22-03-2024, 11:11 AM
El Teatro Rojo. Desconocía si era su nombre oficial o la forma en la que los lugareños se referían a aquel humilde pero destacable teatro de enormes puertas rojas, que adornaba uno de los flancos de la gran plaza central de la ciudad. Por aquel entonces solo tenía 6 años, pero mis ganas de recorrer mundo sobrepasaban con creces mi corta edad. Era por ello que mi madre se había visto prácticamente forzaba a llevarme con ella durante uno de sus viajes de trabajo, en su estreno en el mundo del teatro. Eso y que mi padre también había abandonado la mansión Kudo por cuestiones de trabajo, por lo que la idea de dejarme solo en la enorme casa no se le antojaba adecuada a mi madre quien, a pesar del paso de los años, se resistía a dejarme solo o cuidado por alguien que no fuese ella. Cuan paradójico que, años después, me tirase la vida solo en la mansión sin ningún tipo de supervisión.
- Kishibe, no te levantes de tu asiento y haz caso de lo que te digan los señores del teatro.
- Sí mamá.
Mi madre era una mujer bella. No es que yo lo pensase, que también, sino que sabía que parte de la fama de mi progenitora se basaba en eso, en aquel aspecto angelical y delicado, que en el fondo ocultaba un carácter fuerte y determinado. Actualmente era conocida como una de las estrellas emergentes del mundo cinematográfico y en el modelaje, por lo que no era extraño que día si y día también le lloviesen ofertas de todo tipo. Era esa la razón por la que nos encontrábamos allí, en el Teatro Rojo, en el salto de mi madre de la gran pantalla a las tablas, a los focos, a los aplausos en vivo. A pesar de no ser la protagonista de la obra, su papel brillaba con fuerza, haciendo incluso que la gente se olvidase de que ella solo encarnaba la piel de una de las sirvientas de la duquesa, protagónica de la obra “Las flores del invierno”.
- Por favor, acomódense en sus asientos, la obra va a comenzar. - reverberó una potente voz en las paredes del espacioso teatro, desde varios Mushi repartidos por la localidad. Me encontraba sentado en primera fila, en uno de los asientos reservados a familiares del elenco y demás gente de relativa relevancia. Agitaba mis pies del nerviosismo, suspendidos en el aire por mi corta estatura. Apretaba con fuerza los brazos del enorme butacón, deseando ver cómo mi madre encandilaba los corazones de la gente, ¿algún día podría ser como ella?
La primera parte de la obra había terminado y la gente contaba con un receso de 15 minutos para estirar las piernas, ir al baño o abastecer sus reservas de palomitas de mantequilla. Por mi parte, había decidido quedarme sentado en la enorme butaca, con la mirada clavada en el colosal telón rojo de terciopelo; tal vez no fuese tan colosal, incluso que no fuese de aquel color ligeramente rosado, pero los ojos de un niño tienden a exagerar la realidad y los míos incluso cambiaban los colores de las cosas a otros más divertidos. La sinopsis de la obra se me antojaba aburrida, eran las actuaciones de los actores y actrices las que le daban a la historia su carisma y el matiz de drama que no te dejaba estar tranquilo ni un solo segundo. A escasos minutos de retomar el flujo de la actuación, un sonoro grito se extendió sobre el patio de butacas, procedente de las bambalinas del teatro. Incómoda y agitada, la gente comenzó a murmurar, nerviosa, mientras que los acomodadores del teatro y demás trabajadores intentaban apaciguar a las masas. Gracias a mi pequeño tamaño y al caótico ambiente, tuve la oportunidad de escurrirme de mi asiento y deslizarme por el lateral del teatro para atravesar el telón, origen de todo el caos.
- ¡Chico, sal de aquí! -dijo una de las actrices de reparto, un tanto nerviosa, mientras extendía los brazos para ocultar de mi visión algo que colgaba del decorado de la siguiente escena, del balcón de Rosa, la protagonista.
- Es inútil que intentes persuadirle de venir, es demasiado testarudo -contestó la tranquila voz de mi madre, a mi derecha, mientras observaba en dirección al decorado.
Al apartarse la actriz pude ver que, del balcón, una imponente estructura pensada para alojar a una persona en las alturas, colgaba el cuerpo sin vida de Marcus Goldman, conocido en la obra como el Duque Clavel. Su cuerpo giraba lentamente, en un baile tétrico que nadie podía dejar de mirar. Su expresión era tranquila a pesar de las circunstancias y sus extremidades caían con aplomo apuntando al vacío. Su cuello era abrazado por una soga que recorría los barrotes del balcón para acabar en uno de los laterales del teatro, junto a las cuerdas que sujetaban el resto de focos y parafernalia del teatro.
- Dios mío, Marcus, ¿por qué te has quitado la vida? -aclamó envuelta en llanto la actriz de reparto que había intentado fútilmente ocultarme el crimen, la Señorita Amapola.
- Hasta para morir tiene que llamar la atención… -replicó la Duquesa Rosa.
- ¿Cómo puedes decir eso en un momento como este? – le contestó un consternado Señor Lirio.
- Pero mamá -dije aproximándome a ella y tirando de su manga para llamar su atención- Este hombre no se ha suicidado.
- ¿Por qué dices eso, cariño? -me replicó Yukiko, conocida en la obra como Señorita Girasol. A pesar de sus palabras, el rostro de mi madre no mostraba duda o preocupación, sino un semblante pícaro ante lo que estaba por venir. No podía culparla, al final estaba casada con uno de los escritores de misterio más aclamados por el panorama actual.
Ante las palabras que estaba a punto de pronunciar, todos los presentes se giraron hacia mí, consternados: no tanto porque fuese un niño en presencia de un cadáver, ante la prueba de la fragilidad de la vida y el fin de la misma, sino porque mis palabras alertaban de un peligro que se cernía sobre todos nosotros.
- Porque está claro que el Duque Clavel ha sido asesinado.
![[Imagen: rvCfBMF.png]](https://imgur.com/rvCfBMF.png)
