Durante unos instantes el tiempo se detuvo.
Pareciera que los animales y el mundo mismo a mi alrededor se había enmudecido ante el impacto de mi mano sobre la enorme puerta de madera que custodiaba el acceso a la biblioteca de la isla del cielo. Tras unos instantes todo pareció volver a la normalidad y una voz imponente, pero con tintes de ronquera resonó desde el fondo de la edificación aseverando que estaba en camino. Fueron unos instantes los que restaron para oír varios golpes desde el interior de la puerta y recibir la instrucción de entrar. No es que oyera la cerradura abriéndose, es que simplemente me dieron paso y tal como ordenaron así lo hice. Coloque la zurda totalmente abierta y con los dedos extendidos sobre el enorme portón y lo empuje con suavidad, entrando así a la mítica biblioteca.
El primer piso era una enorme sala rectangular que estaba adornada por estanterías repletas de conocimiento en forma de libro. Enormes lámparas colgaban del techo, iluminando todos los recovecos de la estancia y dando un ambiente acogedor que invitaba a la reflexión. Las estanterías serían sucediendo una a una a lo largo de la habitación separadas entre sí y con rótulos que evidenciaban el tipo de libro que podías encontrar en cada una de ellas. También pude ver una escalera de caracol al fondo de la sala que parecía llevar a un piso superior y también una mesa con varias sillas a su alrededor sobre la que había libros, además de otros muchos que estaban en el suelo por alguna razón. Junto a la mesa, una criatura cubierta por una capa oscura parecía quejarse.
Comencé a acercarme lentamente hacia la mesa, esperando conocer al que suponía era el anciano bibliotecario, que ahora viéndolo más de cerca parecía estar doliente de una rodilla, probablemente por su avanzada edad. Este preguntaba sobre mi universidad, mi alma mater, y pedí a mis credenciales, además de pedirme que no molestara. ¿Credenciales? Estoy apañado, pensé. Aunque era posible que pasara desapercibido si era honesto con el hombre, o mi aventura en la biblioteca iba a ser mucho más breve que algunos de los poemas que acostumbraba a recitar.
Cuando alcancé la mesa dejé mi libro sobre ella y me puse en cuclillas recogiendo aquellos que estaban en el suelo, pues supuse que el anciano hombre que tenía dificultades para agacharse y cogerlos. Tras apilar una decena de ellos me incorporé y los coloqué sobre la mesa gentilmente. — No vengo de ninguna universidad, señor. Soy un visitante del mar inferior y vengo en busca de conocimiento sobre la cultura de Skypiea. — dije totalmente honesto y con un tono cordial y afable. — ¿Podría usted indicarme alguna lectura destacada? Prometo no molestarle. — aseveré mientras empujaba los libros que había apilado un poquito más hacia el centro de la mesa para evitar que volvieran a caer por un descuido.
Pareciera que los animales y el mundo mismo a mi alrededor se había enmudecido ante el impacto de mi mano sobre la enorme puerta de madera que custodiaba el acceso a la biblioteca de la isla del cielo. Tras unos instantes todo pareció volver a la normalidad y una voz imponente, pero con tintes de ronquera resonó desde el fondo de la edificación aseverando que estaba en camino. Fueron unos instantes los que restaron para oír varios golpes desde el interior de la puerta y recibir la instrucción de entrar. No es que oyera la cerradura abriéndose, es que simplemente me dieron paso y tal como ordenaron así lo hice. Coloque la zurda totalmente abierta y con los dedos extendidos sobre el enorme portón y lo empuje con suavidad, entrando así a la mítica biblioteca.
El primer piso era una enorme sala rectangular que estaba adornada por estanterías repletas de conocimiento en forma de libro. Enormes lámparas colgaban del techo, iluminando todos los recovecos de la estancia y dando un ambiente acogedor que invitaba a la reflexión. Las estanterías serían sucediendo una a una a lo largo de la habitación separadas entre sí y con rótulos que evidenciaban el tipo de libro que podías encontrar en cada una de ellas. También pude ver una escalera de caracol al fondo de la sala que parecía llevar a un piso superior y también una mesa con varias sillas a su alrededor sobre la que había libros, además de otros muchos que estaban en el suelo por alguna razón. Junto a la mesa, una criatura cubierta por una capa oscura parecía quejarse.
Comencé a acercarme lentamente hacia la mesa, esperando conocer al que suponía era el anciano bibliotecario, que ahora viéndolo más de cerca parecía estar doliente de una rodilla, probablemente por su avanzada edad. Este preguntaba sobre mi universidad, mi alma mater, y pedí a mis credenciales, además de pedirme que no molestara. ¿Credenciales? Estoy apañado, pensé. Aunque era posible que pasara desapercibido si era honesto con el hombre, o mi aventura en la biblioteca iba a ser mucho más breve que algunos de los poemas que acostumbraba a recitar.
Cuando alcancé la mesa dejé mi libro sobre ella y me puse en cuclillas recogiendo aquellos que estaban en el suelo, pues supuse que el anciano hombre que tenía dificultades para agacharse y cogerlos. Tras apilar una decena de ellos me incorporé y los coloqué sobre la mesa gentilmente. — No vengo de ninguna universidad, señor. Soy un visitante del mar inferior y vengo en busca de conocimiento sobre la cultura de Skypiea. — dije totalmente honesto y con un tono cordial y afable. — ¿Podría usted indicarme alguna lectura destacada? Prometo no molestarle. — aseveré mientras empujaba los libros que había apilado un poquito más hacia el centro de la mesa para evitar que volvieran a caer por un descuido.
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