11-06-2024, 07:25 PM
(Última modificación: 11-06-2024, 07:36 PM por Maeve Knox.)
OST DE LA ESCENA
¿Qué... qué demonios pasaba? Había completado la transformación a mi forma híbrida y mi intención había sido lanzarme contra ese hijo de puta tras las décimas de segundo que había tardado en desenrollar el látigo de mi cintura, ahora más suelto por mi nuevo tamaño de dos metros y medio, pero... No sucedió. Algo me había hecho regresar de nuevo a mi anterior posición, sentada sobre la silla. Tardé un par de segundos en darme cuenta de que estaba... ¿atada? Algo me retenía las patas a las de madera y el hecho de haber cambiado de tamaño no había afectado para que se soltasen por sí solas, incluso sin haberme dado cuenta de este nuevo obstáculo hasta el momento. ¿Qué cojones era aquello?
De inmediato, regresé a mi forma humana original, a ver si de ese modo las ataduras se aflojaban y podía llevar a cabo el ataque que se había dibujado en mi mente hacía apenas segundos, pero no surtió efecto. Ni siquiera quise mirar hacia abajo, pues aunque la acción de Eaa de lanzar la mesa por los aires me permitía una mejor vista, no quería perder ni un instante de lo que, a continuación, podría desenvolverse ante mis ojos. Un descuido podría resultar fatal.
No me había pasado desapercibido que la sangre de Peteiro ahora manchaba los dedos de la mano izquierda de Wolf, ni que había desenvainado su espada, ni que me miraba a los ojos con un peligroso destello.
¿Qué... qué demonios pasaba? Había completado la transformación a mi forma híbrida y mi intención había sido lanzarme contra ese hijo de puta tras las décimas de segundo que había tardado en desenrollar el látigo de mi cintura, ahora más suelto por mi nuevo tamaño de dos metros y medio, pero... No sucedió. Algo me había hecho regresar de nuevo a mi anterior posición, sentada sobre la silla. Tardé un par de segundos en darme cuenta de que estaba... ¿atada? Algo me retenía las patas a las de madera y el hecho de haber cambiado de tamaño no había afectado para que se soltasen por sí solas, incluso sin haberme dado cuenta de este nuevo obstáculo hasta el momento. ¿Qué cojones era aquello?
De inmediato, regresé a mi forma humana original, a ver si de ese modo las ataduras se aflojaban y podía llevar a cabo el ataque que se había dibujado en mi mente hacía apenas segundos, pero no surtió efecto. Ni siquiera quise mirar hacia abajo, pues aunque la acción de Eaa de lanzar la mesa por los aires me permitía una mejor vista, no quería perder ni un instante de lo que, a continuación, podría desenvolverse ante mis ojos. Un descuido podría resultar fatal.
No me había pasado desapercibido que la sangre de Peteiro ahora manchaba los dedos de la mano izquierda de Wolf, ni que había desenvainado su espada, ni que me miraba a los ojos con un peligroso destello.
Y atacó a Eaa. La espada golpeo el bello rostro de mi hermana de otros padres, derribándola.
Fui a gritar el nombre de la pelirroja, pero este quedó atascado en mi garganta. No quería que ese malnacido descubriese ni un solo atisbo de desesperación en mí, incluso cuando el golpe pareció hacer mucho daño a la semioni. Cerré las manos con fuerza, la derecha aún en torno al mango del látigo, que permanecía desenrollado desde justo antes de darme cuenta de la trampa.
Me quedé quieta, muy quieta, atenta a los movimientos del cazador, incluso cuando todo mi cuerpo me gritaba que me lanzara contra él, incluso con las piernas atadas a la silla, llevándome la silla conmigo si hacía falta. Pero ¿qué clase de ataque cabría esperar con aquel lastre si intentaba levantarme? Mientras aquella pregunta cruzaba mi intelecto alterado, Hunter comenzó a acercarse a mí.
Jugar sucio, dijo. Diría que casi sonreí por tal despliegue de cinismo, pero la realidad es que, en efecto, sonreí. Una sonrisa que rezumaba tinieblas.
—No esperaba menos de alguien como tú —siseé mientras se colocaba a mi espalda.
En mi interior acontecía una encarnizada batalla donde la sangre fría, de momento, iba ganándole la batalla al volcán desatado al haber contemplado la cabeza de Peteiro.
Wolf se apoyó en mis hombros con ambas manos. Mi reacción natural habría sido sentir repulsión por el contacto no deseado, mas lo que experimenté fue un escalofrío al imaginarme mi pico —ahora desaparecido— hundiéndose en las cuencas de sus ojos, sus globos oculares bajando por mi garganta. Me agarró por la barbilla. Sus dedos eran jodidamente suaves, adecuados a su pulcra apariencia. Lástima que fuese un desgraciado hijo de puta, pues en otra vida, en una donde no hubiese asesinado a mi amigo por ser un infausto cazador, le habría ofrecido unirse a nuestra tripulación. Un alma tan oscura como aquella no ha de desperdiciarse. Pero había elegido el camino equivocado. Y yo, con sus labios tan cerca de mi oído derecho, temblaba de furia ante sus palabras. O quizá por saber aquellos dientes tan afilados tan cerca de mí. Cerré los ojos al sentir sus dedos sobre mi rostro, manchándolo de la sangre de Peteiro desde las comisuras hasta las mejillas, dibujándome una sonrisa, como si quisiera acentuar la que hacía segundos mi rostro había vestido. Sin duda, debió de sentir el relieve de mi cicatriz en el lado izquierdo, pues seguía esa misma forma. Deslicé la lengua fuera de los labios, aún con los suyos rozándome la oreja, para recoger el sabor metálico de aquel que jamás nos había llegado a presentar a su fiel amigo Balban, como si así pudiera tenerlo más cerca, como si la esencia que quedaba de él me recordase que a la oscuridad se la combate con oscuridad.
Volvió a colocarse frente a mí. Verle lamer también la sangre, aunque en este caso de sus dedos, me agradó tanto como me enfureció, y me enfureció mucho. Cómo se atrevía a saborear a mi compañero, a mi amigo. Ese privilegio solo podía tenerlo YO.
Fui a responder su punzante pregunta acerca de Eaa cuando me dio la espalda y comenzó a dirigirse precisamente hacia ella. Desenvainó otra vez su espada. No podía dejar que volviese a golpear a Eaa, la pobre aún se estaba levantando de la tremenda hostia que le había propinado Wolf. Había sido rápida y, a diferencia de mí, se había logrado quitar sus ataduras. ¿Qué debía hacer yo? ¿Intentarlo y perder un valioso tiempo en el que él podría alcanzar a herir a Eaa de nuevo, o utilizar otro tipo de estrategia a costa de mi libertad? Eaa se puso en guardia, lanzándole una pulla a Hunter con referencia a mí. Fue entonces cuando decidí actuar.
A pesar de mi mente anegada por negros torbellinos, escuché al tal Rapax Gin hablar de justicia, como si su voz llegase desde un reino muy, muy lejano. No entendí nada más.
Justicia.
No podía levantarme sin hacer el ridículo, ni era capaz de mover las piernas, pero de mis brazos no se podía decir lo mismo.
Al igual que antes, mi mano derecha aún agarraba con fuerza el mango del látigo. Con un hábil movimiento, pues aquel arma funcionaba para mí como una extensión de mi propio cuerpo, lancé su longitud hacia Hunter con la mayor precisión que pude y conseguí enrollar el extremo en el cuello del tipo. Di un tirón seco hacia mí y lo derribé, haciendo que su cabeza golpease contra el suelo.
—¡HUNTER! —bramé, aún sujetando con fuerza el látigo—. ¿CÓMO TE ATREVES A DARME LA ESPALDA? ¡ESTÁS HABLANDO CONMIGO!
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