15-03-2024, 06:42 PM
Leyenda
Estaba tan avergonzada que ni siquiera podía levantar la mirada para mirar a Maeve. Asentí efusivamente cuando esta mencionó ir a robar modelitos. Tardé un rato en procesar lo que comentó acerca de que estaba tremenda. Aquello hizo que inconscientemente me sonrojara todavía más. Normalmente este tipo de comentarios me creaban gran repulsión, pero esta vez era diferente. No percibía ninguna especie de perversión ni intención oculta en su tono - Será su forma de hablar - pensándolo mejor, me había recordado mucho al comentario que yo misma le había hecho a la albina acerca de su atuendo.
Entonces la mujer se subió en la cama y se puso detrás de mí. No pude evitarlo, los pelos de mi nuca comenzaron a erizarse. Les siguieron los de la espalda y brazos. Cerré los ojos y apreté las manos con fuerza mientras me repetía a mí misma que todo iba a ir bien. Las palabras de la mujer no me ayudaron en absoluto a liberar tensión. Había escuchado palabras parecidas demasiadas veces durante mi cautiverio. A diferencia de todas aquellas veces, el tono y la intencionalidad detrás de estas eran diametralmente opuestos, y por primera vez, ciertas. - ¿Por qué ahora? - pensé, sintiendo como la marca de mi hombro comenzaba a arder.
Todo eso desapareció tan pronto como la mujer comenzó a peinar mi pelo carmesí. La delicadeza de sus dedos y la calidez que transmitía con cada movimiento me enviaron a un lugar. Un lugar muy lejano tanto en el tiempo como en el espacio. Abrí los ojos (metafóricamente, pues mis ojos seguían cerrados) y me encontré allí, en el porche de casa. Sentía la brisa en mis mejillas, el olor a tarta de mandarina, y mamá tarareando una canción mientras me peinaba. Sin darme cuenta comencé a mover las piernas, enormemente feliz. Lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas mientras yo seguía en aquella distante realidad. Me mantuve allí hasta que las palabras de la mujer me trajeron de vuelta.
Abrí los ojos, algo desconcertada, mientras me secaba las mejillas. Cuando fui a agradecer a la albina esta ya había salido a la cubierta. Me dirigí despacio hasta el espejo. Lo que vi en él me hizo romper a llorar desconsoladamente. No podía creer lo que veía. La trenza era realmente maravillosa. Pensaba que era algo que había perdido para siempre, y verlo de nuevo hecho realidad... Tras un par de minutos de ininterrumpido llanto decidí que era momento de salir de la bodega. No porque hubiera dejado de llorar, si no Peteiro y Maeve iban a tener que preparar todo para la cena. Salí, secándome cada pocos segundos aquellas lágrimas que no querían parar de brotar de mis ojos. Maeve estaba preparando la mesa, colocando los distintos platos cerca de cada uno de nosotros, según nuestras preferencias. Peteiro, en cambio, parecía pelear o jugar con Mandarina, con la intención de mantener a este apartado de la comida.
Parecían pasarlo bien, por lo menos hasta que yo salí de la bodega. Momento en que el felino se escabulló entre las piernas del gyojin y vino corriendo hasta donde yo me encontraba. Saltó en uno de los barriles y se subió a mi hombro derecho, aquel que no estaba cubierto por la trenza. Comenzó a frotarse contra mi mejilla, luciendo el collar rojo que le regalé por su cumpleaños. Estaba convencida de que mi pequeñín tenía una especie de sentido especial para percibir cuándo estaba mal y venía corriendo a consolarme - Hoy te has confundido Pequeñín. - sonreí y le rasqué la barbilla. De hecho, no podía estar mejor. Me acerqué a Maeve, despacio. - Muchas... - me costaba hablar llorando de esa forma. - ¡Oye, Ya vale! - grité, mirando a otro lado. - Vale, parece que ya está - suspiré. - Maeve... - dije tímidamente, mirando a esta. Como de costumbre, no podía mirarle a los ojos. - Muchísimas gracias por todo. De verdad de verdad - hablé y le cogí la mano. Tenía muchísimas ganas de abrazarla, pero sabía lo mucho que eso le iba a molestar. - En verdad pensaba que nunca más iba a poder verme así - expliqué. Para sorpresa de nadie, las lágrimas decidieron volver a brotar - No sabes lo muy feliz que me hace esto. - volví a secarme las lágrimas - Tanto que no se cómo te la voy a devolver - finalicé con una sincera sonrisa. Tras unos instantes continuamos con las preparaciones de la cena. No tardamos mucho en preparar todo. - Vale, está todo listo, ¿no? - pregunté, mirando la mesa. - Bueno, ¿entonces va siendo hora de empezar a comer? - pregunté, levantando nuevamente mi copa de vino, antes de darle un sorbo - Capitana, ¿quiere hacer los honores? - propuse con una sonrisa.
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