[Auto T1] [+18] - Quémalo todo
#1
Día 5, 23:50h, verano, año 12
West Blue | Korossasu | Bosque
OST

     El humo ascendía buscando una salida ante el horror que había conocido a sus pies. El fuego todavía campaba a sus anchas entre las cabañitas de madera dispuestas en círculo y que dejaban en medio un terreno arenoso, a modo de plaza, donde aquellos desafortunados habían estado celebrando sin saber lo que se les vendría encima. Hasta que fue demasiado tarde para ellos.

     El día noventa de la pasada primavera fue cuando se produjo la separación.
     Otra vez.
     Para entonces, habían transcurrido ¿cuántos días? desde que me hube encontrado con Kisuke y Zorak en Pueblo Engan, en Ohara. Más de un mes, eso seguro. Fue curioso, pues en aquel momento había estado totalmente convencida de que, tras hacerme con las provisiones allí, partiríamos enseguida hacia el Grand Line. Pero la aparición de esos dos alteró los planes durante varias semanas. Y es que, a veces, la vida trae eventos inesperados.
     Jamás habría pensado que me encontraría con mi viejo amigo Kisuke en un lugar como aquel, lo cual fue una agradable sorpresa. Pero Zorak… Mi mente había borrado todo atisbo de posibilidad, como si hubiese formado parte de una vida pasada. Volver a verlo supuso para mí… despertó cosas que creía muertas y enterradas. Eso mintiéndome como hacía, porque durante los últimos cuatro años era lo que me decía a mí misma. Sin embargo, los recuerdos y los sentimientos asociados en todo este tiempo me gritaban justo lo contrario.
     El reencuentro fue… intenso. Hablo de la intensidad de la violencia, pues lo primero que halló conmigo fue mi puño al darme cuenta de su presencia. Ignorando mi impulso, me respondió con un beso. Me desarmó.
      Yo tenía motivos suficientes para odiarlo. Después de lo que habíamos vivido en Ilisia en el año 8, por aquel entonces se había atrevido a marcharse de esa forma tan impersonal, tan cobarde. Aquella que había provocado en mí infiernos de los que nunca había conseguido escapar. Así que en Ohara ni siquiera debería haberle dado la oportunidad de explicarse, pero tampoco pude negarme. ¿Cómo, si esos putos ojos azules apaciguaron esas llamas y encendieron otras?
     Era el Zorak que yo recordaba y, a su vez, uno muy distinto. Uno más maduro, más crecido (también en altura), con la mirada más afilada, más seguro de sí mismo, más perspicaz, con las cosas más claras. Parecía que había aprendido a dominar el monstruo interior que albergaba y ahora dirigía su energía a una causa más férrea: el Ejército Revolucionario. Era una facción que no tendría por qué meterse en nuestro camino como piratas, pero que podría llegar a hacerlo si se daba la oportunidad. Diría que eso complicaba las cosas, pero las cosas ya eran lo suficientemente complicadas de por sí. Con él, no podía ser de otra forma.
      Así, fueron unas semanas… intensas. Tuvimos nuestros momentos. Reencontrarnos en la intimidad había sido… Bueno, no sabía que necesitaba aquello hasta que lo experimenté. Él no fue como otros cuerpos. En este caso, existía un nombre, el suyo, y unos sentimientos que convirtieron en salvajes aquellos encuentros. Fue una sorpresa saber que ahora también era usuario de akuma no mi. Tuvo una forma interesante de hacérmelo saber.
     Discutimos, por supuesto. Nuestras discusiones distaron mucho de ser algo pacífico que buscaba el entendimiento mutuo. Mis fuertes resentimientos hacia él hicieron que aquello se asemejase a una intensa tormenta eléctrica, y lo que me encontraba delante no facilitaba la situación. Demasiado acumulado que había hallado el peor momento para ser dicho. Demasiado dolor. Demasiada emoción a flor de piel.
     Pero me gustaba tenerlo en el barco. A él y a Kisuke. Y, aunque no estaba tan unida a este último de la misma forma y por motivos evidentes, fue agradable retomar nuestras charlas.
     Eaa, sin embargo, no parecía tan entusiasmada con los dos visitantes repentinos, al menos al principio. Estableció una serie de normas a seguir para una buena convivencia y, aunque hubo momentos complicados, finalmente se llegó a un consenso que nos favorecía a todos. La entendía: al fin y al cabo, los asuntos relativos a La Rémora Fatua y a su propio espacio personal eran buenos motivos de peso, así como haberse encontrado de repente a dos tipos que no conocía y con los que, de pronto, compartía tiempo de su vida.
     Todas estas semanas fueron mucho tiempo. Dieron para muchas cosas.
     Una noche, mientras todos dormíamos —porque Zorak y Kisuke solían quedarse en el barco—, Peteiro se marchó. Simplemente desapareció. Dejó una escueta nota con un contenido tan excéntrico como era. Siempre fue complicado saber qué podría estar pasando por esa cabeza suya, pues nunca había sido de compartir más allá de lo necesario con nosotras, así que tal y como era, abandonó nuestras vidas. Nombraba a Balban, al que nunca llegamos a conocer. Su marcha no fue fácil para nosotras. Y, en mi caso, la forma de irse me trajo duros recuerdos de lo sucedido con, precisamente, el pelirrojo que ahora tenía a mi lado. En fin, al final era la naturaleza de aquel intrigante gyojin. Por mi parte, podía volver a la tripulación siempre que quisiera, pero algo me decía que jamás volveríamos a verlo de nuevo.
      Una tripulación de tan solo dos personas.
     Dos personas que pronto volveríamos a quedarnos solas.
     Varios días antes de la despedida, noté algo diferente en Zorak. No era algo muy notable, sino más bien sutil, pero no se me escapaba. No soy imbécil, sabía que algo pasaba o que estaba por suceder. Sin embargo, yo no le preguntaba, lo dejaba con sus libros tranquilamente en cubierta, o donde decidiese acomodarse en cada ocasión. Una afición que compartía con Eaa. Al final, todos tenemos nuestros secretos. 
     Él decidió hablar conmigo, sacarlo a la luz.
     Se marchaban.
      Tres días antes de la partida, el día ochenta y siete de primavera, me llevó a un lugar apartado, a solas, y me contó los motivos que lo llevarían, de nuevo, lejos de mí. En esta ocasión, había decidido hablar las cosas conmigo, no simplemente desaparecer. Fue una conversación complicada, no tanto por los motivos que le llevaban a ello, sino porque se me volvería a escurrir de entre los dedos.
      Su motivo: el Ejército Revolucionario. Al igual que Kisuke. Él con sus valores y yo con los míos. Al final, no seguirlos podría suponer una vida vacía, sin sentido, y ninguno de los dos estábamos dispuestos a renunciar a la libertad que eso regala. Por eso, lo entendí. Había algo más importante que nosotros y eran los caminos que ambos elegíamos. Y, si había suerte, si en algún momento la vida cruzaba nuestros senderos de nuevo, volveríamos a encontrarnos. En otro tiempo, en otro lugar. Cada uno bajo el significado de nuestra respectiva bandera. De nuestros ideales.
     Ninguna despedida es fácil, siempre que suponga despedirse de alguien que te importa. Alcé todas las murallas que fui capaz para afrontar ese momento, para no volver a caer en la espiral que me engulló cuando se marchó la primera vez, cuatro años atrás. Para permanecer serena. Para que ninguno de ellos me viese llorar.
      Primero Peteiro. Ahora también Kisuke y Zorak. Zorak, otra vez.
     Eaa y yo zarpamos de Ohara. Ahora, sin el gyojin, La Rémora Fatua parecía más grande. Ella se dio cuenta de que no estaba en mi mejor momento y trataba, respetando mi espacio, de hacerme los días más fáciles. No puede haber algo fácil cuando, en tu interior, un volcán está a punto de estallar, esperando tan solo el momento propicio para expulsar la lava que te abrase las entrañas.
      Porque, que yo entendiese los motivos de aquella nueva separación, no borraba el dolor que esta me hacía sentir. Se instalaba en el pecho e irradiaba hacia el resto del cuerpo con sus tentáculos venenosos. Un dolor de pérdida, pero más intenso, porque durante semanas había vuelto a recordar, a vivir, lo que era tenerlo conmigo.
      Cada vez me costaba más manejarlo, no ceder al caos de unos sentimientos tan fuertes e hirientes que me causaban daño físico. Pronto supe que necesitaba algo para canalizar todo aquel amasijo interior que estaba potenciando mi fiel oscuridad. Un color, entonces, apareció en mi mente: rojo. Sangre.
      Transcurrieron los días y desembarcamos en Korossasu. No quise que Eaa me acompañase. Tenía muy claro lo que hacer y lo quería hacer sola.
     Mi idea original era encaminarme a uno de los pueblos del lugar, pero atravesar el bosque cambió mis planes. Allí encontré aquel claro donde un gran círculo de arena contaba con varias cabañas de maderas rodeándolo.
     Era de noche.
     Alrededor de la hoguera, gente celebrando. Y, en mi interior, cientos de dagas ígneas me apuñalaban frente a su felicidad. Sentí el hormigueo en mis manos instándome a actuar. La sed en mi garganta, sin ser de agua ni de alcohol. La oscuridad aferrándose a cada rincón de mi mente. El dolor recorriendo mi cuerpo de un modo casi erótico.
     Para ellos, el lugar y el momento equivocados. Para mí, una salida temporal del sufrimiento.
     No hay gloria alguna en matar a un grupo de amigos, tal vez familia, que no suponen ninguna clase de peligro. Pero no buscaba gloria, honor, ni mierdas similares. Buscaba recuperar el control dominando lo más valioso que se puede controlar: la vida.
     ¿Quince, veinte personas? Todas muertas.
     Solo dejé que se marcharan los dos niños. No fui capaz de asesinarlos. A cambio, les regalé un trauma para toda la vida.
     No solo utilicé el látigo, sino cualquier cosa que hubiese encontrado a mano. Mis favoritos de esa noche, los grandes cuchillos afilados con los que habían partido porciones de cerdo para colocarlas en la hoguera. El filo entrando por sus carnes; las salpicaduras de sangre sobre mi rostro, sobre mi cuerpo; la exaltación de la muerte.
     Sus gritos. Mi dolor. Su miedo. Mi placer.
     Deslicé la lengua por mis labios manchados de sangre, excitándome con el característico sabor metálico.
     Pronto, los cuerpos sin vida alfombraron la suerte de plaza arenosa. El color rojo teñía el suelo y yo lo miraba como si me hallase en un lugar muy, muy lejano. Silencio, tan solo roto por el crepitar de la hoguera. Como si mi cuerpo no me perteneciese, me acerqué a una de las botellas a medio beber, llevé su boca sobre la mía y acabé con todo el contenido. Ron. Valdría. Después, arrojé el cristal al fuego y una llamarada se alzó hacia el cielo.
     Quémalo. Quémalo todo.
     Pero el bosque…
     Llueve. Quémalo.
     Era cierto. Habían comenzado a caer gotas gordas, tal vez para dar la bienvenida a un recién despierto verano, y me estaban mojando desde hacía no sabía cuánto.
     Me hice con una rama, introduje el extremo en la hoguera y fui prendiendo todas y cada una de las cabañas ahora sin dueño. La madera respondió al instante, recibiendo las llamas como a viejas amigas.
     De verdad lo sentía por el bosque. Los árboles, las plantas, de lo más puro que nos rodea, no eran culpables de mi inestabilidad emocional, de mi desequilibrio mental. Confiaba en que la lluvia, cada vez más intensa, los salvase de mi salvajismo.
     ¿Me sentía mejor? Me sentía más liberada, más en sintonía con mi propia naturaleza, con lo que yo era. Zorak y yo habíamos hablado sobre monstruos. No sobre aquellos que moran en las leyendas o sobre aquellos que podemos encontrarnos en nuestras travesías. No. Sobre los monstruos que habitan en nosotros. El mío había reclamado sus sacrificios y yo había obedecido.
     Me dejé caer de rodillas sobre la arena, cada vez más barro, y luego otra vez hasta quedarme tumbada boca arriba. Las gotas repicaban sobre mi cuerpo con su dulce castigo. El fuego a mi alrededor. Separé ligeramente los labios y una muy tenue sonrisa se dibujó en ellos.
     En todos aquellos días de ausencia, solo entonces permití que mis ojos se humedecieran.

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[Auto T1] [+18] - Quémalo todo - por Maeve Knox - 02-04-2024, 10:51 AM
RE: [Auto T1] [+18] - Quémalo todo - por PX-2 - 02-04-2024, 12:27 PM

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