30-05-2024, 07:50 PM
Como gotas resbalando por un cristal, los cuatro participantes ganadores de la contienda en mi honor se fueron acumulando frente a mi, llegando uno detrás de otro. Sus interacciones, su forma de hablar, de dirigirse a mi... todas ellas variopintas y diferentes, fruto de su educación, posición o intenciones. Pero a fin de cuentas, todos ellos estaban aquí porque querían gozar de mi generosidad y del beneplácito de mi palabra. Los miré detenidamente.
La compañera de su majestad, independientemente de mi opinión o impresión sobre ella, era alguien intocable para todo el mundo en esta isla, incluido para mi, por el simple hecho de navegar en el mismo barco que él y sirviendo a su bandera. Cuanta nostalgia me traía ver a otro Yojimbo Lemarcus Cornell navegando en el mar azul con un trapo negro por bandera... y de alguna forma, aquella señorita era como yo. Una fiel y devota seguidora de la verdadera sangre real y del linaje elegido para traer la luz al mundo de nuevo.
El dragón celestial ameritaba lo que sus congéneres y la experiencia de la historia revelaba: era cruel e interesado. Como todos ellos. Era raro encontrar a alguien de los suyos fuera de sus tierras privadas y su zona sagrada, pero él no era el único. Cuando uno Tenryuubito se veía forzado a vivir la vida común y mundana del resto, alejado de sus lujos y privado de sus placeres, si era capaz de sobrevivir lo suficiente y portaba consigo el don de la suerte, la astucia, o una mezcla de ambas, se acababa volviendo un monstruo de proporciones considerables. El Haoshoku era algo relativamente común en ellos, al menos en los que verdaderamente heredaban el correcto linaje de los Reyes del Pasado, y funcionaban igual que las katanas: Si la veta es de calidad, pero no se aprovecha, se quedará en nada. Si se aprovecha, pero no por manos expertas, dará lugar a una espada mediocre. Si se aprovecha con la forja y el martillo de un maestro herrero, su acero será capaz de cortar incluso las nubes.
Desgraciadamente este hombre menudo, rudo y rudimentario, que utilizaba un poder menor y básico de entre las Akuma no mi - como el mío - y que permanecía oculto tras un casco y con una forma de combate tan simplista como portar un palo gordo y golpear con él, estaba en un bando que nos perjudicaba a todos los que queríamos navegar sin limitaciones: Estaba del lado del Gobierno. Bien por oro, por fama, por poder, o por el motivo que fuera, ser Tenryubito y acabar como Cazador de Recompensas, era una mala broma del destino... pero para el resto.
No era de mi agrado, pero no podía faltar mi palabra ni mi propia tradición.
La niña, híbrida de humano y semioni, lucía cierto parecido con el cazador. Su actitud era por momentos parecida y su método de combate, también. Pero ella parecía albergar la pureza de la inocencia, y, pese a que navegase por olas cruentas con camaradas - que por lo leído en los periódicos, cada vez eran menos - que cuidasen de sus espaldas, parecía aun un folio en blanco al que la historia acabaría poniendo de un lado o del otro. ¿Cómo sería su futuro? ¿Continuaría la senda de cadáveres de su tripulación? ¿Encontrarían la forma de adherirse a alguien más? ¿Los abandonaría por un camino mejor? ¿Los perdería? ¿Encontraría el final de sus días en las próximas islas? Todo eso eran ambigüedades. Situaciones que cualquiera de esta sala tendría que enfrentar tarde o temprano, cuando salieran de mis dominios. La verdadera pregunta con Sasha era ¿qué lado de la balanza tomaría la ventaja en su interior? ¿su relación con sus compañeros, o con ese hombre?.
Tanto su raza, como su actitud, como su poder me recordaban a Grunbald, mi viejo amigo, que si bien era de otra subespecie de Oni y su lagarto era diferente, la vibración de su presencia casaba mucho con la de aquella mocosa, y removía un poco la nostalgia de mi viejo corazón.
Por último, la Marine. Quizá si no fuera por la actitud belicosa y carente de respeto del Dragón Celestial, sería la persona menos de mi agrado en esta sala. Los Marines generalmente sólo eran chiquillos perdidos que buscaban una vida mejor en el funcionariado del estado, pero que no tenían los valores, la ética ni la fortaleza para asumir con devoción y con vocación una tarea tan dura y noble como ser el escudo del pueblo. Ellos más bien se volvían la lanza del Gobierno. Era deplorable y triste, pero esperable, pues no eran si no el germen de un parásito mucho más grande que, se suavizó con el pasar de los tiempos. Por suerte para mi, al ostentar este título como Señor de la Guerra del Mar, el territorio bajo mi comando estaba protegido de sus leyes, sus normas, su moral y sus poderes jurídicos, pero aun así, sabía perfectamente el prisma desde el que nos miraban - a todos los Shichibukais - la inmensa mayoría de los reclutas y posteriores rangos de los Marines: Piratas vendidos.
No profesaban respeto generalmente, sólo el miedo de sabernos más poderosos que ellos, pero a medida que escalaban posiciones su falta de respeto se tornaba evidente y sus formas carentes de toda clase de buena intención.
Claro que había excepciones. Había Marines que sí sentían un fuerte deseo de justicia y una necesidad imperiosa por ser mejores para los suyos. Sacrificarse de verdad por el pueblo. Y solían coincidir con que eran los mismos que no nos juzgaban sólo por nuestro título, si no, porque sabían ver más allá de este y apreciarnos por nuestros propios actos. Obviamente yo no era un psicópata como ese Doctor Uraraka, ni un ermitaño como Max Magna, pero se nos incluía en el mismo saco aunque los siete de nosotros tuviésemos cada uno vidas diferentes, historias contrarias, y motivaciones enfrentadas entre nosotros. Nuestros motivos para ponernos al servicio del Gobierno Mundial eran muy diversos.
Por la parte que profesaba a aquella mujer, parecía la clase de persona a la que hay que ponerle el ojo encima, pues haber aguantado mi explosión de Haoshoku y haber pasado completamente desapercibida el resto del evento, dejaban completamente claro que era alguien que en el futuro, podría acabar cerca de las riendas de su organización.
Respiré profundamente y cerré los ojos dos segundos antes de recolocarme en el sillón, tras terminar de mirarlos a todos ellos.
— Bienvenidos a mi palacio — dije de forma escueta, sin moverme, pasando mis ojos de uno al siguiente — Todos sabéis por qué estáis aquí, así que por hacer las cosas lo más ligeras y agradables para todos los presentes, os brindaré la oportunidad de pedir vuestro deseo, como premio por haber ganado la festividad en mi honor y mi nombre — añadí, apoyando ambas manos en los laterales de mi trono — Sólo podréis pedir un único deseo, y se os será concedido en la inmediatez más posible — me incliné ligeramente hacia delante, como si fuera a levantarme — Y tras obtenerlo, todos menos una de mis invitadas aquí presentes abandonaréis el palacio... — entonces fijé mi mirada en Sohem — ...y algunos abandonaréis la ciudad — sentencié firmemente, dejando claro que no había olvidado mi aviso y amenaza con el Cazador — El resto deberéis proseguir con vuestro viaje pronto, pero tendréis más margen — y me recosté quedando de nuevo en la posición inicial, tendiendo la mano derecha hacia delante con la palma hacia el techo, haciendo un barrido de izquierda a derecha, incitando a mis invitados a proceder — ¿Que será pues? ¿La riqueza, la tecnología, la esencia, la sabiduría o el potencial de mi tierra? ¿Cual es vuestro deseo? — pregunté finalmente, quedando a la espera de las palabras de cada uno de ellos. Fuera cual fuera su deseo, sabía que podía cumplirlo sin problemas.
Pues yo era el Emperador del Cielo.
La compañera de su majestad, independientemente de mi opinión o impresión sobre ella, era alguien intocable para todo el mundo en esta isla, incluido para mi, por el simple hecho de navegar en el mismo barco que él y sirviendo a su bandera. Cuanta nostalgia me traía ver a otro Yojimbo Lemarcus Cornell navegando en el mar azul con un trapo negro por bandera... y de alguna forma, aquella señorita era como yo. Una fiel y devota seguidora de la verdadera sangre real y del linaje elegido para traer la luz al mundo de nuevo.
El dragón celestial ameritaba lo que sus congéneres y la experiencia de la historia revelaba: era cruel e interesado. Como todos ellos. Era raro encontrar a alguien de los suyos fuera de sus tierras privadas y su zona sagrada, pero él no era el único. Cuando uno Tenryuubito se veía forzado a vivir la vida común y mundana del resto, alejado de sus lujos y privado de sus placeres, si era capaz de sobrevivir lo suficiente y portaba consigo el don de la suerte, la astucia, o una mezcla de ambas, se acababa volviendo un monstruo de proporciones considerables. El Haoshoku era algo relativamente común en ellos, al menos en los que verdaderamente heredaban el correcto linaje de los Reyes del Pasado, y funcionaban igual que las katanas: Si la veta es de calidad, pero no se aprovecha, se quedará en nada. Si se aprovecha, pero no por manos expertas, dará lugar a una espada mediocre. Si se aprovecha con la forja y el martillo de un maestro herrero, su acero será capaz de cortar incluso las nubes.
Desgraciadamente este hombre menudo, rudo y rudimentario, que utilizaba un poder menor y básico de entre las Akuma no mi - como el mío - y que permanecía oculto tras un casco y con una forma de combate tan simplista como portar un palo gordo y golpear con él, estaba en un bando que nos perjudicaba a todos los que queríamos navegar sin limitaciones: Estaba del lado del Gobierno. Bien por oro, por fama, por poder, o por el motivo que fuera, ser Tenryubito y acabar como Cazador de Recompensas, era una mala broma del destino... pero para el resto.
No era de mi agrado, pero no podía faltar mi palabra ni mi propia tradición.
La niña, híbrida de humano y semioni, lucía cierto parecido con el cazador. Su actitud era por momentos parecida y su método de combate, también. Pero ella parecía albergar la pureza de la inocencia, y, pese a que navegase por olas cruentas con camaradas - que por lo leído en los periódicos, cada vez eran menos - que cuidasen de sus espaldas, parecía aun un folio en blanco al que la historia acabaría poniendo de un lado o del otro. ¿Cómo sería su futuro? ¿Continuaría la senda de cadáveres de su tripulación? ¿Encontrarían la forma de adherirse a alguien más? ¿Los abandonaría por un camino mejor? ¿Los perdería? ¿Encontraría el final de sus días en las próximas islas? Todo eso eran ambigüedades. Situaciones que cualquiera de esta sala tendría que enfrentar tarde o temprano, cuando salieran de mis dominios. La verdadera pregunta con Sasha era ¿qué lado de la balanza tomaría la ventaja en su interior? ¿su relación con sus compañeros, o con ese hombre?.
Tanto su raza, como su actitud, como su poder me recordaban a Grunbald, mi viejo amigo, que si bien era de otra subespecie de Oni y su lagarto era diferente, la vibración de su presencia casaba mucho con la de aquella mocosa, y removía un poco la nostalgia de mi viejo corazón.
Por último, la Marine. Quizá si no fuera por la actitud belicosa y carente de respeto del Dragón Celestial, sería la persona menos de mi agrado en esta sala. Los Marines generalmente sólo eran chiquillos perdidos que buscaban una vida mejor en el funcionariado del estado, pero que no tenían los valores, la ética ni la fortaleza para asumir con devoción y con vocación una tarea tan dura y noble como ser el escudo del pueblo. Ellos más bien se volvían la lanza del Gobierno. Era deplorable y triste, pero esperable, pues no eran si no el germen de un parásito mucho más grande que, se suavizó con el pasar de los tiempos. Por suerte para mi, al ostentar este título como Señor de la Guerra del Mar, el territorio bajo mi comando estaba protegido de sus leyes, sus normas, su moral y sus poderes jurídicos, pero aun así, sabía perfectamente el prisma desde el que nos miraban - a todos los Shichibukais - la inmensa mayoría de los reclutas y posteriores rangos de los Marines: Piratas vendidos.
No profesaban respeto generalmente, sólo el miedo de sabernos más poderosos que ellos, pero a medida que escalaban posiciones su falta de respeto se tornaba evidente y sus formas carentes de toda clase de buena intención.
Claro que había excepciones. Había Marines que sí sentían un fuerte deseo de justicia y una necesidad imperiosa por ser mejores para los suyos. Sacrificarse de verdad por el pueblo. Y solían coincidir con que eran los mismos que no nos juzgaban sólo por nuestro título, si no, porque sabían ver más allá de este y apreciarnos por nuestros propios actos. Obviamente yo no era un psicópata como ese Doctor Uraraka, ni un ermitaño como Max Magna, pero se nos incluía en el mismo saco aunque los siete de nosotros tuviésemos cada uno vidas diferentes, historias contrarias, y motivaciones enfrentadas entre nosotros. Nuestros motivos para ponernos al servicio del Gobierno Mundial eran muy diversos.
Por la parte que profesaba a aquella mujer, parecía la clase de persona a la que hay que ponerle el ojo encima, pues haber aguantado mi explosión de Haoshoku y haber pasado completamente desapercibida el resto del evento, dejaban completamente claro que era alguien que en el futuro, podría acabar cerca de las riendas de su organización.
Respiré profundamente y cerré los ojos dos segundos antes de recolocarme en el sillón, tras terminar de mirarlos a todos ellos.
— Bienvenidos a mi palacio — dije de forma escueta, sin moverme, pasando mis ojos de uno al siguiente — Todos sabéis por qué estáis aquí, así que por hacer las cosas lo más ligeras y agradables para todos los presentes, os brindaré la oportunidad de pedir vuestro deseo, como premio por haber ganado la festividad en mi honor y mi nombre — añadí, apoyando ambas manos en los laterales de mi trono — Sólo podréis pedir un único deseo, y se os será concedido en la inmediatez más posible — me incliné ligeramente hacia delante, como si fuera a levantarme — Y tras obtenerlo, todos menos una de mis invitadas aquí presentes abandonaréis el palacio... — entonces fijé mi mirada en Sohem — ...y algunos abandonaréis la ciudad — sentencié firmemente, dejando claro que no había olvidado mi aviso y amenaza con el Cazador — El resto deberéis proseguir con vuestro viaje pronto, pero tendréis más margen — y me recosté quedando de nuevo en la posición inicial, tendiendo la mano derecha hacia delante con la palma hacia el techo, haciendo un barrido de izquierda a derecha, incitando a mis invitados a proceder — ¿Que será pues? ¿La riqueza, la tecnología, la esencia, la sabiduría o el potencial de mi tierra? ¿Cual es vuestro deseo? — pregunté finalmente, quedando a la espera de las palabras de cada uno de ellos. Fuera cual fuera su deseo, sabía que podía cumplirlo sin problemas.
Pues yo era el Emperador del Cielo.
Resumen
Deseos
