27-05-2024, 01:39 PM
Era difícil ahuyentar la sensación de vulnerabilidad que se resistía a abandonarme. Siempre he sido muy hermética con la información sobre mí y mi vida que compartía con los demás, que oscilaba entre cero y ninguna. Pero Zorak... ¿Por qué me sentía así con él? ¿Por qué me hacía ver que podía confiarle mis cosas? No todas ellas, por supuesto, hay lugares especiales en mi infierno donde solo mi entrada está permitida, pero... Joder, nunca había hablado de ello en voz alta.
Y todavía me empeñaba en pensar que, a pesar del día anterior, a pesar del... beso de hacía un rato, sentía algo más que atracción por él. Mi cabeza ya había formulado la palabra, esa que empezaba por A y que no quería volver a rememorar. Ni siquiera quería estar pensando sobre eso en ese preciso instante. Mucho menos, tan vulnerable como me sentía tras mi última intervención.
Pronunció mi nombre. No entendía por qué tenía que hacer esas cosas, por qué se empeñaba en que mi estómago, en secreto, diese un vuelco. Y no, no lo arreglaba con aquella sonrisa que conformaría las pesadillas de muchos otros.
Al escucharle, solté una risotada. Perfecto, mi propia reacción me vino de perlas para combatir mis propias sensaciones.
—¿Que te dé una semana, yo a ti? ¿Por quién me tomas? —reí—. ¿Crees que no soy capaz de encontrarlo yo? ¿O es que no te gusta la posibilidad de colaborar porque crees que no estaré a la altura? —Me resultaba mucho más fácil hablar desde el ego, la soberbia y un robusto autoconcepto que desde mi alma a medio abrir. Por supuesto, me aproveché de ello. Por lo menos se dignó a utilizar el plural en una de sus frases—. Quizá sea yo la que tenga que entregarte a ti su asquerosa cabeza, te recuerdo que tienes una cicatriz como la mía. No creo en los caballeros que van salvando a las damas. —Le guiñé un ojo—. Yo no soy ninguna dama y tú tampoco tienes pinta de caballero, así que no me jodas.
Y todavía me empeñaba en pensar que, a pesar del día anterior, a pesar del... beso de hacía un rato, sentía algo más que atracción por él. Mi cabeza ya había formulado la palabra, esa que empezaba por A y que no quería volver a rememorar. Ni siquiera quería estar pensando sobre eso en ese preciso instante. Mucho menos, tan vulnerable como me sentía tras mi última intervención.
Pronunció mi nombre. No entendía por qué tenía que hacer esas cosas, por qué se empeñaba en que mi estómago, en secreto, diese un vuelco. Y no, no lo arreglaba con aquella sonrisa que conformaría las pesadillas de muchos otros.
Al escucharle, solté una risotada. Perfecto, mi propia reacción me vino de perlas para combatir mis propias sensaciones.
—¿Que te dé una semana, yo a ti? ¿Por quién me tomas? —reí—. ¿Crees que no soy capaz de encontrarlo yo? ¿O es que no te gusta la posibilidad de colaborar porque crees que no estaré a la altura? —Me resultaba mucho más fácil hablar desde el ego, la soberbia y un robusto autoconcepto que desde mi alma a medio abrir. Por supuesto, me aproveché de ello. Por lo menos se dignó a utilizar el plural en una de sus frases—. Quizá sea yo la que tenga que entregarte a ti su asquerosa cabeza, te recuerdo que tienes una cicatriz como la mía. No creo en los caballeros que van salvando a las damas. —Le guiñé un ojo—. Yo no soy ninguna dama y tú tampoco tienes pinta de caballero, así que no me jodas.
Había regresado a mi zona de confort. Tanto, que hasta le dediqué una sonrisa de medio lado.
No me pasó desapercibido el cambio en sus pupilas. De pronto, sus ojos me recordaron a los de un puto depredador. Ah, cuánto me gustaba eso.
Dejé que las sombras se adueñasen de mi rostro. Mi sonrisa ahora era completa. Mis ojos, espectrales.
—Esta noche, en cuanto se ponga el sol, empezamos. Nos vamos de caza.
