15-06-2024, 08:24 PM
(Última modificación: 16-06-2024, 09:20 PM por Max D. Bambú.)
Día 38 de Invierno del año 11
8:00 de la mañana
8:00 de la mañana
Tras haber logrado con éxito despertar el haki armadura, el panda salió por la mañana de su hogar temporal en Skypiea en dirección al dojo donde el maestro Kaelith le revelaría los secretos del haki de observación, el Kenbunshoku (o Mantra, como le llaman algunos). Durante el camino se perdía entre pensamientos a imaginacions varias acerca de cómo podría ser aquel entrenamiento. Quizás le pusiera delante de un grupo de alumnos y el panda debía percibir cómo se sentían, pues es lo primero que hizo Kaelith con lo que él dijo que era Kenbunshoku. Por otro lado parecía ser que servía para monitorizar a determinadas personas, pues el maestro supo que Yamir no había completado su entrenamiento al 100% a pesar de no haber estado presente en el dojo aquel día. Eran demasiadas las preguntas acerca de cómo podría desarrollarse aquel entrenamiento, pero sólo había una manera de averiguarlo: Llegar al dojo y comenzarlo.
El panda no tardó en llegar al lugar de entreno. Esta vez, como se personó un poco más tarde que el día anterior, se encontró con un mayor número de alumnos. Los más avanzados se encontraban perfeccionando su empleo del haki, mientras que los más nuevos todavía estaban tratando de depertar uno u otro por medio del duro entrenamiento al que el maestro les sometía. El panda buscó con la mirada a Kaelith nada más llegar y como no lo encontró supuso que estaría leyendo en su despacho. Sin mayor dilación se acercó a la puerta del mismo y petó suavemente en la puerta. Una voz que reconoció como la del maestro le indicó que pasase y así lo hizo. Kaelith, un lunarian de cabellos rubios y ojos azul eléctrico le esperaba pacientemente sentado en su escritorio. Tenía varios libros apartados a un lado y unos cuantos papeles llenos de su pulcra caligrafía al otro. Si había estado leyendo o escribiendo y qué exactamente eran misterios por el momento. —Toma asiento, Chewbacca. —Le indicó Kaelith. El panda así lo hizo. Se arrodilló sobre el cojín que el maestro solía ofrecer a sus alumnos y miró seriamente a su maestro, expectante acerca de su siguiente tarea. —Lo prometido es deuda. Aprendiste a dominar el Busoshoku en la franja de tiempo que acordamos, de modo que hoy comenzarás tu aprendizaje del Kenbunshoku. —Realmente no habían acordado una franja de tiempo como tal, sino que el maestro la había impuesto porque "no quería perder el tiempo", pero el panda no estaba allí para discutirle nada. —Encontrarás que el haki de observación es mucho más sutil y preciso que el Busoshoku. Para dominarlo necesitarás absoluta paz mental, pues cualquier alteración psíquica enturbiará las aguas a través de las cuales pretendes observar el mundo. Supongo que entiendes por qué te hice aprender el haki armadura primero, ¿verdad? —El panda lo entendía perfectamente. En su primer encuentro con el maestro, éste había sentido cómo algo parecía enturbiar la mente del panda. Bajo su aparente entereza se sentía profundamente ansioso y triste. Sin embargo, el éxito logrado en el anterior entrenamiento había elevado sus ánimos y calmado su espíritu. Respiraba con mayor facildidad, síntoma de que la ansiedad que le acosaba hasta el momento había aflojado su agarre. —Sí, maestro. Me encuentro mucho mejor ahora. —Le indicó el panda, aunque debía de ser algo obvio. —Bueno, sólo ha sido un pequeño éxito. Estoy seguro de que todavía tendrás que lidiar con lo que sea que te atormente. Sin embargo aprovecharemos este pequeño instante de claridad para ayudarte a desbloquear el Kenbunshoku. Vayamos al estanque de meditación. —Y sin decir más, el maestro se levantó y acompañó al panda a la parte de atrás del dojo, donde un gran estanque lleno de peces de colores dominaba el paisaje. El sonido del agua circulando en el mismo resultaba relajante, algo que ya había notado en los últimos dos días el panda. Había visto a otras personas meditar allí, pero nunca lo había intentado por su cuenta. El maestro se sentó justo delante del mismo, dándole la espalda al edificio del dojo y cerrando los ojos. —Siéntate conmigo y cierra los ojos. —Le hizo caso. Era la primera vez que el maestro Kaelith le dedicaba tanto tiempo, tal vez por la dificultad que aquel ejercicio acarreaba. —Cuando logres acceder al poder de la observación serás capaz "ver más allá", como quien dice. No sólo serás capaz de percibir la presencia de otras personas a tu alrededor, sino su fuerza e incluso sus emociones, si es que eres perspicaz. —El panda no sentía nada de eso, lo único que veía era negro porque tenía los ojos cerrados. —Ajá. —Dijo, tratando de hacer como que entendía lo que estaba a punto de percibir. —Sé que no me entiendes porque todavía no has sentido nada similar, no me vengas con "ajás" que te expulso de mi dojo. —Dijo el maestro con severidad. No hacía falta haki observación para saber que le había molestado aquella simiesca interjección. —Sí, perdón maestro. No se repetirá. —Dijo el panda, tratando de arreglar un poco la situación. —Seguro que no. No queremos abandonar Skypiea antes de tiempo, ¿verdad? Es mejor descender en barco, me han comentado. —Ah, pero él podía bromear, ¿no? O tal vez no bromeaba. Lo mejor, pensó el panda, sería no reírse por si acaso. —Como iba diciendo, el haki de observación permite a los más aptos ver sin emplear la vista. Un maestro en este arte podría pasarse toda la vida con los ojos vendados y no tendría problema alguno en su día a día. —La idea de no necesitar la vista sonaba interesante, para qué mentir. Sobre todo teniendo en cuenta que el panda tenía la habilidad de moverse bajo tierra con extrema facilidad. El Kenbunshoku sería una herramienta clave en el caso de una infiltración. Sabría a dónde dirigirse y si el lugar donde pretende salir a la superficie tiene presencia enemiga o no. Lamentó no haber empezado con este haki, ya que de los dos le pareció, a simple vista, el más útil. Sin embargo, tal y como había dicho Kaelith, probablemente no le hubiera servido de nada empezar con el Kenbunshoku por lo agobiado que estaba antes de completar su primer entrenamiento. —¿Llegaremos a ese punto, maestro? —Le preguntó el panda. —Primero lleguemos a percibir otras presencias y luego iremos viendo a dónde llegamos. Éste será tu primer ejercicio. Vas a meditar aquí hasta que seas capaz de saber exactamente cuántas personas están en el dojo. El número evidentemente va fluctuando, pero bastará con que sepas el número en el momento en el que las percibas. Cuando así sea ven a mi despacho y dímelo para corroborarlo. —Dicho aquello, el maestro Kaelith se levantó y el panda le miró en silencio. —¿A qué esperas? Venga, a meditar. —Y se fue de vuelta a su despacho. El panda se quedó en su sitio, mirando en un principio al estanque y pensando en cómo abarcar aquel ejercicio. Si cerraba los ojos e intentaba percibir "cosas" a su alrededor quizás se quedase dormido, pero tenía que intentarlo de todas formas. Cerró los ojos y trató de enfocar todos sus sentidos en la tarea a realizar. Podía escuchar perfectamente a algunos alumnos realizar determinados ejercicios. Cada medio minuto escuchaba los pisotones de aquellos que estaban corriendo alrededor del dojo, ejercitando su resistencia física. Escuchaba los golpes de aquellos que ejercitaban sus músculos con los muñecos de entrenamiento. Podía escuchar incluso la respiración de aquellos que meditaban no muy lejos del panda, pues no era el único tratando de percibir más allá de sus cinco sentidos. El problema de todo esto era que Don Bambú estaba sencillamente escuchando cosas y no sintiéndolas de otra manera. En cuanto a sus otros sentidos sólo podía hablar del tacto del césped con sus piernas, el sabor de la saliva en su boca o el olor de las flores del jardín. Suspiró y trató de centrarse en la meditación. Si el Busoshoku consistía en envolver su cuerpo con su voluntad, tal vez el Kenbunshoku se fundamentase en extender su voluntad como una especie de sónar. Los murciélagos, por ejemplo, lanzaban ondas sónicas imperceptibles que, al rebotar y regresar a la posición del murciélago, le indicaban al animal la presencia de posibles presas. Quizás si el panda proyectase su energía espiritual sería capaz de percibir aquellos espíritus con los que resonase y, a partir de ahí, entender cómo era aquello que tenía que percibir y cómo percibirlo correctamente.
Empezó a trabajar en esta idea, tratando de centrarse en el aspecto puramente espiritual de la tarea. Intentó imaginarse que su cerebro era alguna especie de central de transmisión, similar a los den den mushi, y que estaba emitiendo una señal a otros den den mushi para establecer comunicaciones. Don Bambú no era un panda, era un caracol. Un caracolófono. ¿Ring Ring? No estaba funcionando. Estuvo varias horas trabajando esta idea de ser una centralita de transmisión de telecomunicaciones, pero la conclusión a la que llegó es que era un panda y el Kenbunshoku no tenía nada que ver con ser un den den mushi. Mientras intentaba encontrar alguna otra forma de enfocarlo, una mano se posó sobre su hombro. Abrió los ojos con cierta dificultad, pues llevaba con ellos cerrados demasiado tiempo, y buscó con una borrosa mirada a la persona que le había interrumpido. Se trataba de Satoshi, uno de los alumnos avanzados del dojo. —Venga, es hora de comer. Vamos a descansar. —Parecía hecho polvo, como si su entrenamiento hubiera sido muy exigente. El panda tampoco estaba mucho mejor mentalmente, pero su cuerpo no le dolía (demasiado). Se reunieron todos en el comedor del dojo, donde una serie de mesas más largas que anchas habían sido dispuestas de manera que todos pudieran comer los unos con los otros. La comida era sencilla, pero abundante. Mayormente arroz con verduras y algo de carne. Kaelith rara vez comía con sus alumnos, prefiriendo la soledad de su despacho el cual pocas veces abandonaba y sólo para darle indicativos a sus alumnos. Lo que él comía era todo un misterio, pero teniendo en cuenta su condición de lunarian probablemente algo mucho más caro y sustancioso que arroz con verduras. —¿Cómo va el entrenamiento? —Le preguntó Satoshi, interrumpiendo los pensamientos del panda. —Mal, no noto nada. ¿Algún consejo? —Satoshi se encogió de hombros. —Sigue meditando, no te puedo ayudar más. —Con cierta decepción y poco entusiasmo, el panda empezó a comer mientras las animadas conversaciones entre alumnos sucedían a su alrededor. No le interesaban demasiado los temas que se trataban, ya que únicamente le interesaba la cuestión de la meditación. En cierto momento se encontró cerrando los ojos, tratando de sentir la presencia de todos los alumnos en la mesa, pero rápidamente Satoshi le llamó la atención con un codazo. —No se entrena en la mesa, panda. —La severidad con la que se lo dijo le recordó un poco a Kaelith. —Lo siento.
Después de la comida, el panda se dirigió de nuevo sin dilación al lugar de meditación designado. Fue el primero en llegar y probablemente sería el último en irse, porque estaba decidido a desbloquar aquel haki antes de marcharse aquel día. Quizás demostrando un muy inocente y excesivo optimismo. Don Bambú se sentó y cruzó sus piernas la una sobre la otra, adoptando la postura más habitual de meditación. Cerró ambos ojos y volvió a concentrarse en expandir su espíritu para hacerlo resonar con otros cual murciélago. Horas pasaron sin que el revolucionario sintiera nada. Justo cuando creía que finalmente estaba percibiendo algo, resultó ser un producto de su desenfrenada imaginación, pues llevaba tanto tiempo meditando que su cabeza estaba empezando a fabricar sensaciones que no existían. El día 38 de invierno transcurrió sin progreso alguno por parte del panda, que encontró este hecho muy frustrante. El maestro Kaelith, sin embargo, no pareció molesto. Fue en persona a avisar al panda de que su horario de entrenamiento había terminado y que fuera a descansar. —Son ya las diez y no me apetece mantenerte aquí hasta las tantas de la mañana. Así no progresarás. —Sin dejar al panda siquiera responder, Kaelith se marchó de nuevo al interior del dojo y Don Bambú decidió hacerle caso. A pesar de no haberse movido, lo cierto es que le costaba pensar. Su cuerpo no estaba cansado, pero mentalmente estaba hecho polvo. Estiró sus extremidades con el fin de despertarlas de su letargo, pues llevaba demasiado tiempo inmóvil, y se puso en marcha para volver a casa. Se encontró a sí mismo tirado en cama al cabo de media hora sin recordar siquiera el camino que había hecho. Empezaba a preguntarse si el entrenamiento serviría de algo. Sin dejar que el diálogo interno de su cabeza tomase el control, Don Bambú cerró los ojos y se dejó llevar por la noche.
Se despertó a las 8 de la mañana del día 39 y se tomó la mañana con calma. Desayunó y trató de no pensar en las horas de meditación que le esperaban. Lo cierto es que estaba un poco desanimado. Salió con tiempo para llegar justo al dojo y se presentó puntual a su sesión de entrenamiento. El maestro no estaba para recibirle, pero supuso que estaría en su despacho. El panda se sentó delante del estanque de meditación y cerró los ojos, tratando de dejar su mente en blanco, pero con una vocecilla que no le dejaba concentrarse. ¿Su propia cabeza le estaba jugando pasadas? La voz no emitía palabras como tal, pero podía sentir sus emociones. Sentía un profundo dolor. El panda se agarró la mano instintivamente, como si el dolor fuera suyo. Paralelamente podía sentir preocupación, pero parecía provenir de otra fuente diferente. Sintió que lo mejor era ir a ver al maestro para que le dejase ir al médico. ¿Ir al médico? Pero si el panda estaba perfectamente. Sacudió su cabeza y abrió los ojos, confuso. —Debo de estar alucinando. —Se dijo a sí mismo y se levantó para dar una vuelta alrededor del dojo. Necesitaba despejarse un poco. En su camino, se encontró con que en la parte delantera del mismo había dos alumnos, uno de ellos sujetándose la mano con expresión lastimera y otro más serio, pero con cierto aire de preocupación. Ambos saludaron a Don Bambú con la cabeza y procedieron a entrar al edificio en dirección al despacho del maestro, que abrió la puerta repentinamente antes de que ellos pudieran llamar. Los alumnos se apresuraron a musitar el motivo por el que habían decidido ir allí y el maestro respondió tan cortante como siempre. —Ve al médico si quieres, pero no perdáis más el tiempo. Shu, tú no tienes un dedo roto, así que a entrenar. —Fue entonces cuando el maestro miró directamente al panda. No estaba en su lugar de meditación. —Y tú tendrás una muy buena excusa para no estar meditando, ¿verdad? —Dijo con seriedad. —Me pareció escuchar voces... y necesitaba despejarme un poco antes de empezar. Me estaba doliendo el dedo, como a ese muchacho. ¿Es esto el haki de observación? —Preguntó con algo de esperanza en su mirada. Kaelith se quitó las gafas unos instantes para frotarse la sien con exasperación. —Sí, Chewbacca, es el haki de observación. ¿Recuerdas cuál era tu ejercicio? —Algo le instó a responder aquella pregunta con la mayor presteza posible. —Contar las presencias en el dojo y comunicárselas, maestro. —Ya sabía lo que venía, pero consideró que irse abruptamente lo haría peor. —¡Pues ve a meditar hasta que tengas una cifra! —Don Bambú no perdió el tiempo y volvió al área de meditación. Allí adoptó la misma postura de siempre y cerró los ojos para que su vista no le distrajese. En un principio no sentía nada, pero al cabo de unos minutos empezó a dibujarse en su cabeza una presencia muy cerca de él. Se trataba de otro alumno que estaba meditando en el mismo área que el panda. Su presencia se manifestaba en la mente del panda como una especie de aura azulada y podía percibir ciertos nervios procedentes de él. Poco después logró percibir a otra persona, un alumno ligeramente más alejado que parecía estar en un máximo estado de relajación, casi como si se hubiera quedado dormido meditando. Así poco a poco el panda fue percibiendo más y más presencias a su alrededor, cada cual con un color diferente y emitiendo diferentes sensaciones. Algunas personas estaban enfadadas, otras sentían alegría y alguna estaba ligeramente triste, quizás porque el entrenamiento no estaba yendo bien. No pudo resistirse a intentar percibir las emociones del maestro, que se presentaba como una persona fría, seria y muy severa. Se concentró en el lugar donde estaba el despacho dentro del dojo y trató de extender su percepción hasta allí. Sin embargo el despacho estaba vacío. Decidió buscar a Kaelith entre la multitud de personas en aquel dojo. No debería ser difícil teniendo en cuenta que debía desprender unas emociones muy diferentes a las de los alumnos en pleno entreno. No tardó en encontrar el aura del que podía perfectamente ser su maestro. Su color era azul eléctrico con ligeros todos dorados aquí y allá, y la única emoción que transmitía era de absoluta calma, pero también parecía tener curiosidad acerca de algo. Acompañándole había otro aura. Ésta era rojiza como la sangre, seductora incluso. Se encontró con una cierta predisposición a quedarse observándola, pero intentó no centrarse demasiado en ella. Le dedicó una hora a aquel ejercicio de análisis de las auras únicamente porque le parecía extremadamente divertido. Sin embargo, rápidamente se encontró con que el uso prolongado del Kenbunshoku podía ser extremadamente agotador. Poco a poco, su clara percepción de las personas a su alrededor empezaba a desvanecerse y el panda comenzó a sudar por el esfuerzo de mantener su mente focalizada. Decidió que había disfrutado bastante de las bondades del Kenbunshoku y empezó a contar apresuradamente la totalidad de las presencias que podía percibir en el dojo. Llegó a la cifra de 42 personas y se levantó con algo de dificultad para ir a comunicárselo a su maestro.
Se dirigió a su despacho cuando observó que se encontraba solo y llamó a la puerta. Esperó hasta que la voz de Kaelith le indicó que pasase desde dentro. —42 personas, maestro. —El lunarian no respondió al instante. Parecía extremadamente concentrado en algo que estaba leyendo en aquel momento. —Actualmente 41, pero eso porque Satoshi ha salido a hacer unos recados. Muy bien. —No sabía si eso último era una felicitación, pero Don Bambú estaba orgulloso con su progreso, así que la adoptó como tal. Esperó pacientemente a la siguiente tarea. El maestro cerró el libro y lo dejó a un lado mientras parecía pensar en el tema. —Tómate un descanso y vuelve dentro de una hora con energías renovadas. Cuando vuelvas baja al sótano del dojo, tenemos un espacio grande abajo habilitado para el entrenamiento. —El panda agradeció este pequeño descanso, porque lo cierto es que había empleado demasiada energía en analizar las auras de sus compañeros. Salió del recinto en dirección al barrio comercial de Shandora para pasar el rato en las tiendas de aquella civilización perdida. Después de ojear los curiosos productos que se podían adquirir en Shandora, pero sin decidirse a comprar ninguno, el panda se fue a las afueras de la ciudad, cerca del bosque selvático que la rodeaba, para tumbarse un rato y descansar la cabeza. Volvió al dojo cuando una hora había transcurrido desde su marcha y descendió al sótano del mismo, tal y como el maestro Kaelith le había indicado que hiciera. Unas escaleras de madera ligeramente chirriante le condujeron a una estancia de 20x20 escasamente iluminada con candelabros que colgaban a una buena altura de las paredes. En su interior había numerosas armas hechas de madera, dando la impresión de ser el sótano una especie de almacén de herramientas para el entrenamiento. Sin embargo, la disposición de las mismas daba a entender que la intención era coger un arma y usarla en la misma sala. Con tenue iluminación del lugar esto parecía imposible, sin embargo el panda creyó entender cómo iba a ser el próximo ejercicio. Sentado en el centro de la sala con ambas piernas entrecruzadas y con aspecto de estar profundamente concentrado esperaba el maestro Kaelith. Sobre su regazo descansaba una espada de madera que empuñó rápidamente en cuanto el panda se presentó ante él. —Bien, véndate los ojos. —Le lanzó un trozo de tela gruesa. Si el panda no había malinterpretado la situación, tendría que esquivar los ataques del maestro con los ojos vendados. —Antes tuviste toda la paz del mundo para poder percibir las auras de tus compañeros, sin embargo ahora se trata de percibirme a mí en un momento de estrés, lo cual ya te adelanto que no es nada sencillo. —El panda se vendó los ojos tal y como le habían ordenado. La tela con la que se cubrió los ojos era bien gruesa, de modo que no podía ver nada y aunque pudiera ver algo a través de las transparencias de la misma la sala estaba tan poco iluminada que daba igual. Adoptó una postura de defensa con ambas manos protegiendo parcialmente su rostro, como si fuera un boxeador, y ambas piernas bien separadas para proporcionarle estabilidad. —Estoy list- —Antes de poder anunciar que el entrenamiento podía comenzar el panda recibió un golpe en la cabeza. El dolor fue tan intenso que el panda se llevó ambas manos a la cabeza y le llevó a cometer su segundo error en aquel entrenamiento. La espada de madera del maestro impactó esta vez en la cara del mink, dándole directamente en el puente de la nariz de tal manera que Don Bambú empezó a sangrar. —¿Qué haces? Esquívame. —Le ordenó Kaelith. El cabrón no golpeaba suave precisamente.
El panda se echó un par de pasos hacia atrás y trató de centrarse en su Kenbunshoku para localizar a su oponente lo más rápido posible. No tardó demasiado en encontrar su presencia, pero se movía tan deprisa que no tuvo tiempo de alejarse de él antes de que le viniese por un lateral y le diese una patada en las costillas. Esta vez, sin embargo, el panda aguantó el golpe con entereza y trató de responder con un puñetazo que no encontró objetivo alguno. La voz del maestro se lo recriminó a sus espaldas. —El entrenamiento va de esquivar, no de contraatacar. —El panda se giró inmediatamente sólo para darse cuenta de que la presencia de su maestro ya no estaba ahí, sino en su lateral izquierdo. Se giró inmediatamente hacia ese lado, cubriéndose con ambas manos en donde creía que iba a recibir el golpe por pura intuición, y llegó a bloquear de pura casualidad la espada de madera que iba directa a su cara. Ya le había golpeado ahí, después de todo. Escuchó cómo Kaelith se alejaba de él entonces a un paso apresurado y después dejaba de hacer ruido por completo. Seguramente la intención era volver a atacar desde algún punto ciego sin que el panda tuviera tiempo de percibir su presencia. Ante esto, lo que Don Bambú hizo fue extender el rango de detección de su haki hasta encontrar a Kaelith muy cercano a la pared a once metros del panda. Rápidamente el maestro se desplazó bordeando la sala, buscando el lateral de su alumno para atacar de nuevo, pero el panda intentaba darle la cara todo el tiempo. —Muy hábil. —Dijo el maestro justo antes de que una espada de madera golpease al panda por la espalda de tal modo que Don Bambú tuvo que agacharse apoyándose en su rodilla derecha para llevar su mano izquierda al punto de impacto. ¿Le había engañado el maestro? Algo así. —Pero no te has dado cuenta de que Satoshi estaba detrás tuya. —Eso le pareció bastante sucio, pero en una pelea real uno tenía que esperarse toda clase de jugarretas. En efecto era culpa del panda por no haber prestado atención a sus alrededores y haberse centrado únicamente en Kaelith. Se levantó algo dolorido y trató de captar la presencia de Satoshi (y por si acaso más personas) en aquella sala. El aura verde clarito de su compañero de entreno se apareció con claridad en su cabeza. Esta vez tenía más o menos claro dónde estaban ambos sujetos. Don Bambú procedió entonces a alejarse de ellos con el objetivo de mantenerlos a ambos directamente delante de él, a pesar de que no dejaban de moverse para impedírselo. El panda se chocaba y tropezaba constantemente con los estantes donde se colgaban las armas de madera para el entreno o incluso con las paredes de la habitación en la que se encontraban. Intentaba estar tan centrado en sus oponentes que se le olvidaba el terreno en el que se movía. A lo largo de las siguientes dos horas, el panda recibió una moderada paliza por parte tanto de Kaelith como de Satoshi, pero había logrado mantenerlos a raya una cantidad considerable de tiempo y además lo había logrado mientras evitaba tropezar con todo lo que había en aquella sala. Cuando la hora de terminar con el entrenamiento llegó, el panda estaba en las últimas, a punto de desfallecer del cansancio incluso. —Con esto terminamos por hoy. Nos vemos mañana a las 11:00, que necesitas descansar. Aunque creo que ya podrías irte con lo que sabes y desarrollar ambos hakis por tu cuenta creo que es mejor que perfecciones lo básico en este entorno antes de intentar aplicarlo al mundo real. Recoged este estropicio antes de marcharos. —El panda se quitó la venda de los ojos para ver de qué hablaba. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra del lugar, se dio cuenta de que la habitación estaba hecha una ruina. Prácticamente todas las armas de madera estaban tiradas en el suelo y uno de los candelabros estaba colgando ardiente de su último tornillo, siendo un milagro que el dojo no hubiese estallado en llamas en pleno entrenamiento. Satoshi parecía satisfecho con el entreno de aquel día, o al menos eso dejaba entrever en su aura de buen humor. Juntos recogieron todo aquel desastre y salvaron el dojo de ser pasto de las llamas al apagar todos los candelabros y arreglar el que estaba colgando.
A la salida les recibió un cielo nocturno lleno de estrellas y carente de nubes. Había pocas nubes en el cielo de Skypiea, dado que se encontraban por encima de la mayoría de ellas. Esto solía resultar en días soleados y noches de impresionante claridad estelar. —Nos vemos mañana. —Satoshi se fue por su camino y Don Bambú por el suyo. De camino a casa y aunque estaba cansado se dio el gusto de analizar las auras de aquellas personas con las que se cruzaba. Se encontró con un señor algo tristón que caminaba con ambas manos en los bolsillos de su túnica y mirando cabizbajo el suelo sobre el que caminaba. En la calle paralela pudo percibir a una pareja compuesta por una persona un tanto nerviosa y otra persona muy alegre. ¿Era quizás una primera cita? A llegar a casa echó un vistazo, por pura curiosidad, a las auras de Garnet, Sasha, Tobías y Kuraku. De entre todas ellas la que más destacaba era la de Garnet, que era curiosamente ruidosa y muy movida. Pudo sentir como todos ellos seguían profundamente dormidos, pero estaban bien, que era lo importante. Había sido un provechoso día de entrenamiento y cuando el panda se tiró sobre su cama se sintió un triunfador en lo que estaba haciendo. Se durmió sin ni siquiera darse cuenta y no recordó qué era lo que había soñado. El día 40 de invierno se despertó muy temprano por la mañana, alrededor de las ocho, con ganas de salir corriendo hacia el dojo y continuar con su entrenamiento. Se contuvo, eso sí, porque era importante ir bien desayunado para poder progresar adecuadamente. Además, si se presentaba con tres horas de antelación seguramente el maestro se pillaría un buen cabreo con el panda. A lo largo de la mañana, mientras el panda se duchaba y pensaba en qué preparar de desayuno, notó cómo el aura de Garnet se agitaba, como si estuviera teniendo pesadillas que le agobiasen sobremanera. Decidió esperar a ver si despertaba y así fue: con un lastimero grito el pelirrojo se despertó finalmente de su sueño y el panda fue a darle la bienvenida al mundo de nuevo. Le recomendó que se duchase eso sí, y pasaron una agradable mañana juntos antes de que el panda tuviera que irse a entrenar. No le dio mucho contexto a su amigo acerca de lo que iba a hacer porque consideró que necesitaba recuperarse primero después de tan largo sueño y con total seguridad Garnet querría ir con él a entrenar. Tal vez al día siguiente le diría algo y así podrían entrenar juntos, aunque fuera brevemente. Salió de la casa sobre las 10:30 para llegar con tiempo al dojo y continuar con su entrenamiento bajo la tutela de Kaelith.
A las 11:00 se personó allí y se encontró con Satoshi en la entrada, que debía de estar esperándole. —Vamos a empezar con lo mismo de ayer, pero al aire libre y con los ojos cerrados. Sigue mi presencia y dame la cara todo el tiempo, así como calentamiento. —Le indicó su compañero. Se fueron a la parte de atrás del dojo y allí, junto a las fuentes y alumnos meditando, el panda cerró los ojos y comenzó a seguir a Satoshi con su Kenbunshoku. No era demasiado difícil ahora que le había pillado el truco. Al cabo de un rato, el propio uso del haki le empezaba a resultar natural. —El Kenbunshoku se me hace más ligero que el Busoshoku. —Comentó el panda mientras se giraba hacia Satoshi, que intentaba desorientar al panda con movimientos rápidos y engañosos. —Es normal, el Kenbunshoku llega a formar parte de nuestros sentidos mientras que el Busoshoku es una herramienta para un fin concreto, por expresarlo de alguna manera. —El panda podía estar de acuerdo con ello. El Busoshoku le parecía útil para determinadas ocasiones, al menos en su estado inicial, pero el Kenbunshoku estaba demostrando una utilidad mucho mayor en el día a día, no sólo para el combate. Una vez calentaron durante una hora con aquel liviano ejercicio, Satoshi concluyó que podían pasar al siguiente nivel. —Vale, pasemos al siguiente nivel. El maestro está un poco ocupado hoy, pero nos ayudarán dos compañeros. Pasemos al sótano para retomar el ejercicio de ayer. —Mientras el panda se encaminó hacia aquel habitáculo de 20x20 escasamente iluminado, Satoshi fue a buscar a dos ayudantes para el ejercicio. Otros dos skypieanos un poco más bajitos que el alumno avanzado se personaron en la sala de entrenamiento al cabo de un rato y Satoshi apareció justo después de ellos. El panda ya se había vendado los ojos para el ejercicio y esperaba a sus compañeros en la sala completamente a oscuras. Era mejor no tener las velas encendidas por lo que pudiera pasar. —Intenta defenderte de los tres al mismo tiempo. —Le ordenó Satoshi justo antes de comenzar con el ataque. El panda se vio rápidamente rodeado por los tres skypieanos, pero ya estaba acostumbrado a emplear el Kenbunshoku a ese nivel, de modo que logró mantenerlos a raya con relativa facilidad. Únicamente Satoshi presentaba dificultades, pues era con diferencia el más diestro en el arte del combate, sin embargo, aunque la diferencia de habilidades entre el panda y los otros dos alumnos de menor nivel era notoria, el mero hecho de que el panda tuviera que confiar únicamente en su precario dominio del haki para alejarse de ellos le estaba jugando una mala pasada. No era capaz de evitar los ataques de sus compañeros, ya que no tenía la capacidad de predecir sus movimientos, sólo saber su posición con respecto a la del panda. Si lograba esquivar algún ataque era por puro azar, pero el panda sobrevivió a base de evitar acercarse a sus contrincantes o atacar antes de que lo hicieran ellos. Los ataques del panda consistían, por supuesto, en movimientos no dañinos tales como empujones o maniobras para derribarlos sin dar un solo puñetazo, ya que podía notar cómo aquellos sujetos eran mucho más débiles que él y no quería hacerles ningún daño.
Al cabo de un par de horas, el entrenamiento había concluido y ya se aproximaba la hora de comer. —Poco más se puede hacer ya. —Le comentó Satoshi al panda. —Lo cierto es que has avanzado extraordinariamente rápido y como no te tiremos a todo el dojo encima no vamos a presentarte mayores dificultades para detectarnos a todos al mismo tiempo. —Esta noticia la recibió el panda con gran alegría. Se golpeó en el pecho de la emoción y lo celebró con un "¡Vamos!" moderadamente alto. Después de la comida en el dojo, que consistió en esta ocasión de sopa de pescado, se presentó en el despacho de Kaelith para recibir nuevas instrucciones acerca de su entrenamiento. —Según me ha contado Satoshi ya te manejas con cierta soltura en el Kenbunshoku, así que a partir de ahora entrenarás por tu cuenta y libremente. Puedes emplear los terrenos del dojo y sus instalaciones como gustes, pero sólo para entrenar. Si quieres disfrutar de algún periodo de ócio tendrás que irte fuera como todos los demás. Sin duda has demostrado que los miembros de la tribu mink son más que aptos para el dominio del haki, si es que puede extrapolarse tu éxito a toda tu raza. —El maestro Kaelith le tendió la mano y el panda la aceptó con cierto orgullo. Para los lunarian la cuestión racial parecía en extremo importante y aunque al panda eso le causase cierto desagrado decidió no darle más vueltas en pos de disfrutar de su pequeña victoria. —En cuanto a ese "otro tipo de haki" del que me hablabas hace unos días... —El panda se tensó por unos instantes. ¿Iba a recibir información nueva acerca de lo que había ocurrido durante los Juegos de Zarutsuki? —... no he encontrado nada al respecto en mis libros. Quizás podrías preguntarle a Pawurs, pero no creo que seas bien recibido en los terrenos del palacio. Tendrás que averiguarlo por tu cuenta. —Se encogió de hombros. —Por lo que a mí respecta sólo existen el Busoshoku y el Kenbunshoku y tú ya los has despertado, que es a lo que viniste. —Kaelith soltó la mano del panda y volvió a sus documentos con la elegancia que le caracterizaba. —Gracias por todo, maestro —Dijo Don Bambú inclinándose en una educada reverencia. No lo habría logrado sin la ayuda del lunarian y tampoco sin la ayuda del skypieano Satoshi. El lunarian hizo un ademán con su mano derecha para quitarle importancia al asunto y dejó que el panda se marchase sin más dilación. El panda se apresuró en agradecérselo de igual forma a su compañero skypieano, que recibió la noticia con una sonrisa y felicitó al panda por su desempeño. —Bueno, pero te veremos por aquí entrenando de vez en cuando, ¿no? —Le preguntó el skypieano con cierta esperanza en su mirada. —Por supuesto, pero ahora voy a darme una vuelta por la ciudad y a descansar un poco.
Sobre las cinco de la tarde el panda se encontraba dando un paseo por la ciudad de Shandora, que aquel día estaba inusualmente más brillante. A lo largo de su camino se permitió echar un par de vistazos a las auras que le rodeaban, analizándolas detalladamente, midiendo sus fuerzas y sus emociones y tratando de averiguar cuántas había en una misma calle lo más rápido posible. Evidentemente se trataba de un juego agotador, de modo que el panda no lo hacía todo el rato, pero le parecía entretenido darle uso al haki que acababa de aprender. Se preguntó cuánta gente sería capaz de emplearlo en aquella isla flotante. Siendo que había un dojo especializado en enseñar a usar el haki, tal vez un buen número de skypieanos supieran emplear ambos tipos de poder espiritual. —¿Te han echado ya del dojo, oso? —El tren de pensamientos del panda fue interrumpido repentinamente. Aquellas palabras se estaban pronunciando con un gran resentimiento sobre ellas. Cuando el oso se giró para ver quién le estaba hablando se encontró con la figura esmirriada de Yamir, el alumno que el maestro Kaelith expulsó de su dojo hacía unos tres días y cuyo lugar el panda pudo ocupar sin examen previo. ¿Sería este el momento de presumir? Yamir se había mostrado muy irrespetuoso con el panda en la anterior ocasión y podría tenérsela jurada perfectamente, pero el hecho de que el skypieano estuviera resentido con el mink por lo acontecido hacía unos cuantos días ya era suficiente venganza para él. —No, se me ha permitido descansar. ¿No puedo tomar el aire o qué? —Le dijo el panda sin más y trató de ignorarle y seguir su camino. El skypieano, sin embargo, cometió el error de agarrarle por el brazo. —¿Por quién me tomas, bestia? En ese dojo no se descansa en hora de entrenamiento. A ti te han echado —Era la única conclusión lógica a la que su pequeña mente podía llegar. El panda se giró ligeramente para mirar a la cara a aquel muchacho. Era un enano en comparación con el mink. Debía de medir como un metro ochenta, su cabello era rizado y rubio y no era especialmente atractivo tampoco. —Suéltame, mierdecilla. —El tono del panda iba cargado con una sutil amenaza. No había manifestado qué ocurriría si el sujeto no le soltaba inmediatamente, pero de algún modo era mejor no averiguarlo. El skypieano empezó a temblar, demostrando que estaba visiblemente asustado ante la presencia del mink. El agarre se debilitó y Don Bambó soltó su brazo sin esfuerzo algo y con cierto desprecio por aquel muchacho. —Y soy un mink, puta gaviota. —Con aquel insulto, el panda se fue del lugar y regresó a la casa donde el resto de los Shogun Gari ya debían de estar despiertos. Se encerró en su habitación y se tumbó a descansar, empleando el haki de vez en cuando para ver dónde se encontraban sus compañeros de vivienda sin necesidad de ir personalmente a curiosear, pero dejó de hacerlo por si ello pudiera considerarse un poco indiscreto. Meditó la idea de regresar a entrenar ese día, pero como se le había dado carta blanca para ir y venir según lo desease el panda decidió que lo mejor sería tomarse el día libre y regresar al día siguiente a volver a practicar sus habilidades con ejercicios básicos para no oxidarse.
El haki, pensó el panda, tenía pinta de ser una habilidad que se usa a lo largo de la vida de forma cotidiana en lugar de limitarse únicamente al combate. Le costaba ver puntos negativos a esta idea porque el haki de observación era demasiado útil para como no usarlo constantemente. El Busoshoku en cambio parecía el menos útil de los dos fuera del combate. Se quedó dormido dándole vueltas al asunto y se despertó al día siguiente por la mañana temprano, antes siquiera de que saliera el sol. Pudo sentir como todo el mundo estaba durmiendo en aquella casa, o al menos como todavía estaban en sus habitaciones, de modo que se preparó el desayuno tratando de no hacer mucho ruido y salió a las ocho de la mañana, según el sol ya estaba asomándose, en dirección al dojo del maestro Kaelith. Una vez allí saludó a los alumnos que se encontró y fue a meditar al estanque de siempre con la intención de ejercitarse mentalmente hasta, por lo menos, la hora de comer. Después comería en algún lugar ajeno al dojo, ya que no consideraba justo comer con sus compañeros cuando ya no estaba entrenándose "oficialmente". A lo largo de su entrenamiento percibió algo la mar de curioso. Entre las nueve y las diez de la mañana, la presencia de Garnet se personó en el dojo. Pudo identificarle perfectamente porque su aura le parecía inconfundible. Desprendía una energía muy viva y ruidosa que sólo podía pertenecer a su felino amigo. Sin duda había encontrado aquel lugar y había, como el panda, decidido entrenarse para no quedarse atrás. Garnet era así, un hombre decidido a continuar hacia delante a pesar de todo. Lo respetaba tanto que decidió no acercarse a él ni saludarle para dejar que descubriese su camino por sí mismo y monitorizó su presencia para evitarle por completo a lo largo de toda su estancia en aquel dojo. Sobre los ejercicios que su amigo estaba realizando, parecían estar orientados hacia la meditación, pero no le prestó demasiada atención a esto, pues el panda también quería entrenar lo suyo.
La mañana transcurrió sin mayor acontecimiento que aquel. De vez en cuando le echaba un ojo al aura de Garnet a ver qué tal le iba, pero rápidamente volvía a lo suyo, centrándose en percibir a todas las personas del dojo al mismo tiempo, su localización, sus emociones y, si era capaz de descifrarlas, sus actividades. Esto último sólo era posible analizando el contexto en el que se encontraban, por supuesto, de modo que no era del todo preciso. Cuando el sol se alzó a su punto más elevado y los alumnos del dojo se disponían a comer, el panda decidió salir fuera y dirigirse a una especie de taberna en la ciudad de Shandora propiamente dicha. Allí se pidió comida en grandes cantidades y aprovechó para recuperar las fuerzas que el haki de observación le drenaba constatemente. Después de comer, volvió al dojo a continuar con sus ejercicios de meditación. De vez en cuando le echaba un ojo al maestro Kaelith, que rara vez abandonaba su despacho si no era para hablar con algunos alumnos y darles indicaciones. Entre estos alumnos solía encontrarse Garnet, que parecía estar dominando sus emociones. Si tuviera que deducir qué era lo que estaba entrenando el skypieano diría que se trataba de lo mismo que había estado ejercitando el panda los últimos días. Tras varias horas de meditación con el haki de observación, cuando la tarde ya se iba yendo y la noche llegaba poco a poco, el panda abandonó de nuevo el recinto de entrenamiento en dirección a la casa donde se estaban hospedando. Llegó el primero antes que Garnet y se fijó en que cuando éste llegó estaba hecho polvo, o al menos su aura se presentaba como menos potente de lo habitual. Pensó en decirle algo, quizás animarle o darle alguna recomendación, pero consideró que le faltaría al respeto a su amigo si lo hiciera. Garnet era el que tenía que encontrar su propio camino tal y como el panda había encontrado el suyo.
Al día siguiente, que era ya el 42 de invierno del año 11, el panda regresó quizás por última vez al dojo del maestro Kaelith. En esta ocasión le pidió ayuda a un par de alumnos del dojo que también se encontraban en pleno entreno del haki de observación para repetir el entrenamiento en la sala oscura del sótano. La soltura con la que el panda se manejaba en aquellas circunstancias no tenía nada que ver con el momento en el que entrenó con el maestro allí por primera vez. Ni siquiera cuando los muchachos trataron de engañar al panda con extraños movimientos lograron distraer a éste. Tras un par de horas de duro entrenamiento, los muchachos skypieanos decidieron regresar a su meditación, que era menos exigente que el panda, y Don Bambú se vio obligado a hacer lo mismo por falta de sujetos con los que entrenar. En pleno ejercicio de meditación, el panda no logró detectar de nuevo la presencia del músico pelirrojo. ¿Quizás había dominado ya el haki de observación y se había dado por satisfecho con lo que había obtenido? No consideró una posibilidad que el muchacho se hubiera rendido, así que supuso que tuvo que tener un éxito rotundo, todavía mayor que el del panda que había empleado ya varios días en perfeccionar las bases de su haki de observación. Quizás se acercase el momento de abandonar el dojo definitivamente y buscar otras maneras de perfeccionar su haki más que la meditación y los ejercicios infantiles de pilla pilla con los ojos vendados. Casi a la hora de comer, el panda dejó salir un suspiro y tomó una decisión al respecto. Se levantó de su lugar de meditación y se acercó al despacho del maestro Kaelith. Llamó a la puerta como lo hacía siempre y esperó a su beneplácito para poder pasar. El maestro arqueó una ceja al ver que era el panda el que se había personado en su despacho. —¿Chewbacca? A que se debe esta inesperada visita. Creía que ya habíamos zanjado tu entrenamiento. —Kaelith dejó a un lado su pluma de escritura. A juzgar por el papel que tenía delante, le había interrumpido en medio de la escritura de una carta. —Lo siento maestro, sólo he venido a despedirme. No volveré a este dojo, al menos no durante mucho tiempo. Quién sabe si algún día podré regresar a Skypiea y admirar de nuevo la infinita hermosura de este celeste paraíso, pero hasta entonces quería despedirme y quería agradecerle de nuevo toda su ayuda. —De nuevo hizo una reverencia de absoluto respeto de cara a su maestro. Casi le pareció ver que Kaelith sonreía, pero cuando volvió a mirar seguía tan serio como siempre. —Bueno, sin duda mi guía ha sido clave en este proceso, pero el potencial ha venido todo de tu parte. Si esta es tu decisión la respeto. Espero que nos encontremos algún día de nuevo, joven panda. Tengo curiosidad de hasta donde llegarás con el poder que acabas de desbloquear. Y ahora, si me disculpas... —Esperó educadamente a que el panda abandonase su despacho para seguir escribiendo aquella carta. Quién sabe cuál sería su destinatario o lo que en ella ponía, pero por lo que al panda respectaba, era el momento de abandonar el dojo y no volver durante mucho tiempo. Hacer su propio camino, por decirlo de alguna manera. De camino a la salida se encontró con Satoshi, que le estaba esperando de brazos cruzados y apoyado en una pared, casi parecía esto el final de una temporada de anime. De alguna manera, estaba al tanto de la decisión del panda. —Buen viaje, amigo. —Y le tendió la mano en señal de respeto. Satoshi era de los que siempre se habían portado bien con el panda. Siempre obtuvo de él el respeto que se merecía y nunca se sintió discriminado a su lado. El panda estrechó su mano con un firme apretón y le sonrió con absoluta sinceridad. —Espero que nos veamos en el futuro. —Y dicho esto, el panda emprendió su camino de vuelta a la casa donde estaban esperándole el resto de Shogun Gari.
Quedaba muy poco tiempo para que abandonasen la isla del cielo. El panda se sentía como si no hubiese podido explorar ni la mitad de aquella mítica tierra. Aunque había muchas similitudes con lo que se explicaba en el libro que le había regalado Derya sobre la leyenda de Skypiea, lo cierto es que poco se hablaba de sus gentes y su cultura, sólo de su oro y de una cosa que se llamaba Poneglyph, pero que el panda no tenía ni idea de qué era. Se preguntó qué pensaría Derya de la isla de Skypiea. Seguro que le gustaría, aunque no había visto demasiados cauces de agua en los que poder nadar a gusto, sólo el río con los peces de colores. El panda llegó a casa y saludó a todos con un buen humor del que llevaba tiempo sin poder hacer despliegue. Pasó la tarde entre risas y locuras, como era habitual en presencia de aquel grupo de piratas circense, y les comunicó al cabo de un tiempo que su viaje debía de continuar en soledad en dirección a Báltigo. Tenía entendido que ellos tenían otros planes, pero no le molestaba y lo respetaba. Después de todo, pensó el panda, siempre les quedaba el Archipiélago de Sabaody, lugar donde inevitablemente confluyen todas las corrientes y que separa el Paraíso del Nuevo Mundo. Quizás fuera allí, a las puertas del mismísimo Infierno, donde el panda podría reencontrarse con sus nuevos amigos y comprobar cuán fuertes se habían vuelto todos, incluyéndole a él.
