Fic [Entrenamiento] El Inexpugnable Palacio Dorado de Zarutsuki
#1
Día 39 de Invierno, Año 11.

Shandora, la ciudad dorada del cielo, se alzaba majestuosa y resplandeciente en lo alto de los cielos, como un espejismo dorado que parecía flotar entre nubes de algodón. Esta ciudad celestial, situada en las alturas etéreas, era el hogar de uno de los más temidos y respetados Señores de la Guerra del Mar, Zarutsuki. Con su armadura de oro reluciente y una presencia tan imponente como una montaña, el pirata vendido gobernaba la ciudad en la ausencia del legítimo regente, Yojimbo Lemarcus Cornell Yamamura 3ro. El nombre de este regente no era otro que el de un pirata que se había ganado cierto renombre en los mares.

Shandora no era solo la capital de Skypiea, sino también un símbolo de magnificencia y prosperidad celestial. Las islas de Skypiea eran un archipiélago flotante, rodeado de mares de nubes tan blancas y puras que parecían haber sido tejidas por los propios dioses. Desde la base de estos mares níveos, Shandora se elevaba imponente, como si desafiara las leyes de la física y la gravedad, flotando por encima de los océanos inferiores e invisible para ellos. Las selvas que adornaban la ciudad eran tan antiguas como misteriosas, con árboles que se alzaban hacia el cielo, más grandes que los que jamás había visto, a excepción del árbol de Ohara. Las plantas y criaturas que habitaban estas selvas eran tan enigmáticas como la ciudad misma, guardando secretos que solo aquellos con la valentía de explorar podrían descubrir.

En este edén celestial convivían los Skypieanos y los Lunarians, dos razas aladas que, aunque diferentes en apariencia y casta, compartían un hogar común. Los Skypieanos, con sus alas ligeras y su piel de tono claro, eran la clase media, los civiles de a pie. Los Lunarians, en cambio, eran una raza imponente conocida por su estatura y fuerza sobrehumanas, y por la profunda conexión que tenían con el fuego, los cuales eran considerados como nobles bajo el nombre de Mords. La vida en Shandora estaba regida por un sistema de castas, donde la jerarquía y la posición social determinaban el destino de cada individuo. Este sistema, aunque mantenía una aparente armonía y orden, también perpetuaba la práctica de la esclavitud, una sombra oscura sobre la brillantez de la ciudad dorada. Aquellos que no habían tenido tanta suerte, los Birkanianos, eran esclavos desde su nacimiento en aquellas tierras por lo demás celestiales. A primera vista, Shandora podía parecer un país más, con sus propias tradiciones, ecosistemas y una estructura social establecida. Las calles estaban llenas de vida, con establecimientos bulliciosos donde se intercambiaban bienes y servicios, y los habitantes se movían con una rutina que sugería normalidad y estabilidad. Sin embargo, debajo de esta fachada de normalidad, se ocultaban secretos oscuros y verdades inquietantes que solo unos pocos se atrevían a susurrar. La superficie de Shandora era solo una capa de una realidad mucho más compleja y perturbadora.

Mientras caminaba por las concurridas calles de Shandora, saboreando una brocheta picante que compré en uno de los numerosos puestos de comida, no podía evitar reflexionar sobre la verdadera naturaleza de aquella ciudad celestial. A mi alrededor, los habitantes parecían llevar una vida tranquila y pacífica, pero yo sabía que todo era una fachada. Bajo esa aparente normalidad, se ocultaba una verdad aterradora que rompía con las reglas y desafiaba la percepción de la realidad que se tenía de Skypiea. La tranquilidad que se veía en las caras de los residentes era solo una máscara para ocultar el miedo y la desesperación que sentían bajo la tiranía de Zarutsuki.

Continuaba mi paseo por la ciudad, con un atuendo casual conformado por unos pantalones apretados de color negro y una blusa corta etérea de color dorado y observé a los residentes que caminaban con paso ligero, interactuaban entre ellos y realizaban sus actividades diarias con una calma que podría haber engañado a cualquiera. Las tiendas estaban llenas de clientes, los niños jugaban en las plazas, y los ancianos conversaban tranquilamente en los bancos de los parques. Sin embargo, no podía sacudir la sensación de que todo esto era una elaborada farsa. Era imposible que los ciudadanos de Shandora estuvieran verdaderamente en paz, no conociendo la verdad de quién realmente gobernaba sobre ellos y las oscuras prácticas que mantenían el equilibrio su paraíso.

La verdad era que Shandora no estaba gobernada por un regente benevolente o un consejo de sabios, sino por Zarutsuki, el cual estaba segura de que era un pirata despiadado que había tomado el control en la ausencia del legítimo regente. Zarutsuki, con su séquito de piratas, apodados como Custodios y Primarcas gobernaba la ciudad con mano de hierro, imponiendo su voluntad sobre los habitantes con una crueldad que dejaba una marca indeleble en el espíritu de la gente. Los ciudadanos de Shandora no eran libres; vivían bajo la constante amenaza de la violencia y la represión. Fingían una normalidad que no existía para evitar las represalias del regente y sus hombres, viviendo en un estado de miedo constante que corroía la paz superficial de la ciudad.

Un vistazo rápido a su guardia personal, del que se autodenominaba “Emperador” de Shandora, era suficiente para entender que algo oscuro y siniestro se ocultaba en las entrañas de la ciudad. Estos guardias no eran simples soldados, sino guerreros entrenados que habían sido víctimas de terribles experimentos para otorgarles su aspecto y fuerza superior. Su presencia en el palacio era un recordatorio constante de que la verdadera paz y la libertad eran solo ilusiones. La guardia del Emperador guardaba las residencias temporales de todos los que llegamos del mar inferior con una vigilancia implacable, y seguro que cualquier signo de disidencia o rebeldía serían rápidamente sofocados con una violencia despiadada por su parte.

Nosotros, los Marines, habíamos sido autorizados a permanecer en la isla y explorar el reino de Shandora con ciertas limitaciones. Yo, había recibido el permiso de visitar el propio palacio, permiso que veía con una mezcla de recelo y curiosidad. Sabía que nuestra presencia no era del todo bienvenida, y que nuestros movimientos eran vigilados de cerca. Pero también sabía que esta era una oportunidad invaluable para investigar los oscuros secretos de la ciudad y recopilar información que pudiera ayudar a desenmascarar a Zarutsuki y sus cómplices.

El Palacio de Zarutsuki era el único lugar que se nos prohibía visitar a excepción de para recoger mi premio. Sabía que ese palacio albergaba más que simples habitaciones y salones; estaba convencida de que en sus profundidades se escondían secretos oscuros y terribles. Tal vez un laboratorio de experimentación donde se llevaban a cabo actos inhumanos, donde se realizaban mutaciones atroces en los habitantes de Shandora. La mera idea de lo que podía estar ocurriendo dentro de esas paredes doradas era suficiente para hacer que mi sangre hirviera. Sabía que debía descubrir la verdad, aunque significara arriesgar mi propia vida.

A pesar de las restricciones, había tenido la oportunidad de visitar el palacio días atrás, cuando me invitaron a una audiencia con Zarutsuki para recoger mi premio. Sin embargo, mi acceso fue estrictamente limitado; solo me permitieron ver la entrada y la sala del trono, una vasta cámara decorada con la opulencia del oro. Los pasillos y salas que se extendían más allá de la sala del trono me estaban vedados, pero sabía que dentro de esos pasillos y habitaciones se ocultaban secretos que debían ser desvelados. Estaba decidida a utilizar mis habilidades de investigación para infiltrarme y descubrir la verdad sobre lo que ocurría en el interior del palacio.

Además, sabía que si lograba recopilar pruebas suficientes de los crímenes cometidos por Zarutsuki contra los habitantes de Shandora, podría presentar un informe detallado a mis superiores en la Marina. Con un informe contundente, tal vez podría convencer a las autoridades de que lo despojaran de su título de Shichibukai, un título que le confería impunidad ante la ley y le permitía actuar sin restricciones. Esto no solo ayudaría a liberar a Shandora de su opresivo dominio, sino que también podría sentar un precedente para así acabar con aquella vergüenza para la justicia que era reconocer a los Shichibukais.

Con esta determinación y con ansias por descubrir más, comencé a recorrer las calles de Shandora en busca de una entrada secreta, una ventana abierta, cualquier cosa que pudiera proporcionarme acceso al interior del palacio. Sabía que la tarea no sería fácil, pero estaba decidida a encontrar una forma de entrar y descubrir la verdad. La búsqueda fue larga y ardua, pero finalmente, después de horas de exploración y paciencia, llegué a mi destino. Frente a mí se alzaba una puerta de doble hoja, alta e imponente, decorada con intrincados relieves dorados que brillaban a la luz de las lámparas que iluminaban la entrada. Sorprendentemente, no había ningún guardia a la vista. Esto me hizo sospechar, pero no podía dejar pasar la oportunidad. Utilizando todos mis sentidos, escudriñé los alrededores para asegurarme de que no había nadie cerca. Una vez que estuve segura de que el área estaba despejada, me acerqué a la puerta y, con sumo cuidado, comencé a abrirla. Para mi sorpresa, la puerta se abrió con una facilidad que casi me desconcertó, como si me estuviera invitando a entrar en sus secretos oscuros.

Mientras empujaba la puerta, no pude evitar sentir que esta se abría con una suavidad casi sobrenatural, como si una fuerza invisible me estuviera ayudando a entrar. Mi mente, siempre racional, desestimó esta idea rápidamente, atribuyendo la facilidad a la fuerza que había ganado a lo largo de mis años de entrenamiento. Mi cuerpo era una máquina perfecta, forjada a través de la disciplina y el esfuerzo, y ahora estaba utilizando todas mis habilidades para penetrar en el corazón de los secretos de Shandora. Cuando la puerta se abrió por completo, me encontré en una sala deslumbrante, completamente hecha de oro. Las paredes brillaban con un resplandor cálido, reflejando la luz de las lámparas y creando un ambiente que era tanto opulento como intimidante. En el centro de la sala, había una zona ajardinada, con una fuente de agua que brotaba suavemente, llenando el aire con el sonido relajante del agua en movimiento. La belleza de la escena era tal que por un momento casi olvidé el peligro que acechaba en cada esquina.

El sonido del agua brotando desde la fuente era la única perturbación en el silencio absoluto que reinaba en la sala. Sin embargo, mi aguda percepción auditiva aún podía captar los ecos distantes de las voces y los ruidos de las calles exteriores. Este contraste entre la tranquilidad del interior y la vida bulliciosa del exterior me recordó que estaba en un lugar que, aunque aparentemente pacífico, ocultaba secretos oscuros y peligrosos.

Permanecí en la entrada durante unos segundos, en alerta máxima, escuchando y observando cualquier indicio de peligro. Aunque no vi ni escuché a nadie, no podía permitirme bajar la guardia. La cautela era mi mejor aliada en ese momento, especialmente cuando estaba invadiendo el palacio de un Shichibukai, uno de los lugares más peligrosos que podía imaginar. Después de asegurarme de que no había ningún signo de amenaza inmediata, esperé unos segundos más, sabiendo que la paciencia y la vigilancia podían ser la diferencia entre el éxito y el desastre.

Una vez que estuve convencida de que el área era segura, comencé a moverme con sigilo, manteniéndome cerca de las paredes y utilizando los pilares como cobertura. Cada paso era calculado y silencioso, cada movimiento cuidadosamente planeado para minimizar el ruido y evitar ser detectada. Sabía que cualquier error podía ser fatal. A medida que avanzaba, pasé frente a una de las muchas habitaciones que bordeaban la sala, y fue en ese momento cuando me descubrieron al abrirse una de las puertas frente a las que pasé.

Reaccioné con la rapidez y naturalidad de una actriz consumada, como lo era yo, colocando una mano delante de mí, inclinándome ligeramente y frotando los dedos como si estuviera buscando algo. Sabía que debía improvisar rápidamente para evitar levantar sospechas y encontrar una excusa plausible para mi presencia en un lugar tan prohibido.

—Joseba… Gatito chiquito, ¿dónde estás? —dije intentando evitar la mirada que sentía desde la puerta, fingiendo no haberme dado cuenta de su presencia.

Adopté un tono de voz suave y utilizando una excusa que, aunque frágil, podría ser suficiente para evitar que me interrogaran más a fondo. La mirada que sentía clavada en mi nuca era intensa y penetrante, y el vello de mi cuello se erizó ante la sensación de ser observada tan de cerca. Miré de reojo con discreción, esperando encontrar a uno de los temidos primarcas, pero para mi alivio, no era uno de ellos. En su lugar, era un Lunarian, un guardia que, aunque imponente, no tenía el mismo nivel de amenaza que un primarca.

El Lunarian era alto y robusto, como la mayoría de su raza. Sus manos estaban cubiertas con guantes blancos y sostenía un estoque de tamaño considerable, que para una humana como yo parecía enorme. Estaba vestido con ropas verdes, y me miraba con una expresión de desconfianza a través de unos anteojos redondeados que le daban un aire intelectual, pero su expresión no era nada amistosa.

Su frente estaba arrugada en una expresión de desagrado, y su mirada fija en mí transmitía una mezcla de desconfianza y sospecha. Supuse que debía estar montando guardia en el palacio y que mi presencia inesperada lo había tomado por sorpresa. El estoque que llevaba probablemente era parte de su equipo estándar de guardia, listo para cualquier eventualidad.

—Oh. —dije con un hilo de voz actuando con inocencia, incorporándome lentamente y girando para enfrentarme al Lunarian. Con un tono de voz tranquilo y un ligero toque de nerviosismo— Perdone, ¿no habrá visto usted a un gatito negro por aquí? Es la mascota de mi compañera y parece que ha decidido salir sin permiso. Tiene la manía de colarse en sitios que no debe. Shshshs. —reí tapándome la boca y sonriendo…

Reí nerviosamente y tapé mi boca con una mano, intentando aparentar que no sabía que estaba en un lugar prohibido y esperando que mi actuación fuera lo suficientemente convincente para evitar problemas.

El Lunarian me observó en silencio, con una mirada que parecía atravesarme y ver algo más allá de mi persona. La sensación era inquietante, y a pesar del calor que sentía, un escalofrío recorrió mi espalda. Su silencio prolongado aumentaba mi nerviosismo, y la sensación de estar siendo evaluada era cada vez más intensa.

—¿Disculpe? —pregunté un poco desconcertada por su silencio— ¿Lo ha visto o…?

La prolongada pausa de silencio me desconcertó, y le pregunté de nuevo, intentando romper la tensión y obtener alguna respuesta que pudiera aclarar la situación. Mi voz traicionaba un ligero toque de desconcierto, pero mantenía la esperanza de que mi excusa aún pudiera ser efectiva.

—No hace falta que finjas, aquí no hay ningún gato. —interrumpió el lunarian.

Para mi sorpresa, el Lunarian cortó mis palabras con una voz firme y segura, diciendo que no había necesidad de fingir, ya que no había ningún gato en el lugar. Su tono no dejaba lugar a dudas; sabía que estaba mintiendo y no parecía dispuesto a tolerar más engaños.

La sorpresa me dejó momentáneamente sin palabras. ¿Cómo sabía este guardia que no había ningún gato? Estaba preparada para continuar con mi farsa, pero su siguiente declaración me interrumpió.

—No sé qué es lo que intentas desde que has entrado aquí, pero este Dojo está reservado para aquellos que quieran entrenar. Si eso es todo, márchate ahora mismo, mujer. —dijo de forma abrupta y autoritaria, dándome la espalda.

La mención de un dojo me desconcertó. ¿Qué clase de entrenamientos se llevaban a cabo en el palacio de Zarutsuki? ¿Estaba este guardia intentando engañarme o distraerme de algo más importante? La excusa del gato claramente no había funcionado, pero tal vez podría encontrar otra manera de averiguar más sobre lo que realmente estaba ocurriendo en este lugar, y el lunarian acababa de darme una excusa perfecta.

—Lo lamento, espero que no le haya molestado. Lo cierto, es que he venido precisamente a entrenar, pero siendo una extraña en estas tierras no sabía si tendría el permiso para ello y utilicé esa excusa para acercarme, ¿sabe? —improvisé, intentando evitar que me echasen a toda costa. Debía averiguar qué era lo que tramaban ahí a como de lugar. Lo miré decididamente apretando un puño frente al pecho— ¿Sería posible unirme a los entrenamientos?

Decidí cambiar de táctica rápidamente con la esperanza de que esto me permitiera quedarme y descubrir más sobre lo que estaba sucediendo en el palacio.

El Lunarian permaneció inmóvil durante unos momentos que parecieron eternos, moviendo ligeramente la cabeza para mirarme de nuevo. Su mirada tenía una calidad extraña, como si no estuviera mirándome a mí, sino a través de mí, a algo que no podía ver. Finalmente, se giró de nuevo, guardando su estoque en la funda y cruzando los brazos frente a su pecho, como si estuviera considerando mi petición.

—Eres una mujer muy extraña, humana. —dijo haciendo hincapié en la palabra humana, como si fuese algo despectivo— Pero tienes una presencia poderosa, puedo verlo en ti. Si de verdad deseas entrenar, sígueme. Pero recuerda, cualquier movimiento sospechoso y no dudaré en expulsarte por la fuerza. —dijo con un tono de advertencia, caminando hacia el interior del dojo.

Para mi sorpresa, el Lunarian accedió a dejarme quedarme, pero con una clara advertencia. Su tono era severo y no dejaba lugar a la discusión. Asentí y lo seguí, sabiendo que esta era mi oportunidad de descubrir más sobre los oscuros secretos que el palacio de Zarutsuki ocultaba.

Mientras lo seguía por los pasillos dorados, mantuve mi mente alerta y todos mis sentidos agudizados. Sabía que estaba en territorio enemigo y que cualquier error podría costarme caro. Sin embargo, también sabía que estaba un paso más cerca de desentrañar los oscuros secretos que Zarutsuki y su palacio dorado ocultaban, y que cada paso que daba me acercaba más a la verdad que buscaba.

Recorrimos una serie de largos pasillos, a través de los cuales logré escuchar las respiraciones jadeantes de múltiples personas. Podrían confundirse como exhalaciones fruto del esfuerzo de personas entrenando, pero a mí me parecía que eran de sufrimiento debido a las crueles torturas que los sometían en el lugar. Probablemente, otra persona se hubiese visto disuadida de continuar adelante mucho antes, pero yo no era una persona cualquiera. Era una recién ascendida a Capitana de la Marina, una joven promesa que pronto su nombre sería reconocido en todas las islas de todos los mares. Una erudita consumada que gozaba de un cuerpo perfecto que la mejor de las genéticas le había otorgado. Lo tenía todo en el mundo: una belleza sin parangón, unos músculos tonificados y entrenados con esmero y una mente aguda capaz de desvelar los misterios más ocultos del mundo que me rodeaban. No tenía nada que temer, así que, con una confianza absoluta en mis capacidades, acompañé al Lunarian hasta una habitación completamente vacía a excepción de un muñeco de trapo del tamaño de un Lunarian, sujeto al suelo por unos contenedores que debían estar repletos de arena o rocas para fijarlo al suelo impidiendo que se desplazase del lugar. Bajo el umbral de la puerta, el hombre se detuvo, cruzado de brazos e hizo un gesto con la cabeza indicándome que entrase mientras él se quedaba en el lugar.

—Si es cierto lo qe dices y has venido a entrenar, espero que puedas demostrar que vales la pena. —dijo recolocándose los anteojos— Veo que tienes un cuerpo trabajado, pero tu apariencia no es la de un guerrero propiamente dicho. Vamos, no me hagas perder el tiempo.

Mientras caminaba, pasé lentamente por delante de él, cada paso pesado con la intensidad del momento. Sentía la presión y el calor del aire alrededor, hasta que finalmente me encontré frente al pelele. Estar tan cerca me hizo tomar una respiración profunda, cerrando los ojos por unos instantes para calmarme y enfocar mi mente. No estaba completamente segura de que mostrar mis mejores habilidades fuese lo más adecuado en esta situación específica, pero la posibilidad de impresionar y asegurar mi lugar era demasiado tentadora como para no intentarlo. Debía hacer todo lo posible para destacar de alguna manera.

Me coloqué en posición de combate, posicionando mi pierna izquierda adelante, con el pie apuntando directamente hacia las doce en una línea perfectamente alineada en el tatami. Luego, giré mis caderas hacia la derecha, orientándolas hacia las tres en punto, con la pierna derecha retrasada, colocada en la segunda línea, y el pie derecho apuntando a la una y media. Flexioné ligeramente la rodilla derecha, transfiriendo la mayor parte de mi peso hacia esa pierna, mientras la pierna izquierda se mantenía extendida y firme, asegurando una base sólida y estable.

La postura que había adoptado era una de las más comunes y efectivas en diversas disciplinas marciales, proporcionando una estabilidad excepcional al maximizar la fricción con el suelo para evitar ser derribada. No solo ofrecía una sólida defensa, sino que también facilitaba una potente ofensiva. Esta postura no solo me brindaba una ventaja mecánica, sino que también tenía una razón estratégica más profunda. Manteniendo mi espalda recta y el torso orientado hacia la derecha, coloqué mi puño derecho a la altura de la cadera, con la palma hacia el techo, apenas unos centímetros por encima del hueso de la cadera. Frente a mí, alineado con mi pierna izquierda adelantada, extendí el brazo izquierdo. Mi húmero quedó paralelo al suelo y el antebrazo en posición vertical, con el puño cerrado y la palma girada hacia mi rostro, que miraba fijamente hacia adelante.

Asegurándome de que mi postura era perfecta en todos los aspectos, inspiré profundamente por la nariz, llenando mis pulmones de aire fresco y manteniéndolo durante un par de segundos. Mis ojos se clavaron en el tórax del muñeco, el punto exacto que había identificado como el objetivo de mi ataque. Con todo preparado, lancé el ataque. Mi puño derecho comenzó su trayecto hacia el objetivo, girando en sentido contrario a las agujas del reloj mientras avanzaba. Aproveché no solo la estabilidad de mi posición para darle fuerza y velocidad a mi golpe, sino que también giré mis caderas y el torso, acompañando y amplificando el movimiento del puño. Finalmente, exhalé por la boca al tiempo que ejecutaba el golpe, maximizando así la potencia del impacto. Esta era la forma ideal de lanzar un golpe devastador, utilizando cada músculo del cuerpo, desde los dedos de los pies hasta la mano, aprovechando la fuerza de rotación de cada hueso y articulación para liberar la máxima energía del cuerpo en un estallido de velocidad y potencia, generando un efecto devastador en un instante.

El golpe impactó en el blanco con una fuerza tal que el sonido parecía desgarrar el espacio a su alrededor, reverberando en las paredes de la sala. La capa de polvo que cubría el suelo se levantó en un instante, arrastrada por la fuerte corriente de aire que mi ataque generó, lanzando mi largo cabello hacia atrás, al igual que el del Lunarian, quien tuvo que sostener sus gafas para que no fuesen arrebatadas por el viento que se formó. Sin duda, el que salió peor parado fue el muñeco, que salió disparado hacia la pared como si fuese una simple hoja arrojada con fuerza por un vendaval. Los compartimentos que se encontraban bajo él, destinados a impedir que el muñeco se moviera, también salieron volando, chocando violentamente contra el muro de la sala y esparciendo arena por toda la estancia cuando impactaron con fuerza.

Volví a una posición de descanso, levantando el antebrazo para proteger mis ojos y cerrándolos para evitar que las partículas de polvo en el aire entraran en ellos. A pesar de mis precauciones, no pude evitar que algo de polvo se filtrara en mis pulmones, provocando una tos seca en un intento de despejar mis vías respiratorias. Pasaron varios segundos antes de que la nube de polvo y arena que envolvía la estancia comenzara a asentarse nuevamente en el suelo, permitiéndome finalmente dirigir la mirada hacia el Lunarian. Su expresión de sorpresa, con los ojos abiertos de par en par y sosteniendo aún sus gafas con la mano derecha, me arrancó una sonrisa de autosatisfacción. “Seguro que no esperaba que alguien como yo, con una apariencia tan delicada, poseyera una fuerza tan formidable. La gente haría bien en no subestimarme, aunque siempre puedo usar eso a mi favor,” pensé con una pizca de ironía.

El Lunarian seguía mirando fijamente la pared donde el desafortunado muñeco había impactado, y al dirigir la vista en esa dirección, me sorprendí incluso yo misma al ver que la pared estaba fracturada alrededor de la silueta del Lunarian que había dejado el impacto, desprendiendo incluso algunos fragmentos dorados. Los fragmentos de oro caían lentamente, añadiendo un resplandor casi surrealista a la escena de destrucción. Me quedé mirándolos, absorta por un momento, antes de volver a la realidad de la situación.

—Lo... lo siento mucho. —dije con voz entrecortada, aún sorprendida por la magnitud de mi fuerza y los daños que había causado. Intenté encontrar las palabras adecuadas para disculparme por el destrozo, pero mi mente seguía procesando el impacto de mi golpe.

El Lunarian, visiblemente impactado, recuperó la compostura tras unos segundos de silencio. Carraspeó ligeramente y cruzó los brazos de nuevo, su postura ahora más firme y autoritaria.

—No, soy yo quien debe disculparse, joven. —respondió, ahora mirando directamente hacia mí con una mezcla de respeto y asombro— Debería haber previsto que algo así podía suceder. Tus músculos… —dijo, echando un vistazo a mi cuerpo con una expresión pensativa— Ejem. A pesar de ser una humana con rasgos delicados, se puede ver claramente cómo has trabajado para sacarles el máximo provecho. Además, he observado en detalle cómo ejecutaste el golpe. Es un claro ejemplo de una posición perfeccionada a lo largo del tiempo, desprovista de cualquier movimiento innecesario para aprovechar al máximo la eficiencia. Además de eso, el color de tu aura… Sí… —asintió, llevándose una mano al mentón en un gesto pensativo, y luego extendiéndola hacia adelante— Mi nombre es Kaelith, y soy el dueño de este dojo. Has superado la prueba con creces, así que si deseas aprender más, aceptaré entrenarte. Pero te advierto, no toleraré ni la más mínima falta de respeto. Si aceptas mis condiciones, deberás llamarme Maestro, como lo hacen todos los demás alumnos.

Me acerqué a él suavemente, sintiendo el ritmo de mi respiración coincidir con el leve susurro del viento que pasaba a través del dojo. Sujetaba una goma de pelo entre mis labios, con el propósito de hacerme un moño que me ayudara a concentrarme y estar preparada. Si esto era lo que debía hacer para acercarme más a la verdad y conseguir la información que buscaba, entonces estaba dispuesta a hacerlo sin dudar. Hacerme con esos conocimientos podría ser clave en mis objetivos, y no pensaba dejar pasar la oportunidad.

—Mi nombre es Ikirami Kuroichi, la más hermosa Capitana de la Marina, ¿sabe? —dije, extendiendo mi mano con firmeza y respeto para estrechar la suya— Acepto con gusto sus condiciones, Maestro.

Apenas nuestras manos se encontraron en un apretón formal, me pareció captar el leve atisbo de una sonrisa en sus labios. Fue tan fugaz y sutil que apenas pude estar segura de haberlo visto, pero la percepción de su aprobación fue innegable.

—De la Marina. —repitió como si esas palabras le hubiesen perturbado— Bueno, no soy quién para juzgar. Si te han permitido estar en Skypiea, no es algo de mi incumbencia. Dime entonces, joven, supongo que no has venido solo a entrenar físicamente. Esta sala demuestra que ya tienes un vasto conocimiento en las artes marciales. Entonces, ¿qué clase de Haki has venido a aprender? —preguntó, dándome la espalda mientras comenzaba a caminar por un pasillo largo y sombreado, a lo que le seguí manteniendo la mirada fija en él y observando con curiosidad nuestros alrededores.

—¿Haki? —pregunté con genuina confusión, sin tener idea de lo que estaba hablando— Lo siento, maestro, pero no conozco esa palabra.

—Hmmm… —musitó mientras avanzábamos, aquel pasillo bordeaba un amplio patio interior lleno de vegetación exótica, pero pronto nos desviamos a la derecha en un cruce, entrando en una nueva sección del dojo— Me sorprende que hayas venido a mi dojo sin siquiera tener una noción básica de lo que es. Para no extenderme demasiado, el Haki, conocido también como “Ambición”, es una fuerza que todos los seres vivos albergan en su interior. Con el entrenamiento adecuado, la mayoría de las personas pueden aprender dos tipos. Estos son el Kenbunshoku Haki, el color de la ambición de observación, y el Busoshoku Haki, el color de la ambición de armamento. —terminó echándome un vistazo de reojo.

Escuché atentamente la información que me estaba proporcionando. Jamás había oído hablar de algo parecido, pero la posibilidad de que esto tuviera relación con los extraños sucesos que había presenciado recientemente me dejó intrigada. La mención del Haki como una fuerza poderosa resonaba en mi mente, conectando con los eventos del torneo donde las cosas tomaron un giro inesperado. Sentí la tentación de preguntar más sobre ello, pero decidí que sería más prudente mantenerme cauta por el momento y observar.

—Y esos dos tipos que mencionas, ¿podrías enseñármelos? —pregunté mientras doblábamos una esquina, con un interés creciente en descubrir más sobre estas habilidades y cómo podría utilizarlas para fortalecerme.

—Mmm… No sé cuánto tiempo tengas, marine. No es algo que se pueda enseñar con rapidez, en la mayoría de los casos. Y aunque no es de mi incumbencia, no tengo idea de cuánto tiempo te permiten estar en esta isla. No es común ver a alguien de la Marina en estos lugares. Aunque… —dijo, girando su rostro para observarme de nuevo con una mirada que parecía penetrar más allá de mi exterior— Tal vez seas capaz de aprenderlo rápidamente, al menos uno de ellos. No voy a subestimar de nuevo tus capacidades, joven. —terminó con lo que parecía ser una leve sonrisa, una expresión que comenzaba a mostrar su respeto por mis habilidades.

—Hábleme más sobre ellos, maestro. Estoy segura de que mis sobresalientes capacidades para aprender le sorprenderán, así que dudo que el tiempo sea un problema, ¿sabe? —añadí, ansiosa por descubrir más y demostrar que era capaz de absorber esos conocimientos rápidamente.

Mientras avanzábamos, llegamos finalmente a una sala, esta vez mucho más amplia que las anteriores. La habitación tenía cerca de 30 metros de largo y unos 20 metros de ancho. Las paredes doradas brillaban bajo la luz tenue, reforzadas por poderosas vigas que se extendían hasta un techo más elevado que en el resto del complejo. Era una estructura impresionante, diseñada para resistir la fuerza y el rigor de los entrenamientos más intensos. Me resultaba extraño, no recordaba haber visto desde el exterior ninguna estructura similar cerca del palacio. Tal vez nos habíamos alejado por algún pasillo lateral que escapó a mi vista la primera vez que vine aquí.

Fuera como fuese, la curiosidad por lo que decía Kaelith seguía creciendo dentro de mí. A pesar de su vínculo con Zarutsuki, sentía una especie de simpatía por él. Se mostraba como un hombre estricto pero justo, y tras mi demostración de fuerza parecía más dispuesto y amable conmigo. Quizás sentía una cierta atracción por mi físico, pero, lamentablemente para él, aunque era un hombre apuesto, no estaba a la altura de una diosa como yo. Sin embargo, eso no impedía que me sintiera interesada en lo que tenía que enseñarme.

Kaelith se dirigió hasta uno de los extremos de la sala, frente a lo que parecía un pequeño altar hundido en la pared, adornado con escritos colgando en sus bordes en un lenguaje desconocido para mí. Con un gesto elegante de su mano, me invitó a sentarme frente a él, y así lo hice, acomodándome sobre los talones con las manos extendidas sobre mis muslos. La sala estaba impregnada de una atmósfera solemne y antigua, como si fuese un espacio sagrado reservado para los momentos más importantes del entrenamiento y la meditación.

—Te hablaré primero del Kenbunshoku Haki, el color de la ambición de observación. —dijo Kaelith, comenzando su explicación— Esta habilidad te permite sentir la presencia, las emociones e incluso las intenciones de otras personas. Con suficiente entrenamiento, puedes prever los movimientos de tus oponentes, lo que te da una ventaja significativa en el combate. Es una habilidad que requiere una mente clara y un espíritu perceptivo. He notado tu presencia desde mucho antes de que entrases en mis dominios.

Mientras hablaba, sus palabras resonaban en la amplia sala, creando un eco suave que se mezclaba con el sonido del viento afuera. Era como si cada palabra tuviera un peso particular, una relevancia que iba más allá de la simple enseñanza.

—Tú, particularmente, tienes un aura extraña. Tu voz es débil y a la vez poderosa, un caos errático francamente desconcertante. —cerró los ojos unos instantes.

Sin decir nada más al respecto, continuó hablando del Busoshoku Haki, describiéndolo como una forma de revestir tu cuerpo o tus armas con una especie de armadura invisible, otorgándoles una fuerza y resistencia extraordinarias. Esta habilidad, explicó, es esencial para enfrentarse a enemigos poderosos y para superar los límites físicos que de otro modo serían insuperables.

—Con el Busoshoku Haki, puedes aumentar significativamente tu poder ofensivo y defensivo. —dijo, levantando una mano y cerrando el puño con una fuerza controlada— Es una manifestación de tu voluntad y tu espíritu de lucha, capaz de contrarrestar incluso las habilidades más formidables de tus enemigos, como lo son las de las Akuma no mi tipo Logia. Con un buen uso del Busoshoku, tus golpes les dañarían como a cualquier otra persona.

Cada palabra me absorbía más en el misterio y la promesa de estas habilidades. Me imaginaba cómo podría aplicar estos conocimientos en mi propia búsqueda, cómo podría utilizar el Kenbunshoku Haki para anticipar los movimientos de mis adversarios y el Busoshoku Haki para enfrentar enemigos formidables. Me sentía más motivada que nunca para aprender, para absorber cada detalle que Kaelith estuviese dispuesto a compartir. Pero lo que más me llamó la atención, fue la mención a las frutas Logia. ¿Cómo era posible que en tantos años nunca hubiese leído mención alguna de algo como eso? Un poder capaz de dañar lo que de otra forma sería intangible. Pese a que en primera instancia me había decantado por aprender en primera instancia el Kenbunshoku, esto último inclinaba la balanza por completo hacia el otro lado.

—Maestro, ¿cómo es posible eso? —pregunté, levantando la mano y extendiendo los dedos uno por uno para subrayar cada punto que mencionaba— He leído decenas, sino cientos de libros sobre las frutas del diablo. Conozco cada una de ellas, sus facultades, debilidades y fortalezas. Y jamás, en todos los años de experiencia en el campo, había escuchado algo como eso. Los usuarios de tipo Logia son intangibles para nada físico, ¿sabe?

Kaelith, con su porte imponente, elevó el mentón y torció ligeramente la cabeza para mirarme desde arriba, ampliando su postura que ya de por sí irradiaba autoridad y sabiduría. En lugar de una mueca de desagrado que su actitud podría haber sugerido, su expresión reflejaba sorpresa y un destello de interés genuino.

—Pues estás equivocada. —dijo cruzando los brazos y soltando un resoplido que parecía mezclarse con una sensación de satisfacción— Pero me sorprende gratamente escuchar que no solo entrenas tu cuerpo, joven. Es una de las bases fundamentales de la disciplina que imparto, trabajar la mente al igual que el cuerpo.

—Concuerdo con su filosofía, maestro. Llevo toda la vida aplicándola, ¿sabe? —respondí con una ligera sonrisa, que era tanto una señal de respeto como una demostración de mi compromiso con esta visión.

Sí, parecía que Kaelith y yo nos llevaríamos bien. Lo cual, por cierto, me era enormemente beneficioso. Si lograba ganarme su aprobación, tal vez podría descubrir más de lo que realmente había venido a investigar. Sin embargo, mi curiosidad por el Haki crecía con cada momento que pasaba, ocupando cada vez más espacio en mis pensamientos y relegando a un segundo plano el objetivo principal que me había traído aquí.

—Aun así, todavía eres joven e inexperta. —añadió con un tono que parecía querer equilibrar sus palabras de reconocimiento con una dosis de humildad— No todo lo que sucede a nuestro alrededor, ni todo lo que existe, está plasmado en los libros, o si lo está, no todos ellos son de fácil acceso. He ahí la fuerza de la que te hablo, la “Ambición”. Desconozco por completo tu carrera y tus objetivos personales, pero si planeas navegar por los mares, encontrarás muchas situaciones en las que lo que veas desafíe la lógica y los pilares de lo que creías que era verdad. El Grand Line en sí mismo es un gran misterio, y estoy convencido de que si visitas el Nuevo Mundo, encontrarás cosas que de otro modo habrías creído imposibles.

Asentí con la cabeza en señal de aceptación y respeto, aunque sentí una ligera herida en mi orgullo al escuchar que me consideraba inexperta. Ser joven no era un defecto, sino una ventaja, pero ser inexperta... eso era un desafío a superar.

—Bien, entonces, ¿qué te parece si comenzamos con el Busoshoku? —ofreció el Lunarian, levantándose de su posición.

Asentí de nuevo y me levanté al mismo tiempo que él, siguiéndolo hasta el centro de la espaciosa estancia. La amplitud del lugar ofrecía un escenario perfecto para el entrenamiento que estaba por comenzar.

—Golpea. —ordenó con una autoridad que no dejaba lugar a la duda, sin más instrucción que esa simple palabra.

Me preparé para lanzar un golpe, posicionándome de la misma manera en que lo había hecho durante la prueba anterior, que había tenido lugar aproximadamente una hora antes. Habíamos pasado un largo rato conversando sobre el Haki, y me sentía ansiosa por poner en práctica lo que había aprendido. Lancé el golpe al aire, desplegando una fuerza que generó un remolino de aire, agitando mi cabello de nuevo. Mantuve mi posición, esperando más instrucciones, pero ninguna llegó.

—¿Maestro? —pregunté, todavía con el brazo extendido y la energía del golpe resonando en mi cuerpo.

—Repite. —dijo, con una firmeza que sugería que la repetición era clave, sin ofrecer ninguna aclaración adicional.

Repetí la acción, una, dos, y hasta diez veces, cada vez con más fuerza y precisión, recibiendo la misma respuesta de Kaelith hasta que finalmente volvió a dirigirse a mí.

—Repite el ejercicio las veces que sea necesario. Tienes toda la información que necesitas. —dijo mientras se dirigía hacia la puerta por la que habíamos entrado— Tengo más pupilos y no puedo quedarme aquí contigo todo el día.

Volví a una posición relajada mientras se alejaba, con una mezcla de frustración y determinación. ¿Eso era todo? ¿No iba a darme ninguna otra instrucción? La simplicidad de su método me desconcertaba, pero también me hacía cuestionar la profundidad del conocimiento que aún no había alcanzado.

—Pero... —comencé a decir, buscando más orientación, antes de ser interrumpida.

—Si no me equivoco contigo, serás capaz de conseguirlo. Tal vez te tome algunos días o semanas. —dijo, deteniéndose una vez frente a la puerta— Mientras tanto, tienes mi permiso para utilizar esta sala.

Salió de la sala dejándome completamente sola. Pero aun desde ahí, gracias a mis agudos sentidos auditivos, pude escuchar cómo se alejaba, murmurando para sí mismo. 

Reflexioné sobre sus palabras mientras me quedaba sola en la sala. Era evidente que Kaelith había reconocido mi fuerza y potencial, y claramente veía en mí una amenaza o una oportunidad, dependiendo de la perspectiva. La posibilidad de dominar el Haki y otras habilidades parecía ahora no solo una meta, sino una necesidad urgente para mi objetivo final, acabar con todos los piratas.

El dojo, en su silencio solemne, parecía el lugar perfecto para enfrascarme en el entrenamiento de una habilidad de aquella categoría, como lo era el Haki. Me encontraba en un punto de inflexión, consciente de que el conocimiento que adquiriera aquí podría ser crucial para mis próximas batallas. La información que me había revelado Kaelith había despertado en mí una nueva meta que cruzar y pensaba esforzarme al máximo para llegar a ella.

Con una última mirada a la puerta por la que Kaelith había salido, me dispuse a repetir el ejercicio una vez más, comprometida a perfeccionarlo y a descubrir hasta dónde podía llegar con mi potencial latente. Pasé varias horas repitiendo el ejercicio, hasta estar tan sudada que me pareció inapropiada la blusa que llevaba. Me desvestí, quedando únicamente en ropa interior para ser capaz de moverme mejor y evadir el calor que sentía desde hacía rato. Por una de las ventanas podía apreciar como el sol comenzaba a descender, indicando que ya era alguna hora pasada el mediodía. Probé a cambiar el enfoque, en lugar de centrándome en el golpe, poniendo más cuidado en la posición de mi cuerpo. ¿Tal vez existía alguna llave que desbloquease aquella habilidad? Como una especie de gesto, como juntar las manos, o entrecruzar los dedos de una manera concreta que liberase el poder latente que residía en mí. Intenté varias cosas, pero no parecía ser la clave. Además, si fuese algo tan sencillo como eso, seguramente me lo habría indicado. ¿O acaso pretendía dejarme ahí durante horas mientras él se mofaba? ¿Me estaba entreteniendo mientras elaboraba un plan para acabar conmigo? Según sus palabras, no parecía guardar ninguna relación directa con Zarutstuki, casi parecía como si aquello fuese realmente un dojo. No sabía que creer, pero lo que me había explicado era demasiado preciso y lógico como para tratarse de una mentira. Además, todavía me rondaba en la cabeza el porqué había mencionado el suceso en los juegos.

Me desplomé en el suelo, estirando las piernas rectas y entrecruzándolas, echándome hacia atrás y apoyándome con las manos en el suelo.

—¿Por qué una mujer tan bella como yo debe sudar? —pensé en voz alta echando la vista al techo dorado.

Debería estar prohibido para un ser tan bello y hermoso como yo el sudar o hacer actos impropios y espontáneos con su cuerpo. Estuve unos minutos sentada, recuperándome del ejercicio pensando en ello. Finalmente, decidí continuar. No iba a darme por vencida con aquello. Cuando me proponía algo, lo cumplía. Igual que me había propuesto capturar, si no matar, a Garnet mientras estuviese en Skypiea. Así pues, me levanté de un salto y continué con el entrenamiento.

“Busoshoku Haki. El color de la ambición de armadura… “ pensaba mientras lanzaba un ataque tras otro contra el aire. “Ambición…”

Tal vez esa palabra era la clave de la cuestión. La ambición es por definición la determinación y el deseo de alcanzar algo.

“Alcanzar.”

Frené los ataques para quedarme quieta, juntando los pies y dejando caer los brazos a los lados de mi cuerpo. Bajé la cabeza y relajé todos los músculos, centrándome en ellos uno a uno hasta sentirlos laxos por completo para enfocarme en la respiración, buscando entrar en un estado casi de meditación. Cuando conseguí dejar atrás todos los pensamientos, me centré únicamente en una imagen; el lunarian que se había mostrado como usuario de la Magu Magu no mi en los juegos, Kuraku. Era la única vez que había visto entrar en acción a un usuario de las frutas tipo logia y aproveché su figura para crear un forma en la que enfocarme mentalmente. Poco a poco, en el blanco que era mi mente en aquel momento, surgió la imagen de una persona, hecho a partir de trozos de sombra que se unían y retorcían hasta formar su cuerpo, como un maniquí etéreo formado por niebla oscura. Recordé sus movimientos, el flujo del magma. Lo imaginé como un líquido que se escapa entre los dedos como cuando intentas pescar una mota de polvo que reposa en la superficie del agua. Con aquello, le di un material a la sombra, que ahora estaba formada por lava fluyendo y arremolinándose. Finalmente, me centré en lo más importante que recordaba de él. “Es un maldito pirata” hice resonar mi voz en la cabeza. Al hacerlo, la figura en mi mente, hasta el momento sin ningunas facciones, creó un rostro con unos ojos diabólicos y una sonrisa exageradamente arqueada que llenó de furia mi corazón. Con aquello ardiendo en el fondo de mi mente, abrí los ojos y la figura cobró forma justo delante de mí. Desde su imponente altura de casi cinco metros me observaba, riendo mientras la ira llenaba mi cuerpo con cada sonido que salía por la boca. Pero no era lo suficiente real, todavía faltaba un último detalle. Recordé el fuego de aquella oscura noche de hacía tantos años, el calor de las llamas abrasando mi piel. Comencé a jadear, sintiendo como la temperatura de la sala se elevaba sin freno, sofocándome y dificultándome la respiración.

Imagen Mental de Ikirami


—Bas… Bastardo… —insulté entrecortadamente por la sensación del calor que sentía.

Por último, y lo más importante, cerré el puño, colocándome en posición para golpear con la máxima potencia posible. Un golpe normal no iba a servir de nada contra aquella criatura. Era todo o nada. Si no lo conseguía, acabaría cayendo inconsciente por el calor infernal que inundaba el ambiente. Concentré toda mi resolución por golpear su cuerpo líquido en el puño. Le añadí la determinación por defender a los que no podían hacerlos por sí mismos. Y finalmente, le añadí por encima mi férrea voluntad por acabar con los piratas.

Con todo ello en mente, lancé el puño atravesando el aire como la punta de una flecha, directamente al centro del monstruo, justo en mitad de su torso. Sentí la fuerza del impacto contra mis músculos que se estremecieron de dolor como si acabase de chocar contra un bloque macizo de plomo, obligándome a apretar los dientes para no perder la concentración. Con el último atisbo de fuerza que me quedaba, empujé contra él hasta que la figura de magma salió despedida velozmente contra la pared, estallando en pedazos de magma que se tornaron sombras hasta desaparecer de mi vista.

Jadeé por el esfuerzo, envuelta de nuevo en el sudor y agaché la cabeza mientras recuperaba el aliento manteniendo la posición. Con la mano contraria a la el ataque, me recogí los mechones de pelo que se habían pegado en mi frente inundada en sudor. Levanté la vista para dirigirla a donde hasta hacía un instante se hallaba la figura, y una sonrisa de satisfacción llenó mi rostro cuando vi que mi brazo, todavía alzado, brillaba como si estuviese esculpido en ónix.

El júbilo por haberlo logrado me imbadió por completo, pero mi cuerpo había llegado a su límite y me eché contra el suelo con las manos y piernas abiertas formando una estrella en el suelo.

—Joder… —murmuré tendida sobre el tatami de la habitación dorada— Soy increíble, ¿sabes?

Sonreía con orgullo por haber logrado mi objetivo. Aquella sensación… Ahora que había conseguido utilizarlo sentía que podía repetirlo tantas veces como fuese necesario. Si aquello era capaz de golpear a un usuario tipo logia de verdad, acababa de conseguir un arma increíblemente práctica. Tal vez, después de capturar a Garnet, podría ir a por Kuraku, el lunarian. Reí al recordar como precisamente él había sido lo que me había llevado a conseguirlo. Me quedé en el suelo exhausta recuperándome durante unos minutos, notando como la temperatura a mi alrededor volvía a la normalidad, hasta que unos pasos me hicieron incorporarme. Alguien se acercaba. La puerta del salón se abrió y Kaelith pasó y se acercó a donde estaba, sin prestarme atención y sacando un cigarro de su cajetilla.

—¿Cómo llevas el…? —se interrumpió al levantar la vista hacia mí, dejando caer el cigarro al suelo— ¡La ropa, rápido! —gritó mientras se llevaba una mano enguantada frente a los ojos, girando hasta darme la espalda.

Sonreí con suficiencia mientras recogía mi ropa esparcida por el suelo y me volvía a vestir.

—Por el emperador… —musitó mientras se agachaba para recoger su cigarro.

—Ya estoy, puede girarse. Hacía un calor infernal aquí dentro, ¿sabe? Y como estaba sola… —expliqué mientras él se daba la vuelta.

Suspiró para después encenderse un cigarro mientras me miraba. ¿Era sonrojo eso que veía en sus mejillas? A lo mejor no era tan de piedra como quería aparentar, aunque claro, era imposible ver mi cuerpo semidesnudo sin perder la compostura.

—Mañana cuando vuelvas, ponte algo más ligero si eso te ayuda a entrenar. Pero queda totalmente prohibido desvestirse en mi dojo. ¿Será posible? —preguntó retóricamente— Bueno, es casi el atardecer, mañana cuando…

—Maestro. —le interrumpí, a lo que él frunció el ceño, molesto por la interrupción.

Levanté ambos brazos e inspiré profundamente, me centré en recordar la sensación de hacía unos momentos antes y cuando la visualicé, golpeé con los dos repetidamente el aire frente a mí. Mis dos extremidades se cubrieron de un color negro reluciente durante los golpes, los cuales finalicé deshaciéndome el moño echando hacia atrás el pelo con un movimiento de cabeza. Me crucé de brazos esperando una respuesta.

—Tiene usted un talento terrorífico, señorita. —dijo soltando el humo de su cigarro y apoyando el brazo sobre el otro.

Le dediqué una sonrisa y una reverencia educada.

—Solo he tenido que encontrar un foco contra el que dirigir mi energía. Es sencillo, cuando tienes tu objetivo claro, ¿sabe? —dije finalizando aquel acto de respeto.

Esta vez, vi con total claridad como sonreía, una sonrisa ladeada y leve, pero una al fin y al cabo.

—Si vuelves mañana, podemos trabajar el Kenbunshoku. Me da la sensación de que te será incluso más fácil de aprender que este.

—Así lo haré, maestro. Entonces, mañana nos vemos de nuevo. —respondí mientras emprendía mi camino en dirección a la puerta.

Volvería al día siguiente para seguir entrenando mis habilidades con el Haki, si es que el mundo no se daba la vuelta como solía hacerlo cada vez que intentaba llegar a un lugar. Así pues, con el objetivo del día cumplido volví a nuestra residencia temporal y me tumbé sobre la cama.

—Ah… Que maravillosa que soy. Cuanto más sé de mí, más me quiero. —pensé en voz alta— Y además he cumplido todo lo que queria hacer hoy… Un momento. —recordé entonces que el objetivo principal de aquel día había sido colarme en el Palacio para descubrir lo que tramaba Zarutsuki—¡Mierda!



Aclaraciones


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Fic [Entrenamiento] El Inexpugnable Palacio Dorado de Zarutsuki - por Ikirami - 13-06-2024, 12:00 AM

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