[T7 - P.R.] La Niña Blanca
#11
La sorpresa del enmascarado pasó ligeramente desapercibida para las dos personas que lo acompañaban. Por un lado, Ibrahim al estar encarando a Andrés no podía ver a Quetzalli, ya que su ojo derecho no existía y tenía una negrura infinita en este lado que le impedía darse cuenta de los movimientos y gestos del enmascarado. Por el otro lado, Andrés pensó que su benefactor estaba fingiendo sorpresa ante lo que le estaba diciendo a Ibrahim en aquellos momentos y que estaba interpretando el papel de su vida para que el viejo pirata no se diera cuenta de la blanca mentira con la que pretendían arroparle aquella noche. Para cuando la conversación entre los dos había terminado e Ibrahim volvió a reposar su mirada sobre la de Quetzalli, este se había tranquilizado gracias a la voz de Gaeru, que le hablaba desde algún lugar ignoto. ¿El más allá? ¿Su subconsciente? Nadie tenía la respuesta salvo quizás el propio Gaeru.

—Oh, lo ziento, quizá debía ezpecificarlo mejó. —Se disculpó el pirata, aunque el Heraldo había aceptado que lo acompañase hasta allí, así que supuso que la afrenta no habría sido mayúscula. Además, el Heraldo parecía en realidad una persona muy razonable e incluso caritativa por la cual estaba empezando a sentir más admiración que temor. Quizás estuviera siendo víctima de alguna clase de engaño, pero le sorprendía muchísimo que una persona como aquella fuera una de las personas más cercanas a la Catástrofe, que tenía fama de muchas cosas, pero ninguna particularmente caritativa. Las felicitaciones y la afirmación de que Nuestra Señora la Santa Muerte nunca les abandona hizo sonreír de alegría, más si cabe, al dichoso pirata. —Muchaz graciaz Heraldo, por fin un golpe de zuerte, jejei... Y graciaz por la comida, ez uzté un portento, zea lo que zea ezo. —Mientras el enmascarado se levantaba a una velocidad imperceptible para acercarse a la barra, lo cual asustó un poco a Andrés, Ibrahim, que no llegó a darse cuenta por la atención que le estaba prestando a su comida, se dedicó a rematar las pocas bravas que quedaban ya y a dar los últimos tragos a la botellita de vino que le sirvieron. Sí que era vino del bueno, porque se había vaciado tan deprisa que Ibrahim ni se había dado cuenta, igual que Quetzalli Jr.

—Uy Heraldo, qué sustos me pega hombre. No sabía que se teletransportaba usted, jajaja. —Se reía nervioso ante semejante demostración de poderío. Un hombre así podría matarle sin que se diera cuenta. Sin embargo, en lugar de matarle, aquel hombre le sorprendió de nuevo depositando un enorme fajo de billetes sobre la barra del bar. La suma era tan grande que posiblemente nunca hubiera tenido tanto dinero al mismo tiempo y también era posible que nunca hubiera ahorrado tanto en su vida como para tener siquiera la posibilidad de disponer de tal cantidad. Sin esperar una respuesta por su parte, el Heraldo le dio instrucciones claras sobre el asunto que se podían resumir en: si necesitas más, pídelo, di que vas de mi parte y no abuses. Andrés tragó saliva y mientras Quetzalli Jr. se alejaba de la barra hacia la puerta e Ibrahim se levantaba para acompañarle al exterior hacia un destino que conocía tomó aire y le habló. —¡CUENTE CONMIGO, HERALDO! —No entró en detalles, no hizo más menciones al asunto. Extendió su brazo, agarró el dinero, y lo metió debajo de la barra. Ibrahim le miró un poco sorprendido, pero el hombre nunca tuvo demasiadas luces de todas formas, así que supuso que le habían mandado un trabajo y que la paga podría ser suculenta. Cosas del paraíso de los piratas que era Hachinosu, sin duda alguna. Sin sospechar nada de todo el asunto, Ibrahim salió al exterior con Quetzalli y la puerta se cerró tras ellos, escuchándose únicamente la voz del primero mientras se marchaban. —Llegaremoz en un na, Heraldo, conozco un atajo, jejei. —Cuando la puerta se cerró, Andrés se apresuró hasta ella para volver a cerrarla con pestillo y llave. Bajó las persianas del local y encendió una lámpara en el centro del local que iluminaba tenuemente la barra y parte de las mesas. De debajo de la barra sacó el dinero que el Heraldo le había dado y lo contó. Le llevó un rato contarlo, porque era muchísimo dinero, pero cuando terminó emitió un silbido de sorpresa. —Cuarenta mil machacantes... —Era una forma coloquial, vieja en realidad, de decir doscientos mil berries. Con ese dinero, un hombre podía hacer grandes cosas y Andrés tenía muchos planes que quería llevar a cabo. De nuevo de debajo de la barra, Andrés sacó un den den mushi algo descolorido por el paso del tiempo. El caracolófono estaba algo viejo ya e incluso sin imitar a ningún interlocutor presentaba canas en su rostro y manchas oscuras en el cuerpo que evidenciaban que no le quedaba mucha vida útil a aquel modelo. Sin darle tregua a este castigado animal, Andrés descolgó y llamó a un conocido suyo. —¿Lautaro? Lautaro escúchame, quiero que reúnas a tus chicos y los traigas a mi bar, tengo trabajo para ti. Que ¿quién soy? Soy Andrés hombre, el del Bar ANDRÉS. Sí. Sí. ¿Qué? No. Sí. Mira, lo que quiero es que empecéis a trabajar inmediatamente en el futuro Restaurante Andrés. Sí, estamos ampliando. ¿Cómo que el nombre es una mierda? Serás hijo de puta, es mi nombre y el de mi padre. ¡Anticuado serás tú! ¿Quién se llama Lautaro hoy en día? Bueno hombre, no metas a mi madre en esto, que tiene 114 años. Vaya si le va bien, ¡aún sigue navegando con los Piratas Desdentadura y saquean muchos barcos mercantes, ojo! No, no usan la fuerza bruta que son todos muy mayores, pero cuando abordan a alguien con pasta se ponen a contarles su vida y les pagan para que se marchen... Que ¿qué tiene que ver esto con el Restaurante? Mira, me estás liando, te voy a dar la razón, tengo otra idea, pero vas a tener que traer pintura que quiero quitar el azul. Lo llamaremos... —

El Pegaso Rampante
Regentado por Andrés, del Bar Andrés

Ajenos a toda esta situación, Quetzalli e Ibrahim caminaban por una de las calles menos concurridas de Hachinosu. Se trataba de una de las zonas residenciales y la poca gente que se encontraban eran los residentes de la misma que entraban en sus casas para no salir hasta horas más tarde o salían de las mismas con una premisa parecida. El camino era cuesta abajo durante la mayor parte y completamente llano el resto, por lo que un trayecto de veinte minutos se hacía fácilmente en quince o en diez. En este caso fueron quince minutos, porque Ibrahim, tan jovial como era, tenía ya sus años y no podía avanzar demasiado deprisa. En este caso, ambos se adentraron en la zona "no privilegiada" del puerto. Aquí era donde tenía lugar el comercio real de Hachinosu, principalmente el transporte de pólvora y de armas. Era una zona peligrosa y estaba estrictamente prohibido fumar, ya que una chispa podría desencadenar una serie de tragedias de tal magnitud que podrían destruir el puerto de la isla... otra vez. Caminaron otros cinco minutos más a lo largo de la zona comercial de Hachinosu hasta que a lo lejos, medio oculto entre dos barcos de mayor tamaño, un velero con el casco completamente pintado de blanco apareció en el campo de visión de Quetzalli Jr. Ibrahim tardó un poco más en verlo, ya que su vista estaba severamente mermada ya, pero cuando lo detectó lo señaló con su mano izquierda. —Allí eztá, Heraldo. ¡La Niña Blanca! —La embarcación era modesta en tamaño, pero su aspecto era impoluto. No era sólo el casco que era blanco, sino las velas, los mástiles, las cornamusas, los bolardos, el puente de mando... todo estaba cubierto de una lustrosa pintura blanca que debía de renovarse cada poco tiempo. Lo más impresionante de la embarcación no era su color, aunque era muy llamativo, sino el mascarón de proa que acentuaba la pulcritud del blanco del barco con un despliegue de colores de extrema viveza. Se trataba de una figura esquelética. De su cuerpo podían apreciarse la parte frontal de la calavera y las delgadas manos con las que sujetaba una guadaña en paralelo de su torso, por delante. Mientras que la calavera y las manos eran completamente blancas, la guadaña había sido pintada de negro en el mango y plata en su filo. La figura parecía vestir ropajes, aunque en realidad la escultura había sido tallada de forma que lo pareciera sin más. La figura esquelética se representaba ataviada con un manto de colores que la cubría casi por completo. El manto oscilaba del rojo al azul, luego al verde, al amarillo y al morado en una composición un tanto psicodélica. A un lateral del barco, su estribor, una pasarela permitía el acceso a su cubierta a todo aquel que quisiera admirarlo desde dentro. La pasarela estaba custodiada por dos hombres que debían de superar con facilidad los dos metros de altura y sobre la cubierta, aguardando a posibles invitados, esperaba un hombre de tez negra y edad avanzada detrás de una mesa llena de joyas de todo tipo, todas ellas representando de una forma u otra a Nuestra Señora de la Santa Muerte.

De repente, la función de aquellos guardias ataviados con tan extraños ropajes se hizo evidente. No estaban ahí para impedir que nadie entrase, sino para evitar que nadie saliese con algo que no le perteneciera.

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