02-04-2024, 07:25 PM
Leyenda
Escuché con gran atención las palabras de Maeve, pues me interesaban bastante. No entendí muy bien su respuesta, no voy a mentir. Después habló de Jasper, el miembro del Comando Barbacoa que la metió en el mundo de la piratería. Después habló de alguien más. Alguien, hace mucho tiempo, a quien amaba y se fue sin darle la oportunidad de despedirse. - ¿Él qué? - me pregunté, extrañada por el repentino corte en la conversación. Giré la cabeza, algo preocupada he de decir, y vi a la mujer plácidamente dormida. No pude evitar sonreír al ver a mi amiga descansar. Había sido una fiesta realmente intensa, llena de altibajos emocionales. No solo para mí, si no también para la otra mujer. Hacía algo de frío, por lo que me pareció buena idea quitarme la camisa para tapar a esta. Cogí a la mujer en brazos con extremo cuidado, no solo de no hacerle ningún daño, si no también de no despertar a esta. Entré en la bodega, cruzando la cortina y yendo hacia la cama. No me sorprendió ver a nuestro compañero gyojin dormido en un rincón, y a Mandarina durmiendo sobre su cabeza. Con cuidado abrí la cama de Maeve y la tumbé en su interior, no sin antes quitarle las botas. Pensé en desmaquillar a esta con cuidado, pero eso sí que hubiera despertado a mi amiga. Tras eso le tapé con la manta. - Eres la mejor, Maeve. - susurré, con una ancha sonrisa. - Muchas gracias por todo lo que haces por mí. - me puse la camisa antes de volver a la cubierta. Yo también estaba bastante cansada, pero alguien tenía que recoger la comida. Si la dejaba fuera iba a ser comida para pájaros seguramente, y si eso pasaba con la lasagna y la tarta alguien iba a arrancarme los cuernos sin dudarlo. Recogí la comida, así como las jarras ahora vacías. No recogí la improvisada mesa. Habría tiempo de sobra para hacerlo al día siguiente, si es que la resaca nos permitía hacer algo productivo.
Suspiré, recordando aquella mañana en la que me desperté junto a Maeve en aquella cama. Había pasado mucho tiempo desde aquello, un sinfín de cosas que me habían cambiado la vida para mejor. - Quién me lo hubiera dicho - murmuré, mientras entraba nuevamente en la bodega. Dejé las cosas y me cambié de ropa. Guardé también el colgante y el anillo antes de echar un vistazo al espejo. Todavía no me creía que tuviera una trenza. En el reflejo me fijé en cómo el pequeño Mandarina ahora se encontraba tumbado junto a la albina, abrazado por esta. - Es verdad - dije, sonriendo. Rellené ambas jarras de agua y las coloqué en nuestras mesillas. Bueno, en aquello que utilizábamos a modo de mesilla. - Va a hacer falta por la mañana. - dije, antes de tumbarme en la cama y dejarme llevar por el sueño.
Resumen
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