03-04-2024, 04:47 PM
(Última modificación: 03-04-2024, 04:51 PM por Maeve Knox.)
Día 54, 22:35h, verano, año 8
West Blue | Ohara | Rémora Fatua, en una solitaria playa de Ohara (Bosque Costero)
OST DE LA ESCENA
Hacía más de veinticuatro horas que Kisuke y Zorak habían llegado a nuestro barco. Como era evidente, con ellos a bordo no partiríamos al Grand Line de un modo inminente. No tenía muy claro cómo se desarrollarían los acontecimientos con este giro, tan solo me limitaba a observar. Al fin y al cabo, Eaa, Peteiro y yo habíamos consensuado darnos unos días más para zarpar. Lo que no podíamos saber en ese momento era que sería más de un mes de demora, pero eso no es lo que nos ocupa aquí y ahora.
Me resultaba terriblemente incómodo compartir espacio con Zorak después de todo lo que había sucedido entre nosotros y que, ahora, parecía no tener ninguna importancia para él, lo cual me enfurecía aún más. Y era imposible para mí hacer como que nada había ocurrido, porque mi vieja herida estaba volviendo a derramar sangre en mi interior.
No mentiré: desde hacía cuatro años, unas veces más y otras menos, había fantaseado con el momento de volver a encontrarme frente a él, y realmente había estado convencida de que eso no ocurriría jamás. Por tanto, tenerlo tan cerca y, a la vez, guardar tanto resentimiento hacia él me estaba consumiendo.
Tal vez Eaa, Peteiro y Kisuke se habían dado cuenta de algo, incluso el propio Zorak, porque era incapaz de disimular, ni siquiera por el bien de mi propio secreto. Por esa razón, decidí que postergarlo más sería una agonía para mí. Había llegado el momento de afrontar lo que me hacía querer salir corriendo.
Me resultaba terriblemente incómodo compartir espacio con Zorak después de todo lo que había sucedido entre nosotros y que, ahora, parecía no tener ninguna importancia para él, lo cual me enfurecía aún más. Y era imposible para mí hacer como que nada había ocurrido, porque mi vieja herida estaba volviendo a derramar sangre en mi interior.
No mentiré: desde hacía cuatro años, unas veces más y otras menos, había fantaseado con el momento de volver a encontrarme frente a él, y realmente había estado convencida de que eso no ocurriría jamás. Por tanto, tenerlo tan cerca y, a la vez, guardar tanto resentimiento hacia él me estaba consumiendo.
Tal vez Eaa, Peteiro y Kisuke se habían dado cuenta de algo, incluso el propio Zorak, porque era incapaz de disimular, ni siquiera por el bien de mi propio secreto. Por esa razón, decidí que postergarlo más sería una agonía para mí. Había llegado el momento de afrontar lo que me hacía querer salir corriendo.
Ya habíamos cenado. Había ayudado a Eaa a recoger las cosas de la cena, pero rara vez me deja permanecer en la cocina de la bodega más de diez segundos, así que pronto me quedé ociosa. Realmente había buscado entretenerme todo lo que pudiese trasteando con los platos y los cubiertos, de forma que el momento que tanto ansiaba y temía tardase más en llegar, pero no hubo suerte.
Al final, respiré hondo y busqué a Zorak con la mirada. Se encontraba en el lugar que ya iba siendo habitual para él en tan poco tiempo: la base del mástil. Allí apoyaba la espalda y se enfrascaba en su lectura, cualquiera que fuese. Mi corazón latía demasiado fuerte. Tanto, que me daba la impresión de que cualquiera de los ahora ocupantes del barco atracado podrían escucharlo. Escapaba a mi entendimiento cómo no me temblaba el pulso para cometer —casi— toda clase de crímenes y que afrontar la conversación que buscaba me aterrase de esa forma. Incluso cuando mi avidez de respuestas era casi insoportable.
A apenas a metro y medio detrás de él, volví a tomar aire.
—Zorak —lo llamé, asegurándome de que solo él me oyese. Pronunciar su nombre se sintió como una punzada en el estómago. Esperé a que apartase la vista de las letras para continuar—: Tenemos que hablar.
Soné cómo un iceberg en el más crudo invierno. Cualquier otra cosa habría sido imposible.
Sin esperar una respuesta o cualquier otra reacción por su parte, comencé a andar hacia la parte del barco donde habíamos habilitado la rampa directamente en la arena, evitando todo contacto, intencionado o fortuito, con el agua del mar. Bajé por ella con el pulso martilleando mis sienes. Esperaba que hubiese decidido seguirme, que mi propuesta le hubiese interesado hasta tal punto, porque no miré atrás.
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