Las palabras del Rey Mono fueron concisas y concretas en lo que a definir y referirse a mi se refería. Obviamente parecía alguien con el don de la sabiduría que sólo los años y los viajes daban, y sumado a ser un Shichibukai de facto, hacía evidente que había oído sobre los Dragones Celestiales más allá de los conocimientos mundanos y habituales del pueblo llano y sus gentes. Pero ni yo mismo sabía toda la verdad sobre mi propia familia y su longevo linaje, y menos aun toda la historia de sus congéneres a lo largo de los años, y honestamente tampoco me había importado realmente. Nunca me sentí parte de todo aquello y no creía que mi lugar fuera a estar en ese mundo enyugado, pero aunque me desentendiera de mis padres o mis hermanos, no podía evitar ser hijo de quien era, hermano de quien era, y tener la sangre que tenía en mis venas, al igual que no podía evitar pensar que el resistir su poder y su reacción ante mi nombre pudieran estar relacionados.
Chasqueé la lengua cuando me miró de abajo a arriba, recordando por el contexto y la forma la expresión de desagrado de mi padre en cada uno de sus juicios de valor en las diversas áreas que nos imponía a mi o a mis hermanos.
Provenía de la familia Saint O'Heil, legítimos gobernantes del Reino de Lvneel en el North Blue, isla que visitábamos por períodos semestrales por capricho y tradición del cabeza de familia, pues a la muerte de mi abuelo, padre, Saint O'Heil Regis Raum, siguió haciéndolo. Con el pasar de los años supe que todo era consentido por las altas esferas de los Dragones Celestiales porque mi familia era la principal proveedora de esclavos dentro de Marie Geoise, teniendo el monopolio del mercado controlando el sector relacionado en el bajo mundo. El cabeza de familia descendía al 'mundo mortal' para supervisar y gestionar personalmente todas las actividades referidas a aquello, especialmente la trata de esclavos de razas raras como gigantes, onis o lunarians.
Una actividad que tendría que heredar nuestro hermano mayor, quien heredaría el peso de ser el cabeza de familia, pero que se nos instauró a todos en mayor o menor medida para estar familiarizados con el tema por si algo llegase a pasar. Y ay, mis hermanos... Yo era el séptimo de nueve hermanos, y era descartable y prescindible en comparación a todos ellos, llenos de virtudes y con cualidades extraordinarias, al ser un completo inútil en absolutamente todo lo que se esperaba de mi.
Para alguien con tan mala memoria como yo, era irónico que cada vez que los recordaba, los repasaba automáticamente uno por uno en mi cabeza: Mi hermano mayor, el primero de todos ellos, era Saint O'Heil Aurum Pluto, un genio comerciante y negociador que había heredado las destrezas y virtudes de mi abuelo. El segundo, Saint O'Heil Argen Neptun, elegante y sofisticado como madre. El tercero era Saint O'Heil Dicar Urans, un completo genio en cuanto al estudio de la historia y las lenguas. La cuarta, Saint O'Heil Verus Aturn, la mejor combatiente de entre todos nosotros, y quien más había sacado en común con padre. El quinto era Saint O'Heil Quinque Juter, el más interesado por las costumbres y tradiciones y alguien que odiaba bajar al North Blue desde que tengo memoria. El siguiente era Saint O'Heil Fatus Stern, mi gemelo fallecido a las pocas semanas de haber nacido ambos. La octava, Saint O'Heil Serere Erde, la más bonita y codiciada por los nobles de toda la familia junto con su gemela, la novena hija, Saint O'Heil Volve Nus. Y para colmo sabía que antes de irme, madre, Saint O'Heil Clavis Mond, volvía a estar embarazada de nuevo por lo que ahora podríamos ser uno más... o los mismos, si habían dejado de contar conmigo, pues pese a saber que ordenaron buscarme y llevarme de nuevo con ellos - y por eso había adoptado un acrónimo y la compañía de un casco constante - sabía bien lo que para mi gente significaba alguien que renegaba de ellos: Un inferior.
Mis hermanos mayores y madre siempre tuvieron un cierto resquemor hacia mi que creía que era fruto de mi inutilidad para cualquier tarea o desempeño, y no fue hasta el paso de la primera quincena de edad que no supe el verdadero motivo de su desprecio. El vino hablaba en la boca de mi tío cuando reveló que mi madre en mi gestación había tenido un embarazo de gemelos. Aparentemente en el momento de dar a luz, en mi alumbramiento, otro cuerpo que había compartido útero conmigo, había salido al mundo antes que yo mismo y se había consagrado como el hermano mayor. Era un bebé más grande, más rollizo, con más pelo y con mejor color. En palabras del hermano de mi padre, se veía como un chiquillo sano y prometedor. Pero en la primera semana de nuestra vida, llegó una noche en la que él no despertó, y madre, desquiciada de angustia y presa de la desesperación y el dolor, renegó de mi diciendo que era un bebé maldito y poseído por la envidia y el rencor que había acabado con la vida de su hermano, celoso por su glorioso futuro en comparación al mío. Desvaríos de una demente, pero que sirvieron para hacerme a un lado y ganarme el desprecio de mis hermanos.
El Shichibukai cargando al derrotado Lunarian me sacó de mis memorias y mis recuerdos y me devolvió al presente, haciéndome fruncir el ceño. No me gustaban las cosas que me recordaban a ellos, no después de tantos años, y no estando tan lejos de 'casa'. Sin duda sería una compañía que evitaría de ahora en adelante, todo lo posible, así que su orden de no poder permanecer en su ciudad sería cumplida al pie de la letra, tanto por mi como por mi organización en cuanto me hubiera hecho con el premio de mis esfuerzos y fruto de mi victoria. E iba a responder a su comentario sobre mi beligerancia cuando reveló que quien había sido mi contrincante era el legítimo heredero de las tierras que pisábamos, y por lo tanto, alguien de la 'realeza'. Realeza que en mi entendimiento era como un niño jugando a sentarse en la mesa de los mayores, así como todas las demás, y no recibía mayor importancia o respeto por mi parte. Sabía de sobra lo que era tener un título de nacimiento y no haber hecho nada para ganártelo, y me había forjado de una forma completamente diferente a esa cultura desde mi huida de casa, por lo que ese tan Yogymbro fuera el hijo de un rey o no, sólo era un idiota con la cara bonita que no había podido ni tan siquiera hacerme sangrar — Si no es capaz de matarme, no vale nada... — susurré, repitiéndome a mi mismo aquella frase, mi mantra, que me había acompañado tanto tiempo y me había llevado por el camino que hoy recorría, al tiempo que el Shichibukai Marucuchi trataba de aleccionarme y me recomendaba hablar con el chamán verdoso, al cual dirigí mi mirada y vi como extraía pompas traslúcidas de la mente de los guardianes angelicales del recinto.
El rey mono empezó a marchar escoltado por cuatro personas más, y uno de dichos ángeles se acercó a mi mientras el resto de las personas presentes conscientes comenzaba a realizar su salida de la escena con su respectivo acompañante alado. Miré al alto portador del cetro parado a mi lado, suspiré y me coloqué el casco de nuevo — Tú y yo vamos a terminar muy rápido aquí — le dije dando dos pasos en su dirección, flanqueándolo por la diestra — Lleva a ese hombre, el del pelo cano. Yo cargaré con la mujer — añadí, llevando Ein Hauch a la espalda y comenzando a caminar hacia Viktor y Chloe para sacarlos del lugar — Cuando nos dejes en nuestra residencia temporal puedes irte a ayudar a tus iguales... no necesito tu vigilancia y me basto sólo para defender a mi gente — sentencié rotundamente al ángel, dando un último vistazo al Emperador del Cielo en su camino en retirada hacia su palacio y pensando en todas las preguntas que estaban sin responder aun, y de las que no creía poder sacar una respuesta en este lugar. Chaqueé la lengua. Negué con la cabeza y miré a Chloe. Ojalá despertasen pronto y no perdiésemos mucho más tiempo aquí.
Chasqueé la lengua cuando me miró de abajo a arriba, recordando por el contexto y la forma la expresión de desagrado de mi padre en cada uno de sus juicios de valor en las diversas áreas que nos imponía a mi o a mis hermanos.
Provenía de la familia Saint O'Heil, legítimos gobernantes del Reino de Lvneel en el North Blue, isla que visitábamos por períodos semestrales por capricho y tradición del cabeza de familia, pues a la muerte de mi abuelo, padre, Saint O'Heil Regis Raum, siguió haciéndolo. Con el pasar de los años supe que todo era consentido por las altas esferas de los Dragones Celestiales porque mi familia era la principal proveedora de esclavos dentro de Marie Geoise, teniendo el monopolio del mercado controlando el sector relacionado en el bajo mundo. El cabeza de familia descendía al 'mundo mortal' para supervisar y gestionar personalmente todas las actividades referidas a aquello, especialmente la trata de esclavos de razas raras como gigantes, onis o lunarians.
Una actividad que tendría que heredar nuestro hermano mayor, quien heredaría el peso de ser el cabeza de familia, pero que se nos instauró a todos en mayor o menor medida para estar familiarizados con el tema por si algo llegase a pasar. Y ay, mis hermanos... Yo era el séptimo de nueve hermanos, y era descartable y prescindible en comparación a todos ellos, llenos de virtudes y con cualidades extraordinarias, al ser un completo inútil en absolutamente todo lo que se esperaba de mi.
Para alguien con tan mala memoria como yo, era irónico que cada vez que los recordaba, los repasaba automáticamente uno por uno en mi cabeza: Mi hermano mayor, el primero de todos ellos, era Saint O'Heil Aurum Pluto, un genio comerciante y negociador que había heredado las destrezas y virtudes de mi abuelo. El segundo, Saint O'Heil Argen Neptun, elegante y sofisticado como madre. El tercero era Saint O'Heil Dicar Urans, un completo genio en cuanto al estudio de la historia y las lenguas. La cuarta, Saint O'Heil Verus Aturn, la mejor combatiente de entre todos nosotros, y quien más había sacado en común con padre. El quinto era Saint O'Heil Quinque Juter, el más interesado por las costumbres y tradiciones y alguien que odiaba bajar al North Blue desde que tengo memoria. El siguiente era Saint O'Heil Fatus Stern, mi gemelo fallecido a las pocas semanas de haber nacido ambos. La octava, Saint O'Heil Serere Erde, la más bonita y codiciada por los nobles de toda la familia junto con su gemela, la novena hija, Saint O'Heil Volve Nus. Y para colmo sabía que antes de irme, madre, Saint O'Heil Clavis Mond, volvía a estar embarazada de nuevo por lo que ahora podríamos ser uno más... o los mismos, si habían dejado de contar conmigo, pues pese a saber que ordenaron buscarme y llevarme de nuevo con ellos - y por eso había adoptado un acrónimo y la compañía de un casco constante - sabía bien lo que para mi gente significaba alguien que renegaba de ellos: Un inferior.
Mis hermanos mayores y madre siempre tuvieron un cierto resquemor hacia mi que creía que era fruto de mi inutilidad para cualquier tarea o desempeño, y no fue hasta el paso de la primera quincena de edad que no supe el verdadero motivo de su desprecio. El vino hablaba en la boca de mi tío cuando reveló que mi madre en mi gestación había tenido un embarazo de gemelos. Aparentemente en el momento de dar a luz, en mi alumbramiento, otro cuerpo que había compartido útero conmigo, había salido al mundo antes que yo mismo y se había consagrado como el hermano mayor. Era un bebé más grande, más rollizo, con más pelo y con mejor color. En palabras del hermano de mi padre, se veía como un chiquillo sano y prometedor. Pero en la primera semana de nuestra vida, llegó una noche en la que él no despertó, y madre, desquiciada de angustia y presa de la desesperación y el dolor, renegó de mi diciendo que era un bebé maldito y poseído por la envidia y el rencor que había acabado con la vida de su hermano, celoso por su glorioso futuro en comparación al mío. Desvaríos de una demente, pero que sirvieron para hacerme a un lado y ganarme el desprecio de mis hermanos.
El Shichibukai cargando al derrotado Lunarian me sacó de mis memorias y mis recuerdos y me devolvió al presente, haciéndome fruncir el ceño. No me gustaban las cosas que me recordaban a ellos, no después de tantos años, y no estando tan lejos de 'casa'. Sin duda sería una compañía que evitaría de ahora en adelante, todo lo posible, así que su orden de no poder permanecer en su ciudad sería cumplida al pie de la letra, tanto por mi como por mi organización en cuanto me hubiera hecho con el premio de mis esfuerzos y fruto de mi victoria. E iba a responder a su comentario sobre mi beligerancia cuando reveló que quien había sido mi contrincante era el legítimo heredero de las tierras que pisábamos, y por lo tanto, alguien de la 'realeza'. Realeza que en mi entendimiento era como un niño jugando a sentarse en la mesa de los mayores, así como todas las demás, y no recibía mayor importancia o respeto por mi parte. Sabía de sobra lo que era tener un título de nacimiento y no haber hecho nada para ganártelo, y me había forjado de una forma completamente diferente a esa cultura desde mi huida de casa, por lo que ese tan Yogymbro fuera el hijo de un rey o no, sólo era un idiota con la cara bonita que no había podido ni tan siquiera hacerme sangrar — Si no es capaz de matarme, no vale nada... — susurré, repitiéndome a mi mismo aquella frase, mi mantra, que me había acompañado tanto tiempo y me había llevado por el camino que hoy recorría, al tiempo que el Shichibukai Marucuchi trataba de aleccionarme y me recomendaba hablar con el chamán verdoso, al cual dirigí mi mirada y vi como extraía pompas traslúcidas de la mente de los guardianes angelicales del recinto.
El rey mono empezó a marchar escoltado por cuatro personas más, y uno de dichos ángeles se acercó a mi mientras el resto de las personas presentes conscientes comenzaba a realizar su salida de la escena con su respectivo acompañante alado. Miré al alto portador del cetro parado a mi lado, suspiré y me coloqué el casco de nuevo — Tú y yo vamos a terminar muy rápido aquí — le dije dando dos pasos en su dirección, flanqueándolo por la diestra — Lleva a ese hombre, el del pelo cano. Yo cargaré con la mujer — añadí, llevando Ein Hauch a la espalda y comenzando a caminar hacia Viktor y Chloe para sacarlos del lugar — Cuando nos dejes en nuestra residencia temporal puedes irte a ayudar a tus iguales... no necesito tu vigilancia y me basto sólo para defender a mi gente — sentencié rotundamente al ángel, dando un último vistazo al Emperador del Cielo en su camino en retirada hacia su palacio y pensando en todas las preguntas que estaban sin responder aun, y de las que no creía poder sacar una respuesta en este lugar. Chaqueé la lengua. Negué con la cabeza y miré a Chloe. Ojalá despertasen pronto y no perdiésemos mucho más tiempo aquí.
Resumen

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