[T1 Autonarrada] Un paseo necesario
#1
Leyenda


Verano, Año 12
Ciudad Murkhold, Toroa
Día 82, 17:27h

Las frías gotas de lluvia caían sobre mi rostro. Viajaban por mis mejillas, guiadas por la gravedad. ¿Cuánto tiempo hacía que había pisado por última vez estas calles? Comencé a hacer cálculos aproximados, haciendo memoria y tratando de recordar la fecha. - Hace casi un año - pensé. Seguramente no tendría que haber pensado en ello, pues inevitablemente aquello me hizo caer en que llevaba casi un año viajando con Maeve y Peteiro. Bueno, con Peteiro ya no. Noté una gran presión en mi pecho. - No es momento - me dije, reprimiendo las lágrimas que se esforzaban por salir.

¿Cómo así me encontraba nuevamente en aquella ciudad? Bueno, habíamos pospuesto otra vez nuestra partida al Grand Line. Esta vez no nos habíamos encontrado a ningún amor perdido hacía tiempo, si no que yo misma le había pedido a la capitana algo de tiempo. No me encontraba bien, era evidente. Las pesadillas (aquellas viejas conocidas) habían vuelto a aparecer. Me costaba conciliar el sueño y había perdido algo de forma física debido en gran parte a la incorporación de una cantidad ingente de helado de chocolate en mi dieta. Tenía la sensación de que si tratábamos de viajar al Grand Line en aquel estado no iba a poder dar todo lo necesario. Tenía miedo de que algo malo pasara, de no poder ser capaz de proteger a la única persona que me importaba y que estaba cerca. Por ello, le pedí algo de tiempo a Maeve. Tiempo para superar aquella dolorosa pérdida, para reflexionar, para volver a ser yo misma. Por esa misma razón, comprendió que quisiera volver a esta lúgubre pero cálida isla, y accedió cuando se lo pedí.

Levanté la cabeza, viendo frente a mí un llamativo edificio. Un pequeño edificio, que contrastaba enormemente con las altas y desgastadas edificaciones que tenía a los lados. Lo que parecía una pequeña y brillante casita de jengibre. Una casita de jengibre sacada directamente de cuentos infantiles y depositada en las lluviosas y oscuras calles de Ciudad Murkhold. No pude evitar que una sonrisa se dibujara en mi rostro al recordar la última vez que estuve allí. - Parece que le va bastante bien, sorprendentemente - me acerqué a la puerta, antes de entrar.

Todo estaba tal y como lo recordaba. El olor de los dulces, la estética del lugar, incluso aquella monótona y algo molesta canción. Aproveché que dentro no llovía para quitarme la capucha. Me agaché, dejando mi pelo caer frente a mi rostro. Separé los mechones, deshaciendo los posibles nudos que pudiera haber. - Bienvenid... - no me costó reconocer la voz ni el tono. Se trataba de nuestra camarera favorita (nótese la ironía), Diana - No, no no. ¡Fuera de aquí! - habló, con su aguda voz. - Vosotras no tenéis permitido entrar. Not Welco... - se quedó en silencio cuando levanté la cabeza. Vi a la pelirrosa mujer mirarme fijamente, con la boca abierta. Parecía que lo que estuviera diciendo no era tan importante al fin y al cabo. Me fijé en que su brazo señalaba a la pared a mi derecha. Me esperaba cualquier cosa menos lo que encontré en la pared. Era un tablón enorme, con florecitas y una gran cantidad de dibujos de caras enfadadas. Además de eso, había unas letras bien grandes que formaban las palabras "Personas no bienvenidas", y bajo estas, nuestros carteles de se busca. Sí, eran los mismos carteles que habíamos firmado en nuestra anterior visita, pero parecía que la dueña del local les había dado su toque personal, dibujándonos unos llamativos bigotes, así como cuernos a Maeve. No pude evitar reirme ante tal obra de arte. - Tranquila, tranquila, ya me voy - interrumpí a la otra mujer. - Sólo venía a hacer una visita, y a agradecerte por la receta de la Red Velvet, a la capitana le encanta - sonreí mientras me colocaba la capucha, preparándome para volver a salir. No quería tampoco entretenerme mucho, pues sabía que la mujer no tardaría en llamar a los guardias. - Bueno, nos vemos - me despedí, mientras salía del local, ignorando las múltiples amenazas de la joven.



Verano, Año 12
Ciudad Murkhold, Toroa
Día 82, 20:05h

- Muchas gracias - le dije al joven camarero. Me quedé mirando el vaso, en completo silencio, escuchando el sonido del piano del local. Había bastante gente en La Vieja Sordo Muda. A decir verdad era un local bastante bonito. La blanca madera, en combinación con la piedra, hacían el lugar realmente acogedor. Me gustaba más la luz que entraba por los ventanales que una vez hubo en la pared de mi espalda, pero era de suponer que tras lo sucedido aquel día habían decidido cambiar la estética de la fachada. - No les culpo. Seguro que los cristales eran bastante más difíciles de mantener - murmuré, cogiendo el vaso. Lo moví en círculos, perdiéndome en el movimiento de los hielos. Me lo acerqué, despacio, primero a la nariz. - Huele igual de mal que el primer día - dije, con una notable cara de asco. - Y sigue sabiendo a mierda - tosí tras un largo trago. Dejé el vaso de whisky junto los otros dos vasos vacíos. - ¿Desde cuándo bebo yo whisky? - me pregunté. - Yo no bebo whisky - me dije, llevándome una mano a la cara. Ni siquiera me gustaba, pero en aquel momento era lo más fuerte que había probado nunca, y cada trago que daba me sentaba como un golpe en la cabeza. Hacía que por unos instantes dejara de pensar. - Aquí empezó nuestra aventura - miraba a las demás sillas de la mesa, ahora vacías, recordando aquella tarde de otoño. Si cerraba los ojos todavía podía escuchar los truenos y la fuerte lluvia. En aquel lugar nos encontrábamos cuando Waj y sus hombres vinieron con intención de capturarnos y hacernos unirnos a su tripulación. Noté como las lágrimas comenzaban a caer por mis mejillas. Apreté los dientes, cerrando fuertemente los ojos. - Puto whisky - murmuré, enfadada. No me gustaba nada llorar, y la creciente cantidad de alcohol en sangre no ayudaba un pelo. Terminé el vaso, antes de salir de aquel lugar, casi corriendo. Dejé que la lluvia me abrazara, que las gotas se mezclaran con mis lágrimas, diluyéndolas.



Verano, Año 12
Ciudad Murkhold, Toroa
Día 82, 21:20h

- ¿Por qué he venido aquí? - me pregunté, parada en medio de la calle. Hacía un cuarto de hora había pasado corriendo por delante del local Arte por amor. De alguna forma había llegado hasta allí, pero no había tenido el valor de entrar. Ahora, en cambio, me encontraba frente a La Viuda Tuerta, el lugar donde comenzó todo. Cerré los ojos y cogí aire. - Venga, a la de tres - solté el aire, antes de cruzar la puerta sin siquiera comenzar a contar. Tan pronto abrí aquellas puertas dobles comencé a escuchar el barullo del interior. Una nube de humo y peste me golpeó en la nariz. - Puaj - pensé, mientras abría los ojos y miraba el lugar. Estaba prácticamente a rebosar. Comencé a caminar, esquivando a los borrachos que se dirigían a sus mesas y a un par de camareros con bandejas. - Hoy también hay marineros cantando - dije, mientras me dirigía a la barra. Me senté, apoyando el codo en la barra, y la cabeza en la mano, esperando a que me atendieran. - Oh, vaya, no esperaba verte nuevamente por aquí - me giré para ver al otro lado de la barra a la mujer tuerta. Me sorprendió verla allí en la barra, pues creía recordar que la última (y única) vez que estuve su marido era quien se encargaba de esta parte del local. Aun así, me sorprendió más todavía la forma en que hablaba de mí. Tanto que miré detrás de mí, suponiendo que se había confundido. - ¿Acaso crees que no me iba a acordar de ti, chiquilla? - estaba claro, me hablaba a mí. Me giré despacio, para encontrarme con su arrugada cara. Eché la cabeza hacia atrás del susto. - ¿Cómo voy a olvidar a los tres que más publicidad me han hecho al local? - señaló un periódico que tenía enmarcado tras la barra, justo encima de la puerta de la cocina. - Tranquila, no voy a llamar a los guardias - algo más calmada, me quité la capucha, dejando mi pelo carmesí libre nuevamente. - Que salierais en el periódico convirtió el hostal casi en una atracción turística, y más al ver vuestras recompensas - se rió. - No en todas las tabernas les dan una paliza a los guardias la más buscada del West y sus colegas - me guiñó el ojo, dándome un toquecito con el codo. - Además, con todos los nervios de la investigación y los nuevos clientes, el desgraciado de mi marido la palmó, así que ahora soy una viuda tuerta - se rió nuevamente. A mí también se me escapó una carcajada - Para celebrar, hoy invita la casa. ¿Qué quieres? ¿Qué ha sido de vosotros? Cuenta, cuenta - No me sorprendió del todo lo que me dijo la mujer, pues, no era para nada raro que la gente visitara lugares donde hubiera ido gente famosa, y nuestras recompensas tampoco eran pequeñas, que digamos. Me sorprendió más lo que comentó acerca de su ahora difunto marido. En cierto modo me alegré por ella, pues lo poco que me había contado de él era malo. - Una copa de vino, por favor - le pedí. La mujer arqueó una ceja. - ¿Segura? Apestas a whisky, pero si quieres te pongo un vino - asentí, por lo que esta comenzó a prepararme la bebida. - ¿Y bien? - me dejó la copa sobre la barra. - Pues tuvimos una pelea hace tiempo con un pirata degenerado y tuerto - miré a la mujer - Sin ofender - me disculpé - Ah, sí, Waj. Hicisteis bien en darle su merecido - asintió. - Nos quedamos su barco y ahora es nuestro hogar. Íbamos a ir al Grand Line, pero
luego pasaron cosas, Peteiro dejó la tripulación... y yo ahora no me encuentro con fuerzas - resumí - Por eso hemos venido. No sé, tal vez esperaba encontrarme a Peteiro aquí, o quién sabe - miré al techo, cogiendo la copa. - Sí, tiene que ser jodido eso, la verdad. Además, tienes pinta de ser de esas que le da mucha importancia a la gente - asintió. No le faltaba razón, cabe decir. - Por cierto, me acabo de acordar. No me pica la nariz. ¿Tú no tenías un gato? - se interesó. - ¿Está bien, no? - habló, algo preocupada incluso. Asentí, animada. - Sí, sí. El pequeño Mandarina está bien. Le he dejado en la Rémora con la capitana - sonreí. - ¿Capitana? - preguntó, extrañada. - No se por qué pero pensaba que serías tú la capitana, pero a decir verdad, no te pega demasiado - asintió. - Además, tu compañera tiene una recompensa más alta, tiene sentido - volvió a mirarme. - Así que ahora estáis las dos solas en el barco... - se dibujó una media sonrisa. Sabía por dónde iban los tiros, y no me gustaba nada. Mejor dicho, podía notar como mi cara comenzaba a sonrojarse. - Me da cierta envidia pensar en lo que haréis dos chicas tan guapas aprovechando que estáis solas - me tapé la cara. - Lo sabía - negué con la cabeza, nerviosa. - No, no. No somos pareja, y no hacemos esas cosas, solo somos amigas - la anciana mujer se echó a reír. - Tranquila, tranquila, solo te estaba tomando el pelo. Aunque la verdad es que es bastante guapa - habló, mirando el cartel de Se Busca de Maeve. Me miró entonces de arriba a abajo, volviendo a arquear la ceja - Ella se lo pierde - se rió - ¿Cómo? - pregunté confusa - Es la mejor amiga que podría tener. Se preocupa mucho por mí, es alguien en quien puedo confiar, y me trae luz a mi oscura vida - la mujer se rió nuevamente. - Vaya, eso no me lo esperaba. Pues sí que estás enchochada - se rió. No sabía qué significaba esa última palabra, y tampoco quería saberlo. - Además, le encanta mi comida - a la señora se le abrieron los ojos como platos. - ¡Ah, que encima cocinas! - exclamó - No, si ya te digo yo que eres un partidazo. Así de guapa, con unos brazos que podrían aplastarme la cabeza y ¿encima cocinas? No, si ella se lo pierde - me llevé la mano a la cara, suspirando. - No, si ya quisiera yo que alguien hablara de mí cómo lo haces tú - negué con la cabeza. - Tampoco es para tanto. Yo solo doy mi opinión - la mujer me rellenó la copa de vino y me señaló con el sacacorchos. - Has dicho antes que no te encuentras con fuerzas - me habló con tono serio. - Sé que es duro perder a alguien, pero darle demasiadas vueltas a ello no te va a ayudar - continuó - No te digo que lo ignores por completo, pero deberías que buscar algo que te ayude a dar lo mejor de ti - explicó - Yo que sé. Por ejemplo el amor de tu amiga - dijo después - ¿Qué? - ladeé la cabeza, sin tener la más mínima idea de qué decía ahora aquella mujer. - Seguro que tarde o temprano se dará cuenta, y podréis estar juntas - no podía ladear más la cabeza. - ¿Qué? No, no, no. No entiendes. Yo no quiero eso - negué con la cabeza. - Yo con que Maeve sea lo más feliz posible soy feliz - la mujer se llevó la mano a la cara. - Ay madre, que la chiquilla es tonta - habló, como si no pudiera escucharla. Fui a quejarme pero me interrumpió. - Bueno, pues piensa en que si estás así de capa caída no vas a poder hacer feliz a tu no-novia. Así que a ponerte las pilas, que con esa cara tan bonita que tienes verte así de mal es una pena - me limité a quedarme en silencio. No le faltaba razón en gran parte de lo que decía, pues yo misma ya sabía que darle vueltas constantemente a algo que ya había pasado y respecto a lo que no podía hacer nada no me traía más que dolor. Sabía perfectamente lo que tenía que hacer, pero llevarlo a cabo no era tan fácil. Recordé que desde aquello, y después de que Zorak y Kisuke se fueran, no había hablado de aquel tema con Maeve. Me había limitado a pasar el duelo por mi cuenta, pues tenía miedo de molestarle, o causarle más daño todavía. - Ya sé, mañana en su cumpleaños hablaré con ella de eso - no quería decirlo en alto, pero se me escapó a causa del alcohol. - Espera, espera, espera. ¿Me estás diciendo que mañana es el cumpleaños de tu no-novia y tú estás aquí emborrachándote? - me dijo, enormemente enfadada. - Anda y vete con ella ahora mismo - dijo, quitándome la copa de vino. - Espero que aunque sea le hayas regalado algo bonito. Que se yo, un anillo o unas flores aunque sea - bromeó. Para variar, no entendí la broma. - No... bueno... le regalé hace algún tiempo un Log Pose, quería guardarlo para su cumpleaños, pero como íbamos a ir al Grand Line pues se lo dí cuando eso, y no he encontrado nada lo suficientemente bonito... - hablé, algo triste. - Pero le voy a preparar su comida favorita. Lasagna de espinacas, y una tarta de mandarina muy rica - asentí, animada por la idea - Bueno, si le gusta la lasagna de espinacas, igual te puedo echar una mano. Espera un momentito - habló y entró en la cocina. Volvió al de unos minutos con lo que parecía una receta. - Prueba a hacerle esto también. Seguro que le gusta - cogí la receta, agradeciéndole. - ¡Y ahora largo! La próxima vez que vuelvas quiero que me cuentes si habéis mojado o no - me levanté, asintiendo mientras me ponía la capucha, antes de despedirme de la mujer y salir del local rumbo a la Rémora Fatua.


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[T1 Autonarrada] Un paseo necesario - por Eaa - 27-04-2024, 11:33 PM
RE: [T1 Autonarrada] Un paseo necesario - por PX-3 - 28-04-2024, 02:06 AM

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