07-03-2024, 06:11 PM
(Última modificación: 07-03-2024, 06:17 PM por Maeve Knox.)
Matar a unos hijos de puta, rescatar a unas pobres esclavas sexuales y escoltarlas, por los cielos, hasta el cuartel de alguna autoridad (que resultó ser la Marina), no había entrado en mis planes cuando salí a ver qué se cocía en East Ballywood. Pero la vida tiene la costumbre de darnos algunas sorpresas.
Me acordé de Kisuke y de lo sucedido el año anterior, por supuesto. Cómo no hacerlo. Aquella fue una de las experiencias más macabras que he vivido. Y a la vuelta, cuando me dirigía por fin a Ballywood Beach volando, otra clase de pensamientos cruzaban mi cabeza. Unos relacionados de forma indirecta con aquel pozo de mierda. Unos que prefería enterrar, porque cada vez que se atrevían a asomarse por mi cabeza, todo lo que encerraban mis costillas comenzaba a protestar. Y asesinaba esas protestas, porque no soportaba que rescatasen ciertos recuerdos después de ¿cuántos años? Cuatro. Y, como estúpido, mi cerebro se empeñaba en contarlos.
El aire fresco de una primavera recién nacida se sentía agradable en mi cara, en mis plumas, en mis alas. En mi cuerpo. En mi alma. Volar me regalaba una de las mayores sensaciones de libertad que se pueden tener, y cuanto más me alejaba del suelo, cuanto más pequeña me parecía la civilización, más me encontraba conmigo misma.
Nuestro barco, nuestra flamante Rémora Fatua, no tardó en aparecer en mi vista de buitre. Incluso tan oscuro como era, pude vislumbrarlo atracado. Me apetecía seguir surcando el aire, pero debía reconocer que aquella noche me había dejado cansada, así que comencé a descender hasta que mis patas tocaron la cubierta.
Me acordé de Kisuke y de lo sucedido el año anterior, por supuesto. Cómo no hacerlo. Aquella fue una de las experiencias más macabras que he vivido. Y a la vuelta, cuando me dirigía por fin a Ballywood Beach volando, otra clase de pensamientos cruzaban mi cabeza. Unos relacionados de forma indirecta con aquel pozo de mierda. Unos que prefería enterrar, porque cada vez que se atrevían a asomarse por mi cabeza, todo lo que encerraban mis costillas comenzaba a protestar. Y asesinaba esas protestas, porque no soportaba que rescatasen ciertos recuerdos después de ¿cuántos años? Cuatro. Y, como estúpido, mi cerebro se empeñaba en contarlos.
El aire fresco de una primavera recién nacida se sentía agradable en mi cara, en mis plumas, en mis alas. En mi cuerpo. En mi alma. Volar me regalaba una de las mayores sensaciones de libertad que se pueden tener, y cuanto más me alejaba del suelo, cuanto más pequeña me parecía la civilización, más me encontraba conmigo misma.
Nuestro barco, nuestra flamante Rémora Fatua, no tardó en aparecer en mi vista de buitre. Incluso tan oscuro como era, pude vislumbrarlo atracado. Me apetecía seguir surcando el aire, pero debía reconocer que aquella noche me había dejado cansada, así que comencé a descender hasta que mis patas tocaron la cubierta.
En el momento de la llegada, descubrí a Eaa despertándose justo cuando llegaba yo.
—Qué guardia tan bonita, ¿eh? —le dije a modo de saludo. Luego, recuperé mi forma humana.
Estaba visto que en aquella isla había que tener mucho cuidado, ya fuese por la ingente cantidad de desgraciados que había (en unas zonas más que en otras, por supuesto), o por la presencia de la Marina. Los peligros que acarreaba cada una eran muy diferentes, pero conducían a lo mismo: problemas. Y, la verdad, estaría bien descansar de vez en cuando.
Pues no te metas en mierdas como la de esta noche, me reprendí.
En cualquier caso, Eaa, con la amabilidad que la caracteriza, se limitó a ignorar mi comentario y a darme la bienvenida a casa. A casa. No sonaba mal. También me explicó que todo estaba en orden y que su mañana había sido... algo, porque no terminó la frase, sino que habló de la cena. Si no quería hablar de ello, yo no preguntaría. Ya sabemos cómo funcionan las cosas.
Pero había dicho cena y cerveza. Nada podría hacerme más feliz en ese momento que aquello.
O tal vez me equivocaba.
Cuando se agachó frente a mí y me felicitó por mi cumpleaños, no entendía nada. Iba a decirle que su memoria era nefasta, pero se ve que tenía algo... para mí y no quería esperar para dármelo. De la fecha se acordaba perfectamente.
Incliné la cabeza hacia un lado, mirándola a los ojos. Su reacción ya no me sorprendía, era consciente de que ella sentía algunas cosas cuando esto sucedía, pero no se puede aceptar un regalo sin mirar directamente a su remitente.
—No tendrías que haberte molestado —respondí, seria. Pero cogí la cajita.
¿Cuándo fue la última vez que alguien me había regalado algo?
Preferí no continuar por ese camino y prestarle atención a Eaa, que era la que tenía delante y la que había decidido gastar tiempo y dinero en mí.
El envoltorio era un tanto extraño, con un lazo torcido cubriendo sus colores suaves. Luego, una cajita de madera con algo grabado en la parte de arriba: "Para que nos guíes hacia nuevas aventuras". Estas mierdas a mí no se me hacen. Tragué tratando de eliminar el pequeño nudo que se instaló en mi garganta. De puertas para fuera, me mantuve impertérrita. Con cuidado, abrí la caja para descubrir que, además de un agradable aroma, en su interior descansaba un bonito Log Pose. Lo acaricié con mis dedos, despacio, sin apenas tocarlo. Fue cuando descubrí un diminuto grabado: un gato negro.
Levanté la vista para volver a mirar directamente a Eaa. No sabía qué decir, qué hacer, qué nada. No se me da bien recibir regalos —siempre que sean regalos sinceros, no un intento de soborno—, así que los siguientes segundos fueron en silencio, únicamente rotos por el sonido del mar en la noche.
—Es... muy bonito. Y útil. A donde vamos, lo necesitaremos seguro. —Una manera muy ridícula de mostrar agradecimientos. Esfuérzate más—. Gracias, Eaa.
Acababa de darme cuenta de que nunca estaría a la altura de esa chica, además de físicamente, a la hora de ser detallista. Si tengo algo que demostrar, lo hago de otras formas. Esperaba que, llegado el caso, fuesen suficientes, porque a estas alturas, de algún modo me habían llegado a importar sus sentimientos. También los de Peteiro, pero hablar en esos términos del gyojin era meterme en terrenos pantanosos, pues lo que él guardaba dentro solía ser todo un misterio a desentrañar.
Me guardé la cajita en el bolsillo de la chaqueta.
—He tenido una noche un poco... movidita. La cena me vendría de puta madre, y la cerveza más.
No sabía si aún tendría restos de sangre por la cara y, de ser así, si Eaa los habría visto.
Esperaba que aquellas chicas estuvieran bien. Les había tocado conocer el veneno del mundo muy jóvenes. Hay cosas por las que una no debería pasar nunca. Jamás. Pero no quería pensar más en ello. Ni en nada. Solo en la cena, en la cerveza, en el barco, en mis compañeros y en la palabra que la pelirroja había utilizado: casa.
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