19-04-2024, 10:43 AM
(Última modificación: 19-04-2024, 10:53 AM por Maeve Knox.)
Me besó.
No fue un beso como el que me robó en el pueblo el día anterior, sino uno donde quise perderme. Perderme a mí misma, perder el sentido, perder todo cuanto me había torturado durante tanto tiempo. Y, sin embargo, tanto por ganar. Sentía en cada fibra de mi ser el abrazo que él me devolvía, cómo apretaba mi cuerpo contra el suyo.
No estaba soñando. Era real, había vuelto a mí.
Zorak volvió a cambiarnos de posición, quedando él por debajo otra vez. Me rodeaba con un brazo mientras que con la mano contraria secaba mis lágrimas. Era extraño. Aborrecía profundamente que me viesen llorar y, sin embargo, en ese momento no me importaba lo más mínimo que me mirase en aquella posición tan jodidamente vulnerable. Pensé en que el maquillaje posiblemente se había arruinado, manchando mi rostro con finos arroyos negros que también teñirían sus dedos con ese contacto.
Nunca quiso hacerme daño, dijo. Siempre fue mío, dijo.
Dios, ese chico tenía la habilidad de hacer conmigo lo que quisiera tan solo con hablarme. Tenía un poder sobre mí que me asustaba. Pero, en ese preciso instante, lo último que me hacía sentir era miedo.
—Te quedaste con mi corazón entonces y aún lo sigues teniendo...
Respondí en voz muy, muy baja. Tanto que no sabía si me había escuchado.
Había compartido sábanas y otra clase de lugares con tanta gente desde hacía cuatro años que no podía contarlos, tampoco acordarme de todos. Pero ni una sola de todas esas personas se había llevado de mí algo más allá del placer, que no era poco. No había repetido con ninguno, ni con ninguna, porque no me había interesado de ellos otra cosa que sus cuerpos. Por lo que a mí respectaba, no podía sentir, porque era el hombre que tenía delante el que me había arrebatado la posibilidad, quedándosela para él. Incluso cuando desde hacía mucho tiempo había creído que no volvería a verlo en mi vida.
Pero ahí estaba, confesándome que me había echado de menos.
No le respondí. No hacía falta.
Nos besamos de nuevo. Lo que había entre nosotros se alzaba con una fuerza aniquiladora, capaz de ruborizar al bosque si este tuviese la capacidad de hacerlo. La intensidad crecía, eclipsando cualquier otra cosa que no fuésemos nosotros bajo la luna.
No fue un beso como el que me robó en el pueblo el día anterior, sino uno donde quise perderme. Perderme a mí misma, perder el sentido, perder todo cuanto me había torturado durante tanto tiempo. Y, sin embargo, tanto por ganar. Sentía en cada fibra de mi ser el abrazo que él me devolvía, cómo apretaba mi cuerpo contra el suyo.
No estaba soñando. Era real, había vuelto a mí.
Zorak volvió a cambiarnos de posición, quedando él por debajo otra vez. Me rodeaba con un brazo mientras que con la mano contraria secaba mis lágrimas. Era extraño. Aborrecía profundamente que me viesen llorar y, sin embargo, en ese momento no me importaba lo más mínimo que me mirase en aquella posición tan jodidamente vulnerable. Pensé en que el maquillaje posiblemente se había arruinado, manchando mi rostro con finos arroyos negros que también teñirían sus dedos con ese contacto.
Nunca quiso hacerme daño, dijo. Siempre fue mío, dijo.
Dios, ese chico tenía la habilidad de hacer conmigo lo que quisiera tan solo con hablarme. Tenía un poder sobre mí que me asustaba. Pero, en ese preciso instante, lo último que me hacía sentir era miedo.
—Te quedaste con mi corazón entonces y aún lo sigues teniendo...
Respondí en voz muy, muy baja. Tanto que no sabía si me había escuchado.
Había compartido sábanas y otra clase de lugares con tanta gente desde hacía cuatro años que no podía contarlos, tampoco acordarme de todos. Pero ni una sola de todas esas personas se había llevado de mí algo más allá del placer, que no era poco. No había repetido con ninguno, ni con ninguna, porque no me había interesado de ellos otra cosa que sus cuerpos. Por lo que a mí respectaba, no podía sentir, porque era el hombre que tenía delante el que me había arrebatado la posibilidad, quedándosela para él. Incluso cuando desde hacía mucho tiempo había creído que no volvería a verlo en mi vida.
Pero ahí estaba, confesándome que me había echado de menos.
No le respondí. No hacía falta.
Nos besamos de nuevo. Lo que había entre nosotros se alzaba con una fuerza aniquiladora, capaz de ruborizar al bosque si este tuviese la capacidad de hacerlo. La intensidad crecía, eclipsando cualquier otra cosa que no fuésemos nosotros bajo la luna.
De pronto, me separé de él y, sin darle oportunidad de preguntarse por qué, me senté sobre su cuerpo. Mirándolo a los ojos, llevé las manos a mi espalda y comencé a desabrochar el corsé negro hasta que, libre, lo arrojé a un lado. Cayó sobre la hierba mullida. La brisa primaveral acarició mi piel desnuda de cintura para arriba, de mármol bajo la luz blanca y brillante que descendía del cielo. La única que nos iluminaba esa noche. Y desde mi posición elevada, me centré en el azul de sus iris. Aunque mis ojos seguían húmedos, lo que yacía en ellos se alejaba de lo que me había provocado el llanto. Ahora solo había lugar para el deseo.
Si la muerte hubiese venido a por mí aquella noche, me habría marchado satisfecha. Feliz.
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