el pelirrojo.
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