11-06-2024, 05:08 AM
Tras mis preguntas, pude ver y sentir como algo dentro del minino cambiaba. Su expresión cambiaba por momentos, pasando de morderse el labio a mostrarse serio, pero escuchaba como su corazón latía con fuerza y rapidez. Un momento después, enroscó sus brazos a mi alrededor, atrayéndome hacia él con una fuerza que hizo que arqueara la espalda. Notaba la presión que su cuerpo ejercía en el mío, en todas sus partes. Sabía que si intentaba escapar no podría, lo que me puso en alerta. Pero a la vez, no podía evitar que mi respiración se acelerara. Mi camisa, blanca e impoluta, se pegó a mi cuerpo al empaparse con la sangre de su pecho, la humedad traspasando hasta mi piel y haciéndome sentir extraña. Quería acabar con aquello, que le diera la razón a la vocecita de mi cabeza para poder arrebatarle la vida sin remordimiento alguno. Aguardaba a sus respuestas, con unas ansias como no había experimentado hacía mucho, respirando con dificultad, escuchando la suya a su vez al compás de la mía, que cada vez se aceleraban más. Ahí, en aquel claro, tumbada encima de él, apresada contra sus músculos, estaba al límite de perder el control y necesitaba las respuestas, ya. Tras unos largos segundos que se me hicieron demasiados, por fin habló.
Cinco. “Por fin confesó, se acabó” pensé mientras el pirata confirmaba haber arrebatado cinco vidas inocentes. Con la mano izquierda que mantenía contra el suelo, hice fuerza apretándola en un puño, con una rabia contenida fruto de sus palabras. Lo hice con tal fuerza que hasta dolía, pero cedí en el esfuerzo fruto del estupor que sentí cuando siguió hablando. ¿Cuatro hermanos? ¿Su amada? ¿Ese maldito había asesinado a aquellos que le querían? No daba crédito a sus palabras, era peor de lo que había imaginaba. Hay que ser muy cobarde para acabar con tus seres queridos, extremadamente egoísta e infinitamente malvado. Pero… entonces un nombre conocido salió a flote en su confesión: Finn Slingerland. Hasta el momento había mantenido la cara oculta a su lado, en la misma posición que cuando le susurré, pero al escuchar aquel nombre levanté lo que pude la cabeza para observarlo con el semblante serio. No lo sabía todo, pero aquel pirata, según me había contado el Comodoro durante los juegos, era un pirata esclavista que montó una trampa en los Cabos Gemelos en la que un Marine llamado Minato murió.
—Sticky Fingers… —susurré al recordar como lo habían llamado unos marines en Toko, justo antes de que partiéramos de la isla.
Garnet me explicó entonces como todo aquello resultó en la muerte de uno de sus compañeros y el cómo conoció a Sephiroth. “Por eso se conocían…” pensé. Las piezas del puzzle comenzaban a encajar, por una parte, me alegraba que Sephiroth no fuera un traidor a la Marina, pero, por otro lado, me dejaba más dudas que respuestas. ¿Cómo que su recompensa surgió de la nada? Eso carecía de sentido por completo para mí, pero veía el dolor detrás de sus palabras, detrás de como apretaba mi ropa con sus manos. Esas emociones no las estaba fingiendo, lo que decía era verdad. Y la cosa no terminaba ahí. Mencionó el incidente en isla Toko, recordé haber leído en el periódico. Finn Slingerland apareció y unos piratas se enfrentaron a él y acabaron con su vida al fin. Lo recordaba perfectamente porque me alegré de que los piratas se matasen entre ellos, ahora sabía que se trataba de los Shogun Gari, y que los piratas de los que sentí alivio por su muerte eran compañeros de Garnet, incluida su amada.
—Yo… Lo siento mucho, Garnet. —me disculpé por su fallecimiento, y por lo que había pensado al leer la noticia, aunque él no sabía eso.
Por segunda vez, su recompensa había subido tras acabar con Finn. ¿No debería ser a la inversa? Algo no cuadraba, lo sabía muy bien. Al tenerlo tan cerca de mí podía sentir su corazón latir, resonando contra mi pecho. No era el latido de un mentiroso, pero aunque me esforzaba me costaba creerlo. Tal vez… ¿La marina había cometido un error? La pregunta quedaría sin respuesta por ahora, y no iba a dedicar aquel momento a indagar en ello. La siguiente pregunta que tenía que responder me interesaba mucho, siendo sincera conmigo misma. Había esperado que me abandonara a mi suerte, pero se quedó y me protegió, a pesar de ser una Marine. Quería escuchar la respuesta de sus labios. Repitió mi pregunta, cambiando la expresión seria por una tímida al confesar que le gustaría darse un revolcón conmigo. Sonreí burlonamente cuando lo dijo, como si no fuese algo obvio. Después se sonrojó un momento, lo que me pareció hasta tierno, y dijo que aunque odiase a la Marina, que le molaba. Hasta ese momento en el que me soltó, no me había dado cuenta de que había seguido manteniéndome apretada contra él todo el rato. Bajé la cabeza, dejándome caer sobre él y apoyándola de lado contra su pecho, rehuyendo su mirada un momento. Notaba algo de calor en las mejillas y no sabía por qué. Siguió hablando, diciendo que no quería ni se perdonaría perderme. Giré la cara hacia él, con la barbilla todavía apoyada en sus pectorales, con la mejilla ahora manchada por su sangre, y escuchando como decía que quería seguir conociéndome, tocándome y tocándome música. Me dirigió una mirada directa a los ojos y yo no entendía por qué, después de todo, en ese momento me costaba sostenerle la mirada.
—Es… —respondí casi sin pensarlo, esforzándome por no desviarla, fallando continuamente en el intento.
Me latía demasiado fuerte el corazón, y no sabía hacía cuanto que no comía, pero notaba un hambre voraz en el estómago. Me incorporé, volviendo a extender los brazos, pero sentí tras mi cabeza como paseaba su mano por mi pelo con suavidad, haciendo que se me erizase toda la piel y arquease la espalda con un gemido, que hizo que me encogiese con la respiración acelerada. Acercó sus labios a los míos lentamente y yo lo acepté, apoyándome en los codos y bajando para estar más cerca de su cuerpo. Con las manos sujeté su cabeza mientras nos fundíamos en el momento y cerré los ojos. Podía notar en aquel beso un sabor metálico que me atraía como a una abeja el néctar de las flores, manteniéndome con ganas de más. Suavemente, me enderecé sin querer separarme de él ni por un instante, pasando un brazo por detrás de su hombro atrayéndolo hacia mí hasta que pude enroscar mis piernas alrededor de su cintura y pasar mis manos por encima de sus hombros, quedando sentada sobre sus muslos. A cada movimiento, sentía un pequeño escalofrío agradable recorriéndome el cuerpo. Acaricié su espalda bajando por ella hasta llegar a una de las heridas que tenía y seguí su recorrido con la mano hasta notarla humedecida. No podía pensar con claridad. Subí la mano de nuevo, esta vez hasta su cuello para después morder su labio inferior hasta separarme unos centímetros de él, jadeando y completamente fuera de mí.
—Esto… Yo… —intentaba articular las palabras, pero me costaba demasiado. Fijé la vista en sus labios y volví a besarlo unos segundos hasta que cogí las fuerzas para separarme un momento de nuevo— Luego, tengo más preguntas que hacerte, bastantes para ser más concreta, ¿sabes? —pregunté mientras observaba y acariciaba sus pectorales— Pero, respondiendo a tu pregunta de antes; sí, me encantaría que la próxima vez compongas una canción para mí, gatito.
Tras decir aquello me acerqué a su cuello y lo recorrí con la lengua, estaba tan sedienta… Mordí con fuerza mientras lo sujetaba por los hombros. No sabía si dejaría marca, pero el delicioso sabor de su sangre inundó mi lengua y la disfruté como si fuese el último sorbo de agua en un viaje en pleno desierto. Me alejé un momento, relamiéndome los labios.
—Ahora serás mío. —declaré para después lanzarme encima de él con otro beso, intenso, pasional, húmedo y acompañado por el néctar rojo de su cuerpo.
Cinco. “Por fin confesó, se acabó” pensé mientras el pirata confirmaba haber arrebatado cinco vidas inocentes. Con la mano izquierda que mantenía contra el suelo, hice fuerza apretándola en un puño, con una rabia contenida fruto de sus palabras. Lo hice con tal fuerza que hasta dolía, pero cedí en el esfuerzo fruto del estupor que sentí cuando siguió hablando. ¿Cuatro hermanos? ¿Su amada? ¿Ese maldito había asesinado a aquellos que le querían? No daba crédito a sus palabras, era peor de lo que había imaginaba. Hay que ser muy cobarde para acabar con tus seres queridos, extremadamente egoísta e infinitamente malvado. Pero… entonces un nombre conocido salió a flote en su confesión: Finn Slingerland. Hasta el momento había mantenido la cara oculta a su lado, en la misma posición que cuando le susurré, pero al escuchar aquel nombre levanté lo que pude la cabeza para observarlo con el semblante serio. No lo sabía todo, pero aquel pirata, según me había contado el Comodoro durante los juegos, era un pirata esclavista que montó una trampa en los Cabos Gemelos en la que un Marine llamado Minato murió.
—Sticky Fingers… —susurré al recordar como lo habían llamado unos marines en Toko, justo antes de que partiéramos de la isla.
Garnet me explicó entonces como todo aquello resultó en la muerte de uno de sus compañeros y el cómo conoció a Sephiroth. “Por eso se conocían…” pensé. Las piezas del puzzle comenzaban a encajar, por una parte, me alegraba que Sephiroth no fuera un traidor a la Marina, pero, por otro lado, me dejaba más dudas que respuestas. ¿Cómo que su recompensa surgió de la nada? Eso carecía de sentido por completo para mí, pero veía el dolor detrás de sus palabras, detrás de como apretaba mi ropa con sus manos. Esas emociones no las estaba fingiendo, lo que decía era verdad. Y la cosa no terminaba ahí. Mencionó el incidente en isla Toko, recordé haber leído en el periódico. Finn Slingerland apareció y unos piratas se enfrentaron a él y acabaron con su vida al fin. Lo recordaba perfectamente porque me alegré de que los piratas se matasen entre ellos, ahora sabía que se trataba de los Shogun Gari, y que los piratas de los que sentí alivio por su muerte eran compañeros de Garnet, incluida su amada.
—Yo… Lo siento mucho, Garnet. —me disculpé por su fallecimiento, y por lo que había pensado al leer la noticia, aunque él no sabía eso.
Por segunda vez, su recompensa había subido tras acabar con Finn. ¿No debería ser a la inversa? Algo no cuadraba, lo sabía muy bien. Al tenerlo tan cerca de mí podía sentir su corazón latir, resonando contra mi pecho. No era el latido de un mentiroso, pero aunque me esforzaba me costaba creerlo. Tal vez… ¿La marina había cometido un error? La pregunta quedaría sin respuesta por ahora, y no iba a dedicar aquel momento a indagar en ello. La siguiente pregunta que tenía que responder me interesaba mucho, siendo sincera conmigo misma. Había esperado que me abandonara a mi suerte, pero se quedó y me protegió, a pesar de ser una Marine. Quería escuchar la respuesta de sus labios. Repitió mi pregunta, cambiando la expresión seria por una tímida al confesar que le gustaría darse un revolcón conmigo. Sonreí burlonamente cuando lo dijo, como si no fuese algo obvio. Después se sonrojó un momento, lo que me pareció hasta tierno, y dijo que aunque odiase a la Marina, que le molaba. Hasta ese momento en el que me soltó, no me había dado cuenta de que había seguido manteniéndome apretada contra él todo el rato. Bajé la cabeza, dejándome caer sobre él y apoyándola de lado contra su pecho, rehuyendo su mirada un momento. Notaba algo de calor en las mejillas y no sabía por qué. Siguió hablando, diciendo que no quería ni se perdonaría perderme. Giré la cara hacia él, con la barbilla todavía apoyada en sus pectorales, con la mejilla ahora manchada por su sangre, y escuchando como decía que quería seguir conociéndome, tocándome y tocándome música. Me dirigió una mirada directa a los ojos y yo no entendía por qué, después de todo, en ese momento me costaba sostenerle la mirada.
—Es… —respondí casi sin pensarlo, esforzándome por no desviarla, fallando continuamente en el intento.
Me latía demasiado fuerte el corazón, y no sabía hacía cuanto que no comía, pero notaba un hambre voraz en el estómago. Me incorporé, volviendo a extender los brazos, pero sentí tras mi cabeza como paseaba su mano por mi pelo con suavidad, haciendo que se me erizase toda la piel y arquease la espalda con un gemido, que hizo que me encogiese con la respiración acelerada. Acercó sus labios a los míos lentamente y yo lo acepté, apoyándome en los codos y bajando para estar más cerca de su cuerpo. Con las manos sujeté su cabeza mientras nos fundíamos en el momento y cerré los ojos. Podía notar en aquel beso un sabor metálico que me atraía como a una abeja el néctar de las flores, manteniéndome con ganas de más. Suavemente, me enderecé sin querer separarme de él ni por un instante, pasando un brazo por detrás de su hombro atrayéndolo hacia mí hasta que pude enroscar mis piernas alrededor de su cintura y pasar mis manos por encima de sus hombros, quedando sentada sobre sus muslos. A cada movimiento, sentía un pequeño escalofrío agradable recorriéndome el cuerpo. Acaricié su espalda bajando por ella hasta llegar a una de las heridas que tenía y seguí su recorrido con la mano hasta notarla humedecida. No podía pensar con claridad. Subí la mano de nuevo, esta vez hasta su cuello para después morder su labio inferior hasta separarme unos centímetros de él, jadeando y completamente fuera de mí.
—Esto… Yo… —intentaba articular las palabras, pero me costaba demasiado. Fijé la vista en sus labios y volví a besarlo unos segundos hasta que cogí las fuerzas para separarme un momento de nuevo— Luego, tengo más preguntas que hacerte, bastantes para ser más concreta, ¿sabes? —pregunté mientras observaba y acariciaba sus pectorales— Pero, respondiendo a tu pregunta de antes; sí, me encantaría que la próxima vez compongas una canción para mí, gatito.
Tras decir aquello me acerqué a su cuello y lo recorrí con la lengua, estaba tan sedienta… Mordí con fuerza mientras lo sujetaba por los hombros. No sabía si dejaría marca, pero el delicioso sabor de su sangre inundó mi lengua y la disfruté como si fuese el último sorbo de agua en un viaje en pleno desierto. Me alejé un momento, relamiéndome los labios.
—Ahora serás mío. —declaré para después lanzarme encima de él con otro beso, intenso, pasional, húmedo y acompañado por el néctar rojo de su cuerpo.
Karmas
