No pude esperar.
El barco ya estaba orientado desde nuestra llegada hacia la mar de nubes, así que sería cuestión de poco tiempo que Chloe, aun sin grandes conocimientos de navegación, pudiera poner en orden las velas y cabos para que Sohem cogiera un poco de aliento y saliéramos de allí a toda pastilla. Bajé a tierra y corrí por la playa. Pasé de largo el barco marine y me dirigí directo hacia la carabela con la bandera pirata. No necesitaba ser muy inteligente. Había visto el poder de combate de los Shogun Gari. El pistolero que era su capitán, aun habiendo mejorado, era un rival medio. Quizá la cría del kanabo o el tigre pudieran tener algún poder de combate, pero ni de lejos para acabar con el jefe de esta manera. Estaba claro que los únicos responsables de esto podían ser los Alas negras o el propio emperador Zarutsuki. Y no creo que Sohem, por muy fuerte que sea, pudiera sobrevivir y llegar aquí sin que lo sigan y nos maten a todo en caso de que fuera el emperador, así que la deducción era fácil: la tripulación del caído lunarian había tomado venganza por lo acontecido durante los juegos en la fase final de enfrentamientos. Y se iban a arrepentir.
Cuando alcancé el barco, salté abordo y comencé a recorrerlo de arriba a abajo. Camarote a camarote. Habitáculo a habitáculo. Rebusqué por todos y cada uno de los cajones, altillos y escondrijos del barco. Provisiones que lancé al suelo, muebles que tumbé y cristales que rompí mientras trataba de dar con algo de valor. Finalmente, y tras dar con un enorme cofre, encontré lo que buscaba: el tesoro de los Alas negras. Un enorme saco lleno de dinero y algún objeto más que agarré y anudé para echarme bajo el brazo izquierdo y salí hacia cubierta buscando con la vista el Parabellum que había comenzado los preparativos para abandonar la isla del cielo. Ya tenía lo que buscaba, pero no me iba a quedar con eso. Habían dañado a mi jefe y lo habían dejado al borde de la muerte. Iban a entender que si eso había pasado había sido un mero capricho del destino que quiso hacer que estuviéramos separados. Pero eso no iba a volver a pasar… iba a recordarles que eran la presa y no el cazador, pensaba mientras me enfocaba hacia el mástil del barco con el dinero bajo el brazo y mi arma desenfundada en la diestra, acercándome con pasos lentos hasta ubicarme delante de él. Fue en ese momento que vi una gallina merodeando por el barco. Bien sabe Dios que para un martillo todo son clavos, pero decidí ignorar a la emplumada criatura volviendo la vista hacia el enorme mástil central. — Dame ocho horas para talar un árbol… — dije sonriendo con una mueca maliciosa mientras armaba mi brazo y golpeaba dos veces el mástil, dibujando una V profunda, dejándolo sumamente frágil y a punto de romperse. — Se os viene tormenta, Alas negras. — dije acercándome al borde del barco con el dinero y saltando a la playa para volver corriendo deshaciendo lo andado hasta el Parabellum y subiendo de un salto mientras me destransformaba.
Y ahora, nos vamos de aquí.
El barco ya estaba orientado desde nuestra llegada hacia la mar de nubes, así que sería cuestión de poco tiempo que Chloe, aun sin grandes conocimientos de navegación, pudiera poner en orden las velas y cabos para que Sohem cogiera un poco de aliento y saliéramos de allí a toda pastilla. Bajé a tierra y corrí por la playa. Pasé de largo el barco marine y me dirigí directo hacia la carabela con la bandera pirata. No necesitaba ser muy inteligente. Había visto el poder de combate de los Shogun Gari. El pistolero que era su capitán, aun habiendo mejorado, era un rival medio. Quizá la cría del kanabo o el tigre pudieran tener algún poder de combate, pero ni de lejos para acabar con el jefe de esta manera. Estaba claro que los únicos responsables de esto podían ser los Alas negras o el propio emperador Zarutsuki. Y no creo que Sohem, por muy fuerte que sea, pudiera sobrevivir y llegar aquí sin que lo sigan y nos maten a todo en caso de que fuera el emperador, así que la deducción era fácil: la tripulación del caído lunarian había tomado venganza por lo acontecido durante los juegos en la fase final de enfrentamientos. Y se iban a arrepentir.
Cuando alcancé el barco, salté abordo y comencé a recorrerlo de arriba a abajo. Camarote a camarote. Habitáculo a habitáculo. Rebusqué por todos y cada uno de los cajones, altillos y escondrijos del barco. Provisiones que lancé al suelo, muebles que tumbé y cristales que rompí mientras trataba de dar con algo de valor. Finalmente, y tras dar con un enorme cofre, encontré lo que buscaba: el tesoro de los Alas negras. Un enorme saco lleno de dinero y algún objeto más que agarré y anudé para echarme bajo el brazo izquierdo y salí hacia cubierta buscando con la vista el Parabellum que había comenzado los preparativos para abandonar la isla del cielo. Ya tenía lo que buscaba, pero no me iba a quedar con eso. Habían dañado a mi jefe y lo habían dejado al borde de la muerte. Iban a entender que si eso había pasado había sido un mero capricho del destino que quiso hacer que estuviéramos separados. Pero eso no iba a volver a pasar… iba a recordarles que eran la presa y no el cazador, pensaba mientras me enfocaba hacia el mástil del barco con el dinero bajo el brazo y mi arma desenfundada en la diestra, acercándome con pasos lentos hasta ubicarme delante de él. Fue en ese momento que vi una gallina merodeando por el barco. Bien sabe Dios que para un martillo todo son clavos, pero decidí ignorar a la emplumada criatura volviendo la vista hacia el enorme mástil central. — Dame ocho horas para talar un árbol… — dije sonriendo con una mueca maliciosa mientras armaba mi brazo y golpeaba dos veces el mástil, dibujando una V profunda, dejándolo sumamente frágil y a punto de romperse. — Se os viene tormenta, Alas negras. — dije acercándome al borde del barco con el dinero y saltando a la playa para volver corriendo deshaciendo lo andado hasta el Parabellum y subiendo de un salto mientras me destransformaba.
Y ahora, nos vamos de aquí.
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