01-07-2024, 03:32 PM
Tras decir como había aprendido el Busoshoku, Karl dijo que ella también había conocido a “Kalise” y que lo había aprendido. Sonreí al escuchar como confundía el nombre del maestro y del Haki, era adorable cuando hacía eso. Sephiroth me sorprendió, con la vista en el mar mientras llamaba mi nombre.
—¿Sí? —respondí, esperando con curiosidad y cruzándome de brazos para ver que pasaba.
Me preguntó si podía enseñarle Busoshoku, al fin encontrando mi mirada. Alcé las cejas sorprendida en un inicio, por la determinación que llevaba su mirada, pero casi al instante sonreí ampliamente.
—¡Por supuesto! —exclamé emocionada— Soy una gran maestra, aunque no lo parezca, ¿sabes? Shshshsh. Cuando acabemos esto, llámame por Den Den Mushi cuando quieras y te doy unas clases privadas. —finalicé, levantando una mano con el pulgar extendido hacia arriba en señal de aprobación y con una radiante y hermosa sonrisa.
Joe, por su parte, se alegró de que ambas conociéramos ese Haki para que así pudiéramos enseñárselo a los demás. Supuse que podríamos dividirnos, ya que Karl también decía haberlo dominado. Pero ahora lo importante era aprender el Kenbunshoku. El comodoro comenzó a hacer una breve explicación sobre su utilidad, la cual ya conocía con anterioridad. Después indicó que comenzaríamos con una sencilla meditación. Me coloqué en una de las esquinas del cuadrado imaginario y me senté, con las piernas cruzadas. La tarea era sencilla, dejar la mente totalmente en blanco.
Cerré los ojos, apoyando las manos de forma relajada sobre las rodillas y me centré en la respiración. Apagué parte de los pensamientos que surcaban mi mente, pero el roce de la ropa no paraba de sacarme del trance. Sin decir nada, y con los ojos todavía cerrados, me desprendí de la chaqueta que llevaba, seguidamente haciendo lo mismo con la camiseta de tirantes negra, quedando tan solo en pantalones. Llevaba un hermoso bikini de color rosa salmón bajo la ropa, por lo que era bastante cómodo y tenía poca tela que pudiese molestarme. Volví a la posición anterior y repetí el ejercicio. Inspirar, expirar. Una y otra vez. Me centré en ignorar todos los sonidos que escuchaba a nuestro alrededor, dado mi buen oído. No fue difícil hacer aquello, pero por desgracia los sonidos ambientales ayudaban a contrarrestar algunos más molestos. Las voces en mi cabeza, que me susurraban desde el fondo de mi alma, comenzaban a emerger. Cuando tenía el foco en algo, desde hacía ya una temporada, parecía que estaban más bajo control que nunca, pero el obligarme a ignorar todos esos estímulos externos solo conseguía darles carta blanca para inundar mi mente. Arrugué la frente y apreté los ojos, perdiendo el ritmo de la respiración. Los rostros de los piratas, el olor del humo, de la inmundicia, el sonido de las ratas hurgando en los sacos, la salinidad en el aire, su humedad… Incluso los susurros de sus voces cobraban vida de nuevo en mi cabeza. Miedo, angustia, desesperación, ira, dolor, tristeza, añoro, duelo… Me mordí el labio y clavé las uñas en mis piernas, arrugando el pantalón bajo ellas. Hasta hacía unos segundos no imaginaba que fuera a ser tan difícil una tarea tan simple como aquella, pero desconocía que mi mente era el mayor demonio que poseía. La respiración se me entrecortaba y sentía que iba a perder el control en cualquier momento.
Por un momento, estuve al borde de las lágrimas y de desistir de todo aquello, de irme de la playa y volver a mi habitación y tumbarme en la cama. Pero conseguí centrarme en algo, algo nuevo que habitaba mi interior y que, uno a uno, fue sustituyendo cada uno de mis dolorosos recuerdos y de aquellas voces. La suave música que volvía a inundar mis oídos, un claro en mitad de un bosque de árboles inmensos, su risa tonta, las dulces palabras que me ofrecía, el confort de su abrazo, las hojas meciéndose con el viento. Después, el fresco aire nocturno, la luz de la luna y las estrellas, un colchón de nubes bajo mi cuerpo… Alivio, paz, alegría, confianza, seguridad, esperanza, amor… Uno por uno, cada uno de los demonios que me atormentaba se fueron retirando de nuevo, poco a poco y volviendo a tener el control de mi respiración. Cuando todos estuvieron encerrados en sus jaulas, finalmente, fui dejando a los nuevos volver a ese rincón de mi mente donde ahora los atesoraba, hasta que no quedó nada. Había desconectado por completo de mi cuerpo y mente, en ese momento ya no sentía ni percibía nada.
Todo aquello había sucedido en apenas un par de minutos, aunque se habían sentido como años de lucha en mi interior. Estaba lista para continuar.
—¿Sí? —respondí, esperando con curiosidad y cruzándome de brazos para ver que pasaba.
Me preguntó si podía enseñarle Busoshoku, al fin encontrando mi mirada. Alcé las cejas sorprendida en un inicio, por la determinación que llevaba su mirada, pero casi al instante sonreí ampliamente.
—¡Por supuesto! —exclamé emocionada— Soy una gran maestra, aunque no lo parezca, ¿sabes? Shshshsh. Cuando acabemos esto, llámame por Den Den Mushi cuando quieras y te doy unas clases privadas. —finalicé, levantando una mano con el pulgar extendido hacia arriba en señal de aprobación y con una radiante y hermosa sonrisa.
Joe, por su parte, se alegró de que ambas conociéramos ese Haki para que así pudiéramos enseñárselo a los demás. Supuse que podríamos dividirnos, ya que Karl también decía haberlo dominado. Pero ahora lo importante era aprender el Kenbunshoku. El comodoro comenzó a hacer una breve explicación sobre su utilidad, la cual ya conocía con anterioridad. Después indicó que comenzaríamos con una sencilla meditación. Me coloqué en una de las esquinas del cuadrado imaginario y me senté, con las piernas cruzadas. La tarea era sencilla, dejar la mente totalmente en blanco.
Cerré los ojos, apoyando las manos de forma relajada sobre las rodillas y me centré en la respiración. Apagué parte de los pensamientos que surcaban mi mente, pero el roce de la ropa no paraba de sacarme del trance. Sin decir nada, y con los ojos todavía cerrados, me desprendí de la chaqueta que llevaba, seguidamente haciendo lo mismo con la camiseta de tirantes negra, quedando tan solo en pantalones. Llevaba un hermoso bikini de color rosa salmón bajo la ropa, por lo que era bastante cómodo y tenía poca tela que pudiese molestarme. Volví a la posición anterior y repetí el ejercicio. Inspirar, expirar. Una y otra vez. Me centré en ignorar todos los sonidos que escuchaba a nuestro alrededor, dado mi buen oído. No fue difícil hacer aquello, pero por desgracia los sonidos ambientales ayudaban a contrarrestar algunos más molestos. Las voces en mi cabeza, que me susurraban desde el fondo de mi alma, comenzaban a emerger. Cuando tenía el foco en algo, desde hacía ya una temporada, parecía que estaban más bajo control que nunca, pero el obligarme a ignorar todos esos estímulos externos solo conseguía darles carta blanca para inundar mi mente. Arrugué la frente y apreté los ojos, perdiendo el ritmo de la respiración. Los rostros de los piratas, el olor del humo, de la inmundicia, el sonido de las ratas hurgando en los sacos, la salinidad en el aire, su humedad… Incluso los susurros de sus voces cobraban vida de nuevo en mi cabeza. Miedo, angustia, desesperación, ira, dolor, tristeza, añoro, duelo… Me mordí el labio y clavé las uñas en mis piernas, arrugando el pantalón bajo ellas. Hasta hacía unos segundos no imaginaba que fuera a ser tan difícil una tarea tan simple como aquella, pero desconocía que mi mente era el mayor demonio que poseía. La respiración se me entrecortaba y sentía que iba a perder el control en cualquier momento.
Por un momento, estuve al borde de las lágrimas y de desistir de todo aquello, de irme de la playa y volver a mi habitación y tumbarme en la cama. Pero conseguí centrarme en algo, algo nuevo que habitaba mi interior y que, uno a uno, fue sustituyendo cada uno de mis dolorosos recuerdos y de aquellas voces. La suave música que volvía a inundar mis oídos, un claro en mitad de un bosque de árboles inmensos, su risa tonta, las dulces palabras que me ofrecía, el confort de su abrazo, las hojas meciéndose con el viento. Después, el fresco aire nocturno, la luz de la luna y las estrellas, un colchón de nubes bajo mi cuerpo… Alivio, paz, alegría, confianza, seguridad, esperanza, amor… Uno por uno, cada uno de los demonios que me atormentaba se fueron retirando de nuevo, poco a poco y volviendo a tener el control de mi respiración. Cuando todos estuvieron encerrados en sus jaulas, finalmente, fui dejando a los nuevos volver a ese rincón de mi mente donde ahora los atesoraba, hasta que no quedó nada. Había desconectado por completo de mi cuerpo y mente, en ese momento ya no sentía ni percibía nada.
Todo aquello había sucedido en apenas un par de minutos, aunque se habían sentido como años de lucha en mi interior. Estaba lista para continuar.
