25-03-2024, 08:23 PM
[personajeinvalido=907]
Nuestra posición en las gradas era prácticamente central, en la parte noreste de las mismas teniendo el palacio a la espalda y el palco presidencial de tierra casi enfrente, por lo que fuimos de los primeros en ver llegar aquella nube portando a un enorme mono con una llama gigante en la espalda y aquel anciano echado para delante con su bastón y su cara de... ¿qué coño era eso?. Ambos llegaron con la nube voladora que usaba el pregonero, o una similar, y se detuvieron frente al público pasando el anciano a sentarse y el mono enorme a saludar y hablar a los demás — ¿Es ese? — pregunté retóricamente al escuchar sus palabras y el griterío de los presentes. Que era alguien importante y poderoso era una evidencia, pero no podía estar seguro de declarar que era el mismo Emperador hasta que el Pidegentes lo proclamó, haciéndome sonreír — ¡Ja! ¡Es un macaco viejo! — dije de nuevo en alto, dándome cuenta de que Viktor ya no estaba a mi lado, y encogiéndome de hombros un poco.
Pero no duró, pues en cuanto mencionó los nombres de los participantes me levanté del asiento, agarrando a Ein Hauch con las dos manos — Nos toca colega — dije mirándolo, y lo cargué en la espalda con calma mientras comenzaba a bajar entre la gente y las gradas en dirección a la arena. En diagonal a mi izquierda pude discernir a Sasha con otro gran grupo de gente entre los que estaban un lunarian alto y fornido, y - juraría - los que habían estado participando en las pruebas. Así que había posibilidades de que fuera él. Y el simple hecho de saber que podía llegar a medirme con alguien tan rápido como el tipo de la prueba en la que había competido hacía que las llamas de mi corazón crepitaran con la potencia de diez soles, haciéndome arder la sangre simplemente por el hecho de ver inminente la situación en la que me iba a desenvolver: Un combate a la altura. ¿Acaso era posible? Había creído que así sería en varias oportunidades y había acabado por vencer sin muchos problemas en todos. ¿Me había vuelto tan fuerte como sospechaba de mi encuentro con el gigante enano aquel? ¿Había tocado techo y estaba tratando de encontrar enfrentamientos en ligas que me quedaban pequeñas? No había mejor forma de averiguarlo que esto.
Llegué a la parte baja de las gradas y salté apoyando la mano para pasar por encima, la tabla o elevación de madera que servía de muro para las primeras filas, aterrizando al lado de uno de esos ángeles enormes que nos habían recibido, mirándole alzando la cabeza mientras el bocazas de la máscara presentaba esto como el combate del hombre contra la divinidad. De dios contra el humano. Un Dios... qué insolente. Yo había visto los rostros de los dioses antes, y no se parecían nada a estos híbridos de gallina grandes.
— ¿Un dios? — pregunté mientras caminaba hacia más adentro de la grada, viendo como aquel tipo lunarian junto a Sasha y compañía descendía de un salto, con alegría y una sonrisa hacia la arena, frente a mi — Entonces seré el primero en probar que hasta los dioses sangran — sentencié deteniéndome en seco en aquel arenal.
A mi espalda, hacia mi derecha había un ángel, justo por la zona por la que había descendido. A mi espalda a la izquierda, otro ángel más, al límite del terreno de juego. A mi izquierda directa, el palco con su majestad e invitados. A mi derecha, el camino hacia el palacio. Frente a mi, un tipo enorme, de cinco metros, que volaba a ras de suelo y saludaba como un idiota hacia el mandamás del lugar. Nos separaban veinticinco metros, teniendo aproximadamente cada uno de los dos doce metros y medio desde nuestra espalda a la grada.
Apreté la zurda entorno al mango de Ein Hauch y lo saqué de su agarre en mi espalda, apretando los dedos entorno a él, llevando la otra mano para colocarla en paralelo y alzar el arma con su extremo de golpe apuntando hacia el cielo. Arrastrando el pie derecho y alzando algo de polvareda con el movimiento, semiflexioné las rodillas y doblé los codos lateralizando mi cuerpo en una guardia zurda, es decir, ofreciendo el perfil diestro hacia mi enemigo, clavando mis ojos en él prestando toda mi atención. No existía nada más. No había nada más. No me importaba nada más.
Las únicas opciones eran ganar, o morir. Como siempre.
— Listo — dije, y chasqueé la lengua.
Nuestra posición en las gradas era prácticamente central, en la parte noreste de las mismas teniendo el palacio a la espalda y el palco presidencial de tierra casi enfrente, por lo que fuimos de los primeros en ver llegar aquella nube portando a un enorme mono con una llama gigante en la espalda y aquel anciano echado para delante con su bastón y su cara de... ¿qué coño era eso?. Ambos llegaron con la nube voladora que usaba el pregonero, o una similar, y se detuvieron frente al público pasando el anciano a sentarse y el mono enorme a saludar y hablar a los demás — ¿Es ese? — pregunté retóricamente al escuchar sus palabras y el griterío de los presentes. Que era alguien importante y poderoso era una evidencia, pero no podía estar seguro de declarar que era el mismo Emperador hasta que el Pidegentes lo proclamó, haciéndome sonreír — ¡Ja! ¡Es un macaco viejo! — dije de nuevo en alto, dándome cuenta de que Viktor ya no estaba a mi lado, y encogiéndome de hombros un poco.
Pero no duró, pues en cuanto mencionó los nombres de los participantes me levanté del asiento, agarrando a Ein Hauch con las dos manos — Nos toca colega — dije mirándolo, y lo cargué en la espalda con calma mientras comenzaba a bajar entre la gente y las gradas en dirección a la arena. En diagonal a mi izquierda pude discernir a Sasha con otro gran grupo de gente entre los que estaban un lunarian alto y fornido, y - juraría - los que habían estado participando en las pruebas. Así que había posibilidades de que fuera él. Y el simple hecho de saber que podía llegar a medirme con alguien tan rápido como el tipo de la prueba en la que había competido hacía que las llamas de mi corazón crepitaran con la potencia de diez soles, haciéndome arder la sangre simplemente por el hecho de ver inminente la situación en la que me iba a desenvolver: Un combate a la altura. ¿Acaso era posible? Había creído que así sería en varias oportunidades y había acabado por vencer sin muchos problemas en todos. ¿Me había vuelto tan fuerte como sospechaba de mi encuentro con el gigante enano aquel? ¿Había tocado techo y estaba tratando de encontrar enfrentamientos en ligas que me quedaban pequeñas? No había mejor forma de averiguarlo que esto.
Llegué a la parte baja de las gradas y salté apoyando la mano para pasar por encima, la tabla o elevación de madera que servía de muro para las primeras filas, aterrizando al lado de uno de esos ángeles enormes que nos habían recibido, mirándole alzando la cabeza mientras el bocazas de la máscara presentaba esto como el combate del hombre contra la divinidad. De dios contra el humano. Un Dios... qué insolente. Yo había visto los rostros de los dioses antes, y no se parecían nada a estos híbridos de gallina grandes.
— ¿Un dios? — pregunté mientras caminaba hacia más adentro de la grada, viendo como aquel tipo lunarian junto a Sasha y compañía descendía de un salto, con alegría y una sonrisa hacia la arena, frente a mi — Entonces seré el primero en probar que hasta los dioses sangran — sentencié deteniéndome en seco en aquel arenal.
A mi espalda, hacia mi derecha había un ángel, justo por la zona por la que había descendido. A mi espalda a la izquierda, otro ángel más, al límite del terreno de juego. A mi izquierda directa, el palco con su majestad e invitados. A mi derecha, el camino hacia el palacio. Frente a mi, un tipo enorme, de cinco metros, que volaba a ras de suelo y saludaba como un idiota hacia el mandamás del lugar. Nos separaban veinticinco metros, teniendo aproximadamente cada uno de los dos doce metros y medio desde nuestra espalda a la grada.
Apreté la zurda entorno al mango de Ein Hauch y lo saqué de su agarre en mi espalda, apretando los dedos entorno a él, llevando la otra mano para colocarla en paralelo y alzar el arma con su extremo de golpe apuntando hacia el cielo. Arrastrando el pie derecho y alzando algo de polvareda con el movimiento, semiflexioné las rodillas y doblé los codos lateralizando mi cuerpo en una guardia zurda, es decir, ofreciendo el perfil diestro hacia mi enemigo, clavando mis ojos en él prestando toda mi atención. No existía nada más. No había nada más. No me importaba nada más.
Las únicas opciones eran ganar, o morir. Como siempre.
— Listo — dije, y chasqueé la lengua.
Contenido Oculto
Resumen
Inventario
Gasto y Daños

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