08-07-2024, 03:04 AM
El vasto y oscuro firmamento que se extendía sobre nuestras cabezas comenzaba a desvanecer su negrura, ocultando gradualmente las estrellas que lo adornaban. La luz del alba, como si el sol celoso pretendiera eclipsar los votos que habíamos ofrecido al cielo nocturno, emergía con suavidad, anunciando la llegada de un nuevo día en aquella isla celestial. Reposaba mi cabeza sobre el pecho del minino, todavía convertido en la fiera, tumbada sobre mi lado derecho mientras con la mano izquierda acariciaba sus abdominales. Había gastado todas mis energías hasta casi la extenuación. El frescor de la noche sustituido por el de la mañana comenzaba a sentirse en el aire, y mientras mi mano seguía el contorno de sus músculos felinos, dejé escapar un suspiro de satisfacción. Los rastros de nuestra pasión aún ardían en mi piel, recordándome la intensidad del momento que acabábamos de compartir. Cada caricia y cada beso, se habían grabado en mi memoria como un fuego que nunca podría apagarse. Mis párpados pesaban, pero me negaba a cerrar los ojos y perderme un segundo más de la presencia de mi amado gatito.
El resplandor del amanecer se intensificaba, y con él, el peso de la tristeza comenzó a nublar mi corazón. La realidad de lo que se cernía, que había logrado relegar a un rincón de mi mente, ahora se hacía presente con más fuerzas que antes. Este momento de paz y amor era temporal, condenado a desvanecerse con el sol naciente. Con cada latido del corazón de Garnet bajo mi oído, sentía el tiempo escaparse como arena entre mis dedos y la paz que había experimentado tras nuestra unión física se veía ahora invadida por la melancolía de la inminente separación. Me incorporé, quedando sentada para mirar el rostro del minino y extendí la mano derecha para acariciar su cabeza y orejas, que estaban tan monas en esa forma.
—Te quiero, minino. —susurré acercándome para besarlo una vez más.
Lo cierto era que le estaba cogiendo el gusto a expresar esas dos palabras, hacía tanto que no salían de mis labios… Aquel día y aquella noche era algo que jamás olvidaría, por mucho que el paso del tiempo amenazase con borrarlo. Era una experiencia que me había cambiado más de lo que en ese momento era capaz de llegar a imaginar. Ese músico rebelde, el mismo que pensé que era un psicópata cuando lo vi en un cartel, no tenía ni idea de como había desplomado los pilares de mi realidad. Me alejé de su cara y me apoyé en las manos, elevando la cabeza y cerrando los ojos.
—¿Sabes? Estoy agotada. —confesé— Y aun así, si me dijeras que nos quedásemos aquí para siempre, sacaría fuerzas de alguna manera. Shshshsh. —reí al darme cuenta de que era verdad y que por él haría eso y mucho más. Después, bajé la cabeza y la giré en dirección al sol naciente, abriendo los ojos y cambiando mi expresión alegre por una más seria, pero sobre todo triste— Pero no puede ser, ¿verdad? No por lo menos ahora. Yo debo volver con mis compañeros y tú con tu familia.
Me sentía extremadamente apenada, sintiendo como el peso de las palabras lo volvía realidad. Aparté la mirada del amanecer, que con los cruces de colores anaranjados y azules formaba una zona de hermoso rosa en los cielos, notando como las lágrimas comenzaban a inundar mis ojos. Sacudí la cabeza para borrar la tristeza, aunque fuese solo de manera momentánea. Bajo ningún concepto quería que lo último que viese en mí fuese tristeza.
—Pero nos volveremos a encontrar, estoy totalmente segura de ello. —expresé con confianza, mirándolo con una sonrisa y cogiendo una de sus manos acariciando sus dedos— Primero Lvneel y ahora Skypiea. Tú lo has dicho antes; no hay dos sin tres. Si el destino nos ha querido enviar al mismo sitio en dos ocasiones, habrá una tercera.
El resplandor del amanecer se intensificaba, y con él, el peso de la tristeza comenzó a nublar mi corazón. La realidad de lo que se cernía, que había logrado relegar a un rincón de mi mente, ahora se hacía presente con más fuerzas que antes. Este momento de paz y amor era temporal, condenado a desvanecerse con el sol naciente. Con cada latido del corazón de Garnet bajo mi oído, sentía el tiempo escaparse como arena entre mis dedos y la paz que había experimentado tras nuestra unión física se veía ahora invadida por la melancolía de la inminente separación. Me incorporé, quedando sentada para mirar el rostro del minino y extendí la mano derecha para acariciar su cabeza y orejas, que estaban tan monas en esa forma.
—Te quiero, minino. —susurré acercándome para besarlo una vez más.
Lo cierto era que le estaba cogiendo el gusto a expresar esas dos palabras, hacía tanto que no salían de mis labios… Aquel día y aquella noche era algo que jamás olvidaría, por mucho que el paso del tiempo amenazase con borrarlo. Era una experiencia que me había cambiado más de lo que en ese momento era capaz de llegar a imaginar. Ese músico rebelde, el mismo que pensé que era un psicópata cuando lo vi en un cartel, no tenía ni idea de como había desplomado los pilares de mi realidad. Me alejé de su cara y me apoyé en las manos, elevando la cabeza y cerrando los ojos.
—¿Sabes? Estoy agotada. —confesé— Y aun así, si me dijeras que nos quedásemos aquí para siempre, sacaría fuerzas de alguna manera. Shshshsh. —reí al darme cuenta de que era verdad y que por él haría eso y mucho más. Después, bajé la cabeza y la giré en dirección al sol naciente, abriendo los ojos y cambiando mi expresión alegre por una más seria, pero sobre todo triste— Pero no puede ser, ¿verdad? No por lo menos ahora. Yo debo volver con mis compañeros y tú con tu familia.
Me sentía extremadamente apenada, sintiendo como el peso de las palabras lo volvía realidad. Aparté la mirada del amanecer, que con los cruces de colores anaranjados y azules formaba una zona de hermoso rosa en los cielos, notando como las lágrimas comenzaban a inundar mis ojos. Sacudí la cabeza para borrar la tristeza, aunque fuese solo de manera momentánea. Bajo ningún concepto quería que lo último que viese en mí fuese tristeza.
—Pero nos volveremos a encontrar, estoy totalmente segura de ello. —expresé con confianza, mirándolo con una sonrisa y cogiendo una de sus manos acariciando sus dedos— Primero Lvneel y ahora Skypiea. Tú lo has dicho antes; no hay dos sin tres. Si el destino nos ha querido enviar al mismo sitio en dos ocasiones, habrá una tercera.
