20-05-2024, 08:22 PM
Lo único que había podido vaticinar con anterioridad había sido que, en algún momento, aquellos sarnosos nos tenderían una trampa. Mi instinto no había fallado, aunque tampoco hacía falta poseer el cerebro del científico más famoso de los mares para llegar a aquella conclusión, pues todo aquello apestaba a malas intenciones desde la famosa nota. Pero Eaa y yo nos habíamos personado allí porque sí, porque nos gusta el riesgo y que nuestros nombres resuenen por las sucias bocas de quienes osen subestimarnos.
Bien, como decía, aquello fue lo único que pude prever. A partir de ahí, todo parecía haber tomado un cariz imprevisible. A excepción de los cadáveres: la gentuza que golpeaba a mi amiga encontró la muerte más pronto que tarde. Ni siquiera me planteé descender de mis aventajadas alturas porque confiaba de pleno en las habilidades de mi amiga. De hecho, haber acudido en su "ayuda", además de una inutilidad, habría sido una falta de respeto hacia ella. Estaba claro que no la necesitaba.
Bien, como decía, aquello fue lo único que pude prever. A partir de ahí, todo parecía haber tomado un cariz imprevisible. A excepción de los cadáveres: la gentuza que golpeaba a mi amiga encontró la muerte más pronto que tarde. Ni siquiera me planteé descender de mis aventajadas alturas porque confiaba de pleno en las habilidades de mi amiga. De hecho, haber acudido en su "ayuda", además de una inutilidad, habría sido una falta de respeto hacia ella. Estaba claro que no la necesitaba.
Y, por precisamente encontrarme allí arriba, pude localizar aquello que había alertado a nuestro huidizo compañero: un insecto. Lo que parecía una avispa, de hecho. En aquella estancia con una iluminación que podía mejorar, y siendo aquel bicho volador tan pequeño, habría sido muy fácil que escapase a mi vista. Supongo que una década de caza desde las alturas había afinado mi vista hasta el punto de localizar un objetivo tan complicado. Vi cómo la avispa desaparecía por donde habíamos entrado. Extraño, pues ahora se colaba más luz desde aquel lugar tras un estruendo que apenas se había escuchado debido a la pelea de Eaa contra aquel grupo —ya muerto— de redomados idiotas. Parecía que el tal Gin —ya no recordaba el nombre completo porque, a decir verdad, me importaba bien poco— había hecho un destrozo por allí arriba.
Estaba pensando en mi siguiente movimiento cuando, de pronto, una nueva sorpresa: algo, o más bien alguien, cayó pesado como un gran saco de patatas a la estancia donde Eaa y yo todavía nos encontrábamos. No tardé en reconocer ese rostro: Larian. Justo después, aterrizó otro alguien. Gin. Vaya, vaya, así que no había huido. Le devolví los puntos mentales que le había quitado cuando le hube atribuido ser un cobarde por marcharse. No solo no se había ido, sino que había acudido a la violencia contra la tiparraca de sonrisa socarrona a la que, según mi amiga pelirroja, yo le gustaba. A ver si le gusta eso, me mofé en mi mente. No sonreí porque el pico de un buitre apenas da margen para ello.
Un rápido movimiento captó mi atención de nuevo. La avispa. La puta avispa. ¿Por qué regresaría, habiendo salido al mundo exterior, uno repleto de posibilidades para sobrevivir para un insecto? Estaba volando hacia el fondo del lugar, aquel donde podíamos vislumbrar una puerta similar a la que habíamos atravesado para caer en aquella nada elegante emboscada. Fue entonces cuando me planteé que aquella avispa podía no ser un insecto corriente, dada la trayectoria contra natura, contra el instinto de supervivencia. ¿Por qué cruzar toda aquella caótica sala, entera? Si algo me había enseñado el mundo, entre otras tantas lecciones, es que muchas cosas eran posibles, incluso las más alocadas. Yo misma era un buitre en aquel preciso momento habiendo nacido humana.
Tenía buena vista, sí, pero habiéndose alejado tanta distancia, algo tan pequeño como aquel insecto ya se escapaba de mi localización.
¿Qué debía hacer? Eaa se había encargado con preciosa brutalidad de aquella panda de inútiles. El tal Gin se encontraba frente a la derribada Larian, de pie frente a ella mientras esta continuaba en el suelo. Normal, tras la tremenda hostia que se había pegado. ¿Y yo? ¿Qué debía hacer yo? Podía tratar de cruzar la sala volando, pero eso sería alejarme demasiado de ellos y, a pesar de la victoria en la primera emboscada, dudaba que fuese la única prueba que nos harían enfrentar. La unión hace la fuerza, dicen, aunque a esos tipejos les había servido de bien poco. Más bien me resistía a alejarme de Eaa sin una buena razón para ello, pues un mal cálculo nos lo podría hacer pagar caro. Y, bueno, también estaba Gin, que aunque no lo conocía de nada, parecía que estaba de nuestro lado. Ya veríamos.
Sin embargo, bajar al suelo con ellos se me antojaba también una mala idea. Al menos, de momento. Con la tipa ahí tirada, y tras el reguero de muerte de medio centenar de idiotas, era cuestión de tiempo que alguien apareciera por la entrada que nos había llevado hasta allí o, lo que me parecía más probable, por la puerta del fondo, aquella hacia donde se había dirigido la avispa y que aún permanecía cerrada. Por tanto, el movimiento más inteligente que trazó mi mente fue la ausencia de este. Es decir, quedarme allí arriba para una visión más amplia desde las alturas, pues, por el momento, nadie me necesitaba abajo.
Me dedicaría a observar los siguientes acontecimientos, esperando en secreto que nos volvieran a atacar. Eaa me había dado envidia, yo también necesitaba sesgar vidas. Esperaba disponer de la ocasión. Mientras tanto, acecharía entre las sombras que dejaban los candiles.
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