20-06-2024, 02:04 PM
(Última modificación: 20-06-2024, 02:07 PM por Maeve Knox.)
OST DE LA ESCENA
Jamás antes había pensado que compartir los restos de carne de un cadáver podía ser tan jodidamente romántico, si por romántico entendíamos un momento de profunda complicidad compartido por dos amantes asesinos. Y cuando Zorak me besó justo después, esta sensación se multiplicó. Sabía a sangre.
Cuando recordamos por qué estábamos allí y, por tanto, conseguimos separarnos, comenzamos a caminar en busca del despacho (porque todos los villanos de serie B tienen uno) del desgraciado que en su día había hecho lo peor para él y lo mejor para nosotros: que Zorak y yo nos conociéramos.
De vez en cuando aparecía algún rezagado que no se había percatado de que sus compañeros habían protagonizado —para su mala suerte— una carnicería. Como el pelirrojo y yo somos buena gente, no permitiríamos discriminación de ningún tipo, por lo que hacíamos que los desdichados se unieran a la fiesta de muerte de sus camaradas. Algunas veces atacaba Zorak, otras los despachaba yo. Cada vez más sangre. Cada vez más excitación.
Nuestras risas reverberaban ente las paredes de aquella casa de muerte. Una pequeña terapia por todas las mierdas que nos había tocado vivir en nuestras miserables existencias. Avanzar mientras dejábamos a nuestras espaldas una plantación de cadáveres me hacía sentir... viva.
Jamás antes había pensado que compartir los restos de carne de un cadáver podía ser tan jodidamente romántico, si por romántico entendíamos un momento de profunda complicidad compartido por dos amantes asesinos. Y cuando Zorak me besó justo después, esta sensación se multiplicó. Sabía a sangre.
Cuando recordamos por qué estábamos allí y, por tanto, conseguimos separarnos, comenzamos a caminar en busca del despacho (porque todos los villanos de serie B tienen uno) del desgraciado que en su día había hecho lo peor para él y lo mejor para nosotros: que Zorak y yo nos conociéramos.
De vez en cuando aparecía algún rezagado que no se había percatado de que sus compañeros habían protagonizado —para su mala suerte— una carnicería. Como el pelirrojo y yo somos buena gente, no permitiríamos discriminación de ningún tipo, por lo que hacíamos que los desdichados se unieran a la fiesta de muerte de sus camaradas. Algunas veces atacaba Zorak, otras los despachaba yo. Cada vez más sangre. Cada vez más excitación.
Nuestras risas reverberaban ente las paredes de aquella casa de muerte. Una pequeña terapia por todas las mierdas que nos había tocado vivir en nuestras miserables existencias. Avanzar mientras dejábamos a nuestras espaldas una plantación de cadáveres me hacía sentir... viva.
Somos lo que hacemos con lo que hacen de nosotros, y mi letal amante y yo disfrutábamos dejando a nuestros monstruos tomar el control. Negarse a sí mismo suele traer consigo duras batallas internas que te distraen de aquellas contra tus enemigos, y estos monstruos, al fin y al cabo, eran una parte vital de nosotros. Solo con ellos éramos capaces de aprovechar todo nuestro potencial. Solo aceptándolos podíamos ser nosotros.
Jamás te disculpes por lo que eres.
Yo nunca lo haría.
Al cabo de un rato paseando por las estancias de aquella casa de operaciones, encontramos el que parecía ser el despacho del gilipollas del pelo morado. ¿Que cómo podíamos saberlo? Fácil: era la habitación más amplia y elegante de todas las que habíamos visitado. Que hubiese un cuadro de ese imbécil ocupando media pared a la espalda de un amplio escritorio barnizado también era una pista a tener en cuenta. Se notaba a la legua que el dueño pensaba que tenía un gusto exquisito, pero era estúpidamente cutre. Las alfombras con piel de leopardo me ofendieron más que las patéticas presencias de aquellos a quienes habíamos dado muerte. ¿Cómo se atrevían a quitarle la vida a los animales para utilizarlos como decoración? Fue la primera vez que mi sangre no hirvió de excitación, sino de cólera. Odio a los putos seres que se creen por encima del bien y del mal, por encima de la Naturaleza, cuando la realidad es que Ella es la dueña de todo cuanto alcanza nuestra vista.
Otro motivo más para destrozar a ese capullo. Y quién sabe, quizá lo desollara para, con su piel, alfombrar algún otro sitio. Con su envergadura, tendría material para rato.
Me fijé en que, en un lateral del escritorio, había un amplio y lujoso sofá. Cerca, un carrito dorado con numerosas y diversas bebidas alcohólicas. Estaría bien recordarlo, tal vez me diese un merecido homenaje cuando hubiésemos cumplido nuestro objetivo. Entonces, recordé que Zorak no bebía.
Bueno, más para mí.
Me dirigí al sofá y me dejé caer sobre él. Mi largo cabello se deslizó sobre mis hombros y me di cuenta de que ahora era bicolor: blanco y carmesí, por la sangre de nuestras víctimas. Eso ya era un trofeo en sí mismo, pero insuficiente. El premio mayor aún estaba por llegar.
—¿Vienes? —le dije a Zorak mientras, con la mano izquierda, daba unos golpecitos sobre la suave superficie del sofá. Esbocé una macabra sonrisa.
