[Pasado] (+18) El baboso, macarra, ruidoso, sensible y felino Pirata.
#18
En un estallido de amor durante un apasionado beso, confesé una vez tras otra a mi amado que lo quería. Mi dulce gatito respondió a mi acto llenándome de besos en las mejillas, de una forma adorable y espontánea que amé con locura. Al decirle que él se cansaría de escucharlo en lugar de yo, saltó diciendo “Y una polla como una olla” que me sacó una sonrisa ipso facto, añadiendo que sería un tonto si se cansara de escucharme siquiera. La sensación que me embriagaba no era rival para las voces que había conseguido acallar en mi fuero interno. Así fue que me perdí por unos instantes, con la vista posándose en cada detalle de su rostro, intentando capturar la esencia de su semblante para grabarla a fuego en mi memoria.

Aclaración


¡Ay! Que el amor, tan dulce en la apariencia, haya de ser todavía más bello a su lado. ¡Ay! Que el amor, vendada su mirada, haya hecho que estos dos enemigos jurados se profesen el más hermoso de los sentimientos. Un espectador externo, cuyo corazón no albergase el mismo centelleante sentimiento que los nuestros, podría haber considerado de aquello una injuria, una ultraja incluso, a todo cuanto ambos defendíamos. Pero el amor es un humo formado por el vapor de los suspiros, un fuego que brilla en sus ojos al igual que en los míos, un mar que alimenta nuestras llamas. El amor es una locura razonable al extremo, un hiel que sofoca, una dulzura que conserva. Mi cuerpo podría irse lejos, pero mi yo verdadero quedaría por siempre a su lado. Cruel aquel que osase separar nuestras almas, lo haría llevado por la envidia, por el veneno de la malicia que corroe las entrañas de los recelosos, esos que no conocen la pureza de este ardor sublime que nos une. Y, sin embargo, en la quietud de la noche, cuando la luna llena ilumina con su luz de plata nuestros rostros y las estrellas son testigos mudos de nuestros suspiros, el felino y yo nos encontramos. Cada caricia era un renacer, cada mirada, una promesa eterna. Porque el amor, en su divina esencia, no conoce de barreras ni de rencores ancestrales. Ha sabido trascender tiempos y luchas, redimiendo lo irredimible, purificando lo impuro. Es, en su esencia, la fuerza que redime nuestras almas, la melodía que acompaña nuestros corazones. Allí, bajo el manto de la noche, nuestros cuerpos se entrelazaban, sellando una promesa que iba más allá de las palabras. En ese rincón escondido, donde el mundo exterior se desvanecía, éramos libres de ser quienes realmente éramos. Los susurros del viento eran nuestras confidencias, y las luciérnagas danzantes, los testigos de nuestro amor eterno.

Mientras discurría por mi mente, temiendo el último suspiro de aquella mágica velada, las ganas por hincar el diente en su piel para hacerlo mío fueron más fuertes que las de preservar su vasija, y mordí cerca de su cuello, a pesar de todo manteniendo el control para no dañarlo. Una idea irrisoria surgió de mi imaginación, comparándonos con un animal y un árbol, deseando que de alguna forma fuéramos capaces de escapar a nuestro futuro incierto y permanecer en aquel lugar juntos. Pero tan pronto como aquello emergió en mi mente, se derrumbó al darme cuenta de lo mucho que añoraría otras muchas cosas de él. Mi amado pareció confuso por un momento, antes de aclararle que había cambiado de idea, que después mostró una expresión de comprender lo que se avecinaba. Un beso, uno más que se sumaba a las decenas, si no cientos, que nos habíamos presentado el uno al otro. Pero cada uno de ellos era especial, porque era nuestro. Se interrumpió, dejándome con ganas de probar más, aunque fue solo un instante, para revelarme que jamás olvidaría la canción que me debía. Dolía, dolía infinitamente, el simple hecho de alejarnos un momento del abrazo de nuestros labios. Tanto que no pudo continuar la frase sin volver a juntarlos en otro, antes de proseguir diciendo que sería una canción que partiría los cielos y la misma tierra, una canción que rugiría todo el amor que sentía por mí. Los ojos de mi amado eran decididos, asentí a su promesa devolviendo la mirada a sus labios, de los que anhelaba embriagarme sin mesura.

El ambiente, a pesar de la noche de invierno que nos envolvía, era ardiente. Y no era obra de un enmascarado ni de una hoguera chispeante, no. Era el roce de nuestros labios encontrándose, nuestras lenguas danzando en un íntimo baile, las caricias y la cercanía de nuestros cuerpos lo que bastaba para derretir hasta el más frío de los icebergs. Su mano izquierda sobre mi cuello, comenzó a descender y recorrer mi cuerpo, un contacto que me generaba escalofríos a cada centímetro que recorría hasta llegar a mis piernas. Besaba con ansías al minino, cada vez con la respiración más agitada, sintiendo con las manos los músculos de su espalda y de sus brazos, apresando su cuerpo contra el mío como si el miedo de separarnos fuera a romperme el alma. Notaba la firme presión de sus dedos en mis músculos, acelerándome el corazón y la respiración. A cada segundo que pasaba, la excitación aumentaba y mi mente solo pensaba en una cosa, él. Entre uno de los muchos besos, llamó mi nombre, no le di importancia, no tenía ganas de hablar en aquel momento. Alcé las cejas y lo miré con una expresión suplicante cuando separó sus labios de los míos y con sus brazos se libró de mi presa. ¿No se sentía como yo? No lo entendía. Pero había malentendido el momento, mientras ambos jadeábamos, encendidos por la pasión, dijo que no había dos sin tres, y entendí muy bien la referencia. Me preparaba para lanzarme a su cuello, apoyándome sobre las manos para erguirme y alcanzarlo, cuando él acercó sus labios al mío, besándolo, mordiéndolo, lamiéndolo… Arqueé la espalda sin poder contener los gemidos del placer, extendiendo mi cabeza hacia atrás. Esa zona era demasiado sensible y, además, era él. Lentamente, fue descendiendo gateando como buen felino, discurriendo por mi piel hasta llegar a mis pechos, extasiándome. Estaba perdiendo la cabeza, pero no frenó su avance ahí, sino que siguió fluyendo hasta llegar a lo más bajo de mi abdomen. Levanté la cabeza al notar que paraba, cruzando miradas y asintiendo dándole permiso para desvestirme. Me moría de ganas por sentirlo. Pero me quedé confundida al ver que no se desvestía también, sino que se acercaba a esa zona. Mi interior se agitó por completo.

Entrecerré un momento las piernas, avergonzada. Si bien comprendía lo que pretendía hacer, no era algo que hubiese esperado y mucho menos experimentado. Ivy, cuando estuve en Lvneel, me enseñó mucho sobre los hombres. Por su trabajo, conocía cada rincón del cuerpo masculino y cómo tratarlo. Me lo había explicado en más de una ocasión cuando se emborrachaba, haciendo alarde de sus increíbles dones y habilidades para ello. Pero en todo ese tiempo, ni una sola vez, me había hablado de “eso” en las mujeres. Tenía sentido, pues no trabajaba con ellas, pero hasta ese momento yo desconocía que eso se podía hacer. El rubor cubrió mi tez ya de por sí sonrojada. Iba a rechazar su ofrecimiento, avergonzada por completo por algo tan inesperado, cuando con dulzura y tacto me dijo que si hacía algo raro que se lo dijese. Entonces recordé que el gatito no había estado con otra mujer. Su experiencia iba a ser nueva, igual que para mí. Y aunque la timidez no se borraba, confiaba plenamente en él. Asentí y me llevé las manos a la cara, aguantando la respiración a la vez que temblorosa le dejaba espacio para continuar. Al sentir el contacto, inspiré súbitamente, con mi respiración volviéndose ahora entrecortada en sintonía a sus movimientos. Bajé las manos para agarrar la mullida nube, formando un arco con la espalda hacia atrás. Mi cuerpo era un instrumento y él, todo un músico.

Me dejé llevar por completo por el placer que mi gatito me ofrecía, gimiendo y disfrutando hasta el final de cada caricia y cada beso que me dio. Su habilidad y pasión me envolvían en una maraña de sensaciones tan intensas que casi me hicieron preguntarme si de verdad yo era su primera mujer. Sin embargo, confiaba en su palabra, en la sinceridad de sus ojos y en la dulzura de sus gestos. Cuando acabé, solo podía pensar en tener más de él, en fundirme con su ser de nuevo, en sentir cada fibra de su ser contra la mía. La noche aún nos regalaba algunas horas, y en mi mente solo había una idea: quería que mi tigre saliese a jugar, que mostrase toda su fuerza y pasión en ese espacio reducido que se había convertido en nuestro refugio. Me las ingenié para colocarme sobre él, gateando con lentitud y deliberación, saboreando cada segundo de anticipación. Mis manos recorrieron su cuerpo, hasta arrancar con ansias la poca ropa que lo cubría. La suavidad de su piel bajo mis dedos me encendía aún más, y cuando finalmente estuve sobre él, sentí un impulso irrefrenable de besar sus labios con fuerza, con toda la pasión que me embargaba, para después llevar los míos a su cuello y morderlo. Ese pequeño espacio, era nuestro propio universo, un lugar donde el placer y el amor se entrelazaban en una sinfonía perfecta, liberando nuestros deseos más ocultos.
  Responder


Mensajes en este tema
RE: [Pasado] (+18) El baboso, macarra, ruidoso, sensible y felino Pirata. - por Ikirami - 05-07-2024, 01:20 AM

Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)