"Sentía palpable, hasta molesta, la necesidad de hacerme más fuerte. No era mi principal objetivo en la vida, ni siquiera era algo que pudiese molestarme, el “ser débil”. Pero al igual que para ser modelo no solo era necesario ser guapo (y vaya si lo era), para recorrer el mundo debía ser fuerte. Fuerte para encarar los problemas que pudieran ir surgiendo (que lo harían). Había quedado demostrado que la vida pirata no era una simple ensoñación, un romántico viaje en barco, de isla en isla, donde seríamos acogidos con los brazos abiertos y las jarras llenas hasta reventar. La triste realidad era que nos esperaba gente que repudiaba a nuestro gremio, nos esperaban huidas, combates, nos esperaba la ley. Y es que no debía ni podía olvidar que supuestamente nosotros éramos los “malos”, al menos desde su perspectiva y la de casi todo el mundo. ¿En cuantos libros podías encontrar a grupos de agradables piratas siendo bien acogidos por los lugareños de cualquier puerto? ¿En cuantos abucheaban a las autoridades que, por muy corruptas que fuesen, contaban con el apoyo de la gente de a pie? Sentí mi debilidad más palpable que nunca durante los eventos más recientes ocurridos aquí, en el reino del cielo, durante unos juegos en los que no supe ni pude mantener el ritmo. Por eso debía ser fuerte: no por enfrentarme a la opinión pública, no por derrocar a los marines, no. Tenía y quería serlo para alcanzar mi sueño y el de mis nakamas. Y es que cuando formas parte de una banda, en mi caso los Alas Negras, los sueños de tus compañeros se convierten en propios, ¿no crees?"
- Agh, odio ponerme tan profundo, aunque pensándolo bien… en un futuro podría escribir mis memorias. - mi mirada se despegó del folio garabateado para posarse en la pared contra la que se encontraba apostada la mesa de madera. El aire estaba cargado de humedad y frío, por lo que respirar era un recordatorio continuo de que estaba vivo. Acostumbraba a relatar mis días de entrenamiento en un simple diario, pues había encontrado en esa rutina un rincón de paz y de reflexión. - “Memorias de una diva” … muy típico. “La estela de una estrella” … que rima tan pueril. - me levanté, empujando la silla con la parte trasera de mis rodillas y plantando mis manos firmemente sobre la mesa. - “La flor de primavera que vivió el largo otoño de la soledad arcoíris”...
Mi vista se posó en la otra hoja colocada al lado de mi reciente escrito, un folio amarillento plegado a mas no poder, reducido a una cuartilla perfecta para guardar en el bolsillo. - Y hasta ahora ahí es donde ha estado olvidada, muy fuerte. - pensé, cayendo sobre mí la gran losa del tiempo. En aquella nota, grabado a tinta púrpura, se le informaba al maestro del Okama Kenpo del lugar sobre mi identidad y mis capacidades, o eso es al menos lo que me había dicho Luxury en su día, cuando me la dio. Podría haberla desplegado y consultado su contenido, pero una especie de “lealtad” o férrea moral me impedían despegar los pliegues de aquel curioso papel. En su día, cuando dicha nota me fue entregada, vi lejana, incluso imposible, la idea de poder llegar hasta las nubes que sustentaban aquella mítica tierra. Hoy, cobijado en una humilde cabaña a cientos de metros de altura, me preguntaba cuántas cosas que ahora creía imposibles mañana se convertirían en realidad.
- De veras, que está en el cielo. – sus labios se apretaron contra la porcelana de la taza de té, incluso daba la sensación de que era capaz de partirla por la mitad sin apenas esfuerzo. Luxury siempre se movía delicadamente, pero su constitución denotaba una fuerza sobrehumana.
Mi vista se posó en la otra hoja colocada al lado de mi reciente escrito, un folio amarillento plegado a mas no poder, reducido a una cuartilla perfecta para guardar en el bolsillo. - Y hasta ahora ahí es donde ha estado olvidada, muy fuerte. - pensé, cayendo sobre mí la gran losa del tiempo. En aquella nota, grabado a tinta púrpura, se le informaba al maestro del Okama Kenpo del lugar sobre mi identidad y mis capacidades, o eso es al menos lo que me había dicho Luxury en su día, cuando me la dio. Podría haberla desplegado y consultado su contenido, pero una especie de “lealtad” o férrea moral me impedían despegar los pliegues de aquel curioso papel. En su día, cuando dicha nota me fue entregada, vi lejana, incluso imposible, la idea de poder llegar hasta las nubes que sustentaban aquella mítica tierra. Hoy, cobijado en una humilde cabaña a cientos de metros de altura, me preguntaba cuántas cosas que ahora creía imposibles mañana se convertirían en realidad.
- De veras, que está en el cielo. – sus labios se apretaron contra la porcelana de la taza de té, incluso daba la sensación de que era capaz de partirla por la mitad sin apenas esfuerzo. Luxury siempre se movía delicadamente, pero su constitución denotaba una fuerza sobrehumana.
- Pensé que era una leyenda, que solo vivía en los libros. -contesté mientras me perdía en el fondo de mi taza, donde el poso cada vez estaba más presente. Recordaba que algunos libros de mi niñez hablaban sobre una ciudad en el cielo, habitada por gente alada, inalcanzable, pero la idea de que existiesen casas, ríos o montañas sobre nuestras cabezas se me antojaba imposible.
- Es normal que lo pienses, no es que sea muy fácil de llegar allí.
- Entonces… ¿por qué un maestro del Kenpo se ocultaría en un sitio tan recóndito? - no entendía que, si querían formar a nuevos discípulos y extender el arte del Okama Kenpo, se ocultasen tanto e hiciesen su acceso casi imposible. - Lo más lógico es asentarse en un sitio en el que cualquiera pudiese llegar.
- Es una forma de asegurarnos de que el que comienza el camino del Okama Kenpo, lo desea de verdad, LULULULULULU. -su profunda risa hizo que retumbase hasta mi pecho. Luxury alzó el brazo y, echando mano al interior de su prominente escote, extrajo de él un papel plegado de color amarillo, pinzado entre sus largas uñas esmaltadas. - Cuando le encuentres, dale esto.
De vuelta al presente, al menos dentro de mi flujo de pensamiento, me asaltaba aquella duda, ¿lo deseaba de verdad? ¿quería ser un maestro del Okama Kenpo? Era algo que nunca me había planteado, lo cual me hacía creer que ese hecho mismo, el de no cuestionármelo, lo hacía todo verídico y real, lo daba por hecho. - Tal vez le haría un par de modificaciones, para que fuese un poco más…mi estilo, ¿sabes? - pregunté a la estancia vacía, a aquella cámara invisible que me acompañaba a todas partes. El Okama Kenpo me permitía expresar mi arte a un nivel que jamás hubiese podido imaginar, pero una vez aprendida la teoría comprendí que necesitaba un poco más de color en la práctica: ¿Qué es el arte sino la expresión de uno mismo? Una identidad plasmada en el lienzo, en el cuerpo, en la piedra. - ¿Qué nombre le pondría a ese nuevo estilo? -golpeaba mi barbilla con mi índice, pensativo, mientras me acercaba a la cama y me sentaba en el borde, cruzando las piernas. – Tiene que ser algo con gancho, algo que inspire respeto, pero también elegancia, que cree escuela, que haga que me adoren, DOMINAR EL MUND…no, eso no, UUUHUHUHUHU. - y me abrazó el silencio.
El sol se filtraba a través de las cortinas de la posada, derramando su luz dorada en la habitación mientras me preparaba para salir. Me miré en el espejo, ajustando mi cabello rosado con cuidado y asegurándome de que mi atuendo estuviera impecable; la duda ofende, era evidente que siempre estaba impecable, más nunca estaba mal comprobarlo un par de veces. Aquel día había optado por una camisa blanca de manga larga con volantes en los puños y un chaleco negro ajustado que realzaba mi figura esbelta. Completaba mi look con unos pantalones ajustados y unos zapatos de tacón alto que resonaban con cada paso que daba, advirtiendo de mi presencia a cualquiera que se dignase a estar hoy por las calles del reino del cielo. Cuando salí de la posada, la brisa fresca de Skypea me envolvió, trayendo consigo el aroma dulce de las flores silvestres que adornaban las calles. El cielo azul se extendía sobre mí, salpicado de nubes blancas como algodón, mientras me adentraba en el corazón de este reino celestial. Tras varios días allí arriba, a uno podría olvidársele el hecho de que se encontraba a cientos y cientos de metros por encima del nivel del mar, y que una caída desde allí sería necesariamente mortal. Las calles estaban llenas de vida, con el bullicio de la gente y el tintineo de las campanas que adornaban los puestos de mercado. Los edificios de madera y piedra se alzaban hacia el cielo, tímidos, luciendo balcones adornados con flores de colores vivos que parecían bailar con la brisa. Todo allí era similar, pero a la vez distinto del mundo terrenal. Aunque el origen de las islas del cielo fuese común al de las ciudades de a pie, su naturaleza ha hecho que la flora y la fauna se desarrollen de formas totalmente distintas. Decidí dirigirme al mercado, atraído por los colores y los olores tentadores que emanaban de sus puestos. Al acercarme, pude ver una multitud de gente revoloteando entre los puestos, examinando con curiosidad las mercancías expuestas.
Los vendedores, con sus alas desplegadas y sus antenas curiosas, ofrecían una amplia variedad de productos, desde frutas exóticas hasta especias aromáticas. Me detuve en uno de los puestos para examinar las frutas, maravillado por la variedad de colores y sabores que se ofrecían. Había mangos jugosos, piñas maduras y plátanos dorados, todos ellos tentándome con su frescura. Mientras observaba, un vendedor se acercó a mí con una sonrisa amistosa. - ¿Puedo ayudarte, joven? - preguntó, su voz llena de calidez y hospitalidad. - Estoy interesado en estas frutas, ¿Cuál sería la mejor para preparar un smoothie rejuvenecedor détox purificante? -respondí, señalando un montón de mangos jugosos. - ¿Tal vez esos mangos? – La cara de confusión del mercader era un auténtico poema, como un cervatillo que no entendía la complejidad del mecanismo de un reloj-. ¿Es bueno para el cuerpo? -aclaré para acelerar el flujo de aquella innecesaria conversación. - Ah, sí, sí -confirmó enérgicamente. El vendedor me dio un precio justo, y después de un breve regateo, llegamos a un acuerdo. Mientras me entregaba las frutas en una bolsa de tela, no pude evitar admirar la pasión y el entusiasmo con los que realizaba su trabajo, ¿la gente del cielo era más feliz que la gente del reino inferior? Después de comprar las frutas, continué mi paseo por el mercado, explorando los diferentes puestos y disfrutando de la animada atmósfera que lo rodeaba. Pasé por un puesto de especias, donde el aire estaba impregnado de aromas exóticos y tentadores. Me detuve para examinar las especias expuestas en frascos de cristal, maravillado por la variedad de colores y olores que emanaban de ellos. Tal lienzo de colores y texturas inspiraba a uno a dibujar, a recrearse en los trazos, a cambiarle el color a las cosas. Mientras estaba allí, escuché a un grupo de gente que conversaba animadamente en un rincón del mercado. Me acerqué con curiosidad, intrigado por la conversación que estaban teniendo.
- ¿Has visto todo lo que han organizado para el festival de la Luna Llena de mañana? - preguntó uno de ellos, que agitaba sus alas con emoción.
- ¡Sí! ¡Dicen que va a ser uno de los mejores festivales que jamás se han celebrado! - respondió otro, con entusiasmo.
Intrigado por lo que escuchaba, me acerqué para unirme a la conversación. Los habitantes de Skypea hablaban con entusiasmo sobre el festival, compartiendo historias y anécdotas sobre años anteriores. Me quedé allí, absorbido por sus relatos, emocionado por la oportunidad de experimentar este evento tan especial por mí mismo. Y es que, a esa altura, la luna llena podía observarse en todo su esplendor, en un tamaño que ni en sueños hubiese podido imaginar. Después de pasar un rato charlando con la gente del mercado, decidí continuar mi paseo por las calles de Skypea. Mientras caminaba, observaba a la gente que pasaba, maravillado por la diversidad de formas y tamaños de las alas que adornaban sus espaldas. Algunos tenían alas blancas y esponjosas, mientras que otros tenían alas negras, alargadas y puntiagudas, cada una tan única como la persona que la llevaba. ¿Qué estarían haciendo Yojimbo y los demás? Toda aquella gente alada y extraña me recordaba demasiado a mis compañeros de viaje. Me había separado del grupo temporalmente con la intención de encontrar al maestro del Okama Kenpo de la región y que me enseñase sus técnicas: era la forma perfecta de retomar mi entrenamiento y hacerme más fuerte. Me encontré con un grupo de niños que jugaban en un parque cercano, sus risas y gritos llenando el aire mientras corrían y jugaban. Observé con una sonrisa mientras brincaban por el aire, sus alas extendidas como si fueran las alas de ángeles traviesos. A medida que avanzaba, me sentía cada vez más inmerso en la belleza y la magia de Skypea. Cada esquina que giraba revelaba una nueva maravilla, desde los jardines exuberantes hasta los edificios adornados con intrincados detalles tallados. Finalmente, llegué al borde de la ciudad, donde el suelo cedía paso a un vasto paisaje de nubes blancas y esponjosas, de vegetación silvestre y ríos serpenteantes. Me detuve un momento para contemplar la vista, maravillado por la belleza y la grandeza de este reino celestial.
- Por tus pintas diría que me buscas, maricón- me giré ante aquellas palabras tan inesperadas para encontrarme frente a frente con, presuponía, la persona que iba a ser mi maestro del Okama Kenpo. No cabía duda, aquella apariencia tan estrafalaria y llamativa solo podía pertenecer a alguien del gremio- Soy Lavanda. Mañana, aquí, durante el festival. No llegues tarde.
Los vendedores, con sus alas desplegadas y sus antenas curiosas, ofrecían una amplia variedad de productos, desde frutas exóticas hasta especias aromáticas. Me detuve en uno de los puestos para examinar las frutas, maravillado por la variedad de colores y sabores que se ofrecían. Había mangos jugosos, piñas maduras y plátanos dorados, todos ellos tentándome con su frescura. Mientras observaba, un vendedor se acercó a mí con una sonrisa amistosa. - ¿Puedo ayudarte, joven? - preguntó, su voz llena de calidez y hospitalidad. - Estoy interesado en estas frutas, ¿Cuál sería la mejor para preparar un smoothie rejuvenecedor détox purificante? -respondí, señalando un montón de mangos jugosos. - ¿Tal vez esos mangos? – La cara de confusión del mercader era un auténtico poema, como un cervatillo que no entendía la complejidad del mecanismo de un reloj-. ¿Es bueno para el cuerpo? -aclaré para acelerar el flujo de aquella innecesaria conversación. - Ah, sí, sí -confirmó enérgicamente. El vendedor me dio un precio justo, y después de un breve regateo, llegamos a un acuerdo. Mientras me entregaba las frutas en una bolsa de tela, no pude evitar admirar la pasión y el entusiasmo con los que realizaba su trabajo, ¿la gente del cielo era más feliz que la gente del reino inferior? Después de comprar las frutas, continué mi paseo por el mercado, explorando los diferentes puestos y disfrutando de la animada atmósfera que lo rodeaba. Pasé por un puesto de especias, donde el aire estaba impregnado de aromas exóticos y tentadores. Me detuve para examinar las especias expuestas en frascos de cristal, maravillado por la variedad de colores y olores que emanaban de ellos. Tal lienzo de colores y texturas inspiraba a uno a dibujar, a recrearse en los trazos, a cambiarle el color a las cosas. Mientras estaba allí, escuché a un grupo de gente que conversaba animadamente en un rincón del mercado. Me acerqué con curiosidad, intrigado por la conversación que estaban teniendo.
- ¿Has visto todo lo que han organizado para el festival de la Luna Llena de mañana? - preguntó uno de ellos, que agitaba sus alas con emoción.
- ¡Sí! ¡Dicen que va a ser uno de los mejores festivales que jamás se han celebrado! - respondió otro, con entusiasmo.
Intrigado por lo que escuchaba, me acerqué para unirme a la conversación. Los habitantes de Skypea hablaban con entusiasmo sobre el festival, compartiendo historias y anécdotas sobre años anteriores. Me quedé allí, absorbido por sus relatos, emocionado por la oportunidad de experimentar este evento tan especial por mí mismo. Y es que, a esa altura, la luna llena podía observarse en todo su esplendor, en un tamaño que ni en sueños hubiese podido imaginar. Después de pasar un rato charlando con la gente del mercado, decidí continuar mi paseo por las calles de Skypea. Mientras caminaba, observaba a la gente que pasaba, maravillado por la diversidad de formas y tamaños de las alas que adornaban sus espaldas. Algunos tenían alas blancas y esponjosas, mientras que otros tenían alas negras, alargadas y puntiagudas, cada una tan única como la persona que la llevaba. ¿Qué estarían haciendo Yojimbo y los demás? Toda aquella gente alada y extraña me recordaba demasiado a mis compañeros de viaje. Me había separado del grupo temporalmente con la intención de encontrar al maestro del Okama Kenpo de la región y que me enseñase sus técnicas: era la forma perfecta de retomar mi entrenamiento y hacerme más fuerte. Me encontré con un grupo de niños que jugaban en un parque cercano, sus risas y gritos llenando el aire mientras corrían y jugaban. Observé con una sonrisa mientras brincaban por el aire, sus alas extendidas como si fueran las alas de ángeles traviesos. A medida que avanzaba, me sentía cada vez más inmerso en la belleza y la magia de Skypea. Cada esquina que giraba revelaba una nueva maravilla, desde los jardines exuberantes hasta los edificios adornados con intrincados detalles tallados. Finalmente, llegué al borde de la ciudad, donde el suelo cedía paso a un vasto paisaje de nubes blancas y esponjosas, de vegetación silvestre y ríos serpenteantes. Me detuve un momento para contemplar la vista, maravillado por la belleza y la grandeza de este reino celestial.
- Por tus pintas diría que me buscas, maricón- me giré ante aquellas palabras tan inesperadas para encontrarme frente a frente con, presuponía, la persona que iba a ser mi maestro del Okama Kenpo. No cabía duda, aquella apariencia tan estrafalaria y llamativa solo podía pertenecer a alguien del gremio- Soy Lavanda. Mañana, aquí, durante el festival. No llegues tarde.
Tal y como había citado textualmente Lavanda, el entrenamiento de la primera de las tres técnicas que iba a aprender consistía en simplemente bailar cargando unos pequeños pesos en los tobillos. Tal vez aquellos pesos fuesen pequeños, pero su peso era del todo considerable. A modo de calentadores, dos pequeños, pero potentes pesos se agazapaban a mis gemelos, haciendo que el mero hecho de andar se me antojase imposible y tortuoso. Lavanda era una okama encantadora, con un aspecto de lo más único. Su figura rellenita era uno de sus rasgos más distintivos, y la portaba con una gracia que irradiaba confianza y alegría. Sus mejillas redondeadas y sonrosadas siempre parecían estar listas para mostrar una sonrisa amistosa, lo que la convertía en una compañía muy agradable y accesible. Su piel clara contrastaba armoniosamente con sus pequeñas alas blancas; aunque no le permitían volar, le daban un aire de fantasía y misterio, recordando a todos aquellos que la conocían la magia y la diversidad del mundo en el que vivían. A menudo, Lavanda adornaba estas alas con pequeños lazos y cintas de colores, añadiendo un toque personal y alegre a su apariencia.
Lavanda era completamente calva, lo cual no le restaba en absoluto a su encanto. Al contrario, su cabeza perfectamente lisa brillaba bajo la luz del sol, y ella a menudo decoraba su cuero cabelludo con pinturas y tatuajes temporales de colores vivos, que cambiaba según su estado de ánimo o las festividades del momento. Sus grandes ojos eran especialmente expresivos, irradiando bondad y una chispa de travesura travesti. Vestía con colores vivos y alegres, preferiblemente en tonos de rosa y púrpura, reflejando su espíritu vivaz y optimista. Sus atuendos eran una mezcla de estilos extravagantes y tradicionales, siempre combinados con un gusto impecable que resaltaba su figura y su carisma. Lavanda era conocida por su risa contagiosa y su habilidad para levantar el ánimo de cualquier grupo, haciendo que todos se sintieran bienvenidos y apreciados en su presencia. Lavanda llevaba su identidad con orgullo y una dignidad que inspiraba a otros a ser auténticos y a abrazar su propia singularidad.
- ¿Y cuánto dices que pesan estas cosas? No quiero que se me pongan los gemelos como a un culturista, no podría lucir mis minifaldas sin parecer un monstruo.
- El peso no es lo que importa, lo esencial es que seas capaz de moverte como si no cargases con él, maricón.
- Tengo la sensación de que voy a atravesar las nubes y caer al vacío- dije observando el nuboso suelo que se extendía bajo mis pies. Me había puesto aquellas tortuosas calcetas, que tiraban de mi como almas en pena.
- Bueno, si ocurre entonces daremos por finalizado el entrenamiento, maricón.
- Que… alentador.
En aquellos momentos sentía que era incapaz de moverme, y mucho menos saltar o danzar. El maestro no parecía que fuese a ayudarme, simplemente se afilaba las uñas mientras me dedicaba una pesada mirada de superioridad. Respiré hondo, cerré los ojos y me dispuse a empezar el entrenamiento, pero la inmensa fatiga y las emociones del día hicieron que volviese a mi humilde cuarto con el rabo entre las piernas. El día siguiente, las próximas semanas, iban a ser duras, pero yo debía serlo más.
Lavanda era completamente calva, lo cual no le restaba en absoluto a su encanto. Al contrario, su cabeza perfectamente lisa brillaba bajo la luz del sol, y ella a menudo decoraba su cuero cabelludo con pinturas y tatuajes temporales de colores vivos, que cambiaba según su estado de ánimo o las festividades del momento. Sus grandes ojos eran especialmente expresivos, irradiando bondad y una chispa de travesura travesti. Vestía con colores vivos y alegres, preferiblemente en tonos de rosa y púrpura, reflejando su espíritu vivaz y optimista. Sus atuendos eran una mezcla de estilos extravagantes y tradicionales, siempre combinados con un gusto impecable que resaltaba su figura y su carisma. Lavanda era conocida por su risa contagiosa y su habilidad para levantar el ánimo de cualquier grupo, haciendo que todos se sintieran bienvenidos y apreciados en su presencia. Lavanda llevaba su identidad con orgullo y una dignidad que inspiraba a otros a ser auténticos y a abrazar su propia singularidad.
- ¿Y cuánto dices que pesan estas cosas? No quiero que se me pongan los gemelos como a un culturista, no podría lucir mis minifaldas sin parecer un monstruo.
- El peso no es lo que importa, lo esencial es que seas capaz de moverte como si no cargases con él, maricón.
- Tengo la sensación de que voy a atravesar las nubes y caer al vacío- dije observando el nuboso suelo que se extendía bajo mis pies. Me había puesto aquellas tortuosas calcetas, que tiraban de mi como almas en pena.
- Bueno, si ocurre entonces daremos por finalizado el entrenamiento, maricón.
- Que… alentador.
En aquellos momentos sentía que era incapaz de moverme, y mucho menos saltar o danzar. El maestro no parecía que fuese a ayudarme, simplemente se afilaba las uñas mientras me dedicaba una pesada mirada de superioridad. Respiré hondo, cerré los ojos y me dispuse a empezar el entrenamiento, pero la inmensa fatiga y las emociones del día hicieron que volviese a mi humilde cuarto con el rabo entre las piernas. El día siguiente, las próximas semanas, iban a ser duras, pero yo debía serlo más.
Era una mañana fría cuando comencé mi entrenamiento. Las nubes grises cubrían el cielo, y el aire frío se filtraba por cada rincón del gimnasio vacío. Había decidido que este año lograría superar mis límites, y esa determinación me había llevado hasta este punto. Frente a mí, descansaban dos pesas de acero, cada una con su propia historia de sudor y esfuerzo. Eran pesadas, más de lo que esperaba, y mientras las levantaba, sentí una corriente de duda recorrer mi cuerpo. Pero la determinación era más fuerte. Apenas las aseguré a mis piernas, el peso me ancló al suelo. Era como si me hubieran atado a la tierra misma. Cada movimiento se volvió una tarea titánica. Intenté dar un primer paso, pero el dolor en mis músculos me hizo tambalear. Era como si mis piernas se negaran a obedecer. Sin embargo, no podía rendirme tan fácilmente. Sabía que el camino sería arduo, pero el objetivo final lo valía. El primer día fue el más difícil. Solo podía dar unos pocos pasos antes de caer al suelo, agotado. Mis gemelos ardían, y cada fibra de mis músculos parecía protestar. Me sentí ridículo, luchando por caminar cuando cualquier niño podía hacerlo sin esfuerzo. Pero esa misma noche, mientras me acostaba en la cama con los músculos temblando de dolor, me prometí a mí mismo que seguiría adelante. El progreso no se lograba sin sacrificio.
Al día siguiente, el sol se asomó tímidamente entre las nubes, pero mis piernas estaban tan adoloridas que apenas pude moverme de la cama. Cada músculo parecía gritar de dolor, protestando por el castigo al que los había sometido el día anterior. Sin embargo, no me dejé intimidar por la adversidad. Con determinación, volví a atarme las pesas alrededor de mis tobillos, apreté los dientes y me preparé para comenzar de nuevo. Cada paso que daba era una verdadera batalla, cada movimiento una pequeña victoria sobre el dolor y la fatiga. Me repetía a mí mismo que cada esfuerzo, por mínimo que fuera, me acercaba un paso más hacia mi objetivo. Con cada paso, me concentraba en mi respiración, inhalando profundamente para calmar la tormenta que rugía dentro de mí y exhalando lentamente para encontrar la calma en medio del caos. Los primeros días fueron los más difíciles. Cada avance era una lucha desgarradora, como si estuviera arrastrando todo el peso del mundo con cada paso. Cada vez que tropezaba y caía al suelo, sentía que mis fuerzas se agotaban un poco más. Sin embargo, cada caída también traía consigo una lección invaluable. Aprendí a equilibrarme mejor, a distribuir el peso de manera más uniforme entre mis piernas. Comencé a entender los límites de mi cuerpo bajo esa carga extrema, aprendiendo a escuchar sus señales y a respetar sus límites. Después de una semana de perseverancia implacable, comencé a notar pequeños destellos de progreso. Mis músculos, aunque aún doloridos y fatigados, se fortalecían con cada paso. La resistencia que parecía haberme abandonado al principio ahora comenzaba a regresar gradualmente. Los músculos de mis piernas se marcaban con mayor prominencia, testigos silenciosos de las batallas que había librado para fortalecerme. Mi resistencia al dolor también mejoraba día a día, demostrando que mi cuerpo se estaba adaptando lentamente a las demandas que le estaba imponiendo.
A medida que me sumergía aún más en mi entrenamiento, los cambios se hacían cada vez más evidentes, como el sol que lentamente ilumina el horizonte al amanecer. Mis pasos, una vez vacilantes y dubitativos, ahora se volvían más seguros, más firmes, como si estuviera finalmente encontrando mi propio ritmo en medio del caos que era mi vida. A pesar del dolor persistente que seguía acompañándome en cada movimiento, cada paso que daba me acercaba un poco más a la realización de mis sueños, una meta que parecía estar siempre al alcance de mis dedos, pero que requería de un esfuerzo constante y dedicación inquebrantable para alcanzarla. La adaptación de mi cuerpo a las demandas del entrenamiento era un proceso lento pero constante, una prueba tangible de mi determinación y perseverancia. Con cada repetición, cada ejercicio, cada movimiento, sentía cómo mi cuerpo se fortalecía y se moldeaba en respuesta a los desafíos que enfrentaba. Los músculos que alguna vez parecían débiles y fatigados ahora se habían transformado en verdaderos pilares de fuerza y resistencia, una evidencia palpable de las horas interminables que había pasado en el gimnasio, empujando los límites de mi cuerpo más allá de lo que creía posible.
Y así, con cada paso que daba, me acercaba un poco más a la persona que siempre había soñado ser. Cada caída y cada levantada fortalecían mi cuerpo y mi espíritu, demostrando una y otra vez que no había obstáculo demasiado grande para superar. Porque, aunque el camino estuviera plagado de dificultades y desafíos, sabía en lo más profundo de mi ser que el viaje valdría la pena. En cada paso, encontraba la fuerza y la determinación para seguir adelante, sin importar cuán empinada fuera la cuesta que tuviera que escalar. En ese proceso de autodescubrimiento y crecimiento personal, descubrí la verdadera medida de mi fuerza y mi coraje. Encontré en mí mismo la capacidad de superar cualquier obstáculo que se interpusiera en mi camino, una fuerza interna que nunca supe que poseía hasta que me vi enfrentando los desafíos más grandes de mi vida. Y aunque el camino hacia mis sueños seguía siendo largo y sinuoso, seguía avanzando con determinación y valentía, sabiendo que cada paso me acercaba un poco más a la persona que siempre supe que estaba destinado a ser.
Una tarde, decidido a probar mi progreso, intenté dar un pequeño salto. Me preparé mentalmente, flexioné las rodillas y empujé con todas mis fuerzas. Logré despegar los pies del suelo, aunque solo por un breve instante. La satisfacción de ese pequeño logro me dio un nuevo impulso de motivación. El suelo parecía menos intimidante y mis piernas más seguras. Los días siguientes, mis saltos se hicieron más altos y controlados. Las pesas, aunque aún pesadas, empezaron a sentirse como una extensión de mi propio cuerpo. Cada día que pasaba, la carga parecía menos abrumadora. Sentía que estaba desarrollando una nueva fuerza, una que venía tanto del cuerpo como de la mente. La disciplina y la persistencia se entrelazaban, llevándome a nuevas alturas. Había llegado el momento de enfrentar el último desafío: el ballet. Desde niño había soñado con bailar ballet, y ahora, con estas pesas, parecía una tarea imposible. Sin embargo, me negué a dejar que el miedo me detuviera. Empecé con los movimientos básicos, tratando de mantener el equilibrio. Al principio, mis intentos fueron torpes y desequilibrados, pero con práctica y perseverancia, mis movimientos se volvieron más fluidos. Mis primeros intentos de bailar con las pesas fueron un desastre. Me sentía como un elefante intentando hacer piruetas, pero no me dejé desanimar. Me concentré en la técnica, en cada pequeño detalle. Cada mañana, antes de que el sol saliera, estaba en el estudio de ballet, practicando. Sentía los músculos de mis piernas arder, pero el dolor se estaba convirtiendo en un viejo amigo. Me recordaba que estaba vivo, que estaba luchando por algo grande.
Mientras practicaba una serie de releves en el gimnasio, una revelación se apoderó de mí. Mis movimientos, que antes eran torpes y descoordinados debido al peso adicional que llevaba en mis tobillos, ahora parecían más precisos y controlados. Las pesas, que al principio parecían ser un obstáculo insuperable, se habían convertido en una herramienta invaluable que me obligaba a ser más consciente de mi cuerpo en cada movimiento, de cada músculo, de cada tendón que se contraía y se relajaba con cada paso que daba. La resistencia adicional proporcionada por las pesas me enseñó a controlar mejor mis movimientos, a ser más eficiente en mis acciones. Con cada relevé, cada salto y cada giro, aprendía a trabajar con mi propio peso, encontrando el equilibrio perfecto entre fuerza y gracia. A medida que avanzaba en mi entrenamiento, me di cuenta de que no solo estaba fortaleciendo mis músculos, sino también mi mente, mi capacidad para concentrarme y para superar los desafíos que se presentaban en mi camino. Con el tiempo, mi confianza creció a pasos agigantados. Me sentía más seguro de mí mismo, más seguro de mis habilidades como bailarín. Empecé a incorporar movimientos más complejos en mi rutina diaria, combinando saltos, giros y piruetas en una sinfonía de movimiento y gracia. Cada sesión de entrenamiento se convirtió en una mezcla única de dolor y descubrimiento, una oportunidad para explorar los límites de mi cuerpo y para superarlos con determinación y perseverancia. Mis piernas, que al principio parecían débiles y frágiles bajo el peso de las pesas, se habían transformado en pilares de fuerza y resistencia. Cada músculo se había fortalecido, cada tendón se había vuelto más resistente a medida que me sometía a las exigencias del entrenamiento. Las pesas, que al principio parecían inmovilizantes, ahora eran parte integrante de mi rutina diaria, una extensión natural de mi cuerpo que me ayudaba a alcanzar nuevas alturas en mi búsqueda de la excelencia. Cada día, me acercaba un poco más a mi meta. Cada sesión de entrenamiento me llevaba un paso más cerca de convertirme en el bailarín que siempre había soñado ser. Y aunque el camino hacia la perfección estaba lleno de desafíos y obstáculos, sabía que cada paso que daba me acercaba un poco más a alcanzar mi sueño. Porque en cada paso, encontraba la fuerza y la determinación para seguir adelante, sin importar cuán empinado fuera el camino. Y en ese proceso de autodescubrimiento y crecimiento personal, encontraba una satisfacción que iba más allá de las palabras, una sensación de realización que solo podía venir de perseguir mis pasiones con todo mi corazón y mi alma.
Finalmente, una mañana, me encontré bailando con una ligereza que nunca antes había experimentado. Las pesas, que al principio eran un obstáculo insuperable, ahora eran parte de mi entrenamiento, un recordatorio constante de mi esfuerzo y dedicación. Sentí una alegría indescriptible al realizar piruetas y saltos con las pesas todavía atadas a mis gemelos. Había superado mis propios límites y logrado lo que parecía imposible. Mi cuerpo había cambiado, y no solo físicamente. La disciplina, la perseverancia y la fuerza mental que desarrollé durante este proceso me transformaron en una persona más fuerte. El ballet, que siempre había sido una pasión, ahora era también una prueba superada, un testimonio de mi capacidad para enfrentar y superar desafíos. Empecé a notar cómo el entrenamiento afectaba otras áreas de mi vida. Mi confianza aumentó, y esa misma determinación que me ayudó a superar el peso de las pesas, ahora me ayudaba a enfrentar problemas cotidianos. Aprendí que el verdadero progreso no siempre se ve de inmediato, sino que se construye día a día, con cada pequeño paso, cada caída y cada levantamiento. Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que las pesas no solo fortalecieron mis piernas, sino que también fortalecieron mi espíritu. Lo que comenzó como un desafío físico se convirtió en una lección de vida. Cada peso, cada dolor, cada lucha valió la pena. Había logrado transformar una carga en una fuente de fuerza, y esa transformación me acompañaría siempre, recordándome que, con determinación y esfuerzo, no hay nada que no pueda lograr.
Mi maestra, una travesti imponente y sabia, me miraba con una mezcla de orgullo y expectación. Su cabello era un despliegue de colores brillantes y su maquillaje estaba perfectamente elaborado, como siempre- Es el momento- dijo con su voz profunda y serena, cargada de emoción. Asentí y me agaché lentamente para desatar las pesas de mis piernas. Cada hebilla y cada correa se aflojaban con un clic metálico, hasta que finalmente pude sentir cómo el peso se alejaba de mis extremidades. El alivio fue inmediato, como si una enorme presión se hubiera liberado de mis músculos. Me incorporé y respiré profundamente, sintiendo una ligereza que no había experimentado en mucho tiempo. La maestra sonrió y me tomó de la mano- Vamos, es hora de que veas lo que has logrado, maricón.
Nos dirigimos hacia la puerta del gimnasio, donde me encontré en un vasto campo de nubes blancas y esponjosas. Era como si hubiéramos atravesado un portal hacia otro mundo. Las nubes eran suaves y esponjosas bajo mis pies, y el cielo brillaba con una luz dorada, como si el sol estuviera perpetuamente al atardecer. A lo lejos, podía ver los majestuosos árboles de Milky Road y los ríos de nubes que fluían suavemente. Dudé por un momento, pero luego di un paso hacia adelante. Para mi sorpresa, mi pierna se extendió mucho más de lo que esperaba, y mi pie aterrizó a varios metros de distancia. Fue un paso enorme, casi de cinco metros. Me tambaleé un poco, sorprendido por la fuerza y el alcance de mi movimiento. La maestra me miraba con una sonrisa de satisfacción. Decidí intentarlo de nuevo. Esta vez, concentrándome en mantener el equilibrio, di otro paso gigante. Sentí una libertad y una ligereza indescriptibles mientras mis pies flotaban sobre las nubes. Mis pasos eran seguros y poderosos, y con cada zancada, cubría distancias que antes parecían imposibles. Las nubes se deslizaban suavemente bajo mis pies, y el mundo se expandía ante mí. Caminé, corriendo a veces, disfrutando de la sensación de cada zancada. La brisa me acariciaba la piel, y las nubes parecían jugar alrededor de mis piernas, elevándose y descendiendo con cada movimiento. Sentí como si estuviera caminando sobre el aire mismo, con una gracia y facilidad que jamás había imaginado. Cada paso me llenaba de una energía renovada, como si las pesas que había llevado durante tanto tiempo hubieran fortalecido mi espíritu tanto como mi cuerpo.
- Veo que ya dominas el Okama Dash, uno de nuestros más potentes desplazamientos, pero no te confíes- el maestro se aproximó hasta que nuestros rostros a penas se encontraron separados por un par de centímetros-. De las técnicas que puedes aprender en mi gimnasio, el Okama Dash es la que suponía un reto menor.
- Tranquila marichocho, con este entrenamiento ni me he despeinado- respondí, altivo, siendo consciente de que ni él ni yo creíamos en aquellas palabras. En el entrenamiento me había esforzado como nunca antes lo había hecho. Me sentía fuerte, pero también increíblemente cansado. Tenía una gran fortaleza y determinación, pero sentía que tenía unos límites y que tal vez llegase un punto en el que no pudiese superar mis propias expectativas.
- Mañana a primera hora.
- Si señora.
Al día siguiente, el sol se asomó tímidamente entre las nubes, pero mis piernas estaban tan adoloridas que apenas pude moverme de la cama. Cada músculo parecía gritar de dolor, protestando por el castigo al que los había sometido el día anterior. Sin embargo, no me dejé intimidar por la adversidad. Con determinación, volví a atarme las pesas alrededor de mis tobillos, apreté los dientes y me preparé para comenzar de nuevo. Cada paso que daba era una verdadera batalla, cada movimiento una pequeña victoria sobre el dolor y la fatiga. Me repetía a mí mismo que cada esfuerzo, por mínimo que fuera, me acercaba un paso más hacia mi objetivo. Con cada paso, me concentraba en mi respiración, inhalando profundamente para calmar la tormenta que rugía dentro de mí y exhalando lentamente para encontrar la calma en medio del caos. Los primeros días fueron los más difíciles. Cada avance era una lucha desgarradora, como si estuviera arrastrando todo el peso del mundo con cada paso. Cada vez que tropezaba y caía al suelo, sentía que mis fuerzas se agotaban un poco más. Sin embargo, cada caída también traía consigo una lección invaluable. Aprendí a equilibrarme mejor, a distribuir el peso de manera más uniforme entre mis piernas. Comencé a entender los límites de mi cuerpo bajo esa carga extrema, aprendiendo a escuchar sus señales y a respetar sus límites. Después de una semana de perseverancia implacable, comencé a notar pequeños destellos de progreso. Mis músculos, aunque aún doloridos y fatigados, se fortalecían con cada paso. La resistencia que parecía haberme abandonado al principio ahora comenzaba a regresar gradualmente. Los músculos de mis piernas se marcaban con mayor prominencia, testigos silenciosos de las batallas que había librado para fortalecerme. Mi resistencia al dolor también mejoraba día a día, demostrando que mi cuerpo se estaba adaptando lentamente a las demandas que le estaba imponiendo.
A medida que me sumergía aún más en mi entrenamiento, los cambios se hacían cada vez más evidentes, como el sol que lentamente ilumina el horizonte al amanecer. Mis pasos, una vez vacilantes y dubitativos, ahora se volvían más seguros, más firmes, como si estuviera finalmente encontrando mi propio ritmo en medio del caos que era mi vida. A pesar del dolor persistente que seguía acompañándome en cada movimiento, cada paso que daba me acercaba un poco más a la realización de mis sueños, una meta que parecía estar siempre al alcance de mis dedos, pero que requería de un esfuerzo constante y dedicación inquebrantable para alcanzarla. La adaptación de mi cuerpo a las demandas del entrenamiento era un proceso lento pero constante, una prueba tangible de mi determinación y perseverancia. Con cada repetición, cada ejercicio, cada movimiento, sentía cómo mi cuerpo se fortalecía y se moldeaba en respuesta a los desafíos que enfrentaba. Los músculos que alguna vez parecían débiles y fatigados ahora se habían transformado en verdaderos pilares de fuerza y resistencia, una evidencia palpable de las horas interminables que había pasado en el gimnasio, empujando los límites de mi cuerpo más allá de lo que creía posible.
Y así, con cada paso que daba, me acercaba un poco más a la persona que siempre había soñado ser. Cada caída y cada levantada fortalecían mi cuerpo y mi espíritu, demostrando una y otra vez que no había obstáculo demasiado grande para superar. Porque, aunque el camino estuviera plagado de dificultades y desafíos, sabía en lo más profundo de mi ser que el viaje valdría la pena. En cada paso, encontraba la fuerza y la determinación para seguir adelante, sin importar cuán empinada fuera la cuesta que tuviera que escalar. En ese proceso de autodescubrimiento y crecimiento personal, descubrí la verdadera medida de mi fuerza y mi coraje. Encontré en mí mismo la capacidad de superar cualquier obstáculo que se interpusiera en mi camino, una fuerza interna que nunca supe que poseía hasta que me vi enfrentando los desafíos más grandes de mi vida. Y aunque el camino hacia mis sueños seguía siendo largo y sinuoso, seguía avanzando con determinación y valentía, sabiendo que cada paso me acercaba un poco más a la persona que siempre supe que estaba destinado a ser.
Una tarde, decidido a probar mi progreso, intenté dar un pequeño salto. Me preparé mentalmente, flexioné las rodillas y empujé con todas mis fuerzas. Logré despegar los pies del suelo, aunque solo por un breve instante. La satisfacción de ese pequeño logro me dio un nuevo impulso de motivación. El suelo parecía menos intimidante y mis piernas más seguras. Los días siguientes, mis saltos se hicieron más altos y controlados. Las pesas, aunque aún pesadas, empezaron a sentirse como una extensión de mi propio cuerpo. Cada día que pasaba, la carga parecía menos abrumadora. Sentía que estaba desarrollando una nueva fuerza, una que venía tanto del cuerpo como de la mente. La disciplina y la persistencia se entrelazaban, llevándome a nuevas alturas. Había llegado el momento de enfrentar el último desafío: el ballet. Desde niño había soñado con bailar ballet, y ahora, con estas pesas, parecía una tarea imposible. Sin embargo, me negué a dejar que el miedo me detuviera. Empecé con los movimientos básicos, tratando de mantener el equilibrio. Al principio, mis intentos fueron torpes y desequilibrados, pero con práctica y perseverancia, mis movimientos se volvieron más fluidos. Mis primeros intentos de bailar con las pesas fueron un desastre. Me sentía como un elefante intentando hacer piruetas, pero no me dejé desanimar. Me concentré en la técnica, en cada pequeño detalle. Cada mañana, antes de que el sol saliera, estaba en el estudio de ballet, practicando. Sentía los músculos de mis piernas arder, pero el dolor se estaba convirtiendo en un viejo amigo. Me recordaba que estaba vivo, que estaba luchando por algo grande.
Mientras practicaba una serie de releves en el gimnasio, una revelación se apoderó de mí. Mis movimientos, que antes eran torpes y descoordinados debido al peso adicional que llevaba en mis tobillos, ahora parecían más precisos y controlados. Las pesas, que al principio parecían ser un obstáculo insuperable, se habían convertido en una herramienta invaluable que me obligaba a ser más consciente de mi cuerpo en cada movimiento, de cada músculo, de cada tendón que se contraía y se relajaba con cada paso que daba. La resistencia adicional proporcionada por las pesas me enseñó a controlar mejor mis movimientos, a ser más eficiente en mis acciones. Con cada relevé, cada salto y cada giro, aprendía a trabajar con mi propio peso, encontrando el equilibrio perfecto entre fuerza y gracia. A medida que avanzaba en mi entrenamiento, me di cuenta de que no solo estaba fortaleciendo mis músculos, sino también mi mente, mi capacidad para concentrarme y para superar los desafíos que se presentaban en mi camino. Con el tiempo, mi confianza creció a pasos agigantados. Me sentía más seguro de mí mismo, más seguro de mis habilidades como bailarín. Empecé a incorporar movimientos más complejos en mi rutina diaria, combinando saltos, giros y piruetas en una sinfonía de movimiento y gracia. Cada sesión de entrenamiento se convirtió en una mezcla única de dolor y descubrimiento, una oportunidad para explorar los límites de mi cuerpo y para superarlos con determinación y perseverancia. Mis piernas, que al principio parecían débiles y frágiles bajo el peso de las pesas, se habían transformado en pilares de fuerza y resistencia. Cada músculo se había fortalecido, cada tendón se había vuelto más resistente a medida que me sometía a las exigencias del entrenamiento. Las pesas, que al principio parecían inmovilizantes, ahora eran parte integrante de mi rutina diaria, una extensión natural de mi cuerpo que me ayudaba a alcanzar nuevas alturas en mi búsqueda de la excelencia. Cada día, me acercaba un poco más a mi meta. Cada sesión de entrenamiento me llevaba un paso más cerca de convertirme en el bailarín que siempre había soñado ser. Y aunque el camino hacia la perfección estaba lleno de desafíos y obstáculos, sabía que cada paso que daba me acercaba un poco más a alcanzar mi sueño. Porque en cada paso, encontraba la fuerza y la determinación para seguir adelante, sin importar cuán empinado fuera el camino. Y en ese proceso de autodescubrimiento y crecimiento personal, encontraba una satisfacción que iba más allá de las palabras, una sensación de realización que solo podía venir de perseguir mis pasiones con todo mi corazón y mi alma.
Finalmente, una mañana, me encontré bailando con una ligereza que nunca antes había experimentado. Las pesas, que al principio eran un obstáculo insuperable, ahora eran parte de mi entrenamiento, un recordatorio constante de mi esfuerzo y dedicación. Sentí una alegría indescriptible al realizar piruetas y saltos con las pesas todavía atadas a mis gemelos. Había superado mis propios límites y logrado lo que parecía imposible. Mi cuerpo había cambiado, y no solo físicamente. La disciplina, la perseverancia y la fuerza mental que desarrollé durante este proceso me transformaron en una persona más fuerte. El ballet, que siempre había sido una pasión, ahora era también una prueba superada, un testimonio de mi capacidad para enfrentar y superar desafíos. Empecé a notar cómo el entrenamiento afectaba otras áreas de mi vida. Mi confianza aumentó, y esa misma determinación que me ayudó a superar el peso de las pesas, ahora me ayudaba a enfrentar problemas cotidianos. Aprendí que el verdadero progreso no siempre se ve de inmediato, sino que se construye día a día, con cada pequeño paso, cada caída y cada levantamiento. Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que las pesas no solo fortalecieron mis piernas, sino que también fortalecieron mi espíritu. Lo que comenzó como un desafío físico se convirtió en una lección de vida. Cada peso, cada dolor, cada lucha valió la pena. Había logrado transformar una carga en una fuente de fuerza, y esa transformación me acompañaría siempre, recordándome que, con determinación y esfuerzo, no hay nada que no pueda lograr.
Mi maestra, una travesti imponente y sabia, me miraba con una mezcla de orgullo y expectación. Su cabello era un despliegue de colores brillantes y su maquillaje estaba perfectamente elaborado, como siempre- Es el momento- dijo con su voz profunda y serena, cargada de emoción. Asentí y me agaché lentamente para desatar las pesas de mis piernas. Cada hebilla y cada correa se aflojaban con un clic metálico, hasta que finalmente pude sentir cómo el peso se alejaba de mis extremidades. El alivio fue inmediato, como si una enorme presión se hubiera liberado de mis músculos. Me incorporé y respiré profundamente, sintiendo una ligereza que no había experimentado en mucho tiempo. La maestra sonrió y me tomó de la mano- Vamos, es hora de que veas lo que has logrado, maricón.
Nos dirigimos hacia la puerta del gimnasio, donde me encontré en un vasto campo de nubes blancas y esponjosas. Era como si hubiéramos atravesado un portal hacia otro mundo. Las nubes eran suaves y esponjosas bajo mis pies, y el cielo brillaba con una luz dorada, como si el sol estuviera perpetuamente al atardecer. A lo lejos, podía ver los majestuosos árboles de Milky Road y los ríos de nubes que fluían suavemente. Dudé por un momento, pero luego di un paso hacia adelante. Para mi sorpresa, mi pierna se extendió mucho más de lo que esperaba, y mi pie aterrizó a varios metros de distancia. Fue un paso enorme, casi de cinco metros. Me tambaleé un poco, sorprendido por la fuerza y el alcance de mi movimiento. La maestra me miraba con una sonrisa de satisfacción. Decidí intentarlo de nuevo. Esta vez, concentrándome en mantener el equilibrio, di otro paso gigante. Sentí una libertad y una ligereza indescriptibles mientras mis pies flotaban sobre las nubes. Mis pasos eran seguros y poderosos, y con cada zancada, cubría distancias que antes parecían imposibles. Las nubes se deslizaban suavemente bajo mis pies, y el mundo se expandía ante mí. Caminé, corriendo a veces, disfrutando de la sensación de cada zancada. La brisa me acariciaba la piel, y las nubes parecían jugar alrededor de mis piernas, elevándose y descendiendo con cada movimiento. Sentí como si estuviera caminando sobre el aire mismo, con una gracia y facilidad que jamás había imaginado. Cada paso me llenaba de una energía renovada, como si las pesas que había llevado durante tanto tiempo hubieran fortalecido mi espíritu tanto como mi cuerpo.
- Veo que ya dominas el Okama Dash, uno de nuestros más potentes desplazamientos, pero no te confíes- el maestro se aproximó hasta que nuestros rostros a penas se encontraron separados por un par de centímetros-. De las técnicas que puedes aprender en mi gimnasio, el Okama Dash es la que suponía un reto menor.
- Tranquila marichocho, con este entrenamiento ni me he despeinado- respondí, altivo, siendo consciente de que ni él ni yo creíamos en aquellas palabras. En el entrenamiento me había esforzado como nunca antes lo había hecho. Me sentía fuerte, pero también increíblemente cansado. Tenía una gran fortaleza y determinación, pero sentía que tenía unos límites y que tal vez llegase un punto en el que no pudiese superar mis propias expectativas.
- Mañana a primera hora.
- Si señora.
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