15-06-2024, 05:56 PM
A veces, lo único que se necesita para que haya un cambio real en una persona, son unas simples palabras en el momento correcto. Puede que no fuese suficiente para derrumbar todos los muros que tan recelosamente resguardaban mi corazón, pero como mínimo había abierto una brecha en alguno de ellos. El minino sonrió cuando aproximé mis labios sobre los suyos, respondiéndome de la misma forma y después apoyando su frente contra la mía, con nuestros caras la una junto a la otra y mirándome. Desearía en ese momento, mientras él suspiraba sonriente, saber qué pasaba por la mente de Garnet. Cogió mi mano con la suya y entrelacé mis dedos con los suyos. Dijo mi nombre y comenzó a decir que, en ningún momento, había pensado que estuviese loca, mostrando cierta molestia por mi comentario. Asentí, sobre todo para reafirmarme a mí misma que así era. También admitió que sí que le había asustado un poco, pero que me entendía. Abrí los ojos sorprendida ante su declaración. ¿Había algo que le causase el mismo terror que a mí? Eso parecía, pues dijo que al ver a un Lunarian le pasaba algo similar, desviando la vista y con cara de preocupación. Acaricié su mano, en un intento de contacto amable para mostrarle que yo también estaba ahí, aunque no lo expresase en palabras. Cuando hizo referencia a lo que yo había dicho antes sobre haber roto el momento, me acarició con suavidad la mía en retorno, diciendo que aunque le doliese verme así, que aquello lo había hecho aún más especial, sonrojado y sonriéndome tímidamente.
Maldición. Me iba a estallar algo en el interior. ¿Cómo podía alguien como él hacerme sentir tan… bien? Y no solo eso, sentía algo más allá, como una conexión extraña entre ambos que se estaba formando en ese claro al compartir con él todo aquello. No podía apartar la mirada a otra cosa que no fuese él en esos momentos, tampoco quería. Entonces la sonrisa se borró sustituida por el enfado, diciendo que como era que ningún hombre me había tratado tan bien. Que esos “panolis” no sabían lo que se perdían y resoplando por nariz mientras alzaba el puño mostrando su enfado. No pude, sino sonreír al verle de aquella manera tan cómica, convirtiendo después la misma sonrisa en una algo más apagada y mirando al suelo por un momento.
—Es una larga historia, la verdad… —respondí llevándome mi mano libre a su rodilla y dándole unas leves caricias.
Exhaló profundamente y se rascó la frente con la mano, pareciendo confundido al no saber por qué se le había ocurrido tocarme aquella melodía, ni de por qué me había podido ayudar aquello, riendo levemente. Pese a ello, le hacía feliz el haberme hecho sentir mejor. Lo miré con una amplia sonrisa y apoyé mi cabeza en su hombro.
—La música habla mucho más fuerte que las palabra, gatito. Y llega mucho más profundo. —susurré sonriente.
En aquel momento, aunque no lo vi, pude escuchar como tragaba saliva, tal vez nervioso por algo. Me llamó y levanté la cabeza todavía apoyada para ver que tenía que decir que le costaba soltar. En su cara pude ver preocupación y tristeza, que enseguida entendí a que se debían. Me preguntó por lo que le dije en nuestra primera cita, sobre lo que me sucedió hacía tanto tiempo, cuando arruinaron por completo mi vida. Me separé de su hombro, sin saber qué decir. Agaché la mirada evitando la suya, pero casi como si supiese que iba a hacerlo, apretó con fuerza mi mano. Hice lo mismo.
—No sé si… —comencé a decirle, pero él ya lo tenía previsto, como si ya supiese que iba a decir, y me dijo que no tenía por qué decírselo, que él tampoco es de hablar de sus problemas.
Le devolví la mirada agradecida por comprenderlo, pero entonces, con una expresión de determinación grabada en su rostro me dijo que ahora podía compartir la carga con él, diciendo mi nombre con energía. Abrí los ojos sorprendida por la fuerza de sus palabras y por sentirlas tan reales. ¿De verdad podía hacerlo? ¿Confiar en él, alguien que acababa de conocer y que además era uno de los piratas con los que debía acabar? Tenía muchísimas dudas, no creía ser capaz de compartir algo tan íntimo con nadie, y menos con él. Nunca lo había hecho. Pero entonces, las propias palabras de Garnet se repitieron en mi cabeza. “Una locura…” pensé y sonreí amargamente. Sí, era una locura de la cabeza a los pies. Todo allí lo era. Cada segundo que compartía con él, cada roce, cada palabra, eran una completa y absoluta locura. Con mi otra mano, agarré la suya que todavía quedaba libre y observaba ambas mientras las recorría con los dedos, centrándome en su contacto y su presencia.
—Nací en el Reino Daburu, en el North Blue, ¿sabes? No sé si alguna vez has estado o lo conoces. Era… Bueno, sigue siendo, un reino bastante bonito y peculiar. —comencé a contarle y levanté la vista a las copas de los árboles, que se mecían suavemente sobre nosotros— Mis padres, nunca supe muy bien a que se dedicaban, pues pasaban la mayoría de tiempo en nuestra mansión con mis hermanos y conmigo, pero tenían mucho dinero. Yo era la hija mayor, ¿sabes? Joel y Bael se llamaban, eran bastante más pequeños que yo y siempre correteaban a mis espaldas como si yo fuese la mamá pato. —dije sonriendo con ternura recordándolos bajando de nuevo la vista al suelo y ladeando la cabeza— Vivíamos nuestros días pacíficamente, sin hacer daño a nadie nunca. Mis padres tenían unos valores muy marcados que me transmitieron, y aun a día de hoy, sigo compartiéndolos, ¿sabes? Es lo único que me queda de ellos ahora aparte de sus recuerdo, todo lo demás me fue… arrebatado.
Lo miré directamente, pasando rápidamente de uno de sus ojos al otro, sopesando de nuevo si debía decir más. Bajé la mirada a sus manos, que apreté ahora con fuerza.
—Nunca he podido hablar de ello con nadie, ¿sabes? O bueno, más bien no he sido capaz, ni siquiera con mis compañeros. —confesé con cierta vergüenza— Pero… hmmm… —clavé mi mirada en la suya sonrojándome— Contigo, aquí, me siento muy distinta… No lo acabo de entender, apenas sé nada de ti. Es hasta contradictorio, pero algo me dice que puedo abrirme contigo. Y quiero hacerlo, igual que deseo saber más de ti, Garnet. Pero… —me interrumpí intentando pensar como ponerlo en palabras— también me da miedo que lo que te cuente te haga verme distinta y, bueno… te pierda.
Cerré los ojos conteniendo las emociones negativas que amenazaban con salir a flote. La sensación de miedo era algo muy extraña para mí, que era capaz de todo siempre. Pero ahora un atisbo de ello me recorría el cuerpo, imaginando las miradas de mofa de la gente al saber lo que me hicieron. Para alguien orgulloso como era yo, aquello significaría un golpe enorme que no sabía como podría enfrentar.
—¿Me… me puedes prometer, que pase lo que pase, no se lo contarás a nadie? —pregunté con la voz temblorosa.
Maldición. Me iba a estallar algo en el interior. ¿Cómo podía alguien como él hacerme sentir tan… bien? Y no solo eso, sentía algo más allá, como una conexión extraña entre ambos que se estaba formando en ese claro al compartir con él todo aquello. No podía apartar la mirada a otra cosa que no fuese él en esos momentos, tampoco quería. Entonces la sonrisa se borró sustituida por el enfado, diciendo que como era que ningún hombre me había tratado tan bien. Que esos “panolis” no sabían lo que se perdían y resoplando por nariz mientras alzaba el puño mostrando su enfado. No pude, sino sonreír al verle de aquella manera tan cómica, convirtiendo después la misma sonrisa en una algo más apagada y mirando al suelo por un momento.
—Es una larga historia, la verdad… —respondí llevándome mi mano libre a su rodilla y dándole unas leves caricias.
Exhaló profundamente y se rascó la frente con la mano, pareciendo confundido al no saber por qué se le había ocurrido tocarme aquella melodía, ni de por qué me había podido ayudar aquello, riendo levemente. Pese a ello, le hacía feliz el haberme hecho sentir mejor. Lo miré con una amplia sonrisa y apoyé mi cabeza en su hombro.
—La música habla mucho más fuerte que las palabra, gatito. Y llega mucho más profundo. —susurré sonriente.
En aquel momento, aunque no lo vi, pude escuchar como tragaba saliva, tal vez nervioso por algo. Me llamó y levanté la cabeza todavía apoyada para ver que tenía que decir que le costaba soltar. En su cara pude ver preocupación y tristeza, que enseguida entendí a que se debían. Me preguntó por lo que le dije en nuestra primera cita, sobre lo que me sucedió hacía tanto tiempo, cuando arruinaron por completo mi vida. Me separé de su hombro, sin saber qué decir. Agaché la mirada evitando la suya, pero casi como si supiese que iba a hacerlo, apretó con fuerza mi mano. Hice lo mismo.
—No sé si… —comencé a decirle, pero él ya lo tenía previsto, como si ya supiese que iba a decir, y me dijo que no tenía por qué decírselo, que él tampoco es de hablar de sus problemas.
Le devolví la mirada agradecida por comprenderlo, pero entonces, con una expresión de determinación grabada en su rostro me dijo que ahora podía compartir la carga con él, diciendo mi nombre con energía. Abrí los ojos sorprendida por la fuerza de sus palabras y por sentirlas tan reales. ¿De verdad podía hacerlo? ¿Confiar en él, alguien que acababa de conocer y que además era uno de los piratas con los que debía acabar? Tenía muchísimas dudas, no creía ser capaz de compartir algo tan íntimo con nadie, y menos con él. Nunca lo había hecho. Pero entonces, las propias palabras de Garnet se repitieron en mi cabeza. “Una locura…” pensé y sonreí amargamente. Sí, era una locura de la cabeza a los pies. Todo allí lo era. Cada segundo que compartía con él, cada roce, cada palabra, eran una completa y absoluta locura. Con mi otra mano, agarré la suya que todavía quedaba libre y observaba ambas mientras las recorría con los dedos, centrándome en su contacto y su presencia.
—Nací en el Reino Daburu, en el North Blue, ¿sabes? No sé si alguna vez has estado o lo conoces. Era… Bueno, sigue siendo, un reino bastante bonito y peculiar. —comencé a contarle y levanté la vista a las copas de los árboles, que se mecían suavemente sobre nosotros— Mis padres, nunca supe muy bien a que se dedicaban, pues pasaban la mayoría de tiempo en nuestra mansión con mis hermanos y conmigo, pero tenían mucho dinero. Yo era la hija mayor, ¿sabes? Joel y Bael se llamaban, eran bastante más pequeños que yo y siempre correteaban a mis espaldas como si yo fuese la mamá pato. —dije sonriendo con ternura recordándolos bajando de nuevo la vista al suelo y ladeando la cabeza— Vivíamos nuestros días pacíficamente, sin hacer daño a nadie nunca. Mis padres tenían unos valores muy marcados que me transmitieron, y aun a día de hoy, sigo compartiéndolos, ¿sabes? Es lo único que me queda de ellos ahora aparte de sus recuerdo, todo lo demás me fue… arrebatado.
Lo miré directamente, pasando rápidamente de uno de sus ojos al otro, sopesando de nuevo si debía decir más. Bajé la mirada a sus manos, que apreté ahora con fuerza.
—Nunca he podido hablar de ello con nadie, ¿sabes? O bueno, más bien no he sido capaz, ni siquiera con mis compañeros. —confesé con cierta vergüenza— Pero… hmmm… —clavé mi mirada en la suya sonrojándome— Contigo, aquí, me siento muy distinta… No lo acabo de entender, apenas sé nada de ti. Es hasta contradictorio, pero algo me dice que puedo abrirme contigo. Y quiero hacerlo, igual que deseo saber más de ti, Garnet. Pero… —me interrumpí intentando pensar como ponerlo en palabras— también me da miedo que lo que te cuente te haga verme distinta y, bueno… te pierda.
Cerré los ojos conteniendo las emociones negativas que amenazaban con salir a flote. La sensación de miedo era algo muy extraña para mí, que era capaz de todo siempre. Pero ahora un atisbo de ello me recorría el cuerpo, imaginando las miradas de mofa de la gente al saber lo que me hicieron. Para alguien orgulloso como era yo, aquello significaría un golpe enorme que no sabía como podría enfrentar.
—¿Me… me puedes prometer, que pase lo que pase, no se lo contarás a nadie? —pregunté con la voz temblorosa.
