17-03-2024, 02:57 PM
(Última modificación: 17-03-2024, 03:09 PM por Maeve Knox.)
Día 31, 19:47h, verano, año 8
West Blue | Reino de Ilisia | Ciudad Akarui
—¿Ah, sí? ¿Y dónde dices que tienes tierras? —pronuncié con voz estúpidamente melosa.
Delante de mí, un tipo calvo, alto y fornido, tanto que sus brazos parecían un conjunto de sandías superpuestas. La camisa abierta y con cordones cruzados dejaba ver la pelambrera del pecho, oscura y rizada. Quizá su cabello hubiese sido así cuando todavía lo conservaba.
—En País de Kano. Tengo a unos jornaleros contratados para que las cultiven, aren y cosechen. Yo me vine aquí para dedicarme a la alfarería en cuanto me enteré de que podía hacer de mi pasión un negocio —respondió el hombre. Su pecho peludo se hinchó de orgullo.
No podría importarme menos.
—¿Y tú? Nunca te había visto por aquí... Y, créeme, me acordaría.
Podría ser mi padre. Literalmente, nunca lo había conocido.
—Ya, bueno, esta no es mi isla. —Ni ninguna, pero eso no tenía por qué saberlo.
Era el día del mercadillo en aquella ciudad. No era un mercadillo cualquiera, sino que se celebraba por "la estación del fuego". Así lo llamaban. No vendían solo alimentos, sino también espadas de madera para niños, bisutería para quien quisiera iluminar su imagen, hacían juegos, corralitos con diferentes animales, espectáculos con fuego, venta de flores, exposición de diferentes máquinas y herramientas del pasado que servían para castigar o invitar a la gente a hablar (vamos, de tortura de toda la vida, pero preferían ser políticamente correctos), puestos de artesanía de todo tipo: cristal, madera, arcilla, piedras preciosas, etc. Un lugar de lo más curioso.
Obviamente, cuando nos enteramos, Zorak y yo decidimos que sería un lugar muy apropiado para adquirir cosas para nosotros, y no necesariamente pagando por ellas. Incluidos berries.
Así es como me acerqué a Lionel, el tipo con el que estaba en ese momento. Le había echado el ojo al verlo gastar multitud de berries en diferentes puestos, enterándome después de que tenía uno propio en aquel gran mercadillo. Mi máxima era camelármelo lo suficiente como para arrebatarle esa gran bolsa de monedas que llevaba consigo.
—No te preocupes, princesa, puedo prepararte una ruta turística para otro día, de modo que puedas conocer todas las curiosidades del lugar. Llevo aquí unos cuantos años, puedo manejarme bien.
Después de su oferta, me pasó la mano por la cintura, atrayéndome hacia él. Sentí el clic en mi cabeza y tuve que utilizar todo mi autocontrol para no meterle una hostia y apartarme.
—Sí, sería una gran... idea —mentí como una bellaca.
—¿Verdad? —Comenzó a mirar a los lados, parecía que buscaba algo—. Acompáñame, quiero que pruebes la mejor hidromiel de la ciudad, la hacen en aquel puesto, Martillo de Tormenta. Invito yo.
Deshizo el contacto.
No diría que no, por supuesto. Bebida gratis era bebida gratis y, seamos sinceros, parte de lo que le pensaba robar iría destinado a beber algo, así que era como un adelanto.
Le seguí entre toda la gente, pues el Mercadillo de la Estación del Fuego estaba abarrotado, intentando no perderlo de vista. También miré a mi alrededor, preguntándome dónde estaría Zorak.
Lo conocía desde hacía cuatro días, y debe de ser que meternos de hostias con una banda organizada era un elemento de unión pues, por alguna razón, desde entonces habíamos pasado los días juntos. Me acompañó hasta mi habitación de hostal cuando estuvo un poco mejor. Que con tremendas puñaladas, no sé cómo podía moverse los días siguientes, pero la cuestión es que lo hizo. Y yo también. Ya me había acostumbrado a los puntos y al dolor de mi cara, pero había que sobrevivir, no estaba la cosa como para andar quejándose por las esquinas. Y yo no me quejo.
Lionel me había preguntado precisamente por esa herida, diciéndome, palabras textuales: "no te resta belleza, princesa, te convierte en más exótica".
La cuestión es que Zorak y yo nos habíamos instalado en la casa abandonada que encontré en la huida. Así, él tenía un lugar donde quedarse y yo también sin que nadie me preguntase cosas indebidas. Llevé allí las pocas cosas que me quedaban, aquellas que no había perdido en El Dragón Rojo. De alguna forma que no puedo entender, congeniamos. Y yo no congenio con nadie. Resultó ser una compañía agradable. No mentiré: me producía mucha curiosidad alguien tan... peligroso. En aquel momento, no sabía qué edad tenía, pero seguro que era más joven que yo. En algunos aspectos, tenía mucho que aprender. En primer lugar, controlar esa ira que lo dominaba. No me entendáis mal, la ira es un gran propulsor, pero mal gestionada puede llevar a la perdición. Sin embargo, yo no era quién para solucionar eso, puesto que nadie me había pedido opinión. Y todos tenemos nuestros monstruos, ¿verdad?
—¡Mellon, ponnos dos hidromieles de las tuyas! —gritó alegremente Lionel al llegar al puesto.
—Vaya, qué bien acompañado te veo —le respondió su conocido. Era un hombre pequeño pero robusto, con cabello y barba verdes, a quien también se le veía especialmente contento ese día.
—HIAHAHAHA, ¡hoy los cielos me han sonreído!
Lionel volvió a agarrarme por la cintura y a apretarme contra su musculoso cuerpo. Sonreí por no matarlo. Aunque... bueno, quizás aquello me facilitaba las cosas. También yo rodeé la suya y... ¡bingo! Mis dedos rozaron su generosa bolsa de berries. Tan inflada, tan gordita, tan... potencialmente mía. Solo debía jugar un poco más.
Me separé de él para coger la jarra de hidromiel que me tendía. Bebí, necesitaba hacerlo. Joder, qué cosa más deliciosa.
—Y, dime, ¿a qué te dedicas, princesa? —Lionel había bebido también.
A desplumar a tipos como tú.
Lógicamente, reprimí esa respuesta. En su lugar, le mostré una sonrisa.
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