[Auto T1] [+18] - La ruleta
#1
Día 9, 22:15h, otoño, año 12
West Blue | Toroa | Ciudad Murkhold


     No había abierto los ojos, pero podía sentir un dolor de cabeza terrible. Bajo mi cuerpo, una superficie dura y fría. Cuando despegué los párpados, tardé varios segundos en acostumbrarme a la luz, a los pocos rayos de luna que se colaban por una ventana alta. Lo que pude ir viendo poco a poco se me antojaba desconocido. ¿Dónde coño estaba? Entonces, una pista, una visión nada tranquilizadora que me confundió todavía más.
     Barrotes.
      Me incorporé poco a poco hasta quedar sentada y miré hacia abajo al escuchar un susurro metálico. Fantástico. Un grillete alrededor de mi tobillo derecho. Una pesada cadena lo unía con la pared de piedra. ¿Qué cojones...?
     El dolor de cabeza no me daba tregua y además descubrí que una sensación de debilidad se extendía por todo mi cuerpo. Para mi fortuna, no se debía a que el metal que me retenía fuese kairoseki, porque no lo era, sino que esa debilidad tenía su origen en el propio dolor. Una contusión, tal vez. ¿Qué me habían hecho? Traté de rememorar algo del día anterior pero el martilleo de mi cabeza no me lo ponía nada fácil. Sin embargo, no tardaron en aparecer algunas imágenes sueltas: una taberna, dos hombres, una mujer, un sótano, armas, sangre. Negro.
     Poco a poco, la historia fue dibujándose en mi mente.

     Llevábamos ya bastantes días en Murkhold. Habíamos regresado tras que Eaa pidiese un tiempo para recolocar sus ideas, sus sentimientos, su alma. La marcha de Peteiro la había golpeado fuerte y la chica no estaba bien. Tampoco yo lo estaba por la misma razón, pero también por la marcha de Zorak. Aunque en esta ocasión nos habíamos separado por nuestros diferentes estilos de vida, por lo que somos cada uno, no había podido evitar que el dolor me embriagase por completo. Incluso este me había llevado a masacrar a un grupo de gente en otra isla. No fue como cuando Zorak me abandonó la primera vez, no tenía nada que ver —y menos después de haber arreglado las cosas—, pero no estar con él después de tanto tiempo y después de todo lo vivido... quemaba cada fibra de mi ser. Pero así es la vida. Y estaba hablando de Eaa y de su necesidad de regresar a Toroa, según me dijo. No pude negarme. ¿Cómo hacerlo? Además, prisa para el Grand Line, ninguna, pues se suponía que saldríamos al poco tiempo de estar en Ohara y la llegada de Kisuke y Zorak lo cambió todo, así que ya daba igual tardar un poco más. 
     Las cosas o se hacen bien o no se hacen.
     Durante todos aquellos días en Murkhold, mi querida y lluviosa Murkhold, había tenido tiempo para muchas cosas. Incluido el día anterior, que decidí salir por la noche —como otras tantas— a ver con qué me sorprendía la ciudad esta vez. Y, dada la situación en la que ahora me encontraba, vaya si me sorprendió.
     Había decidido entrar en El Loco Demente. Era un título redundante, porque ambos adjetivos resultaban ser lo mismo, pero pensé que ojalá hiciera honor a su nombre y en su interior encontrase lo que había ido a buscar. ¿Qué estaba buscando? No lo sabía, pero sí que tuviese ese toque de peligro que excitaba mi adrenalina.
     Al pasar, nada me había hecho pensar que aquel lugar era distinto a las otras tabernas mugrosas que la ciudad mostraba. De hecho, me había sentado en una de las mesas del fondo que tanto me gustaban. Y había asimilado que pasaría sola la velada, hasta que una mujer, al cabo de un rato mirándome desde la barra, decidió ocupar una de las sillas de mi lado. Me había llamado la atención que no fuese un hombre, dadas mis múltiples experiencias con aquellos que pensaban que tenían algo que hacer conmigo, pero pronto me di cuenta de que le movían exactamente los mismos impulsos. O eso parecía.
      —Es extraño que una mujer como tú esté sola en un lugar como este —me soltó nada más sentarse a mi lado.
     —Soy muy exigente —respondí mientras agotaba la mitad de mi jarra de cerveza.
      Ella había reído entonces. Fue una risa... interesante. Seductora, incluso. Solo entonces me fijé más en ella. Un largo cabello negro azabache enmarcaba sus preciosos rasgos, tan bellos que incluso me dejó obnubilada durante breves segundos. Unos intensos ojos verdes me miraban como su pudiesen atravesarme. Sus labios, rojos como la sangre, me sonreían. No le devolví el gesto.
     —¿Qué has venido a hacer aquí? —me había dicho entre el murmullo borracho de nuestro alrededor.
     Le respondí que buscar algo interesante, algo que hiciera que aquella noche no se convirtiera en una más en aquellos oscuros y húmedos callejones. Esa mujer llamaba mi atención, no parecía la típica pánfila que huiría ante la mínima mención de peligro. Confirmó mis sospechas con su siguiente respuesta:
     —Puedo hacer que te lo pases bien, si es que me entiendes. —Me guiñó el ojo.
     —No lo dudo —volví a mirar sus exuberantes labios—, pero no es eso lo que estoy buscando. —Oh, cuánto eché de menos a Zorak en aquel preciso instante.
     —Una lástima. También puedo ofrecerte otro tipo de cosas. ¿Qué tal tu puntería?
     Entonces, mencionó un juego. Volvió a captar mi atención, claro. Me indicó que se jugaba en un lugar más privado, que una taberna no era el sitio más apropiado. Mi primer pensamiento fue de desconfianza: estábamos hablando de la noche en Murkhold. Pero, por otro lado, tenía plena confianza en mí misma y en mis habilidades. En mi destreza con el látigo y mi capacidad de desenvolverme bien en los problemas, en el caso de que los hubiera. Así que acepté. Terminamos nuestras consumiciones, salimos del antro y la seguí.
      Por el camino, bajo la llovizna que caía como una vieja amiga, ella fue la que acaparaba la conversación. No soy de mantener charlas triviales con gente que me importa una mierda, así que me limité a andar y escuchar. Y fue así como llegamos a una casa estrecha y de fachada gris. La mujer, Karina, la presentó como su casa. Noté la presencia del látigo en mi cintura. Mi nuevo y flamante látigo, cortesía de mi revolucionario pelirrojo. Casi pude escuchar la voz de Zorak echándome en cara mi insensatez y temeridad al apuntarme a un plan como aquel. Sonreí para mis adentros, expandiéndose a mis labios, al imaginar su bronca.
     La tal Karina abrió la puerta y la seguí. Me indicó que se jugaría en el sótano, pues ningún otro lugar de la casa era más idóneo. Como es lógico, me puse en tensión. Fue una tensión agradable, sintiendo que, en cualquier momento, el peligro podría caer sobre mí. No estaba siendo confiada, sino tal vez imprudente. Oh, dios, necesitaba sentirme viva.
      Pero, al llegar al sótano, no apareció ninguna extraña amenaza. Por lo menos, para mí, porque descubrí que, entre aquellas lóbregas cuatro paredes, una persona permanecía amarrada en cruz a una ruleta de madera. En concreto, un hombre muy ligero de ropa. No era un enclenque precisamente, sino que sus músculos se marcaban como si de una ilustración de anatomía se tratase. Hacía falta un buen alarde de fuerza para someter a alguien así, pero aquel no era mi problema. Cerca del cautivo, otros dos hombres. Ahora también Karina y yo. Y, cerca, una pequeña mesa cuadrada cubierta de dagas plateadas. Sentí una punzada de nostalgia al recordar mi época utilizando ese tipo de armas.
     —El juego es sencillo —comenzó a decirme Karina por detrás mientras apoyaba las manos sobre mis hombros y acercaba sus labios a mi oído. ¿Por qué tocas?, pensé, y avancé un par de pasos para deshacer el contacto. Supuse que se dio cuenta, pero prosiguió—. Gana quien más cerca del cuerpo clave las dagas sin rozarlo mientras la ruleta da vueltas. Tres dagas.
     Sin contar al hombre atrapado en la madera circular, que bastante tenía con que su ropa interior permaneciese seca, los otros dos tipos no me quitaban el ojo de encima. Sonreían, incluso.
     Me acerqué a la mesa de las dagas y, sintiendo un hormigueo de anticipación en los dedos al acariciar el metal, cogí el número requerido: tres.
      No voy a alargar mucho el momento: gané yo.
     No fue ninguna sorpresa para mí, pero a mis rivales pareció costarles asimilar que su puntería era peor. Tanto fue así que el hombre encadenado recibió numerosas puñaladas: piernas, brazos, abdomen. Su sangre goteaba por la madera hasta llegar al suelo, acompañada de sollozos que estremecerían el alma de quien la tuviera. Incluso Karina, que había alardeado de su habilidad arrojando armas blancas, clavó una de las suyas en el bíceps de la víctima.
     —Parece que elegiste bien a nuestra compañera de juegos —dijo uno de los hombres.
     —No esperaba menos de Maeve Knox —dijo Karina con voz melosa. De inmediato, me giré hacia ella: yo no les había dado mi nombre en ningún momento. Fue entonces cuando la vi sosteniendo mi cartel de recompensa—. Te has ganado un poquito de fama por aquí —continuó. Lo que hizo después fue deslizar la lengua por el papel del cartel hasta llegar a mi rostro impreso—. Qué bien nos lo vamos a pasar contigo.
      Fruncí el ceño.
     De pronto, sentí un dolor muy intenso en la cabeza. Luego, oscuridad.

     Tras la sucesión de todos aquellos recuerdos, fue una palabra la que ocupó mi mente: estúpida. La línea entre la temeridad y la estupidez podía llegar a ser muy fina a veces. Me llevé la mano derecha al lugar de donde procedía el dolor. En cuanto mis dedos rozaron el cuero cabelludo, este se intensificó. Era una herida abierta cubierta de sangre seca. Aquellos hijos de puta me habían golpeado aprovechando mi sorpresa.
      —Espero que hayas dormido bien, señorita Knox. Casi han pasado veinticuatro horas desde el golpe, pensábamos que nos habíamos pasado, pero ya veo que estás bien. —Karina apareció de repente tras los barrotes, emergiendo de entre la oscuridad. Luego, introdujo una llave en la cerradura y en estos abrió una puerta, pasando conmigo a la celda—. ¿Sabes? Cuando te vi en la taberna, te reconocí al instante. Me habría gustado que intimásemos más, pero sé reconocer un “no” cuando lo veo, y cuando me lo dicen, así que no podía dejar pasar la oportunidad de traerte aquí para otra clase de cosas. Si te digo la verdad, no esperaba que fuese tan fácil convencerte para venir, así que fue fantástico. Y tienes una puntería excelente, lo reconozco, es una delicia jugar contigo a esto. Pero el dinero que ofrecen por tu cabeza nos solucionaría la vida a mis hermanos y a mí, y en el cartel lo pone muy claro: viva o muerta. Así que creo que sabes lo que toca a continuación, ¿no? Vas a ser nuestro cuerpo en la ruleta. Luego, te entregaremos a las autoridades, sigas viva o no. —Se relamió a la vez que desenfundaba un revolver de su cinturón—. Te quitaré la ropa y tú no harás ningún movimiento, o empezará el juego con un agujero de más en tu cuerpo, ¿entendido? —Se acercó dos pasos más—. Ah, estaba deseando que llegase esta parte...
     Típico: caer en una situación de mierda por pensar que el peligro ha pasado.
     Los niveles de adrenalina se me dispararon. Sí, joder, era lo que necesitaba.
     —Sigue soñando, zorra —escupí.
      Menos de dos segundos bastaron para que mi forma competa de buitre apareciera ante sus ojos. Mi pata ahora era más fina que el grillete, así que pude liberarme sin ningún problema. Al parecer, no sabía tanto de mí como pretendía hacer ver. Soltarme fue un juego de niños.
     Ante la sorpresa, Karina gritó y disparó. Por supuesto, falló. Y gritó aún más alto cuando me lancé hacia ella con fuerza, derribándola de espaldas. No dudé en hundirle el pico en el ojo derecho, arrancándole el globo ocular. Un río de sangre se deslizó por mi lengua de ave, manchando mi plumaje blanco. El siguiente berrido le hizo honor al primero cuando repetí la operación con el ojo izquierdo. La calidez del líquido carmesí me inundó por completo, llevándome a un peligroso éxtasis. Luego, la tráquea: sus gritos me estaban molestando. Estos desaparecieron de repente, ente sangrientos borbotones.
     Había vislumbrado una ventana alta casi desde el momento en el que abrí los ojos en aquella extraña celda, ahora abierta por la insensatez de Karina. Era el único lugar por el que se colaba la luz de la luna. Antes de encaminarme hacia allí, más de color rojo que blanco, con las garras recuperé mi precioso látigo y la bolsa de cuero con mis pertenencias. Luego, alcé el vuelo hasta colarme por la ventana. No me encontré con problemas de tamaños.
     Reprimí un graznido mientras cruzaba los cielos de Murkhold en dirección al barco. La aventura podría haber salido peor, mucho peor, pero ahí estaba, sana y salva de nuevo. Bueno, a excepción de un terrible dolor de cabeza, pero con la adrenalina hormigueando por mi cuerpo. Pensé en Eaa y en cuando me viese regresar a La Rémora Fatua cubierta de sangre una vez más. No pude reprimir la risotada esta vez.

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[Auto T1] [+18] - La ruleta - por Maeve Knox - 03-05-2024, 05:38 PM
RE: [Auto T1] [+18] - La ruleta - por PX-3 - 04-05-2024, 04:26 AM

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