09-05-2024, 12:16 PM
(Última modificación: 09-05-2024, 05:18 PM por Maeve Knox.)
OST DE LA ESCENA
Solo alguien que ha cruzado la Reverse Mountain puede entender la intensidad de las emociones que provoca.
La subida, un camino que consigue que un barco navegue cuesta arriba, como si tal hazaña no desafiase las leyes de la naturaleza. Un ascenso demasiado peligroso para los iniciados de la navegación, y de cuya amenaza podrías no librarte por mucha experiencia que tengas. Mantener el equilibrio al timón de La Rémora Fatua fue una ardua tarea teniendo en cuenta que solamente estábamos Eaa y yo para llevarla a cabo. Ella se desenvolvía muy bien siguiendo mis instrucciones, y yo hacía lo posible por no terminar estrelladas contra una de las escarpadas paredes rojizas. El ejemplo de lo que podía suceder de no conseguir un buen control lo pudimos presenciar cuando una de las corbetas sufrió un terrible accidente, dejando el barco hecho añicos y a sus tripulantes en el sueño eterno de quienes encuentran su muerte en el mar.
No mentiré: una punzada de temor pinzó mis entrañas durante un par de segundos al ser consciente de que aquel podría ser nuestro destino si no nos esforzábamos por lo contrario. Pero ni la pelirroja ni yo habíamos viajado hasta allí para morir de una forma tan patética. Miré a los cadáveres flotantes por encima del hombro —al menos, el tiempo que me permitió el timón— mientras me dejaba embriagar por la siguiente sensación: excitación. No erótica, por supuesto, habría resultado muy fuera de lugar, pero sí aquella que se experimenta ante la línea que separa la muerte de la victoria.
Solo alguien que ha cruzado la Reverse Mountain puede entender la intensidad de las emociones que provoca.
La subida, un camino que consigue que un barco navegue cuesta arriba, como si tal hazaña no desafiase las leyes de la naturaleza. Un ascenso demasiado peligroso para los iniciados de la navegación, y de cuya amenaza podrías no librarte por mucha experiencia que tengas. Mantener el equilibrio al timón de La Rémora Fatua fue una ardua tarea teniendo en cuenta que solamente estábamos Eaa y yo para llevarla a cabo. Ella se desenvolvía muy bien siguiendo mis instrucciones, y yo hacía lo posible por no terminar estrelladas contra una de las escarpadas paredes rojizas. El ejemplo de lo que podía suceder de no conseguir un buen control lo pudimos presenciar cuando una de las corbetas sufrió un terrible accidente, dejando el barco hecho añicos y a sus tripulantes en el sueño eterno de quienes encuentran su muerte en el mar.
No mentiré: una punzada de temor pinzó mis entrañas durante un par de segundos al ser consciente de que aquel podría ser nuestro destino si no nos esforzábamos por lo contrario. Pero ni la pelirroja ni yo habíamos viajado hasta allí para morir de una forma tan patética. Miré a los cadáveres flotantes por encima del hombro —al menos, el tiempo que me permitió el timón— mientras me dejaba embriagar por la siguiente sensación: excitación. No erótica, por supuesto, habría resultado muy fuera de lugar, pero sí aquella que se experimenta ante la línea que separa la muerte de la victoria.
Clavé los ojos en la corriente ascendente. El sol los hería con su fulgor, pero era algo que podía soportar en pos de una visión que muchos solo pueden contemplar una vez en la vida.
Y cuando nuestra goleta alcanzó el punto más alto, aquel donde parece que podrías tocar el cielo tan solo si alargases más el brazo, cuando los segundos de gravedad cero te hacen creer que puedes conseguir lo que te propongas, caímos a la corriente del descenso. El hormigueo de mi estómago creció, colmándome de deliciosa adrenalina. Mi cabello blanco se movía en todas direcciones siguiendo la voluntad del caos. Ante todo aquello, lo único que podía hacer era sonreír. Eso y sujetar con fuerza el timón para que nuestras vidas no terminasen allí.
Pronto, las aguas del Grand Line nos dieron la bienvenida con un azul majestuoso, brillante bajo un sol que partía el cielo con sus rayos. Ni siquiera me preocupé en colocar de nuevo la capucha de mi chaqueta negra, aquella que protegía mi piel y que se había caído al iniciar el ascenso. Aquella visión, saber que habíamos conseguido cruzar al otro lado, había dejado eso en un segundo plano.
Eaa vino prácticamente corriendo hacia mí. Su emoción era muy parecida a la mía, aunque su forma de expresarlo siempre resultaba mucho más intensa. La forma de ser de la semioni era precisamente la que alegraba la vida a bordo de nuestro barco, complementando mi oscuridad. Éramos un buen tándem. En aquel momento estaba gritando que lo habíamos conseguido, que por fin estábamos en el Grand Line.
—Muy buen trabajo, Eaa —le dije, haciendo referencia a su destreza manejando los puntos vitales del barco en la travesía por la montaña. Por dentro estaba gritando tanto como ella, pero no era capaz de exteriorizarlo. Para compensar, esbocé otra sonrisa y se la dediqué.
Luego se fue y volvió a los pocos minutos, durante los cuales aproveché para fijarme en lo que teníamos delante. Un galeón permanecía ante nosotros, regio, como si aquellas aguas le pertenecieran. En la proa, un lobo blanco de ojos rojos a modo de mascarón. Un lobo albino, pensé. En su bandera, un lobo —rojo, en esta ocasión— con tres arañazos en el fondo. Los lobos no tienen alas, proseguí en mi mente. Y, en el imposible caso de que las tuvieran, no serían blancas si el nombre de los supuestos anfitriones era "Alas Negras". Mi básica deducción hizo que mi desconfianza aumentase. Todo me apestaba a mentiras.
Alrededor del galeón, otros cuantos barcos secundarios que lucían la misma bandera.
Realmente esperaba no tener que llegar al extremo de entrar en batalla si se cumplían mis sospechas, porque si todos aquellos se convertían en enemigos —o si ya lo eran desde el principio—, la superioridad numérica sería demasiado absurda frente a nosotras dos.
Me fijé también en los barcos que, junto al nuestro, habían atravesado la Reverse Mountain. ¿Sospecharían de todo aquello al igual que yo? ¿Realmente nos encontrábamos ante un banquete con buena intención y mi desconfianza extrema era la que creaba tales paranoias? ¿O realmente yo tenía razón y todo formaba parte de un extraño plan llevado a cabo por un puñado de siniestros actores?
No podíamos saberlo si no acudíamos al galeón. Y, tal y como estaban dispuestos el resto de barcos, la posibilidad de simplemente marcharnos no resultaba viable. Tampoco es que hubiese ido hasta allí para colgarme la etiqueta de cobarde ahora. Yo no era ninguna cobarde, tampoco Eaa. Pusimos rumbo a esa gente.
Una vez próximas al gran navío central, mi amiga preguntó si la dejarían ayudar en la cocina y que por supuestísimo que no haría lasagna de espinacas.
—Mejor, no se la merecen —respondí. Luego, me acerqué a ella para asegurarme de que me oía. Ella se agachó y yo apoyé mis manos en su brazo, que noté cálido. Bajé el tono—. Debemos tener mucho cuidado allí arriba. No sabemos quién es esta gente ni qué es lo que realmente quieren. Sigo sin fiarme una mierda de la nota y de que quieran invitarnos a un banquete tan desinteresadamente. Y luego está su Jolly Roger, que se parece a unas alas negras lo que yo a una monja de clausura. Por favor, presta mucha atención a todo lo que veas. —Después, hice alusión a su comentario sobre el periódico—: Pues hagamos que publiquen más noticias sobre nosotras donde seamos las protagonistas de nuevas hazañas y no de la sección de esquelas.
Si algo me había enseñado la vida había sido a ser desconfiada. Ahora bien, eso no era suficiente para calmar la expectación que me bullía dentro mientras subía por la escalera de cuerda que nos habían tendido desde el gran barco. Una vez en cubierta, y con el corazón latiéndome como una fiesta de tambores, miré a mi alrededor. Aquello rebosaba elegancia, mucha más de la que se pudiese adivinar desde la lejanía, y se podía adivinar bastante.
Tener a Eaa a mi lado aumentaba mi sensación de seguridad, mi confianza.
Me percaté de que varias de las personas que pude observar allí procedían de los otros barcos recién llegados. Entre ellos, me fijé en un muchacho musculoso, de piel ligeramente morena, de cabello blanco, así como barba del mismo color. Su mirada también era clara. No podía ser albino por su color de piel, pero ciertamente llamó mi atención ante la similitud. No podría haber adivinado su edad, pero no es que me importase. Aparté mis ojos de él y continué evaluando nuestro alrededor. Clavé mi atención en la tipa que parecía tener la voz cantante. Con una serie de documentos en la mano, se aseguraba de ir controlando a quienes estábamos por allí.
De nuevo, una oleada de excitación. Aquel podría ser un gran comienzo en esta nueva región o la mayor de las cagadas, suponiendo nuestra perdición.
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