[Pasado]La horma de tu zapato
#11

El jefe estaba alineado conmigo, para variar.
Nadie mejor que él podría valorar la capacidad bélica del equipo y, en palabras del enmascarado, ninguno estaba preparado para lo que venía. Según relataba, en su opinión el talento era una cualidad innata y no adquirida, cosa con lo que personalmente difería. Si bien podía tomar esto como un cumplido, pues de alguna manera estaba diciendo que tenía talento; fuera más o fuera menos, pero el suficiente como para permanecer a su lado; pero no había pasado incontables horas practicando con una espada en las manos para que dijeran que lo que tengo fue de nacimiento. El ochenta por ciento de lo que sé lo he labrado con sangre, sudor y lágrimas, pero supongo que para puntos de vista tenemos ojos. ¿Acaso él no había entrenado jamás para poseer su descomunal poder? Me negaba a pensar que era algo que le venía de cuna, pues eso casi haría arder mi sangre con las horas de entrenamiento.
Acto seguido el jefe coincidió en que Chloe era inútil, Carmilla apenas aportaba y Shoto al menos no molestaba, dejando claro que mientras pagaran, a él le daba igual si morían por ser débiles.

Una pequeña pausa aconteció en su discurso y giré mi cara hacia él, clavando mis celestes ojos en los ambarinos del jefe, que estaban ahora abiertos hasta atrás, como si hubiera tenido una revelación. No entendía bien qué se podía pasar por la cabeza del pelirrosa, que parecía haber desconectado y conectado señal durante unos segundos para continuar diciendo que si no eran capaces de continuar, terminaría el contrato con ellos, dejándolos a su suerte en esta o la siguiente isla. Finalmente, y aprovechando el hilo de los contratos, recordó los porcentajes de las recompensas cobradas por ser miembro de Magna. Lo recordaba muy bien. Cincuenta y ocho millones y medio era lo que debía depositar en las arcas del gremio, el treinta por ciento de lo que valía Zorak. El resto, gracias a la generosidad del enmascarado, podría conservarlo para mí.  Se puso el casco y sentenció que lo tuviera en cuenta. Asentí una sola vez, sin pestañear, mirando entre los agujeros del casco, buscando sus ojos.

Finalmente y antes de abandonar escena, me ordenó descansar. Hasta él sabía que el camino se iba a torcer conforme nos acercáramos a Sabaody. Los periódicos venían avisando hace mucho tiempo que la criminalidad en la zona era cada vez mayor y que la propia marina había movilizado tropas. Me quedé unos instantes más en cubierta, cerca del timón, apoyado en la baranda, con la cabeza extendida hacia el cielo, observando sin mirar a nada, mirando sin observar nada, hasta que finalmente partí hacia mi camarote a realizar el mantenimiento a mis armas. Había que prepararse y mis armas necesitaban mi atención.


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