19-06-2024, 04:31 PM
(Última modificación: 19-06-2024, 04:35 PM por Jolyne Jones.)
En mis andanzas como muchacha de mar, jamás me habría imaginado que me encontraría con una isla que fuera entera del color de los almendros. Es más, estoy segura de que si se lo contara a los borrachos del pueblo, pensarían que en realidad me había estado dedicado a lamer sapos debajo de un puente. Pero qué sabrán esos viejos, si su viaje más largo sería al acantilado para regurgitar tanta bebida. Sin importar nada más, ahora yo me encontraba conociendo otro lugar exótico digno de apuntar en mi diario y no dudaría en aprovechar cualquier escapada con Triana para divertirnos.
Seguí a la espadachina hasta un bar llamado Le Festín. Me gustaba acompañarla porque siempre escuchaba mis historias con asombro mientras ella se dedicaba a beber como un jabalí. Sin embargo, mientras se dirigía a una de las mesas, escuché algo de lo más animado de un grupo de gente que salía del bar. En él, una de las personas aseguraba haberse encontrado con una auténtica bestia en la cama. Al parecer, ni la isla más exótica se podía librar de tener animales salvajes y peligrosos sueltos. Ya podía imaginármela, cruzando los bosques rosas entre nieblas y tinieblas, colándose en el catre y devorando a la gente mientras duerme. Debía ser una bestia muy osada si era capaz de entrar en los hogares de la gente. Ni el chupacabras de mi pueblo se atrevía a tanto, que, como mucho, dejaba algún animal muerto en la parcela o en los alrededores.
- En mi pueblo la cerveza es para los que no tienen ni oficio ni beneficio – le contesté distraída echando un vistazo a ese lugar tan pintoresco. Realmente me sorprendía su capacidad para aguantar cada jarra como una mula de feria, y estaba segura de que podríamos ganar muchos concursos con ella, pero tenía que contarle lo que se me pasaba por la cabeza. – Como sea, acabo de escuchar algo interesante. Mascullando mi ramita, apoyé una mano sobre la mesa y me acerqué levemente a la espadachina. – Hay rumores de que una bestia anda suelta. Dicen que se cuela en las casas, que tiene largos colmillos y que sus garras te arrancan la piel. ¿Y si vamos a por ella?
Me recosté de nuevo en la silla apoyando la otra mano sobre el respaldo y fantaseé con los múltiples usos que le podríamos dar a su carne o sus huesos, pero cuando dirigí mi mirada hacia la barra, una figura que me quería sonar llamó mi atención. Destacaba entre el resto de lugareños y parecía que nos estaba observando. ¿Habría escuchado nuestra conversación? Qué más daba. Yo solo podía ver que ese mozo tenía el cuello más fuerte que un toro. No había otro más macho en la taberna y, además, tenía unos bíceps que eran de envidiar. Si me preguntaban, era refrescante ver muchachos tan fornidos de vez en cuando. Me gustaba imaginármelos peleando contra osos o talando algún gran árbol. Y hablando de osos, yo podría disparar a la bestia salvaje y Triana cortarla en filetes, pero nos vendría bien tener a alguien robusto capaz de inmovilizarla sujetándola por el cuello. Tal vez incluso capaz de agarrar las fauces con sus manos desnudas y partirle la mandíbula de un chasquido mientras se revuelve intentando atacar. – Ya lo tengo – le dije a Triana. - ¡Eh, tú! El de verde. Y sin más, le hice alegremente un gesto con la mano que reposaba sobre el respaldo para que se acercara.
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