10-06-2024, 07:13 PM
—Hah, hah, hah. —jadeaba envuelta en sudor rodeada de un grupo de Marines.
Como cada mañana, había salido bien temprano a la cubierta del barco a seguir mi rutina de entrenamiento. Desde nuestra partida de Skypiea, no había querido desaprovechar ni un solo minuto de mi valioso tiempo y una buena parte de este lo había empleado en mantenerme mi glorioso cuerpo en forma.
—Buen trabajo, chicos. —alcé la voz al terminar la última etapa de levantamiento de peso mientras una joven corría a traerme una toalla con la que me sequé la cara y después me deshice el moño— El próximo día tocará combate cuerpo a cuerpo. Haremos un pequeño torneo y el ganador tendrá el maravilloso honor de poder enfrentarse a mí, ¿sabéis? —anuncié cruzando los dedos de ambas manos y estirando los brazos hacia arriba— Seré buena, no os preocupéis. Shshshsh.
Di por finalizado el entrenamiento con un guiño que fue acompañado por los suspiros de los muchos participantes de mis entrenamientos. Tanto hombres como mujeres habían cogido la costumbre de acompañarme en mis entrenamientos. En un inicio se habían mantenido simplemente observando, y aunque no me disgustaba para nada el que me observasen, pues sería cruel negarles que lo hiciesen, con el tiempo les había animado a que se uniesen y aprovechasen el tiempo para entrenar. Un buen grupo de Marines entrenados era lo mejor que podía haber. No me gustaba la idea de que holgazaneasen simplemente haciendo lo mínimo para ganar su sueldo, y si iba a regalarles el gusto de ver a una mujer tan bella como yo entrenando en sujetador y pantalones cortos, era lo mínimo que debían hacer a cambio.
No debía quedar mucho para nuestra llegada a Momoiro, así que fui a mi camarote a darme una merecida ducha y a cambiarme de atuendo. Me quedé de pie junto al armario abierto de par en par. Íbamos a por una nueva compañera de división, tenía que dar una buena primera impresión… Además, unos días antes había cogido el Den Den Mushi del barco, que nos informaba de que supuestamente había revolucionarios en la isla, que la controlaban. Así que era mejor no lucir nuestros uniformes en la isla. Sopesé durante un largo tiempo sobre que me pondría, de todos los maravillosos vestidos, faldas, camisas y accesorios que tenía. Sí, esto serviría.
Cogí un bolso dorado, en el cual introduje mi libreta, lápiz y un botecito de salsa sriracha (nunca está de más) y fui al comedor del barco. En cuanto llegué, rápidamente dispusieron para mí una mesa con una silla y mantel y me sirvieron unos huevos Bennedict. Los cocineros ya me conocían, así que me sirvieron una ración de Kimchi picante de acompañamiento y unas virutas de chile seco para añadir a mi plato, que agradecí con una sonrisa. Por supuesto, aquello no era un restaurante, y el resto de comensales estaban en las típicas mesas largas con las clásicas bandejas metálicas. Pero yo, no era una soldado raso, ya no. Merecía un trato especial, y sin tener que pedirlo, me lo daban. Además, estaba claro que alguno de los cocineros quería impresionarme, pues siempre junto a la comida me encontraba una nota de un admirador anónimo. Y cada vez que esto pasaba, la dejaba en la mesa acompañada de un beso en la nota, que quedaba marcada con mi pintalabios.
Una vez lista y habiendo desayunado, subí a la cubierta, sintiendo un fresco viento en mi rostro. Me apoyé sobre la barandilla de estribor, con la agradable sensación del soplo frío en la cara sacudiendo mi pelo. No me hacía especial ilusión ir a una ciudad llena de revolucionarios, habría preferido que fueran piratas. Pero el trabajo era el trabajo, con suerte a lo mejor encontraba a alguno con el que acabar. Los soldados ya estaban iniciando los preparativos para atracar el barco, debía quedar poco para llegar. Y así era. A lo lejos, una extraña isla que parecía el sueño de cualquier chica de once años, con grandes rocas en forma de corazón y un arcoíris cruzando por encima de ella. Y todo, de color rosa. Seguro que era un lugar lleno de chicas, o eso me imaginaba por su aspecto. Al cabo de poco, el Comodoro Joe salió a cubierta también y ayudó a finiquitar los últimos asuntos. Cuando hubo terminado, me acerqué a él, suponiendo que nos reuniríamos todos para desembarcar en la nueva isla.
—Buenos días, Comodoro. —saludé al llegar junto a él.
Me extrañó que fuese con el uniforme, dada la información que teníamos del lugar, pero tal vez se me había pasado comentarlo.
—Joe, escucha, ve a... —comencé a decir, cuando él saltó de la cubierta a la playa en un salto asombroso, que un fuerte y propicio viento huracanado ayudó a llevarlo casi volando muuuuuuchos metros, puesto que estábamos alejados de la playa o el barco se habría encallado en la arena.
—Wow. Eso ha sido todo un salto, ¿sabes? —dije incrédula ante aquel espectacular salto— Voy un momento a dentro a por un cambio de ropa para el Comodoro canguro. Vestid como queráis, pero mejor no ir con el uniforme. Esta isla está controlada por revolucionarios y suficiente llamamos la atención al atracar el barco aquí. Os lo dije hace días, supongo que no me escuchasteis —comenté a mis compañeros— ¡Que alguien prepare un bote y atracad el barco después en alguna cala oculta!
Dicho esto fui al camarote de Joe, cotilleé su ropa y me quedé pensativa.
—Hmmm... Qué ropa más sosa. Camisas blancas o de tirantes y aparte de los de uniforme solo tiene vaqueros... Creo que puedo apañar algo mejor, ¿sabes? —pensé en voz alta.
Cogí alguna cosa de ahí y fui a mi habitación, a la vez que le pedí a un soldado raso que me echase una mano. Tras un par de minutos, con una bolsa en mano, fui de nuevo a cubierta y con el bote, llegué a la costa.
Allí estaba Joe, y ante él una pequeña Tontatta. No sabía si me había perdido las presentaciones, pero supuse que sería la nueva.
—Encantada. —dije agachándome hacia ella sonriente— Soy Ikirami, y sí, soy la mujer más bella de los mares. ¿Eres tú nuestra nueva compañera? —pregunté extendiendo la mano hacia ella.
Tras saludar, miré de reojo a Joe y le lancé la bolsa, esperando que la cogiese al vuelo.
—Comodoro... —lo llamé volviendo a erguirme— Será mejor que se cambie el uniforme por esto que le he traído. En esta isla hay revolucionarios, es mejor pasar desapercibidos como civiles, ¿sabes? —susurré de forma que solo nuestro grupo pudiese escucharnos.
Como cada mañana, había salido bien temprano a la cubierta del barco a seguir mi rutina de entrenamiento. Desde nuestra partida de Skypiea, no había querido desaprovechar ni un solo minuto de mi valioso tiempo y una buena parte de este lo había empleado en mantenerme mi glorioso cuerpo en forma.
—Buen trabajo, chicos. —alcé la voz al terminar la última etapa de levantamiento de peso mientras una joven corría a traerme una toalla con la que me sequé la cara y después me deshice el moño— El próximo día tocará combate cuerpo a cuerpo. Haremos un pequeño torneo y el ganador tendrá el maravilloso honor de poder enfrentarse a mí, ¿sabéis? —anuncié cruzando los dedos de ambas manos y estirando los brazos hacia arriba— Seré buena, no os preocupéis. Shshshsh.
Di por finalizado el entrenamiento con un guiño que fue acompañado por los suspiros de los muchos participantes de mis entrenamientos. Tanto hombres como mujeres habían cogido la costumbre de acompañarme en mis entrenamientos. En un inicio se habían mantenido simplemente observando, y aunque no me disgustaba para nada el que me observasen, pues sería cruel negarles que lo hiciesen, con el tiempo les había animado a que se uniesen y aprovechasen el tiempo para entrenar. Un buen grupo de Marines entrenados era lo mejor que podía haber. No me gustaba la idea de que holgazaneasen simplemente haciendo lo mínimo para ganar su sueldo, y si iba a regalarles el gusto de ver a una mujer tan bella como yo entrenando en sujetador y pantalones cortos, era lo mínimo que debían hacer a cambio.
No debía quedar mucho para nuestra llegada a Momoiro, así que fui a mi camarote a darme una merecida ducha y a cambiarme de atuendo. Me quedé de pie junto al armario abierto de par en par. Íbamos a por una nueva compañera de división, tenía que dar una buena primera impresión… Además, unos días antes había cogido el Den Den Mushi del barco, que nos informaba de que supuestamente había revolucionarios en la isla, que la controlaban. Así que era mejor no lucir nuestros uniformes en la isla. Sopesé durante un largo tiempo sobre que me pondría, de todos los maravillosos vestidos, faldas, camisas y accesorios que tenía. Sí, esto serviría.
Outfit de Ikirami
Cogí un bolso dorado, en el cual introduje mi libreta, lápiz y un botecito de salsa sriracha (nunca está de más) y fui al comedor del barco. En cuanto llegué, rápidamente dispusieron para mí una mesa con una silla y mantel y me sirvieron unos huevos Bennedict. Los cocineros ya me conocían, así que me sirvieron una ración de Kimchi picante de acompañamiento y unas virutas de chile seco para añadir a mi plato, que agradecí con una sonrisa. Por supuesto, aquello no era un restaurante, y el resto de comensales estaban en las típicas mesas largas con las clásicas bandejas metálicas. Pero yo, no era una soldado raso, ya no. Merecía un trato especial, y sin tener que pedirlo, me lo daban. Además, estaba claro que alguno de los cocineros quería impresionarme, pues siempre junto a la comida me encontraba una nota de un admirador anónimo. Y cada vez que esto pasaba, la dejaba en la mesa acompañada de un beso en la nota, que quedaba marcada con mi pintalabios.
Una vez lista y habiendo desayunado, subí a la cubierta, sintiendo un fresco viento en mi rostro. Me apoyé sobre la barandilla de estribor, con la agradable sensación del soplo frío en la cara sacudiendo mi pelo. No me hacía especial ilusión ir a una ciudad llena de revolucionarios, habría preferido que fueran piratas. Pero el trabajo era el trabajo, con suerte a lo mejor encontraba a alguno con el que acabar. Los soldados ya estaban iniciando los preparativos para atracar el barco, debía quedar poco para llegar. Y así era. A lo lejos, una extraña isla que parecía el sueño de cualquier chica de once años, con grandes rocas en forma de corazón y un arcoíris cruzando por encima de ella. Y todo, de color rosa. Seguro que era un lugar lleno de chicas, o eso me imaginaba por su aspecto. Al cabo de poco, el Comodoro Joe salió a cubierta también y ayudó a finiquitar los últimos asuntos. Cuando hubo terminado, me acerqué a él, suponiendo que nos reuniríamos todos para desembarcar en la nueva isla.
—Buenos días, Comodoro. —saludé al llegar junto a él.
Me extrañó que fuese con el uniforme, dada la información que teníamos del lugar, pero tal vez se me había pasado comentarlo.
—Joe, escucha, ve a... —comencé a decir, cuando él saltó de la cubierta a la playa en un salto asombroso, que un fuerte y propicio viento huracanado ayudó a llevarlo casi volando muuuuuuchos metros, puesto que estábamos alejados de la playa o el barco se habría encallado en la arena.
—Wow. Eso ha sido todo un salto, ¿sabes? —dije incrédula ante aquel espectacular salto— Voy un momento a dentro a por un cambio de ropa para el Comodoro canguro. Vestid como queráis, pero mejor no ir con el uniforme. Esta isla está controlada por revolucionarios y suficiente llamamos la atención al atracar el barco aquí. Os lo dije hace días, supongo que no me escuchasteis —comenté a mis compañeros— ¡Que alguien prepare un bote y atracad el barco después en alguna cala oculta!
Dicho esto fui al camarote de Joe, cotilleé su ropa y me quedé pensativa.
—Hmmm... Qué ropa más sosa. Camisas blancas o de tirantes y aparte de los de uniforme solo tiene vaqueros... Creo que puedo apañar algo mejor, ¿sabes? —pensé en voz alta.
Cogí alguna cosa de ahí y fui a mi habitación, a la vez que le pedí a un soldado raso que me echase una mano. Tras un par de minutos, con una bolsa en mano, fui de nuevo a cubierta y con el bote, llegué a la costa.
Allí estaba Joe, y ante él una pequeña Tontatta. No sabía si me había perdido las presentaciones, pero supuse que sería la nueva.
—Encantada. —dije agachándome hacia ella sonriente— Soy Ikirami, y sí, soy la mujer más bella de los mares. ¿Eres tú nuestra nueva compañera? —pregunté extendiendo la mano hacia ella.
Tras saludar, miré de reojo a Joe y le lancé la bolsa, esperando que la cogiese al vuelo.
—Comodoro... —lo llamé volviendo a erguirme— Será mejor que se cambie el uniforme por esto que le he traído. En esta isla hay revolucionarios, es mejor pasar desapercibidos como civiles, ¿sabes? —susurré de forma que solo nuestro grupo pudiese escucharnos.
Ropa para Joe
Karmas
Inventario

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