12-03-2024, 07:42 PM
(Última modificación: 12-03-2024, 07:48 PM por Maeve Knox.)
A Z pareció no hacerle mucha gracia saber que el rubio no había muerto. Bueno, qué sabía yo, igual se había muerto por las heridas, pero la cuestión era que no había quedado rematado en aquel suelo de madera desgastada. De hecho, aquella información parecía haberle afectado más que los propios pinchazos en la herida, tan reciente como la tenía.
Quién sabe, igual tiene una tremenda tolerancia al dolor, me dije. Recordando su actuación en El Dragón Rojo, tampoco era una idea tan descabellada.
"Doctora" fue como me llamó ante mi anterior orden. Levanté una ceja. A la vista estaba que se me daba mejor abrir heridas que cerrarlas. No tenía muy claro si él había pronunciado ese comentario con matices de burla o si solamente intentaba ser amable. ¿Se podía ser amable en una situación como esa?
Tú sí, no le has dejado morir desangrado.
No, eso era ser práctica y devolverle el favor a alguien que había evitado que el cabronazo de pelo morado me desfigurase la cara. No está en mi naturaleza ser amable. Bueno, a veces sí, pero no es de mí de quien estamos hablando.
Entonces, su siguiente explicación encendió una de mis alarmas. Así que esa gente traficaba con armas ilegales en la que fuera que fuese la ciudad del pelirrojo, y parecía que le debían algo. Sus palabras estaban cargadas de odio. Pero no era su odio lo que me preocupaba, sino que estuviera en búsqueda de traficantes. ¿Qué significaba eso? Si resultaba ser un marine, le cortaría el cuello allí mismo. ¿Con qué? No lo sé, porque había perdido mis dagas, y a bocados no lo iba a hacer, de eso se encargaba él.
En ese momento fue cuando me di cuenta de que no eran solo las dagas lo que había perdido, sino también la bolsa con mis cosas, mi rubí. Mi dinero.
—¡Joder! —exclamé. Di un puñetazo en la mesita de noche. Las cosas de su superficie botaron, algunas volcándose.
Si había perdido mis putas cosas, mi puto dinero, por culpa de un marine o algo parecido, no solo lo mataría sino que me aseguraría de que sufriera. Haría que me pidiese que acabase con su vida.
Y ahora estaba preguntándome por mis problemas con esa gente.
Mi puto problema es un puto robo a un puto pánfilo de mierda que ni siquiera sabe cuidar de su propio género, y unos putos desgraciados han venido a capturarme porque se ve que el puto joyero les ha ofrecido una puta recompensa por llevarme viva.
Pero no le diría eso. Si quería ajusticiar el tráfico de armas, un robo en una joyería quizá haría que quisiera sumarse a mi captura, aunque fuese bajo el nombre de una organización uniformada de mierda.
¿Y para qué me quería esa gente viva? Si lo que interesaba era el rubí, con quitármelo habría sido suficiente, pero ¿llevarme a mí? ¿A cuento de qué? Que era un puto joyero, no un mafioso. A no ser que quisiera entregarme a los marines. Por favor, si ni siquiera tenía cartel de recompensa. O que fuera todo mentira y el joyero no me hubiese incluido en las condiciones de la recuperación del rubí, sino que ellos mismos me querían viva.
Joder, de la que me había librado.
Y si el tal Z resultaba ser un agente de la ley, pronto su organización tendría una persona menos. De su respuesta dependería mi reacción, no estaba para gilipolleces.
Quién sabe, igual tiene una tremenda tolerancia al dolor, me dije. Recordando su actuación en El Dragón Rojo, tampoco era una idea tan descabellada.
"Doctora" fue como me llamó ante mi anterior orden. Levanté una ceja. A la vista estaba que se me daba mejor abrir heridas que cerrarlas. No tenía muy claro si él había pronunciado ese comentario con matices de burla o si solamente intentaba ser amable. ¿Se podía ser amable en una situación como esa?
Tú sí, no le has dejado morir desangrado.
No, eso era ser práctica y devolverle el favor a alguien que había evitado que el cabronazo de pelo morado me desfigurase la cara. No está en mi naturaleza ser amable. Bueno, a veces sí, pero no es de mí de quien estamos hablando.
Entonces, su siguiente explicación encendió una de mis alarmas. Así que esa gente traficaba con armas ilegales en la que fuera que fuese la ciudad del pelirrojo, y parecía que le debían algo. Sus palabras estaban cargadas de odio. Pero no era su odio lo que me preocupaba, sino que estuviera en búsqueda de traficantes. ¿Qué significaba eso? Si resultaba ser un marine, le cortaría el cuello allí mismo. ¿Con qué? No lo sé, porque había perdido mis dagas, y a bocados no lo iba a hacer, de eso se encargaba él.
En ese momento fue cuando me di cuenta de que no eran solo las dagas lo que había perdido, sino también la bolsa con mis cosas, mi rubí. Mi dinero.
—¡Joder! —exclamé. Di un puñetazo en la mesita de noche. Las cosas de su superficie botaron, algunas volcándose.
Si había perdido mis putas cosas, mi puto dinero, por culpa de un marine o algo parecido, no solo lo mataría sino que me aseguraría de que sufriera. Haría que me pidiese que acabase con su vida.
Y ahora estaba preguntándome por mis problemas con esa gente.
Mi puto problema es un puto robo a un puto pánfilo de mierda que ni siquiera sabe cuidar de su propio género, y unos putos desgraciados han venido a capturarme porque se ve que el puto joyero les ha ofrecido una puta recompensa por llevarme viva.
Pero no le diría eso. Si quería ajusticiar el tráfico de armas, un robo en una joyería quizá haría que quisiera sumarse a mi captura, aunque fuese bajo el nombre de una organización uniformada de mierda.
¿Y para qué me quería esa gente viva? Si lo que interesaba era el rubí, con quitármelo habría sido suficiente, pero ¿llevarme a mí? ¿A cuento de qué? Que era un puto joyero, no un mafioso. A no ser que quisiera entregarme a los marines. Por favor, si ni siquiera tenía cartel de recompensa. O que fuera todo mentira y el joyero no me hubiese incluido en las condiciones de la recuperación del rubí, sino que ellos mismos me querían viva.
Joder, de la que me había librado.
Y si el tal Z resultaba ser un agente de la ley, pronto su organización tendría una persona menos. De su respuesta dependería mi reacción, no estaba para gilipolleces.
—¿Que por qué me buscaban? —repetí, conteniendo a duras penas el enfado que iba en aumento—. La pregunta es: ¿por qué tú los buscabas a ellos? ¿Tráfico de armas? ¿A quién le importa el tráfico de armas si no es a quien las vende, quien las compra o quien las persigue? ¿Tú las persigues, Z? ¿Querías detener a esos putos traficantes? —Si era así, desde luego, sus métodos eran de lo más peculiares—. ¿Eres un puto marine o alguna de esas mierdas?
De mis ojos prácticamente saltaban chispas mientras los clavaba en los suyos.
La repentina ira me producía visión de túnel y en mi cabeza no había lugar para más hipótesis que la que me estaba quemando las venas en ese momento. Apreté los puños.
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