06-07-2024, 07:18 PM
La batalla ha comenzado. El grito de Ashura despierta en mi una sed de sangre que solo puede ser opacada por la lujuria y curiosidad que me generan esas mujeres pez. Tras flanquear al jefe, atropello con una violencia desproporcionada a sus súbditos sin vacilar, bañándome en la sangre de sus cuerpos mutilados. -Que gloria, que belleza... No me sentía tan vivo desde hacía meses.- llego a pensar al terminar tan macabra escabechina. Colocado a escasos metros del líder, cogiendo su espalda, culmino el acto con unas amenazas bien frescas, dejando más en claro si cabe, las intenciones de los piratas Mushoku.
No obstante, algo me sorprende en la noche. Mejor dicho, alguien. Ya sea por la oscuridad del lugar o habilidades miméticas, no soy capaz de discernir una silueta tras la espalda del gigante rosado. Cuando puedo determinar que hay un jugador más en la partida, ya es demasiado tarde. Con el sonido de un escupitajo, soy capaz de ver por unos instantes un proyectil acuoso que me perfora el hombro como una bala. -¡AaAgHH!- pego un grito sordo tras el impacto. Reculo un paso y, víctima del dolor punzante, mi cuerpo empieza a ceder, flexionando las rodillas para rozar el suelo. Antes de postrarme humillado frente al cara-rape, mi mano derecha conecta con el suelo, frenando en seco mi caída. El dolor es muy agudo, empiezo a verlo todo borroso. Con la izquierda palpo la herida y siento como que empieza a salir sangre de la misma. Por suerte, mi rival parece más atento en mofarse que en terminar la faena. -Expansión de dominio...- susurro mientras pierde el tiempo cacheteando a su colega y acercándose la mano al arma que cuelga de su cintura -¡¡¡ULTRAMAR!!!- vocifero. De la mano que toca el suelo, empieza a salir mochi a presión, que va comiendo terreno poco a poco y a expandirse más allá. Los cuerpos empiezan a hundirse bajo el manto blanco y viscoso, el lago queda cubierto por una película sedosa y todos aquellos que hacen contacto con el pegajoso elemento empiezan a sentirse torpes y con dificultades motrices. Antes de que el mochi pueda esparcirse más allá de donde nuestra vista alcanza, antes de que tengas oportunidad de entender que está pasando, me lanzo como un animal a por el fétido pez. Voy sin miramientos, de frente y de cabeza, con todo. Tengo a mi presa en el punto de mira, y cuando lo tengo a tiro, ni fallo ni vacilo. Ejecuto. Frente a Willem, a escasos centímetros, lanzo mi mano izquierda contra su cuello con brutalidad, agarrándolo y levantándolo varios centímetros del suelo. Al mismo tiempo, con la derecha agarro su mano izquierda, la cual sostiene la pistola. Sujeto la muñeca y parte del cañón del arma, todo para impedir el uso de esta. -SHIHahAhAHAHahA, ¿Sientes la presión, mierdecilla?- apreto con todas mis fuerzas su garganta, cortando su respiración y la forma de que se comunique. -Mirame a los ojos, hijo de puta. Quiero ver cómo te apagas.-
Frente a Willem, una imagen grotesca de un hombre desquiciado que siente placer con el sufrimiento ajeno. Unos ojos inyectados en sangre que no dejan de seguir las pupilas de su víctima. Una sonrisa enferma que constanta que esto no es una batalla justa. Es mero divertimento. Y en la piel del monstruo que lo sostiene, un fluido blanco y viscoso que se supura lentamente por los poros, generando una imagen desagradable hasta para el mismísimo demonio. Un fluido que se empieza a derramar del brazo al pecho de su víctima, que se desliza y se pega a la piel, como si tuviera vida propia.
No obstante, algo me sorprende en la noche. Mejor dicho, alguien. Ya sea por la oscuridad del lugar o habilidades miméticas, no soy capaz de discernir una silueta tras la espalda del gigante rosado. Cuando puedo determinar que hay un jugador más en la partida, ya es demasiado tarde. Con el sonido de un escupitajo, soy capaz de ver por unos instantes un proyectil acuoso que me perfora el hombro como una bala. -¡AaAgHH!- pego un grito sordo tras el impacto. Reculo un paso y, víctima del dolor punzante, mi cuerpo empieza a ceder, flexionando las rodillas para rozar el suelo. Antes de postrarme humillado frente al cara-rape, mi mano derecha conecta con el suelo, frenando en seco mi caída. El dolor es muy agudo, empiezo a verlo todo borroso. Con la izquierda palpo la herida y siento como que empieza a salir sangre de la misma. Por suerte, mi rival parece más atento en mofarse que en terminar la faena. -Expansión de dominio...- susurro mientras pierde el tiempo cacheteando a su colega y acercándose la mano al arma que cuelga de su cintura -¡¡¡ULTRAMAR!!!- vocifero. De la mano que toca el suelo, empieza a salir mochi a presión, que va comiendo terreno poco a poco y a expandirse más allá. Los cuerpos empiezan a hundirse bajo el manto blanco y viscoso, el lago queda cubierto por una película sedosa y todos aquellos que hacen contacto con el pegajoso elemento empiezan a sentirse torpes y con dificultades motrices. Antes de que el mochi pueda esparcirse más allá de donde nuestra vista alcanza, antes de que tengas oportunidad de entender que está pasando, me lanzo como un animal a por el fétido pez. Voy sin miramientos, de frente y de cabeza, con todo. Tengo a mi presa en el punto de mira, y cuando lo tengo a tiro, ni fallo ni vacilo. Ejecuto. Frente a Willem, a escasos centímetros, lanzo mi mano izquierda contra su cuello con brutalidad, agarrándolo y levantándolo varios centímetros del suelo. Al mismo tiempo, con la derecha agarro su mano izquierda, la cual sostiene la pistola. Sujeto la muñeca y parte del cañón del arma, todo para impedir el uso de esta. -SHIHahAhAHAHahA, ¿Sientes la presión, mierdecilla?- apreto con todas mis fuerzas su garganta, cortando su respiración y la forma de que se comunique. -Mirame a los ojos, hijo de puta. Quiero ver cómo te apagas.-
Frente a Willem, una imagen grotesca de un hombre desquiciado que siente placer con el sufrimiento ajeno. Unos ojos inyectados en sangre que no dejan de seguir las pupilas de su víctima. Una sonrisa enferma que constanta que esto no es una batalla justa. Es mero divertimento. Y en la piel del monstruo que lo sostiene, un fluido blanco y viscoso que se supura lentamente por los poros, generando una imagen desagradable hasta para el mismísimo demonio. Un fluido que se empieza a derramar del brazo al pecho de su víctima, que se desliza y se pega a la piel, como si tuviera vida propia.
Aclaraciones
Bélico
Resumen bélico
Contenido Oculto
Contenido Oculto
